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Archivos Mensuales: mayo 2010

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Isis Aquino

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El alma desciende a las profundidades del Hades

Sueños oscuros como las grietas en el fondo del  océano

Único, uno e indivisible

Oscuro y misterioso

Como el alma que desciende y ve


Veo miles de almas transitando inocentes

Inconsciencia del espíritu

En medio de la vertiginosidad de la vida

Y la sonrisa lanzada como puñal afilado

La sonrisa tenue como luz de domingo en la noche

Que se degrada hasta el blanco

Hasta el color traslúcido que tienen todos los deseos


Veo el amor y el odio y todas sus tonalidades intermedias

En mil generaciones que vinieron y se fueron dispersando

Como las huellas de tus pies sobre la playa

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Con los fuegos del infierno obviamente. Formamos parte de una larga fila de almas felizmente condenadas con una sola meta en nuestro futuro sedado con azufre:  recibir nuestra hostia de oscuridad, como premio final, luego de participar en la larga misa negra que fueron nuestras vidas. Una vez se evapore en nuestro ardiente paladar nos sumergiremos en un vacío dimensional particular, abovedado de neón rosado. Dentro de él soñaremos por toda una eternidad con esos momentos de esplendor infernal de los cuales se desprendió una partícula de oscuridad. Cada una de ellas terminó formando parte de la gran oblea con forma de pentagrama invertido que poco a poco se horneaba en los fuegos medievales de la inquisición.

Las imágenes que adornan el códice de nuestra condena, representan un bestiario que simboliza nuestros demonios internos, y que estará destinado a devenir en un nuevo círculo zodiacal, por el cual se regirán nuestras futuras vidas. Si alguna vez fuimos  Ángeles, no somos de los que se definen como caídos, sino Ángeles abismados. Nos arrojamos por nuestra propia voluntad desde el misterio paradisiaco al misterio infernal. Y no pensamos ascender nuevamente, pues… La profundidad del abismo es más que la altura de la cima. Emulemos en el espacio virtual de este Blogzine de las cosas que no son pero que deberían ser, la nave de una siniestra catedral carcomida por las mordeduras de sus propias Gárgolas. Así, continuaremos en la edición de esta semana la procesión, al final de la cual, todos sus miembros y los Hermanos Fanáticos que se nos unan, disfrutaremos de nuestro trozo de oscuridad recién horneada.

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Personaje Via.

Arcadio Encarnacion – M.E. Goth / VIA – Pag 23

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Morgan Vicconius Zariah

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Hace mucho era yo una vieja tristeza, de sarcófagos y polvo, de ruinas subterráneas y silencio de cadáveres.

Era memoria de humo hace mucho disipada.

Hace tiempo era luz que se expandía en los cielos; era estrellas de ardientes llamas que giraban sobre su propio centro. Fui semen galáctico que iba forjando planetas con su solar aliento. Me expandía en la altitud, burlando eterno al tiempo, que jugaba con su reloj material que forjó su espacio.

Hace tiempo, era yo tantas cosas: una serpiente, el mono, el buitre, autor y personajes; era colores y pinceles, lienzos y manos; acariciador  de obras que también me tocaban.

Hace tiempo fui fuego violento, eructado por feroces volcanes desde sus siniestros huecos. Fui azul de cielo, agua, tierra y aire; periodos perdidos; holocaustos… Fui sangre. Guerreros y victimarios, quemadas aldeas y doncellas virginales. Fui pecado y perdón; vicio y virtud. No conocía diferencia, no la había.  Entre colores y mujeres, muertos o flores, un eterno perfume o el hedor del infierno, no hay diferencia.

Era todo, pasado, presente y futuro. Fui la cara que se burlaba del dolor ajeno; fui el diablo, fui el cielo. Era reyes, libros, antiguas pirámides y eslabones perdidos. Era ciencia antigua y labios frondosos que besaban los frutos… Era vino.

Ahora  me ahoga la herida de la individualidad, al encarnarme en el uno y no poder ser todo. Como grilletes, esta sola condición me atormenta. Cuando me canse de ser uno, y no pueda remontar el vuelo en alas de una majestuosa mariposa.

