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Archivos Mensuales: junio 2010

 Brain Froud - Argea, the Fateful Faery

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De nuevo la noche cae en los mundos que se alinean al azar dentro de mí; otra vez la luz de la luna se refugia en mis huesos, trayendo consigo el invierno y su sombra. Hacia estas huyen mis sueños, felices de estar por una noche libres de la tiranía del sol. Todo fue tan rápido que apenas cerré mis ojos y me encontré aquí.

Yo también escucho el embriagante himno cuyos ecos exhalan los sepulcros vacíos de la clarividencia, el mito y las orgias; y los encantamientos del bosque silencioso que brotan como chispas de semen, felices de estar nuevamente en la majestad de su juventud pagana. Arden como en las épocas de magia e iluminación a pesar de ser este verano fruto de la estación fría de mi espíritu.

Mis pasos se han adelantado junto con los Duendes. Marchan jubilosos al penetrar por el umbral de esta extraña gruta: un tercer ojo gigantesco. De este lado la magia es el corazón secreto que late en el seno del paisaje. El incandescente polen lunar se desliza por la superficie de toda la naturaleza. Aquí, la intuición es el aura que todos poseen. Los pequeños duendes continúan jugueteando a mi alrededor. Algunos se deslizan por la entrepierna de mis fantasías provocándome extraños orgasmos que se evaporan en las oquedades donde habitan las Sílfides… Todo es rosa en su reino de vientos enervados.

Ya se acerca el barquero. No sé cuanto tiempo llevo esperando en la  orilla de este gran lago de cera negra derretida, que desciende como una cascada oscura y ardiente desde el colosal cirio encendido en el centro del lago… La torre de babel que todo mago negro lleva en su espíritu. Percibo como la eternidad expande su túnica tejida con cifras matemáticas sobre el Bien y el Mal. El barquero me extiende una de sus famélicas y yermas ramas mientras abordo su barca. Es una Dríade decrépita, concebida en los pensamientos póstumos de un antiguo poeta, mientras contemplaba extasiado el ciprés frente a la tumba de su amada.

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Morgan Vicconius Zariah

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Fue atravesando un estrecho callejón, en una oscura noche de luna creciente, huyendo de mis sufrimientos, queriendo morir de dolor. Fue cuando pude ver la luz que hay en las sombras; el color y la brillantez de la oscuridad.

Caí tendido en el piso abatido de dolor. Y fue entonces cuando vi dos guardianes con botas de metal acercarse a mí, por un momento tuve miedo, pero intuí que serían amigables. Me tomaron los guardianes por las manos y me levantaron del suelo, al levantarme, pude ver una gran neblina de oscuridad que ocultaba la poca luna que había. Del suelo salía un vapor rojizo como si fuera fluido del infierno. Me sentí como si hubiera pasado a otra dimensión, y dichosamente tenía razón. Los guardianes me guiaron por los senderos solitarios y sombríos de aquellos desiertos de sombras cadavéricas y de un frío terrible y desolador. Todo en aquel lugar era la desolación, pero no me atrevo a decir que era el infierno; porque resultó ser mi paraíso.

Vi allí montañas hechas de huesos afilados y puentes de esqueletos. Atravesamos todas las misteriosas ruinas de aquella desolada ciudad de sombras, y sentí que mi débil y abatido cuerpo se hacía más fuerte, frió y cruel. De mi mente se borraba todo dolor y tristeza. Sólo quedaba en mí un poder que me hacía sentir superior; el cual perdura hasta el día de hoy. Los guardianes me tomaron de mis hombros y me empujaron después hacia un lago de tinieblas que me cubría hasta un poco más encima del cuello. De aquel estanque pude apreciar como se levantaban fantasmas de oscuridad, no sólo del lago aquel, sino de todo el suelo. Los fantasmas que se despertaron estaban cubiertos con armaduras de metal y espadas afiladas; sus escudos eran los más fuertes que guerreros algunos hayan tenido y sus fuerzas no la superaban ni los volcanes más ardientes de la tierra. Aquellos guerreros cadavéricos, me entregaron de rodillas sus armas y sus fuerzas, me consagraron a Las Sombras Guerreras.

