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Archivos Mensuales: octubre 2011

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  «El que esté libre de un cuerpo físico que tire la primera piedra», dijo el escalofriante vapor fosforescente; y cada uno de los que estaban presentes arrojó la piedra que tenía, pues ninguno poseía un cuerpo físico. Las piedras resplandecían con colores crepusculares y enfermizos, y a la vez, a causa quizás de alguna morbosidad infernal, también hermosos… horriblemente hermosos. Las piedras al impactar al espectro condenado penetraban en su sustancia semitransparente, y al hacerlo, cada color particular ardía como un fuego que matizaba la totalidad de la forma espectral hasta que era reemplazado por el fuego de otra piedra con un color diferente. Todo esto sucedía a una velocidad cercana a la luz, o más bien, ya que la lúgubre lapidación se llevaba a cabo en el plano astral, casi como si el tiempo en la transición de un color a otro de este arcoíris de condenación, y despojado de su naturaleza secuencial tal como lo percibimos en la tercera dimensión, mostrara todos los fuegos ardiendo al mismo tiempo gracias a la sincronización de la velocidad de las piedras con la velocidad de percepción de las entidades que ejecutaban este macabro acto de justicia.

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Capítulo X : Jennifer

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«El Fin de Los Tiempos, Sucederá al Final de los Primeros Eventos»

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  —¡Al fin los hemos perdido! —dijo Angel en un suspiro.

  —¿Por qué te persiguen todas esas personas y aquéllos perros? —preguntó la niña.

  —De seguro me habrán confundido con alguna clase de criminal.

  —¿Y acaso no lo eres?

  —¿Eh? ¡Por supuesto que no!

  —Cierto, un ladrón tendría mejor reputación que un vagabundo como tú.

  —¿Qué dijiste? ¡Te salvé la vida y así me agradeces! ¡Demonios, niña!

  —¡Tú fuiste el bruto que me raptó, me llevaste a la fuerza y me lastimaste con tus enormes manos de gorila!

  —¿Gorila, yo? ¡Pues bien! Si que te haya ayudado ha sido una molestia, me largo. Arréglatelas tú sola para volver a tu casa.

  Angel reanudó la marcha por las largas y profundas calles de Roma, con una expresión de preocupación. Sabía que si había sido llamado por el mismo Arzobispo, se trataba de algún problema serio. Antes de profundizarse más en sus pensamientos, Angel escuchó pasos muy cerca. Al detenerse y dar media vuelta para ver, notó que aquella niña lo seguía como una muñeca de cuerda. En el momento que Angel se detuvo, esta chocó de lleno con él.

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El punto de luz apareció sobre el manto oscuro del cielo nocturno sin ningún destello que llamara la atención. Al principio, ningún habitante de ese punto de las tinieblas lo notó, pues aquello que se extendía sobre sus cabezas y que ellos sabían por un proceso de analogía que se denominaba cielo, no era más que la piel de una oscuridad orgánica, de la cual incluso sus genes ya se habían acostumbrado a no esperar nada revelador. Pero el punto de luz seguía allí, y al fin alguien por casualidad miró hacia arriba, lo descubrió y…

  Las especulaciones que se habían levantado en torno al intruso ya habían agotado todas las posibilidades de la realidad y de la ficción; mientras, millones de entidades ensombrecían aún más las tinieblas con la masa compacta que formó la oscuridad individual de cada una de ellas mientras se aglomeraron como un solo cuerpo a contemplar este prodigio. Para algunos, era una herida de la oscuridad, por cuyas venas, según la leyenda, corre la luz a manera de sangre. Ese punto de luz, por tanto, era una gota de la sangre de la oscuridad. Para otros, era una especie de orificio que alguna entidad poderosa había abierto en el manto orgánico de la oscuridad para espiar lo que yace debajo de ella. Pero muy pronto, para todos fue todo esto y mucho más.

