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Archivos Mensuales: febrero 2011

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El Misterio es infinito. ¿La Revelación?… Sólo es un término, un concepto, un estado sustentado por la petrificación autocomplaciente del alma en un nivel de conocimiento dado. No existe la Revelación, sólo el Misterio. Él flota más allá del fin último de todo mito y concepción sagrada elaborados por las distintas civilizaciones de la humanidad a lo largo de su gigantesca historia, así como también todo lo que puedan captar los poetas, profetas y visionarios a través de su experiencia artística y espiritual. El Misterio es el alma del universo y se accede a él por medio de una imaginación emanada de un alma embriagada: una comunión de almas microcósmicas y macrocósmicas. Es insondable. Desde esta esfera llamada tierra, un grano de arena en el mar del universo; desde estas tres dimensiones del espacio que ocupa todo nuestro universo familiar, una línea entre millones de otras que representan universos paralelos… aprendemos sólo una pequeña porción del Misterio. Es válida, pero no definitiva, y aún menos absoluta. Pues, precisamente, el Misterio es complejo e infinito porque son esas revelaciones de su naturaleza lo que lo ramifican y extienden, en otras palabras… Cada revelación le añade misterio al Misterio. Y eso sólo aquí.

Pero, ¿y en otros planetas, sistemas solares, galaxias, universos y las inteligencias que lo puedan poblar? En cada punto del cosmos se intenta también comprender al Misterio. Posiblemente con un mayor despertar y una concepción más evolucionada. Y es que mientras más evolucionado sea el espíritu y la imaginación, más profunda y esclarecedora es la comprensión del Misterio, y por consiguiente más divinidad le concede a los seres que se aproximan más a él. Aquí, en nuestro planeta, en su vasta existencia, se han sucedido edades, civilizaciones, diferentes cultos y concepciones sagradas, el reinado de millones de dioses olvidados y por supuesto las manifestaciones creativas. Entonces, ¿debemos estancarnos con una única tradición y esquema sensorial apelando sólo a la herramienta paralizadora e involucionada llamada, «ésa es la única verdad», y cerrarnos a las demás concepciones? Y más aún, ¿no sumergirnos con voluntad ciega en aquellas que intuyamos sean más trascendentales? Cosmogonías sumeria, egipcia, hindú, ¿acaso debamos mencionar la cábala judía? Las filosofías budista y taoísta; los mitos griegos y nórdicos; lo que pudieron arrancarle los chinos; las visiones mágicas de todas las sociedades tribales desde el principio de los tiempos; lo que alguna vez pudo pensar el eslabón perdido y que más adelante fue repensado por el hombre de las cavernas; y todas las chispas del fuego sagrado que los grandes maestros han hurtado del Olimpo del Misterio: desde Hermes Trimegisto hasta Einstein… todas no son más que efímeras soluciones de un Misterio que siempre será necesario resolver.

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VIA - La niña de las rocas pag 41

Arcadio Encarnacion – M.E. Goth / VIA – Pag 41

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Otra vez camino sonámbulo a través del sueño; de nuevo he resbalado a través del portal de los mitos ancestrales. Caminar junto a los recuerdos ciegos del tiempo, sin comprender la carencia de fatiga y lo infinito del trayecto recorrido, sobre este desierto que otro imagino.

Al fin, hace un momento, surgido desde la infancia de la eternidad, aquello que creí era un espejismo estimulante y redentor, en medio de toda esa nada, resultó ser una aparición que pobló de horribles formas la reinante desolación.

Es un gigantesco péndulo, cuya esfera contiene el ojo de un cíclope. He interrumpido su lejano sueño, sus párpados cerrados por los milenios se elevan lentamente, abrasándome con su brillo intenso y profético. En el mismo instante en que el gran ojo se ha despojado del velo de hierro que castraba su terrible mirada, el péndulo inicia su hipnótico oscilar. Los destellos flamígeros que se desprenden del hierro de su armadura, amenazan con la evocación de horrendas edades en las estancias de mi trance.