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Este momento fue todo el sueño. Este conjunto de sepulcros de piedra, dispuestos como los monolitos astronómicos de alguna civilización perdida en la oscuridad que cubre la mayor parte de lo que somos. Intuimos el propósito de su diseño: canalizar una energía necrófaga de la estructura astral con la cual está alineada. Esta energía, oriunda de una constelación oculta tras el tercer ojo de aquella entidad que simboliza nuestra Voluntad con Patas de Cabra, ha sido desde tiempos inmemoriales su principal alimento.

Antaño, fuimos parte de las miríadas de renegados alados que solían hacinar los calabozos de un extraño reino de los cielos. El rechinar de nuestros antiguos dientes etéreos dio como fruto la maligna vibración, que desde ya estremece los pilares de la futura ciudad santa; su futura armonía ya cae víctima de nuestra indolencia, y de nuestra voluntad con patas de cabra.

Aquí estamos, más allá del fin de todo futuro, en este pasado que nos había estado esperando con maternal paciencia. Este tiempo, en su totalidad, es el trono sobre el cual se sienta nuestra voluntad con patas de cabra; este tiempo, se extiende como un esmalte de furia sobre la oscuridad fresca que mana de las heridas de los antiguos Ángeles, que revelaron con su rebelión su demonio interno. Así que, nos ubicamos en nuestras correspondientes posiciones, ante el sepulcro que porta nuestro epitafio particular, y con los puños cerrados y dientes crujientes cristalizamos la expresión física de esa voluntad con patas de cabra para que se imprima sobre el escudo pentagramal que empuña nuestro presente. Ese presente, ya camina él también con patas de cabra, al igual que nuestra voluntad. Y a esta ya la podemos ver posada sobre el sepulcro central del santuario de piedra, es decir, sobre este Blogzine de las cosas que no son pero que deberían ser. Se adelanta hacia el infinito de la edición de esta semana, dejando como huellas de sus pezuñas de hierro ardiente, almas en llamas; entre ellas la de cada uno de los miembros de este templo virtual y aquellas de nuestros Hermanos Fanáticos.

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Frank Frazetta - Conan the Barbarian

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«Él no era sólo un hombre salvaje; él era parte de lo salvaje, uno con los incontrolables elementos de la vida; por sus venas corría la sangre de una manada de lobos; en su cerebro acechaba la vasta profundidad de la noche nórdica; su corazón ardía con el fuego de bosques en llamas.»

Fragmento de «El Coloso Negro», de Robert E. Howard

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El único y más frustrante aspecto de ser un fanático del Conan el Cimmerio de Robert E. Howard, es la miríada de opiniones subjetivas de parte de sus lectores sobre los valores que el personaje de Howard encarna. Y no es que él escribió las historias de Conan tan opacas que cualquier interpretación sería considerada válida. Estoy seguro que Howard sabía exactamente cuales eran los rasgos y motivaciones del personaje de Conan, y así lo describió actuando en una razonable y consistente manera a lo largo de toda la serie.

Entonces, ¿que pasó? ¿Por qué hay tanta confusión en cuanto a Quién o Que fue Conan?

La contribución más grande a esta confusión viene de parte de la absoluta plétora de material pastiche que ha sido agregada a la saga de Conan desde el suicidio de Howard en 1936. El primer pastiche suministrado por L. Sprague DeCamp y Lin Carter establecieron el tono para todos los trabajos subsecuentes, ya que ellos se incorporaron al mito de Conan con la misma igualdad de estatus que Howard. Las historias de DeCamp/Carter se alejaron de la visión de Howard, ofreciendo su propia versión suavizada; enfatizando las cualidades «heroicas» de Conan (como su «tosca caballerosidad» hacia las mujeres) y minimizando sus aspectos más desagradables. Ellos también tendieron a presentar a Conan como siendo más cerebral que los instintos barbaros de Howard. Sin embargo ellos eran novicios comparado con lo que estaba por venir.

