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De nuevo la noche cae en los mundos que se alinean al azar dentro de mí; otra vez la luz de la luna se refugia en mis huesos, trayendo consigo el invierno y su sombra. Hacia estas huyen mis sueños, felices de estar por una noche libres de la tiranía del sol. Todo fue tan rápido que apenas cerré mis ojos y me encontré aquí.
Yo también escucho el embriagante himno cuyos ecos exhalan los sepulcros vacíos de la clarividencia, el mito y las orgias; y los encantamientos del bosque silencioso que brotan como chispas de semen, felices de estar nuevamente en la majestad de su juventud pagana. Arden como en las épocas de magia e iluminación a pesar de ser este verano fruto de la estación fría de mi espíritu.
Mis pasos se han adelantado junto con los Duendes. Marchan jubilosos al penetrar por el umbral de esta extraña gruta: un tercer ojo gigantesco. De este lado la magia es el corazón secreto que late en el seno del paisaje. El incandescente polen lunar se desliza por la superficie de toda la naturaleza. Aquí, la intuición es el aura que todos poseen. Los pequeños duendes continúan jugueteando a mi alrededor. Algunos se deslizan por la entrepierna de mis fantasías provocándome extraños orgasmos que se evaporan en las oquedades donde habitan las Sílfides… Todo es rosa en su reino de vientos enervados.
Ya se acerca el barquero. No sé cuanto tiempo llevo esperando en la orilla de este gran lago de cera negra derretida, que desciende como una cascada oscura y ardiente desde el colosal cirio encendido en el centro del lago… La torre de babel que todo mago negro lleva en su espíritu. Percibo como la eternidad expande su túnica tejida con cifras matemáticas sobre el Bien y el Mal. El barquero me extiende una de sus famélicas y yermas ramas mientras abordo su barca. Es una Dríade decrépita, concebida en los pensamientos póstumos de un antiguo poeta, mientras contemplaba extasiado el ciprés frente a la tumba de su amada.



