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Archivos Mensuales: septiembre 2011

True Giants Is Gigantopithecus Still Alive? - Mark A. Hall y Loren Coleman

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  Todos hemos escuchado sobre gigantes. Hoy en día, la palabra probablemente traiga a la mente unos pocos ejemplos de seres humanos quienes han alcanzado un tamaño extremo, como Robert Wadlow, quien alcanzó una altura de 8 pies 11.1 pulgadas [2.72m] y es considerado como «la persona más alta de la historia». Típicamente, tales gigantes humanos alcanzan una altura de menos de 9 pies [2.74m] por lo que declaraciones de una mayor altura parecen ser exageraciones. Han existido, por supuesto, historias de gigantes mucho más grandes. Los gigantes de los libros de historias eran enormes criaturas más altas que las casas. ¿Pero puede existir una base en el mundo natural para soportar tales seres?

  Creemos que existieron —y probablemente aún existen— «verdaderos gigantes», que ellos constituyen la base real desde donde emergieron los gigantes de los libros de historias. Ellos son la razón por la cual las personas en los tiempos antiguos hablaron de gigantes famosos como Goliat. Y también, que ellos son la razón por la cual las personas aún ven gigantes del tamaño de árboles en los tiempos modernos. No muchos consiguen verlos; los gigantes pasan la mayor parte de su tiempo en lugares remotos. Pero ellos aún se tropiezan con las personas de vez en cuando, dejando tras de ellos apropiadamente grandes huellas. Existe una base en la ciencia moderna para discutir la existencia genuina de gigantes de este tamaño; pero podrías estar preguntándote por qué —fuera de la biblia y las leyendas— no has oído mucho acerca de ellos.

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Ella ha estado junto a mí, o más bien dentro de mí, desde que dejé de confiar en la razón. Respondió a mi grito de auxilio proferido por el momento más desesperado de mi vida, viniendo a mi rescate como todo ángel lo hace: envuelto en la gloria dorada de la luz divina, una luz que se descomponía en el prisma de mi mente en un espectro de alucinantes y coloridas visiones; portando una espada flamígera con la potestad de cercenar la realidad opresora de mis sentidos; y dotado de dos alas en las que cada una de sus plumas era un año luz en estado de reposo… Con ellas estaba destinada a volar mi imaginación. Le pregunté su nombre y, por alguna razón que no he podido desentrañar, me contestó que era el Ángel de la Alucinación.

  Pero digamos que a través de los años ha terminado siendo sólo una alucinación, demasiado consciente de la realidad que distorsiona como para molestarse en seguir siendo un ángel. Y es que muy pronto descubrió que sus alas angélicas eran innecesarias con los cohetes propulsores representados en cada una de las escenas de la realidad; en cada una de sus experiencias. Con el tiempo, a cada una de esas escenas, y a cada una de esas experiencias, les fue suprimida su individualidad a través de una estrategia magistral de mi alucinación, que borró cualquier línea divisoria entre la existencia de una y otra, y del orden secuencial de las mismas, convirtiéndolas en un todo alucinante en la que cada una de sus partes era una porción lógica y objetiva sin ninguna razón de ser… A no ser la de ser unidades en el engranaje de una gran alucinación.

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Dios preguntó a Caín: -¿Dónde está tu hermano Abel?  Caín respondió: -¡no lo sé! ¿Soy yo el guardián de mi hermano? Entonces le dijo Dios: -¿Qué has hecho? La sangre de tu hermano grita desde el suelo.

   (Gn, 4, 1-15)

 