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Capítulo IX : El Cazador Legendario

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«El Fin de Los Tiempos, Sucederá al Final de los Primeros Eventos»

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  —Y esa es toda mi historia. O al menos gran parte de ella. Sólo han transcurrido algunos mil quinientos años desde que Azazel murió —dijo un simple muchacho mientras alimentaba a las palomas del parque de la capital romana desde una banca, sentado cerca de un anciano.

   —Jovencito… tiene usted una gran imaginación. ¿Ha visto su rostro en un espejo? Es usted de apariencia muy joven para pretender ser más viejo que yo —respondió el anciano.

  —Ciertamente, abuelo, tiene usted razón. Sabía que no me creería. Después de todo, usted se ve mayor que yo. Pero dígame una cosa… cuando usted era niño, le gustaba venir a este lugar a jugar con las palomas y a darles de comer con su madre y su hermano, ¿cierto?

  —¿Cómo sabes eso muchacho? —preguntó el anciano sorprendido—. Tal vez alguien mucho más viejo que usted lo haya visto.

  Aquél anciano pudo notar como en el rostro del joven se dibujaba una expresión profunda, que lo hacía ver mucho mayor que él.

  —Con que Angelion… ¿No? —preguntó el anciano ahora más crédulo.

  —Por favor, llámeme Angel.

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Wonder Stories - March 1932

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Christopher Chandon se aproximó a la ventana de su laboratorio para echar una última mirada a las montañas solitarias  a su alrededor, las cuales, con toda probabilidad, él no vería jamás. Sin vacilación en su determinación y, aún así, no libre del todo de remordimiento, él contempló el escabroso barranco de abajo, donde las sombras góticas de los abetos y las cicutas estaban entretejidas con el plateado alboroto de un pequeño riachuelo. Él vio la pendiente laminada de granito más allá, y los dos picos más cercanos de las Sierras, cuya pizarrosa cumbre  azulada estaba coronada por la primera nieve de otoño; y vio el camino entre ellos que yacía en una línea con su aparente ruta a través del continuo espacio-tiempo. Entonces, él se volvió al extraño aparato cuya conclusión le había costado tantos años de experimentos y afanes. Sobre una plataforma levantada en el centro de la habitación, estaba colocado un cilindro con cierto parecido a una campana de buzo. Su base y partes inferiores estaban hechas de metal, su mitad superior estaba hecha totalmente de cristal indestructible.

  Una hamaca, inclinada en un ángulo de cuarenta grados, colgaba entre sus lados. En esta hamaca, Chandon pretendía amarrarse a sí mismo cuidadosamente, para asegurar tanta protección como pudiera ser posible en contra de las desconocidas velocidades de su planeado viaje. Observando a través del límpido cristal, él podía captar confortablemente cualquier fenómeno visual que el viaje pudiera ofrecerle. El cilindro había sido colocado directamente en frente de un enorme disco de diez pies de diámetro, con unas cien perforaciones en su superficie plateada. Detrás de él, se encontraban alineadas una serie de dínamos, diseñados para el desarrollo de un oscuro poder, el cual, a falta de un mejor nombre, Chandon bautizó como la fuerza temporal negativa. Él había aislado este poder con infinidad de trabajo desde la energía positiva del tiempo, esa gravedad de cuatro dimensiones que causa y controla la rotación de los eventos.

