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Esperen un momento. Disuelvan en la corrosiva contemplación las cuatro columnas de cada uno de sus pasos. Es la colina. No ven como desciende en gotas de lluvia hasta la parte trasera de nuestras pupilas; y el verde de sus praderas se derrama en olas de hierbas sobre lo indefinido. Ahora podemos continuar, ya no hay colina que ver. Está en el reino de lo inmanifiesto, proponiendo un brindis por los conceptos que definen lo invisible.
—Señor Tao, se siente usted bien, es decir… Desde hace mucho tiempo mi abuelita me dice que usted está loco, y pretende organizar un movimiento de ciudadanos normales, respetuosos de las buenas normas mentales, con el fin de que lo recluyan en un manicomio o lo exilien. Para ello, también se dirigirá a todas las instituciones públicas y privadas de la ciudad: desde la Policía hasta la Casa Consistorial; desde la Iglesia hasta las asociaciones de Damas de la Caridad, y por supuesto, mi escuela, donde usted es profesor.
—Me siento hijo, como una espiral de hierro alrededor de un espejo masticado. Me siento unido al viento, no te preocupes. Pobre de tu abuelita hijo, su incomprensión es un criptograma donde sus sentidos esculpen todo lo que perciben. Para tu abuelita la colina sigue ahí; sin saber que es la madeja que devana el hilo de su aguja de tejer… Te apuesto a que cuando llegues a tu casa, habrá bordado un hermoso valle.