  ¡He aquí el nombre  de otro hechizo! Sin cuyo rastro ninguna visión mayor se ha de materializar. En su color escarlata se encuentra tímido el vivo aliento que ahora acaba de entrar en la muerte, creando un misterioso túnel entre dos mundos que antaño estaban divorciados. Son estos anillos de sangre los que han comprometido lo divinal y lo humano, y digo lo divinal y lo humano, porque ya el infierno y el cielo están unidos desde los eones de la creación por el mismo cordón umbilical; este antiguo noviazgo precede a las pléyades estelares y sus gobernantes dioses, estos mismos antiguos que de barro levantaron al hombre y le insuflaron su aliento.  Pero, ¿dónde correría este divino aliento? ¿Acaso podría recorrer una vida sublime sólo por la tierra? Esta energía anímica sólo el líquido la mueve. Aquellas mismas aguas donde se mecía el soplo de la eternidad antes de toda creación, fueron escupidas dentro del barro, y nacieron en el  interior todos los canales por donde ahora circula el torrente de la vida. El barro se emocionó cuando el fluido había llenado cada rincón. De este recorrido nació el palpitar; el latir que  desde entonces los acompaña a todos hasta el final de los días. El gesto tieso tomó expresión y los ojos pertenecientes a las aguas, cobraron vida. Las emociones navegaron por los fluidos, y en cada naufragio de interrogantes se destrozaban en los acantilados de la extrañeza, tiñendo asimismo el agua interior del barro, de color carmesí.  Después, un sinnúmero de criaturas también compartieron éste lazo, y aullaron, gruñeron, croaron. Unas, desde su estado animal reclamaron su divinidad y surcaron los cielos; otras, se negaron a romper el pacto con las aguas, y pululan en sus profundidades; algunas juguetean en su superficie o entre sus orillas; muchas otras son de viento y agua; y muchas de tierra y agua. Sangre fría o caliente será siempre sangre. A los habitantes de la tierra los recorre el agua, que es por donde fluye el espíritu, esta infinitesimal  parte que nos hace tanto humanos como divinos. Te hago éste preámbulo para que no teman tus ojos los misterios que te aguardan.

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 Me alegra saber que otras almas se han arrojado al abismo de nuestro particular universo de fantasía oscura desde la última vez que nos vimos. Sí, veo caras nuevas cuyo fanatismo convierte sus facciones en lúgubres máscaras que se han unido a nuestra comunidad élite para otorgarle más horror a nuestra sempiterna mascarada cósmica. Que oscura emoción experimenta mi espectro al encontrarse nuevamente ante ustedes, mi fantasmagórica Hermandad Fanática: «Los Espectros del Ciclo de Zothique». Nos nos habíamos vistos desde la última parada de nuestro «viaje condena» a través de nuestro amado último continente; cuando en la isla de Sotar, nos unimos a la expedición del Rey Euvoran, que desde su reino de Ustaim había emprendido la absurda búsqueda del pájaro Gazolba, símbolo de su derecho al trono. Como saben, este pájaro se consideraba ser el último de su especie, y como tal fue dignificado luego que, una vez disecado, se alzó como la máxima diadema en la corona de los reyes de la dinastía de Ustaim. Pero en un día aciago, el pájaro fue revivido por un Nigromante y dirigió su vuelo hacia el lejano oriente. Tras él marchó el Rey Euvoran por consejo de la divinidad telúrica, Geol. Pero bueno, hoy no estamos aquí para recordar —aunque nos veamos tentados— esa alucinante experiencia, cuyo recuerdo aún tiene el poder de empujarnos más hacia el fondo del abismo imaginario que se abre al pie de la imaginación de Klarkash-Ton. Aunque no lo crean mis queridos miembros de la Hermandad Fanática, «Los Espectros del Ciclo de Zothique»… Hoy nos hemos reunido aquí para pescar. Pero no será en el mar. ¿Entonces dónde si todo el continente de Zothique es un gran desierto?… ¡Já! Síganme y los haré pescadores de…

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Otra vez mi visión ha sido invocada a esta región interior, subiendo rápidos peldaños por esa elevada escalera en espiral que llega hacía el supra-consciente. Aunque no se me permite todavía alcanzar  la cúpula de mi propia alma, me son otorgadas visiones que soplan de vientos más elevados, en esta parte media de mi ascensión. Soy reclamado en cada meditación a estos sombríos aposentos que contienen la conciencia tras esas marañosas puertas.  Se dice que a cada uno se le ha dado las llaves de éstas puertas, pero  la mayoría  las ha extraviado, ¡perder las llaves de su propia casa! ¡Andar a tientas sin poder refugiarse del frío exterior! O peor aún, quedarse encerrado dentro sin poder salir. En esa interioridad ningún grito será oído, ninguna carta leída, ninguna canción escuchada, auque sé que el frío exterior no les matará; es cálido siempre el fuego en la chimenea, ese fuego que es el perpetuo resplandor del Yo que ilumina.  Esta llave de plata la llevo colgada en el cuello de mi preciada inocencia, esa parte de mí que ha demostrado ser más diestra que yo, pues ninguna vicisitud la ha mancillado jamás. Cuando la voz interior invoca, es mi espíritu guiado por un sonambulismo mágico que resuena desde la llave de plata, y al llegar a cada puerta, las penetra y las abre, con la plateada virilidad de sus sueños.

