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Carl Gustav Jung explica en su revelador libro «Psicología y Alquimia» que el proceso mismo de la alquimia posee dos naturaleza, una física y la otra psíquica, una «profana» y la otra «sacra». La dimensión alquímica más familiar para nosotros es por lo regular la puramente física: el intento de transmutar un metal innoble en oro a través de ciertos experimentos de laboratorios absorbentes y aparentemente ridículos. Pero la parafernalia material que asociamos a los alquimistas [hornos, retortas, alambiques, recipientes elaborados, fórmulas mágicas, etc.], enmascara una filosofía increíble, compleja y profunda, básicamente platónica en sus fundamentos, en la cual la búsqueda de la «Piedra Filosofal», no sólo fue la búsqueda de un agente catalizador que pudiera convertir los metales base en oro, sino un largo ritual de iniciación que conducía al neófito a través de varios tipos de experiencias disciplinarias hasta un ideal estado del alma.
Pocos autores románticos estaban versados de una manera profunda en los aspectos más oscuros de la alquimia y la filosofía alquímica, ya fuera en su aspecto profano o sacro, no obstante, «los numerosos y extraños volúmenes de sabiduría olvidada», de los cuales se alimentaba el temperamento romántico, le suministraban a menudo tales conceptos de una forma novedosa. De esta manera los románticos desarrollaron un respeto profundo por estas ideas arcanas, las cuales fueron relegadas a un polvoriento ático metafísico, con el surgimiento de las ciencias positivas y el racionalismo del siglo XVIII. En verdad, ellos a menudo se interesaban lo suficiente como para ascender por el camino estrecho y difícil hasta la eminencia secreta y descubrir por ellos mismos, de primera mano, el mismísimo corpus hermeticum que ellos estaban manifestando a través de la poesía y la prosa.
Cuando echamos una mirada al trabajo de un escritor romántico como Poe, descubrimos una utilización de materiales alquímicos, pero sólo en un nivel aparentemente «profano» y «mundano». A primera vista, Poe simplemente parece haber jugado con la tradición alquímica como un medio de ejecutar un hábil engaño en un breve esbozo como en «Von Kempelen y su Descubrimiento». Aquí, él utiliza todos los artilugios de la larga tradición de alquimia profana para engatusar a sus lectores en la creencia de su aseveración de que Von Kempelen «en verdad ha realizado, en espíritu y en efecto, aunque no sea al pie de la letra, la vieja quimera de la piedra filosofal…». De esa manera, la descripción de Poe del arresto del Von Kempelen por las autoridades posee toda la grandilocuencia de un melodrama representado del siglo XIX:
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