El inmenso cíclope, petrificado por un espanto que salió a su encuentro en este valle crepuscular, quedó erecto por toda la eternidad cual monstruoso símbolo fálico. Las horribles garras de hierro oprimiendo cada uno de sus músculos, le ofrendaron sus últimas sensaciones. Su rostro expresa la cruel libertad que el alma erizada le da a nuestro semblante para encarnar el terror. Del hueco de su único ojo, brota la barra de hierro al final de la cual pende el ojo del cíclope. Se desprende como un sombrío rayo desde los quietos pantanos que encierran las nubes cubiertas de limo verde; pegadas como garrapatas a un cielo ensangrentado por la hemorragia de un sol agonizante. Mi mirada, golpeada por el vértigo, atraviesa las brumas y recorre temblorosa la barra vertical en su descenso relampagueante hasta la aridez plateada de la tierra, sobre la cual yo también he quedado petrificado. Estoy inmóvil. Puedo ver mi enorme reflejo en la colosal pupila: que hechiza mi espacio, mi tiempo; que estanca la gran migración que imagino llevó a cabo mi alma, fuera de mi cuerpo.

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Por supuesto, si estos micro-robots de una obesidad molecular pueden ser introducidos cual aliento de vida en el cuerpo físico de los humanos, con el fin de cumplir misiones pre-programada en su estructura molecular, ¿qué puede evitar que reescribamos toda la información genética, obrando de esa manera una alquimia en un cuerpo que ya se creía a sí mismo ser sólo plomo? Lo podemos transmutar en nuestro oscuro oro. Y es que ya basta con el apostolado enzimático y las buenas acciones que a manera de anticuerpos estos heraldos de Lucifer se han visto relegados a ejecutar; y todo con el fin de otorgarle salud y longevidad a un trozo de carne que no quiere podrirse, aún a costa de podrir el alma que lo anima con sus acciones en arco descendente. El suicidio es una acción de autoconservación del alma cuando es amenazada por la vida… pero nadie parece haberlo tomado en cuenta. Así que, iniciaremos nuestro plan de reestructuración biológica y mental del microcosmos conocido como cuerpo humano.

La sospecha de una invasión infernal se ha estado esparciendo junto al rastro ceniciento del fuego frío de los temores humanos. Todos miran ya sea hacia arriba o hacia abajo en espera de que el abismo eructe su fuego alado. Pero nosotros, los iniciados dotados de una ennegrecida clarividencia, sabemos que las legiones se han puesto en marcha, y que todo el trigo y toda la cizaña que se ha de separar crece en el interior del cuerpo humano. Nuestras hordas de Nanodemonios avanzan invisibles al ojo humano. Y lo hacen con sólo una meta en su programación: sembrar las semillas en el ADN humano de nuestro demoniaco evangelio de oscura salvación… La siniestra salvación de nuestra Nanodemonologia.

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VIA - La niña de las rocas pag 40

Arcadio Encarnacion – M.E. Goth / VIA – Pag 40

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¡Lo estoy logrando! El único refugio que le queda a la tinta es mi sombra. Es la única parte cuya existencia depende de ella. Todo el resto de mi Ser ya se calienta a la energía que emana de los huesos; la carne; los músculos; la piel y, todo aquello  que compone a un ser humano. Con algo de suerte, la próxima escena será en la noche y ya habré adelantado mucho en mi suprema meta: devenir en un Ser tridimensional, ¡un hombre! Es la culminación de mi esencia que evoluciona desde el papel y la tinta, hasta el dulce premio de un cuerpo que sude, se resfríe y le duela la cabeza… También que experimente un orgasmo, pues todo comenzó por ella

Aquella tarde ella expandió mi universo concibiendo un destino para mi insipiente alma al carboncillo, fatalmente mezclado desde el primer instante, con un intenso sentimiento; una desgraciada unión de impulsos radioactivos internos y tinta china; que me anunciaron con ecos malditos, el primer sentimiento adquirido en mi tránsito hacía una existencia humana : La obsesión.