La ofensa más grande en todos los sentidos fue la de la Marvel Comics. Su versión de Conan fue la de un personaje completamente diferente al de la visión de Howard. Extrañamente, buena parte de esto vino a causa de la agenda forzada sobre la Marvel Comics por estar ajustada al Código del Cómics; ellos tenían que presentar a Conan como un modelo positivo. Para ello, el escritor Roy Thomas tuvo que caminar un poco sobre la cuerda floja, en orden de mantener a Conan de alguna manera ajustado a lo que Howard visualizó. Conan todavía mataba a sus enemigos (algo que a otros héroes el Código del Cómics no se les permitía), pero era siempre en defensa propia; en lo adelante ya no le estaba permitido asesinar a nadie bajo un impulso gratuito. Algunas personas argumentarían que esto no fue un gran cambio, pero en verdad cambió completamente la personalidad y motivaciones de Conan. Otro cambio sobrevenido al personaje se gestionó por la costumbre de Thomas de tomar trozos de historias, y eventos de éstas, así como la disposición de personajes, tejiéndolos en un todo consistente y homogéneo. Para aumentar más la confusión a Thomas le fue permitido adaptar las historias de DeCamp/Carter para las series de Marvel, y esto con diferentes grados de éxito. Poco después Thomas abandonó la serie, cayendo esta en un estado estático y confuso, que lentamente transformó a Conan un un superhéroe ordinario; en un verdadero boyscout de la Era Hiboryana. Incluso, el posterior regreso de Thomas a la serie, fue incapaz de prevenir el descarrilamiento de ésta y su colapso contra su propia y gigantesca mitología.

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ROBERT E. HOWARD - 1906 -1936

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Les aseguro

que el individuo nunca se pierde, ni en el pozo negro del que

un día salimos arrastrándonos, berreando, ciegos y

repudiados, ni en el eventual Nirvana al que algún día

accederemos… y que he podido ver, a lo lejos, centelleando

como un lago azulado en el crepúsculo, entre las montañas

estelares.

El Jardín del Miedo (Robert E. Howard)

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Un jardín puede ser muchas cosas aparte de un jardín. Sobre todo cuando su exuberancia se hace manifiesta a través de extrañas formas vegetales armadas de intensos colores que golpean con el impacto de la maza de un gigante. En el lejano rincón oscuro, tras la estructura de espinas y pétalos de una belleza que sirve a la muerte, se agazapa la siniestra fuerza espiritual simbolizada en un jardín que en verdad puede ser muchas cosas aparte de un jardín, incluso El Jardín del Miedo.

Robert E. Howard concibió esta historia como parte de una serie —posteriormente abortada— en 1933. Ese año, que sería la colina de hierro sobre la que se alzaría el sol de rayos cortantes de Conan y su Era Hiberyana, también se prestó para que Howard intentará especular con algunas de sus inquietudes filosóficas concerniente a uno de sus temas favoritos: Las vidas pasadas y la reencarnación. Así, con los destellos de la espada del bárbaro Cimmerio encegueciendo a una masa de fanáticos, ávidos de que su propia cabeza ruede por las colinas heladas de ese pasado nórdico, Howard escribió la primera historia basada en el personaje James Allison. Esta historia se tituló Los que Marchan al Valhalla, teniendo como protagonista al personaje James Allison: un ciudadano de Texas que al filo de la muerte comienza a recordar sus vidas pasadas. En una carta a Clark Ashton Smith, de octubre de 1933, Howard escribió que la secuela de esta historia El Jardín del Miedo, iba a «tratar con algunas de mis varias ideas del mundo Hiberyano y post-Hiberyano». Nos encontramos pues, en el ocaso de la Era Hiberyana, en especial en un momento de grandes migraciones.

