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La ira de los vampiros se arrastra en el cielo; debajo de las grises nubes que cubren la luna llena. El ritual comienza entre vinos de sangre y osamentas de agonía, malignas voces maldicen en los bosques solitarios, y comienza una función diabólica en los anfiteatros del averno.
¡Gime la noche! Masturbada por los dedos macabros de aquél que se esconde bajo su falda. El que lame su vagína tiene de cabra los pies, y los bailarines danzan embriagados por el mal. Allí están sentados los emisarios de un ayer oscuro, con sus cuerpos eternos podridos de vida muerta; están ahí esperando las canciones de los secretos músicos de la negra esmeralda. Poesía, violines, pinturas, todas las artes del más allá, son expresadas por artistas espectrales, que actúan y se pierden en la sombra de la noche.
En el mundo de la oscura Sofía, muerden el cuello de la lujuria cortesanas perversas, con colmillos atiborrados de gusanos que corroen el corazón. Ahí estuve una vez, en aquel aquelarre de pesadilla; llevado por los vientos encantadores, en el carruaje sombreado de la magia negra. No hay cábala que explique los hechizos mentales, y los desvaríos sufridos ante la presencia de un extraño Baphómet, en la puerta de los sueños que se hacen pesadillas antes de tomar el carruaje hacia el infierno.