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  La puerta de la habitación cerrada no siempre se abre al argumento de una novela de misterio, ni cierra tras de sí un crimen inexplicable excepto por la obvia evidencia de la muerte. Su interior no siempre es testigo de un cadáver en espera de que aparezca un genio de la racionalización para averiguar lo que el ya sabe: la causa de su muerte. Pero esto último no siempre es así. Existe una extraña habitación cerrada a mitad de un desierto aún más extraño en la que, según la leyenda, existe un cadáver que no sabe cuál fue la causa de su muerte, y en la que el detective ya ha intentado averiguarla incluso a través del método no tan lógico del espiritismo; herramienta esta última que tendrá que utilizarse nuevamente en orden de comunicarle al espíritu del cadáver la causa de su muerte. Esto es un poco complicado, pues la muerte de la cual hablamos sucedió hace 162 años, por lo que en verdad ya el cadáver físico y sus huesos han regresado al polvo, pero no así el misterio de su deceso. El cadáver forjado por la imaginación colectiva sigue allí, encerrado en esa simbólica habitación cerrada ubicada en la dimensión metafórica de un desierto aún más extraño; y junto a él, el detective que ha jurado desvelar el misterio de su muerte. El detective es Auguste Dupin; el cadáver… es Edgar Allan Poe.

  Dupin contempla con una paciencia intemporal —y de hecho el tiempo ordinario no deja su huella en esa dimensión alternativa— el cadáver imputrescible del hombre que lo creó, y que elevó la capacidad del raciocinio para resolver los problemas de la vida a una altura insospechada en la literatura universal gracias a las pruebas que superó el mismo Dupin: «Los Crímenes de la Calle Morgue»; «El Misterio de Marie Rogêt»; y «La Carta Robada». Pero ahora, una muerte aún más misteriosa clama por un milagro más de su capacidad deductiva: la muerte del propio Edgar Allan Poe. Una y otra vez ha acompañado a Poe con su imaginación en el neblinoso viaje que comenzó en Richmond, Virginia, el 27 de septiembre de 1949, y finalizó en Baltimore, el 7 de octubre del mismo año. Recogiendo pistas aquí y allá en los diferentes escenarios en los cuales la leyenda registra la presencia de Poe: la casa del Dr. John Carter; el bastón que supuestamente era de este; el restaurante Saddler’s, al cual Poe se dirigió desde la casa del Dr. Carter ya anocheciendo y en el cual se encontró con unos amigos con los cuales abandonó el restaurante a media noche para tomar un bote hacia Baltimore que salía a las 4 de la mañana. Según el mismo Saddler, él estaba «sobrio y de buen humor». Dupin también escudriñó la habitación que su creador tenía alquilada en la Taberna Swan, y en la cual dejó su equipaje, en señal de que tenía intención de regresar pronto tanto para devolverle el bastón al Dr. Carter, como para recoger su equipaje. Según los compañeros del Saddler’s, cuando Poe se despidió aseguró que estaría de vuelta en Richmond muy pronto. Dupin también se entrevistó con Joseph W. Walker, la persona que encontró a Poe delirando en las calles de Baltimore el miércoles 3 de octubre de 1849 y con el personal del Washington College Hospital, donde finalmente murió el domingo 7 de octubre del mismo año. Por último, Dupin se entrevistó como Snodgrass y Moran, otros dos testigos del estado de Poe cuando fue encontrado en las calles de Baltimore, pero con la ventaja de que fueron los escritores de las únicas descripciones de tal estado que han pasado a la historia.

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Entrevista del Blogzine, Zothique The Last Continent, al joven escritor Edwin Peter Barbes, autor de la Light Novel en desarrollo: Damned Angel.

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01—Cuéntanos de tu experiencia,  ¿quién es Edwin Peter Barbes, y cómo se introduce en el mundo de la literatura?