Lo que hace a estas historias joyas especiales dentro del gran tesoro de gemas imaginarias que es en sí la literatura de Howard, es que el carácter de pasiva reflexión dada por la mecánica misma de su principal tema —el recuerdo de pasadas vidas— las convirtieron en espacios en los cuales Howard pudo cincelar puntos de vistas más filosóficos; aún estando presente la metafísica de la acción, que de la mano de una narrativa fulminante, como un rápido golpe de hacha, nos decía todo lo que necesitábamos saber del día a día de un guerrero.

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Cuenta la leyenda que la nevada comenzó en tiempos inmemoriales, desprendiéndose de la sangre fría del antiguo cadáver de una divinidad caída en batalla. Los seres que habitaban aquellas tierras, desde los humanos a las criaturas más fabulosas vieron su mitología enmarcada en la escarcha sanguinolenta de un invierno no incluido en los conjuros del mago. La dura estación se impregno en el espíritu de las tribus guerreras, cuyo ardiente impulso en más de una ocasión derritió la nieve escarlata, proporcionando de esa manera la sangre fresca requerida en el sacrificio: la meditabunda sangre de un antiguo Dios sobre los altares de hielo, bañados por la luz plateada de una luna en lo alto de la silenciosa noche nórdica.

El tiempo avanzaba sobre los valles y picos montañosos envueltos en el sudario de la nieve escarlata. Avanzaba bajo la figura de un anciano de raídas vestimentas plateadas; su imagen sólo se reflejaba en las pupilas de aquellos guerreros cuyos ojos se cegaban con la sangre que imaginaban. El Anciano Tiempo recorrió durante edades las planicies ahogadas por la nieve escarlata, en cruenta batalla entre el tiempo mismo de su sabiduría y la eternidad de la sangre helada en las venas de un cadáver hiperdimensional. Pero El Anciano Tiempo continuaba recorriendo las congeladas aldeas sustentadas por la energía espiritual de poderosos guerreros, que generación tras generación se habían endurecido con la nieve escarlata… El don más preciado de su antigua divinidad guerrera, su sangre… Su alma líquida.

Su meta era el guerrero cuyo corazón era una campana tañida por el olvido de su pasado y su futuro, y la vivencia de un intenso presente. Ese guerrero era sólo un símbolo de una energía arquetípica, por lo tanto le podemos llamar con cualquier nombre. Así que le llamaremos Conan. El Anciano Tiempo conserva en todo su tiempo un puñado de la nieve escarlata; con ella rocía la imaginación en espera de ciertos elegidos al nacer. Su frialdad hace que sus futuras visiones sean salvajes y portadoras de un fuego extraño, que sólo arde en armonía sobre la nieve escarlata. Uno de esos elegidos fue Robert Ervin Howard.

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Morgan Vicconius Zariah

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Esta gris calavera que sostengo en las manos me infunde ricas visiones, que son  más insondables que esos ojos huecos y oscuros que me observan. Arde un fuego espectral en ese vacío donde alguna vez existió un cerebro; un universo interior en esta esfera de hueso, reclama todos los sentidos de mi alma.

Una oscura brisa me absorbe por el hueco de sus ojos haciéndome ver su mágica vida.  Los fuegos de todas sus visiones me envolvieron enseguida en un mar de  vívidas imágenes; visiones confusas del futuro, pasado y presente, unidas en un eterno ahora. La vida entraba hacia este templo fúnebre, mis manos sostenían, durmiéndome, esta calavera. Una imagen dolorosa asaltó mis pensamientos y sentimientos: un enjambre de avispas aguijoneando los ojos de un niño, en el cual quedaban las desoladoras marcas de la ceguera. ¡Este niño era él! Al que la naturaleza le regaló todas las visiones quitándole sus ojos. El veneno sorbió la vida de sus pupilas, escupiendo en ellas sueños, de un infierno sin fin.

