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El Misterio es infinito. ¿La Revelación?… Sólo es un término, un concepto, un estado sustentado por la petrificación autocomplaciente del alma en un nivel de conocimiento dado. No existe la Revelación, sólo el Misterio. Él flota más allá del fin último de todo mito y concepción sagrada elaborados por las distintas civilizaciones de la humanidad a lo largo de su gigantesca historia, así como también todo lo que puedan captar los poetas, profetas y visionarios a través de su experiencia artística y espiritual. El Misterio es el alma del universo y se accede a él por medio de una imaginación emanada de un alma embriagada: una comunión de almas microcósmicas y macrocósmicas. Es insondable. Desde esta esfera llamada tierra, un grano de arena en el mar del universo; desde estas tres dimensiones del espacio que ocupa todo nuestro universo familiar, una línea entre millones de otras que representan universos paralelos… aprendemos sólo una pequeña porción del Misterio. Es válida, pero no definitiva, y aún menos absoluta. Pues, precisamente, el Misterio es complejo e infinito porque son esas revelaciones de su naturaleza lo que lo ramifican y extienden, en otras palabras… Cada revelación le añade misterio al Misterio. Y eso sólo aquí.
Pero, ¿y en otros planetas, sistemas solares, galaxias, universos y las inteligencias que lo puedan poblar? En cada punto del cosmos se intenta también comprender al Misterio. Posiblemente con un mayor despertar y una concepción más evolucionada. Y es que mientras más evolucionado sea el espíritu y la imaginación, más profunda y esclarecedora es la comprensión del Misterio, y por consiguiente más divinidad le concede a los seres que se aproximan más a él. Aquí, en nuestro planeta, en su vasta existencia, se han sucedido edades, civilizaciones, diferentes cultos y concepciones sagradas, el reinado de millones de dioses olvidados y por supuesto las manifestaciones creativas. Entonces, ¿debemos estancarnos con una única tradición y esquema sensorial apelando sólo a la herramienta paralizadora e involucionada llamada, «ésa es la única verdad», y cerrarnos a las demás concepciones? Y más aún, ¿no sumergirnos con voluntad ciega en aquellas que intuyamos sean más trascendentales? Cosmogonías sumeria, egipcia, hindú, ¿acaso debamos mencionar la cábala judía? Las filosofías budista y taoísta; los mitos griegos y nórdicos; lo que pudieron arrancarle los chinos; las visiones mágicas de todas las sociedades tribales desde el principio de los tiempos; lo que alguna vez pudo pensar el eslabón perdido y que más adelante fue repensado por el hombre de las cavernas; y todas las chispas del fuego sagrado que los grandes maestros han hurtado del Olimpo del Misterio: desde Hermes Trimegisto hasta Einstein… todas no son más que efímeras soluciones de un Misterio que siempre será necesario resolver.



