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Archivos Mensuales: diciembre 2010
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«Ciencia y Brujería», por Simon Whitechapel, contiene una serie de opiniones interesantes y debatibles. Sin embargo, en su centro yace un análisis que observa las diferencias y méritos relativos de, J. R. R. Tolkien y Clark Ashton Smith. De todas las áreas y tópicos abordados, es precisamente aquí, donde se ubica la esencia básica de la polémica del señor, Whitechapel, y por consiguiente es este el punto que deber ser debatido. Procediendo de esta manera, se cubrirán de paso una serie de tópicos concernientes a Tolkien y Smith: la fantasía, América, el cine, serán en algún momento tratados y discutidos. No obstante, la cuestión no es tratar de convencer al señor Whitechapel, de que cambie sus opiniones; el propósito es presentar una forma correctiva de contraargumento que estimule el debate, de la misma manera que una antítesis es requerida antes de que un debate pueda surgir de una tesis dada. Esta es, entonces, la meta de este artículo: estimular un debate que conduzca a consideraciones de los méritos relativos, de dos autores altamente respetados, y plantearlos desde una visión más amplia, que esté relacionada con la literatura fantástica en general.
«Aparte de ser católico y antiracionalista —afirma Whitechapel— Tolkien era, sobre todo, un mal escritor. Su libro más famoso, El Señor de los Anillos, conjuga todo lo que los europeos verían como los peores fracasos de la cultura popular americana: sentimentalismo, superficialidad y bidimensionalidad». Esta es la esencia de la crítica del señor Whitechapel, y estos tres puntos necesitan ser debatidos, ya que él mismo falló en hacerlo. Sí, es verdad que es sentimental en parte, una aleación de sentimentalismo mezclado con emociones más oscuras. Pero tenemos en el primer volumen, el episodio del barrow-wraiths, que no es para nada sentimental. Tenemos también el ataque de Weathertop, la caída de Gandalf en Moria y el intento de Boromir de tomar el anillo, todos ellos episodios desprovistos de sentimentalismo. En el segundo volumen, la difícil situación de los Ents es discutida, y cuando éstos pasan a la acción, lo hacen definitivamente en una manera lejos del sentimentalismo: ellos ponen sitio y, destruyen el anillo de Isengard. Theoden, es presentado igualmente en una manera no sentimental. En el mismo orden son las escenas ubicadas en Los Pantanos de la Muerte. En el tercer volumen la muerte de Theoden y de Denethor, carecen ambas de sentimentalismo. Así también, es el largo asedio de Minas Tirith y la destrucción del Rey Hechicero. Finalmente, el rastreo de la Comarca, es una catástrofe muy alejada del sentimentalismo, que los Hobbits tienen que enfrentar. Una elección eminentemente más sentimental, sería la tomada por la película: los Hobbits regresan, todo marcha bien, y viven felices para siempre. Donde el sentimentalismo se manifiesta, es casi siempre en personajes de menor categoría, como ocurre con los varios ponies de la compañía; esto, es reconocido entonces como un fallo, pero sin la sobrecarga de sentimentalidad que uno esperaría encontrar de acuerdo al señor Whitechapel.
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Rumbo al norte, siempre al norte de la imaginación. Donde la Estrella Polar está clavada como una espina de hielo en el vacío que se extiende como una Lápida Estelar, sobre las imaginaciones hyperbóreas. La estrella es como una diadema colocada en la frente invisible del continente boreal. Y a los pies de esa diadema, de helada luz astral, nos posamos nosotros, peregrinos de las áridas tierras de la realidad ordinaria… del yermo futuro donde no florecen ya mitos, excepto aquellos imaginados por las almas poderosas, como la de nuestro, Clark Aston Smith. El aroma de sus amapolas con túnicas de escarcha nos seduce. Inclinémonos reverentes a recogerlas. La primera posee un aroma que congela con un extraño destello. Su nombre es: «La Venida del Gusano Blanco».
Dejando la historia «Las Siete Penitencias», en brazos de otro espacio dimensional, es decir, en el reino de nuestra Introvision, la cual le fue consagrada a aquélla; nos remontaremos hacia la nórdica Mhu-Thulan, para vivir la que quizás es la historia más antigua del ciclo, según sugiere su propia evolución interna. Y allí nos espera el mago, Evagh, que aún a mitad del verano de ese año mítico, fue preso de una serie de extrañas intuiciones que a pesar suyo, le helaron la sangre.
La historia se nos presenta como siendo «El Capítulo IX del Libro de Eibon», pues fue este mago quien registró el legendario suceso. Y también como una traducción del antiguo manuscrito francés, hecha por un tal, Gaspard du Nord. Es decir, su tiempo precede con mucho a aquellos, en que tuvieron lugar: La Puerta de Saturno; La Sibila Blanca; El Demonio del Hielo… por mencionar sólo las historias del ciclo, que se ubican en la región nórdica de Hyperbórea. Las demás se desarrollan en las regiones centrales y australes de éste. Como el avance de la capa de hielo primero cubrió las regiones boreales, se puede inferir que las historias desarrolladas en ellas, constituyen el pasado de la línea temporal del ciclo. Posiblemente para la época del El Demonio del Hielo, en la cual ya casi toda la región de Mhu-Thulan estaba cubierta por éste, pudieron tener lugar algunas historias commorianas, como Las Siete Penitencias o, La Suerte de Avoosl Wuthoqquan. Pero bueno, he aquí que…
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Estamos en el umbral de una puerta hacia un planeta Saturno, que en un pasado polar se conoció como Cykranosh. Morghi, el sumo sacerdote de la diosa Yhoundeh, ha irrumpido en la torre de cinco niveles de forma pentagonal de su archienemigo: el mago Eibon. Este último había adquirido una sombría reputación entre las personas de la distante península nórdica de Mhu Thulan. Eibon… sin dudas el mago más emblemático del continente de Hyperbórea, en sí mismo, un legado simbólico de Clark Ashton Smith, para la posteridad de cualquier imaginación que sea inspirada por los arcanos de un conocimiento ancestral; y que sea cegada por el esplendor de la manifestación artística y literaria del género de la Fantasía Oscura. El Libro de Eibon, siempre estará a mano para ser escudriñado por cualquier mente especulativa; un verdadero tesoro a disposición de cualquier nigromante; un volumen imprescindible en la biblioteca de los Mitos de Cthulhu. Y menos mal que Eibon ya lo había escrito para cuando Morghi y sus acólitos emprendieron su cacería. Pero, ¿cuál fue el verdadero motivo?… Aparte de la obvia rivalidad, que el mago representaba para el sumo sacerdote, en cuanto al dominio de los conocimientos ocultos:
«Eibon era un devoto del ampliamente desacreditado dios pagano, Zhothagguah, cuya adoración era incalculablemente más vieja que el hombre; y que la magia del Eibon había sido obtenida de su ilícita afiliación con la oscura deidad, quien había descendido a través de los mundos desde un universo alienígena, en tiempos primigenios, cuando la tierra no era más que un cieno burbujeante. El poder de Zhothagguah, aún era temido; y se decía que aquellos quienes estaban en la disposición de rendir su humanidad en orden de servirle, habrían de ser los herederos de secretos más antiguos que el mundo; y maestros de un conocimiento tan espantoso, que sólo podría haber sido importado de planetas exteriores, coetáneos de la noche y el caos. [La Puerta de Saturno].»