Después de desenterrar estos huesos, en mi abstracta ambición de conocer lo que ha estado más allá, mi alma ha quedado vagando por siempre en este universo. Me corroen todas esta imágenes, ya no veo con mis ojos, sino con aquéllos que hace  tanto tiempo los gusanos devoraron. Doy vueltas en círculos por todas estas visiones que sólo al vidente le fueron concedidas, y que por mi atrevimiento, hoy se clavan en mi Ser como aguijones de avispas; envenenándome cada rincón. Y ese veneno es la locura, la que tarde o temprano me hará pagar mi osadía. Pero por ahora, aún continúo dando vueltas como en una extraña rueda, por las visiones que alguna vez pasaron frente a los ojos del vidente.

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Me siento obligado a puntualizar ciertas consideraciones, las cuales, aparentemente, han sido pasadas por alto por el señor Julian Gray en su bien escrito y meditado análisis sobre la Ciencia Ficción, publicado en la columna de cartas del número de junio de Amazing Stories.

Para comenzar, me parece que su definición de la literatura como algo dedicado exclusivamente al estudio del desarrollo de la personalidad y las reacciones humanas, es más bien estrecha y limitada. La literatura puede ser, y es, cualquier cosa; y una de su más gloriosas prerrogativas es el ejercicio de la imaginación sobre cosas que yacen más allá de la experiencia humana… La aventura de la fantasía dentro del asombroso, sublime e infinito cosmos fuera del acuario humano. En este género, del cual la Ciencia Ficción es una rama, el principal interés está en otras cosas que el simple desarrollo del carácter y las reacciones, como debería apropiadamente ser enfatizado en una historia sobre condiciones y eventos ordinarios.

Por supuesto, la Ciencia Ficción es, ha sido, y será escrita con una cuidadosa atención en la verosimilitud en tales temas. Pero para el principiante en este tipo de ficción, y en general a toda ficción altamente imaginativa y fantástica, la verdadera emoción viene dada en la descripción de eventos, poderes y escenarios ultrahumanos, los cuales empequeñecen la presencia humana a un nivel  insignificante. Para muchas personas –probablemente más de lo que el señor Gray puede concebir- las historias imaginativas le brindan una bienvenida y  saludable liberación de la opresiva tiranía de lo homocéntrico, y contribuye a corregir los valores profundamente retorcidos y degenerados, que son promocionados por el «humanismo» actual, y la literatura realista con su enfermizo materialismo y su tendencia a anclarse en todo lo terreno. La Ciencia Ficción, en lo mejor de sí, deviene en sublime y exaltada poesía, por su evocación de increíbles y no-antropomórficas imágenes. Exigirle a historias de esta naturaleza una intensa observación terrenal, es algo innecesario y que no viene al caso; y quienquiera que se aproxime a ellas desde este punto de vista le mutilará su verdadero valor y belleza.

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He aquí que continuamos hibernando en el sepulcro medieval de Averoigne, cavado en el tiempo fantasma de la imaginación de Klarkash-Ton.  A punto de ver nuestros sueños devorados por los seis gusanos carroñeros, encarnados en las historias restantes. Así que dejemos el insecto que alguna vez encarnó nuestra alma, ser aplastado por el pie putrefacto de un gigante resurrecto.

  • EL COLOSO DE YLOURGNE

Publicada por primera vez en Weird Tales, en junio 1933.

 

Esta novela corta está entre los trabajos más largos que Smith haya publicado alguna vez, sobrepasando las 14, 000 palabras, y en la que el autor cinceló una obra épica de la fantasía oscura. Las escalofriantes atmósferas de la nigromancia, los horrores emanados del sepulcro, y una extensa devastación física desfilan a lo largo de ella. Pero su horror no se deja regir por las leyes del horror, en vez de eso el final le otorga la personalidad de una verdadera aventura de fantasía heroica, muy cercana al concepto de «Espada y Brujería» en el sentido moderno. Si el héroe Gaspard du Nord, hubiese empuñado una espada en algún punto, la historia hubiese calificado automáticamente dentro del genero popularizado por Robert E. Howard. No obstante, Smith plantó sin quererlo una semilla extraña, que por no haber sido alimentada con los nutrientes de otras mentes creativas no se desarrolló. Pues la solución del conflicto no se resuelve con un guerrero cortándole la cabeza a un hechicero, sino que la magia negra se enfrenta a la magia negra, declarando de esta manera que las artes oscuras están más allá del impulso decidido de un montón de músculos. La mezcla de magia negra con aventura heroica hacen de esta historia una de las obras maestra de su prosa, y la joya en la corona del ciclo de Averoigne.

