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SEGÚN UN GÉNESIS APÓCRIFO
El fuego, esa expresión física de las fuerzas que se debaten en el profundo abismo del lado oscuro del alma, fue descubierto en verdad por un Ser de connotaciones mitológicas a imagen y semejanza del Demiurgo padre del universo físico, del cual el fuego es una viva y ardiente imagen de la sutileza abstracta y efecto físico que ponen sus leyes en marcha. No fue ese Homínido semi-encorvado, que en un determinado momento de la extensa era Paleolítica, sus instintos animales, segregaron las hormonas de «Eureka». Cuando, luego de un largo frotar de piedras, vio la primera chispa hacerse realidad, bajo un entusiasmo que presentaba: un futuro menos nómada que sedentario; sin carroña por alimento; con las punta de sus palos endurecidas por el largo remover de las hogueras, que los convertía en armas letales; con el control de ese nuevo poder, reverenciado por todos los animales a su alrededor y que le engendró en lo profundo de su alma a imagen y semejanza de la naturaleza física, la idea de poseer un alma de naturaleza más cósmica. Pues este fuego que ahora portaba con él a todas partes, era antes fruto del trueno y el rayo al contacto con el mundo inferior al cual él pertenecía. Pero ahora, él también lo gobierna, entonces de alguna forma, su alma a imagen y semejanza de la naturaleza física, se elevó hasta esas alturas cósmicas donde habitan el trueno y el rayo… y el fuego también. Pero no, el descubridor del fuego no fue él, en medio del hostil ambiente de una Era primitiva, sino Adán, entre los sutiles aromas de las recién creadas flores del paraíso y los esplendorosos paisajes que fueron los arquetipos de todos aquellos que en el futuro, serán dignos de llamarse «paradisiacos». Y así sucedió.