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  —Nací en Mayagüez, Puerto Rico. Vine a vivir a República Dominicana cuando solo tenía un año de edad. Entre mi infancia y pre-adolescencia viajaba de aquí para allá entre los dos países. Por alguna razón siempre me sentía más en casa en Santo Domingo, a pesar de que mi madre y mi hermano viven en Puerto Rico.
Mi interés por la lectura surge por una frustración. En el colegio que tuve mi formación académica básica, para la clase de Lengua Española era necesario cada año comprar un libro en formato escolar para lectura y análisis. El primer reporte que hicimos fue «El Lazarillo de Tormes». Me probó dificultad ese primer trabajo ya que de niño aún no tenía hábito de lectura, y el trabajo terminó acumulándose para mí. El siguiente año, decidí empezar el libro del programa desde el primer día de clases para no recaer en la misma problemática del año pasado. La obra era «El Quijote de La Mancha», del maestro Cervantes. Para mi sorpresa ese año no se utilizó el libro para nada a pesar de estar en el programa. Y así fue el año siguiente, y el siguiente, y todos los demás hasta que me gradué. Pero no iba a permitir que se desperdiciaran esos libros allí. Sus portadas eran coloridas como todo libro escolar, y llamaban mi atención, así que cada año recogía alguno y lo leía.
Sin embargo, hubo un título en particular, que su lectura cambió mi vida para siempre. Tenía once años más o menos cuando tuve por primera vez en mis manos un libro de Julio Verne. La primera de sus obras que leí fue «Viaje al Centro de la Tierra». Y no pude detenerme más. Leí prácticamente toda su bibliografía más importante y me creó un hábito de lectura constante.

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  El futuro no es lo que solía ser, eso dicen los clones de los profetas que suelen mendigar en las derruidas plazas post apocalípticas, las visiones que se proyectan en las cabezas de pantalla plana de cualquier ciudadano común que en este futuro son todos soñadores, profetas y visionarios. Pululan con movimientos espectrales a través de las esplendorosas ruinas de esas ciudades cuya destrucción superó las posibilidades más alucinantes de sus profecías; pululan espectrales, como si fueran hologramas proyectados por las fantasías de los drogadictos que sueñan con extraños colores desde las sombras de su realidad monocromática. Hologramas que, junto con las visiones proféticas proyectadas en las cabezas de pantalla plana, forman una especie de complejo calidoscopio tridimensional. Como si una especie de araña fantasmal estuviera tejiendo su red por toda la ciudad con sus espectrales siluetas; con los delirantes paisajes futuristas de las cabezas de pantalla plana; y con los extraños colores de la imaginación de los drogadictos bajo el efecto de las drogas diseñadas por inteligencias extraterrestres.

  Nadie recuerda qué sociedad de nigromantes de la biotecnología molecular decidió levantar de entre los muertos a estos antiguos profetas o, más bien, decidió jugarle esta broma pesada. Traerlos a un futuro donde nadie vive el presente conscientemente, pues todos están en el futuro, viviéndolo, visualizándolo, anhelándolo; mientras el presente se cae a pedazos rogando por un poco de atención. Es un futuro relativista e híper-subjetivo; visualizado por cada individuo particular, y por tanto, sin ninguna realidad futura como futuro, ya que no es uno que se está construyendo con la labor de un presente forjado por la colectividad general y el genio particular. No, no es un futuro real desde un punto de vista colectivo, pero sí, desde el punto de vista individual. Por primera vez cada individuo puede tener el futuro que desee sin importar que sea a expensa de su presente. Y no sólo eso, sino también compartirlo con el resto de la humanidad.

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  Desde hace tiempo ha sido una paradoja de la crítica el que Edgar Allan Poe sea considerado estar fuera del canon oficial de la literatura americana, mientras él es conocido internacionalmente por ser el autor de la historia corta más famosa de la tradición: «La Caída de la Casa Usher». La acusación más dañina en contra de Poe es seguramente la de que él no posee metafísica, mientras sus contemporáneos —Hawthorne, Melville y Emerson— se consideran poseer alguna estructura en su trabajo que es a la vez intelectual así como puramente estética en su naturaleza. T. S. Eliot le puso la nota más pesada a esta acusación en su bien conocido ensayo «De Poe a Valery», en el cual él declara:

  «Poe es en verdad una piedra de tropiezo para el juicio crítico. Si examinamos su trabajo en detalle, parece que sólo encontramos una escritura chapucera, un pensamiento pueril carente del soporte de un buen cúmulo de lectura y erudición, experimentos al azar con varios tipos de escrituras, sin perfección en ningún detalle. Esto no sería exacto. Pero, si en vez de considerar su trabajo analíticamente, tomamos un punto de vista distante del mismo como un todo, contemplamos una masa de un diseño único y tamaño impresionante a la cual el ojo retorna constantemente.»