Quiero ser la oscuridad que se expande en el horizonte cuando muere el sol. Quiero ser las ciegas aves que surcan sus cielos sombríos. Otra vez deseo ser lo que fui una vez. Otra vez quiero ser sombras. Otra vez deseo ser polvo. Otra vez quiero ser todo, y así, ocultarme en mi propia nada.

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William Gibson

William Gibson - Portada del libro Neuromancer (1984).

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«EL CIELO SOBRE EL PUERTO tenía el color de una pantalla de televisor  sintonizado en un canal muerto.»

Palabras  de apertura de Neuromante

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Esa es la bienvenida a un mundo  que dividió las aguas de la literatura de la Ciencia Ficción como Moisés lo hizo con las del mar rojo. Pero utilizando otro tipo de magia, y a través de un conjuro ataviado con un lenguaje surrealista, víctima en todo momento de la alucinación de un estado de persecución y bajo el efecto narcótico de metáforas ahorcadas por luces de neón.

William Gibson es un profeta por derecho propio, siendo Neuromante (1984), la piedra angular en la cual cinceló el bajorrelieve de las visiones distópicas del género que convirtió a la Ciencia Ficción en un reino en el que también hay espacios para los inadaptados: El Ciberpunk. El mundo que nos planteó Gibson en ésta, su primera novela, ya es obvio a medias en la época actual en la cual el internet y su forma metafísica de denominarlo «ciberespacio» se han convertido en una nueva dimensión, que se expande hombro a hombro con la realidad fuera de nuestra mente —que es la oficial—, y el infinito universo sostenido por nuestros pensamientos. Las características de su futuro ya caen como lluvias en la que cada gota es un «click» que da acceso a un nuevo espacio virtual; algunos satisfacen nuestra curiosidad, otros nuestra adicción. Pero lo que fue verdaderamente delirante , sobre todo para el lector estándar de Ciencia Ficción —tanto en la década de los 80, cuando se publicó la novela, como ahora— es la densidad del lenguaje en la que fue escrita. No fue ninguna sorpresa que increíblemente la novela fuera más asimilada  por los medios académicos, que por el público joven a cuyo universo en ciernes le brindó un futuro.  Sí, algo de esto comprendía el joven que acababa de leerse una historia de Paul Anderson… Pero ¿por qué ese extraño lenguaje que aprisiona mi mente en una maraña de imágenes, de la cual sólo es posible salir, con un proceso de rehabilitación por drogas?… Bueno, alucinemos un poco.

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Morgan Vicconius Zariah

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Estoy en este valle, lleno de árboles de vidrios empañados y hojas afiladas; que en otoño derraman sangre de caminantes al pasar.  Este es el valle de la oscura imaginación, donde no está lo que queremos, sino lo que es. Donde el aire que respiramos desgarra las fosas nasales en una violenta acrobacia de oxigeno.

En el valle, el río y el manantial se construyeron con cristales rotos; de sueños que se quebraron antes de ser soñados por las cabezas de los elegidos. Las nubes no son más que pensamientos evaporados y algodones que adornan un cielo de óleo.

¿Quién puede perdonar mi error por construir el valle de sombras?

¿Quién dilatará el tiempo de mi tortura?

¡Quise espantar con un soplo la muerte! ….  Perdóname Dios. Quise jugar con la llama ardiente sin ser aún forjador del acero. Traté de hacer el agua sin conocer química alguna. Sin entender la física osé sobrevolar la gravedad.

Queriendo ser creador me hice deshacedor.

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Los sueños son tan vívidos que en nada se diferencian de la realidad… Pero están  tan helados, que duelen. Tirita el alma antes de escabullirse hacia esa realidad embriagada a través de las movedizas arenas de los despertares derretidos. Están derretidos porque son el portal hacia una vigilia que se sueña a sí misma despierta. Esos sueños helados nos trasladan a un despertar que se derrite en nuestros sentidos. Circundado por un perfecto círculo onírico de hielo y fuego. Es un ciberespacio en el cual se conglomeran todos los sueños en estado de hibernación. Allí están los de las lámparas, esperando ansiosos su turno en el calvario de la oscuridadSu reina, pintando ácidos dorados sobre telas de hielo negro… Éste se derrite, fluyendo despacio hacia el despertar derretido de un cadáver en medio del desierto.