Hay ciertos engranajes en la mecánica afectiva y psíquica de los humanos que me hacen arrepentirme, hasta casi desdibujarme por voluntad propia, de querer ser uno de ellos. El entusiasmo, la ilusión, por ejemplo, son de esos engranajes. Me equivoqué. No es cierto que lo esté logrando. Casi olvidaba —y este es otro de los engranajes que extirpan cada vez más la antigua envidia por ellos—, que muchas cosas han cambiado desde que la conocí. A cierto mutante se le ocurrió llevar mi historieta a la televisión: una serie. Niños viéndome, peleándose con sus madres; las madres a su vez maldiciéndome, acusándome de que sus hijos ya no quieren comer por estar absortos frente a mis hazañas heroicas; niños demasiado influenciados por mí, maldiciendo a sus madres y a la escuela, mientras me ensordecen con sus gritos de: «No madre, no quiero estudiar, quiero ver al Caballero Glowfix; tiene superpoderes que la profesora no tiene, además, no me pone de castigo; es el que protege el planeta de los archienemigos enemigos Dragones Vaporosos, comedores de doncellas, joyas y niños». No, jamás imaginé que seria el centro  de semejantes engranajes oxidados, del mundo afectivo y psíquico de los seres humanos. ¡Cómo añoro la Edad de Oro!, allá lejos, cuando los amaneceres eran numerosas ediciones de cómics; en la que mis hazañas eran acariciadas por sus dedos, que en momentos de éxtasis, se detenían para darme un espacio en su imaginación. Ella también tocó, también imaginó. Y he aquí que fui hecho a imagen y semejanza de sus temores hacia los magnánimos Dragones Vaporosos del lado oscuro; de sus fantasías románticas con mis superpoderes de seducción; de sus sueños de aventuras junto a las Joyas Guerreras, brigada élite de los poderes de la luz… De sus desmayos en mis brazos.

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Mi estancia en la ciudad de Malnéant ocurrió durante un periodo de mi vida no menos penumbroso y confuso que la ciudad misma y las neblinosas regiones que se extienden a su alrededor. Yo no tengo ningún recuerdo preciso de su ubicación, ni tampoco puedo yo recordar exactamente cuándo y cómo la visité. Pero yo había escuchado vagamente que semejante lugar estaba situado en la ruta de mi viaje; y cuando arribé al río envuelto en nieblas que corre al píe de sus murallas, y escuché más allá del río los tañidos mortuorios de muchas campanas, deduje que me estaba aproximando a Malnéant.

Al llegar al gris y colosal puente que cruza el río, yo pude haber continuado si así lo quería, por otras rutas que conducían a remotas ciudades: pero me parecía que bien podría penetrar en Malnéant como a cualquier otro lugar. Y así fue que emprendí la marcha sobre el puente de sombríos arcos, bajo el cual las aguas negras fluían en sigilosa división y eran unidas nuevamente en silencio como la Estigia y el Aqueronte.

He dicho que ese periodo de mi vida era penumbroso y confuso: causado en su mayor parte, quizás, por mi necesidad de olvido, a mi persistente y en ocasiones parcialmente premiada búsqueda del olvido. Y aquello que necesitaba olvidar sobre todo, era la muerte de la dama Mariel, y el hecho de que yo mismo le había dado muerte de manera tan segura, como si hubiese cometido el acto con mis propias manos. Porque ella me había amado con una ternura más pura y profunda que la mía; y mi inestable temperamento, mis ataques de cruel indiferencia y feroz irritabilidad, habían destrozado su frágil corazón. Así que buscó el alivio de un veneno letal; y luego que ella había sido puesta a descansar en las sombrías catacumbas de sus ancestros, yo me volví un vagabundo, perseguido y torturado eternamente por un tardío remordimiento. Por meses, o años, no estoy seguro, yo vagué de una ciudad del viejo mundo a otra, prestando poca atención adónde iba con tal de que estuvieran disponibles el vino y los demás agentes del olvido… Y de esa manera llegué, en algún momento de mi infinito peregrinar, a los lúgubres alrededores de Malnéant.

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Me pregunto qué tan doloroso fue el parto de la diosa del amor, Venus, al momento de dar a luz a Cupido, «el deseo», cuyas voces que lo atormentan lo hacen llamarse a sí mismo Eros, la parte no manifestada de sí mismo, la idea platónica del Amor, del cual Cupido, no es más que la representación tridimensional: un oscuro y demoniaco demiurgo, que como todos los de su clase, esclavizan su arquetipo abstracto a su reflejo físico. Marte, su padre, dios de la guerra, ciertamente habrá pensado que la combinación de su fuego con el delicado aire del amor de Venus, no fue una buena idea después de todo. Ah, «el Amor no puede crecer sin Pasión», le respondió el oráculo de Temis a Venus, pasmada ante la maligna infancia estampada como en bajorrelieve de acero sobre el cuerpo de su hijo. Pero la pasión es un fuego infernal, un fuego que Hades le pidió prestado a Satanás, en una reunión fuera del tiempo, donde el futuro abismo del Cristianismo, aún esperaba su turno para engullir almas.