  No podemos negar que el trabajo de Poe es «experimentar». Pero esto no lo condena a lo pueril, a lo circunstancial y a lo superficial. En verdad, cuando su trabajo es examinado de cerca, descubrimos en Poe una increíblemente detalla y, debo afirmar, profunda metafísica. El juicio de Eliot es el de un cristiano creyente y bastante ortodoxo. Pero la metafísica de Poe deriva precisamente de esas doctrinas muy heterodoxas e incluso heréticas que eran comunes en el comienzo del mismo cristianismo, y posteriormente erradicadas o condenadas a la clandestinidad por las acciones de concilios de la iglesia tan dogmáticos como el de Nicea. Fue desde el árbol filosófico de imágenes peculiares y especulaciones místicas que floreció en Alejandría en el Egipto del primer y segundo siglo D. C., que Poe extrajo mucha de su propia imaginería. En particular, él bebió de esa escuela de pensamiento heterogénea conocida hoy como «Hermética».

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Carl Gustav Jung explica en su revelador libro «Psicología y Alquimia» que el proceso mismo de la alquimia posee dos naturaleza, una física y la otra psíquica, una «profana» y la otra «sacra». La dimensión alquímica más familiar para nosotros es por lo regular la puramente física: el intento de transmutar un metal innoble en oro a través de ciertos experimentos de laboratorios absorbentes y aparentemente ridículos. Pero la parafernalia material que asociamos a los alquimistas [hornos, retortas, alambiques, recipientes elaborados, fórmulas mágicas, etc.], enmascara una filosofía increíble, compleja y profunda, básicamente platónica en sus fundamentos, en la cual la búsqueda de la «Piedra Filosofal», no sólo fue la búsqueda de un agente catalizador que pudiera convertir los metales base en oro, sino un largo ritual de iniciación que conducía al neófito a través de varios tipos de experiencias disciplinarias hasta un ideal estado del alma.

  Pocos autores románticos estaban versados de una manera profunda en los aspectos más oscuros de la alquimia y la filosofía alquímica, ya fuera en su aspecto profano o sacro, no obstante, «los numerosos y extraños volúmenes de sabiduría olvidada», de los cuales se alimentaba el temperamento romántico, le suministraban a menudo tales conceptos de una forma novedosa. De esta manera los románticos desarrollaron un respeto profundo por estas ideas arcanas, las cuales fueron relegadas a un polvoriento ático metafísico, con el surgimiento de las ciencias positivas y el racionalismo del siglo XVIII. En verdad, ellos a menudo se interesaban lo suficiente como para ascender por el camino estrecho y difícil hasta la eminencia secreta y descubrir por ellos mismos, de primera mano, el mismísimo corpus hermeticum que ellos estaban manifestando a través de la poesía y la prosa.

  Cuando echamos una mirada al trabajo de un escritor romántico como Poe, descubrimos una utilización de materiales alquímicos, pero sólo en un nivel aparentemente «profano» y «mundano». A primera vista, Poe simplemente parece haber jugado con la tradición alquímica como un medio de ejecutar un hábil engaño en un breve esbozo como en «Von Kempelen y su Descubrimiento». Aquí, él utiliza todos los artilugios de la larga tradición de alquimia profana para engatusar a sus lectores en la creencia de su aseveración de que Von Kempelen «en verdad ha realizado, en espíritu y en efecto, aunque no sea al pie de la letra, la vieja quimera de la piedra filosofal…». De esa manera, la descripción de Poe del arresto del Von Kempelen por las autoridades posee toda la grandilocuencia de un melodrama representado del siglo XIX:

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