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Immortals of Mercury - Clark Ashton Smith

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I

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   La primera sensación de Cliff Howard cuando recobró el sentido, fue la de un calor casi insoportable. Parecía estrellarse contra él desde todos lados en ráfagas como de altos hornos y posarse sobre su rostro, miembros y cuerpo con la pesadez del metal fundido. Entonces, antes de que abriera sus ojos, fue consciente de la furiosa luz que golpeaba sus párpados, convirtiéndolos en una cortina de llamas rojizas. Los globos de sus ojos le dolían por el choque de la radiación; cada nervio de su Ser se encogía debido al derrame del océano incandescente; y sentía una palpitación seca en su cuero cabelludo, lo cual podría haber sido o un dolor de cabeza inducido por el calor, o el dolor de algún golpe reciente.

  Él recordó, muy confusamente, que había habido una expedición —en algún lado— en la cual él había tomado parte; pero sus esfuerzos para recordar los detalles eran distraídos momentáneamente por nuevas e inexplicables sensaciones. Ahora sentía que se movía ligeramente sobre algo que se lanzaba y rebotaba en contra de un poderoso viento que chamuscaba su rostro como el aliento del infierno.

  Él abrió sus ojos y quedó casi ciego al encontrarse mirando a un cielo blanquecino donde ráfagas de columnas de vapor cruzaban como genios espectrales. Justo bajo el borde de su visión, había algo vasto e incandescente, hacia lo cual, instintivamente, él temía voltear. Repentinamente, él supo lo que era, y comenzó a comprender su situación. La memoria volvió a él en una tormenta desordenada de imágenes; y con ella, una creciente alarma y pavor.

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   Y al fin llegó el momento en que se hicieron conscientes de que no eran más que microorganismos de un Ser invisible perteneciente a un orden dimensional superior. Las edades pasaban sin que ellos lo pudieran ver, habitando como estaban en la oscuridad invisible de sus órganos, cuyo recorrido ellos usualmente llamaban vida. Ahora poseen esa pequeña parte de poder; otorgado por un nivel de conocimiento tan diminuto que en comparación a la totalidad de su realidad es como el microorganismo que ellos son en comparación con la totalidad dimensional del cuerpo invisible que parasitan. Pero si ellos hubiesen escuchado al Profeta, en la lejana invisibilidad que antes ocupaba su pasado, ellos ahora estuviesen ostentando una mayor porción de conocimiento… Una mayor porción de poder.

  El Profeta apareció un día como salido de la nada invisible que sus visiones trataban de hacer una realidad para los sentidos de los hombres; y con la misma celeridad desapareció en la misma nada invisible que para sus visiones proféticas era el absoluto. Su verbo era ardiente y su persona la encarnación viva de una posesión demoniaca. Hablaba de que el universo conocido, o más bien, todo aquello que podemos aprehender con nuestros sentidos no es más que una ilusión, un velo que oculta la verdadera realidad: «No dices nada nuevo profeta —le decían algunos de los pocos oyentes que se aventuraba al ridículo por prestarle atención—. Esa idea está tan podrida que las palabras que la transmiten se desintegran apenas son tocadas por el aire que debería conducirlas. Los milenios han reverdecido y se han marchitado, y una y otra vez, nos viene alguien a decir, un supuesto iluminado, escogido, mesías, maestro trascendido que ha sacrificado su supuesta comodidad nirvánica… en fin… aparece un loco como tú con la misma palabrería, la misma cháchara de la ilusión del mundo físico y la veracidad del mundo intangible… ¿Y aún pretendes que no nos burlemos?».

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  ¡Oh divino ardor! Más viejo eres que las edades, todas las formas y los sueños concebidos fueron por tu mano de brasa.  En los cielos giran tus hijos alrededor de tu aliento, danzando matemáticamente entre el regazo cálido de tu amor; un amor de llamas que se devora para dar vida.  Nació de tus caudales primigenios el cósmico regalo de tus formaciones, la imaginación; creada a tu imagen y semejanza, más sutil aun que los pensamientos. Con ella a tu viva imagen se modeló el mundo, volcando este fuego imaginativo sobre los elementos de la tierra. Ayudada es por otra mutación de tus anímicas formas, la voluntad; espada flameante que va consumiendo todo con sus abrasadores pasos. La naturaleza que moldeó el fuego bruto, será sublimada por el delicado fuego de la imaginación.