Aún en el delicado equilibrio de fuerzas de la mitología greco-latina, en la cual cada dios representaba una porción de la totalidad del alma humana, el pequeño travieso llamado Cupido, era un oscuro poder digno de temer. La siniestra fuerza de las profundidades se aparecía siempre con su eterna imagen de niño ataviado con unas níveas alas de paloma y cegado por una venda, indicando con ello la misma ceguera que caería cual velo de maya, sobre el discernimiento de todos aquellos que caían víctimas de sus doradas flechas del amor. La ceguera del amor, es la ilusión de un infierno que se presenta como nirvana. El amoroso Cupido, experimentó la transición existencial del universo de los mitos greco-latinos, a la uniformidad divina del Cristianismo, no sin antes poner tras las rejas a su más preciada víctima, Psique: El alma. El muy travieso le proporcionó dos guardianes para que la acompañaran en su ausencia: la soledad y la tristeza, si bien el diablillo culpó a su madre de hacerlo. Y así, inició Cupido su reinado de devastación en las almas humanas, y más aún, con el honor del que fue objeto por el mismísimo Satanás, quien lo elevó a la categoría de demonio: El demonio del amor. Gracias al segundo velo de maya que el amor pone alrededor de la visión interna de sus víctimas, estas siempre ven al niño Cupido, ataviado con sus inmaculadas alas de palomas, pero en verdad, una vez investido como demonio, éstas devinieron en alas de murciélagos.

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VIA - La niña de las rocas pag 39

Arcadio Encarnacion – M.E. Goth / VIA – Pag 39

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Estar en el pasado cazando los recuerdos del presente; la sombra que cuelga de la espalda es el futuro que he olvidado. Ungud, la madre serpiente se desliza junto al destello del rayo, tendiendo un arcoíris de colores fríos y viscosos sobre las nupcias plateadas del Cielo y del Infierno. Soy el niño que contempla su alma, momificada con telas de arañas, ascender en contra del rocío. Estoy aquí, aún me veo extasiado con la visión. Ah, las danzas de los primeros muertos, los poemas sepulcrales de oscuros Corroberee, me embriagan; copulo con la madre Ungud, hasta concebir ensoñaciones tras las cuales deambulo. Ah si, deambular, deambular… En el tiempo de los sueños; y su caos de todo lo que fue, es y será. Devoro los residuos del trance Miriru de los chamanes Unambal. Tengo sed de los ancestros: los Inuntorivia, que le susurran las pesadillas a las galaxias que duermen en cada crimen del ser humano. Seguiré al chaman, al Warramunga, hasta la caverna que penetre para arribar a la perplejidad del tiempo de los sueños. Las lazas encierran mi lengua liberando el silencio; las lanzas atraviesan mi cabeza desde la oreja que se pudre hasta la otra que renace entre las canciones de las sombras Bangumas, amamantadas con los presagios de Agula, el esqueleto fantasma… Gurú de los que ya estuvimos muertos.

Otra vez el origen del universo está varado en mis pasos que deambulan. Bajme… ¡oh ser superior! No puedes soñar con el océano, las olas irreverentes escupen espumas ácidas al gigantesco embrión que piensa la vida inmóvil. Esbozos de seres contenidos en él, nunca han sido, nunca son y nunca serán. No, mientras las rutas de mis pasos floten en la confusión que reposa ignorante, de aquello que vigila, que es el prístino Alcheringa, que espera agonizante mis sueños indecisos. Acabo de cruzar el umbral de la caverna de roca elástica; esta vez gracias a los orgasmos que silba La Serpiente Arcoiris; copulan con deseos claro-oscuros. Sé que mi objetivo, es hallar el Alumburru, el pequeño cristal que contiene mi conciencia al final del arcoíris que se expande infinito dentro de él. No obstante, deambulo, por grutas con arroyos de hiel, cruzando una y otra vez por los perfiles oníricos que destella mi pequeño Alumburru; que viajan a través de mi, a los horrorosos dominios del espacio-tiempo, sólo para devenir en una joya preciosa, perdida en las aceras de las metrópolis que no duermen.

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