Es el año de nuestro señor 1281, fecha nefasta en la que el nigromante Nathaire huye de Vyones y pone en marcha una espectral venganza desde las ruinas del castillo de Ylourgne antes de morir; pues él se encuentra a las puertas del reino que tanto evocó. Gaspard du Nord, antiguo discípulo de Nathaire se entera tras una incursión en las siniestras ruinas, que su antiguo maestro, ha estado convocando desde sus sepulcros los cadáveres frescos de todo Averoigne. El propósito: utilizarlos como materia prima en la construcción de un  cadáver gigante de cien pies de altura, dentro del cual transferirá su espíritu, y así poner en marcha gracias al combustible demoniaco de su energía espiritual, este coloso sobre toda la provincia. Depende de Gaspard detenerlo. Pues sólo con las artes oscuras que aprendió puede detenerse la amenaza, ya que la iglesia es impotente una vez que el desastre sobreviene sobre la región, incluyendo sobre su monasterios. La escena final, con Gaspard parado en lo alto de la catedral de Vyones, sosteniendo un bolso de polvo mágico y en espera del Coloso —que luego de aplastar los alrededores se dirige en pos de la sede católica—, constituye un póster genial de oscuridad medieval, elevada a alturas apoteósicas por la presencia misma de la catedral, la oscura voluntad de poder que en sí misma simboliza, el Coloso ante ella y el Héroe sobre ella. Y para hacer aún más heroica las artes oscuras que al final salvan la ciudad, Gaspard al escalar hasta el techo de la catedral se coloca delante de una  gárgola de cabeza de pantera semejante (sino la misma) a la construida con inspiración infernal por Blaise Reynard, 143 años antes.

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Morgan Vicconius Zariah

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El fuego empieza otra vez a calentar el metal que contiene las promesas de liberación. El líquido emprende un baile hirviente, esperando ser succionado por el fino túnel, por el cual se inyectarán las palabras de este joven y eficiente evangelio. Sus adeptos, prometieron un paraíso nuevo y todo un desapego material. Y pronto, un ejército de feligreses empezó  a dar testimonio de su nueva fe. ¡Arde y quema en lo más adentro! Libera de las cadenas de lo establecido. «Esparzamos por el mundo el evangelio —decían ahora los conversos— hagamos de las agujas nuestra única salvación, pues ésta, es la alquimia de lo eterno. Metal, Agua, Fuego y Tierra, dejemos que claven en lo más profundo su real utopía… Los finos túneles por el cual descienden las bendiciones de un naciente cielo.»

Las convulsiones y el mareo, el vómito y la nada; era la iniciación en esta nueva doctrina sin letras, hija de un lenguaje abstracto, un lenguaje que tenía espíritu ardiente, al igual que las religiones de los libros. Pero aquí, no importa saber leer. Las bendiciones descienden desde de la jeringa, y se desplazan por la aguja. Después, se agitan en la sangre como todo ritual sagrado; la sangre sirve de alambique para elevar la quinta esencia a los confines de un estado suprasensorial.

¡Después está la pesadez y el desasosiego!

El que abandona las agujas sufrirá su infierno: temblores y dolores, angustias y crujires. El que las ama en demasía morirá redimido por su gran abrazo. Burroughs, es su principal profeta… Y en fuego, sus discípulos se están encargando de escribir su evangelio.

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