  ¡Oh siniestro fuego! Que iluminas las hondas cavernas del alma. Sostienes en tus llamas las conciencias de los caídos, arde con nuestros ideales tu espectral luz donde la luz no existe. Camino por los fríos abismos empuñando la antorcha de tu misterioso candor, mis ojos, al igual que el de los felinos, son lumbreras de fuego sin luz que se abren paso a los oscuros misterios de la noche. En las tinieblas te haces lúgubre y mortecino para no mancillar la virginidad sacratísima de la oscuridad, más bien adornas sus misterios con la meditativa luz con que la contemplas. Sé que te complaces en penetrarla, también los que amamos la oscuridad damos gracias a tu llama; a ella debemos nuestra existencia, y tú, a través de nuestro amor a las sombras diriges tu antorcha hacía los abismos para poder abrazarte a sus misterios, y éstos, con sus fríos besos, trasforman tu fuego en arte y ciencia, en chispas especulatorias que hacen nacer filosofías en cálidos retoños de dogmas y axiomas, en milenarias religiones y en grandes legados; muchos, hace tiempo olvidados; y otros, conservados en secreto como joyas de tus logros.

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Edd Cartier

Unknown - Cover December 1939 - Edd Cartier

Unknown - Cover June 1940 - Edd Cartier

Pattern for Conquest  - Gnome Press - Edd Cartier

The Cometeers - Fantasy Press - Edd Cartier

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   Encargarle a la imaginación la tarea de ser pastora de un rebaño de ovejas de otro mundo, ciertamente es algo que posee en igual medida una inspiración que vocifera que «the truth is out there», y cierta morbosidad penitente de factura extraterrestre. Ciertamente es un rebaño de pintorescos alienígenas pero más que imaginarnos una escena campestre en algún paisaje imaginario en los suburbios de un Marte, Mercurio o Venus manufacturados por la Era Pulp; juramos que nos encontramos ante el desfile descarado un un séquito de demonios, invocados por la nigromancia de una imaginación oscura, desde un infierno estelar. Pues hay algo de cierto en los temores puritanos hacia los alienígenas, ya que desde que irrumpieron en este mundo han hecho que muchos señalen hacia los cielos en el instante en que quieren ubicar el infierno. En la Edad Media, el infierno se encontraba abajo, junto a todos los demonios de los tratados de demonología. El catálogo de criaturas del espacio exterior, distribuido exclusivamente por la Ciencia Ficción, le ha cambiado su dirección. Y sin dudas, uno de los más grandes ilustradores que con sus extraterrestres contribuyó al cambió de ciudadanía de los demonios y monstruos mitológicos de la antigüedad, con infiernos inspirados por los libros sagrados tradicionales y los temores ancestrales, hacia un estatus imaginativo más científico, fue el maestro Edward Daniel Cartier [191425 de diciembre del 2008].

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Entonces, todas las pompas de jabón fueron explotando una a una, disolviendo con su extinción todo el infinito que reflejaban; extrayéndolo de las pupilas dilatadas que también flotaban sobre la bañera. Luego, sólo un silbido débil sobre el archipiélago de gotas escarlatas. El sonido se escapó de la madriguera de una garganta que ya se desvanecía en el extraño sueño en que la mente había convertido el cuerpo físico. Un sueño hermoso que ya empezaba a apreciarse desde una perspectiva tetradimensional. Se encontraba al fondo de un olvido familiar; un olvido grato hasta el momento en que la decisión final lo convirtió en algo extraño, ajeno a la ilusiones del futuro elegido. El sonido serpenteó entre las esculturas abstractas de las gotas escarlatas, evolucionando desde un silbido mantralizado por una indiferencia Zen hasta el poderoso estertor de un guerrero berseker. El estertor desaparece en los gases que dejaron atrás las pompas de jabón al explotar; condensándolos con su humedad escarlata y tiñéndolos con el espectro de un arcoíris que en algún momento del devenir del tiempo se extenderá sobre las cenizas de una tierra condenada luego de una lluvia de fuego.

  Los gases condensados por la humedad del estertor escarlata recuperan su capacidad reflectora, mostrando ahora unas pupilas que se han dilatado hasta entrar en la fase de gigantes rojas. La consciencia de la muerte cercana las han imbuido más de infinito; un infinito curioso, que contempla los últimos momentos de la manifestación temporal con expresión asombrada. Admirando la estética surrealista de los esbozos que los gases dibujan en el vacío, impulsados por los diferentes tonos de dolor y éxtasis de un estertor que ya se ha escabullido en las notas de la nana que canta el tiempo. Las pupilas continúan dilatándose ad infinitum, disfrutando de la intensa vivencia del momento final.

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