Muchos de los sueños cuelgan como estalactitas de hielo de las pestañas del gran ojo invisible, cuyas lágrimas se expresan como lluvia en la realidad esculpida en mármol, más allá de los despertares derretidos. Una que otra pesadilla resurrecta le ofrece el blando pañuelo de un antiguo despertar fosilizado, para que el ojo invisible se seque las lágrimas. Así, la lluvia dejará de caer, pues las gotas de lágrimas son de fuego y no sólo están derritiendo los despertares sino también los sueños. Pero ya basta de siestas surrealistas, al fin y al cabo, el extraño Sol de media noche, continúa derramando su luz helada; reflejo de la que proyecta una luciérnaga embriagada de tinieblas. Y como no es necesario estar en algún lado para estar ubicado, permanezcamos aquí, en este Blogzine de las cosas que no son pero que deberían ser, soñando las imágenes de un invierno fuera del tiempo y derritiéndonos en el despertar de algún Hermano Fanático.

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VIA - La niña de las rocas pag 22

Arcadio Encarnacion – M.E. Goth / VIA – Pag 22

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Morgan Vicconius Zariah

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El cielo burbujeaba un aliento gaseoso en el amanecer de una tierra nueva. El calor se expandía por toda esta esfera de gases y vapores candentes. La vida yacía aún en su forma de simiente, y se ocultaba dentro de todas estas fusiones de gases cósmicos. La masa se compactaba bajo la líquida vida del fuego. El viento empezó a aparecer junto al agua, y el calor, después de miles de años al enfriarse, condensaría la vida que ya pululaba dentro de los seminales gases creadores de los elementos; en una sabia composición atómica. En esta cósmica visión, los recién nacidos volcanes escupían su fuego interior a una blanquecina y caótica atmósfera, que empañaba mi mirada dentro del gas que me trasportaba como una entidad embrionaria. Este recuerdo ha llegado a mí a través de los genes inmortales de esta creación; de este hechizo que invoqué para no olvidar las primeras manifestaciones de una etérea existencia. Vi seres demiúrgicos entonar eternos cánticos, que empezaron armar el equilibrio como un mágico rompecabezas, donde después, un aliento era insuflado desde la materia oscura donde se movían estas entidades creadoras, para encarnar las primeras esporas de vida.

Mi conciencia viajaba fría en el cálido viento. Estaba aún descarnado, pero ya sentía mis dotes de sorpresa y cuestionamiento. Aún no entiendo si este recuerdo es mío, o fue heredado genéticamente por una primigenia entidad que no desea morir, encarnándose generación tras generación para mantener vivo esa sorpresa cósmica. Mi alma en aquel estado, estaba conectada con todos los elementos que ardían bajo esa calida capa de gas, que bordeaba el nacido planeta. La vida era absorbida a través de la luz que brindaba como combustible el astro ardiente. Que hacía gravitar a todos los planetas que alrededor de él giraban en éste génesis, ésta galáctica primavera; donde los retoños estelares brotaban de la negritud del espacio. Como rosas luminosas y savias de nebulosas milenarias, se veía aparecer en este árbol de un nuevo sistema estelar.

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Frank Herbert -  The eyes of Heisenberg - SF

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Una vez que se ha vencido la muerte, la pregunta es, ¿con qué tipo de sentido viviremos la vida? ¿O acaso desterraremos el tiempo? Entonces, ¿Cómo nos conoceremos? Estas reflexiones las ignora el impulso humano en su avance hacia nuevas formas evolutivas; no vacila en tomar cualquier riesgo, sin importar que el resultado sea un vacío acompañado por el extraño cortejo de una voluntad de poder ataviada con ropajes paradisiacos e infernales. Frank Herbert, fue dotado con un genio único para plantearnos sociedades futuras en las cuales la búsqueda de la perfección está esculpida con los genes de una biología transfigurada en su propio destino metafísico. Lo hizo en el Mega Universo de Dune, si bien con propósitos específicos, diferentes a los de su novela, Los Ojos de Heisenberg (1966). En esta última, la inmortalidad de unos elegidos se alza muy por encima de la perfección biológica como fin en sí misma, pero cuyos olímpicos atributos físicos junto a Lo Bueno, Lo Bello, y Lo Verdadero inherentes a ella, le han de rendir juramento de fidelidad a la muerte.

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