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Archivo de la etiqueta: abismo

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Morgan Vicconius Zariah

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Otra náusea espiritual recorre las entrañas de mi cuerpo físico. En una profunda ensoñación empiezo a sentir el vértigo de un recuerdo velado por unos empañados círculos de misterio, que daban vueltas en los laberintos de mi inconsciente. Entre éste sueño y la vigilia que me eleva en unos portales de vapor, los sueños empiezan a escapar por mi boca, mientras el  humo los eleva a una sutil materialización.

 

El estómago ya no aguanta el sortilegio que lo debilita, y pronto, un gástrico recorrido comienza a hacer erupción. Burbujas de fuego y sangre brotan de mi tormentosa garganta. Ya el manantial de fuego no se hace esperar, dándole vida a toda una gama de formas soñadas. Con desenfreno y sin poder contener las formas, sigo vomitando sueños que nacen de un mundo interior, donde habita este universo. Unos planetas luminosos son escupidos de las entrañas, y una playa espiritual es extendida mucho más allá de los límites de esta pequeña habitación; donde ya no existe forma física alguna y lo único cierto son los sueños que se expanden con el humo que inhala mi boca. Empiezan a crearse cielos e infiernos nuevos, que obedecen a mis solos deseos. Unos acantilados se izan sobre unas extrañas y purpúreas olas, que chocan con estas fantasmales rocas; donde con mi astral mirada veo las gotas chispeantes volverse oscuras nebulosas de las cuales llueven futuras profecías.

 

El océano que observo sobre el acantilado, es mi propio abismo que ahora me invita  a saltar para tragarme, después de haberle vomitado desde mi interior. Me promete visiones nuevas. Aquella tormenta relampagueante que bordea este océano con sus tronadas terribles; me hace saber de una fuerza desconocida, guardada en antiguos archivos que mis encarnaciones habían escondido en esta abismal morada. Ahora, tiemblan los Dioses ante mis sueños; ¡envidian mi opiácea creación!: ésta playa, bajo este acantilado, y este cielo sin fin que ahora habita al alcance de mis manos.

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Infierno, Pecados Capitales - Hieronymus Bosch

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Morgan Vicconius Zariah

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La piel es desgarrada por neurótica furia. El infierno extiende sus afiladas llamas para castigar la carne. La estación es verano, cuando el implacable sol abrasadoramente se levanta al centro del cielo, y da fuerzas a los sellos del abismo y al magma, que los volcanes ocultan en su estomago. Es aquí donde las llamas consumen todo; poco a poco y tan lentamente, que el tiempo se torna eterno. El agua otorgada por el cielo desaparece. Las nubes se vuelven de humo y oscuras, nos regalan polvo, cenizas y lágrimas. Pocos sonríen al dolor; dolor  que no tiene placer, como sed que no se calmaría con agua. ¡Pues es el infierno!, el verdadero, dantesco y putrefacto, azufrado y mortificador.

 

Hay aquí homúnculos burlones, de grotescas caras, que escupen insectos de fuego para inyectar en los condenados, enfermedades tan molestosas, que harían enloquecer la mente más lúcida. Son infecciones que corroen los órganos internos y la sangre. Se sienten como llamas mortificadoras dentro de la piel y los huesos. Fuego que lentamente acaba con la vida. ¡Padecimiento!… Es la palabra para éste estado infrahumano. Se padece, ruido, mucho ruido, sed, hambre, insomnio y calor. El crujir de los dientes de aquellos que hace tiempo se quedaron sin aliento, son la sonora condena de los que se resignaron a éste llameante vértigo consumidor. Las pupilas se cansan, se endurecen los ojos y el traicionero sueño no llega. Se marchó en su nave azul y se perdió en el horizonte; en esos paisajes que soñamos una vez, y  tal vez nunca volvamos a ver llegar en los confines tormentosos de los mares de fuego.

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SEGÚN UN GÉNESIS APÓCRIFO

 

El fuego, esa expresión física de las fuerzas que se debaten en el profundo abismo del lado oscuro del alma, fue descubierto en verdad por un Ser de connotaciones mitológicas a imagen y semejanza del Demiurgo padre del universo físico, del cual el fuego es una viva y ardiente imagen de la sutileza abstracta y efecto físico que ponen sus leyes en marcha. No fue ese Homínido semi-encorvado, que en un determinado momento de la extensa era Paleolítica, sus instintos animales, segregaron las hormonas de «Eureka». Cuando, luego de un largo frotar de piedras, vio la primera chispa hacerse realidad, bajo un entusiasmo que presentaba: un futuro menos nómada que sedentario; sin carroña por alimento; con las punta de sus palos endurecidas por el largo remover de las hogueras, que los convertía en armas letales;  con el control de ese nuevo poder, reverenciado por todos los animales a su alrededor y que le engendró en lo profundo de su alma a imagen y semejanza de la naturaleza física, la idea de poseer un alma de naturaleza más cósmica. Pues este fuego que ahora portaba con él a todas partes, era antes fruto del trueno y el rayo al contacto con el mundo inferior al cual él pertenecía. Pero ahora, él también lo gobierna, entonces de alguna forma, su alma a imagen y semejanza de la naturaleza física, se elevó hasta esas alturas cósmicas donde habitan el trueno y el rayo… y el fuego también. Pero no, el descubridor del fuego no fue él, en medio del hostil ambiente de una Era primitiva, sino Adán, entre los sutiles aromas de las recién creadas flores del paraíso y los esplendorosos paisajes que fueron los arquetipos de todos aquellos que en el futuro, serán dignos de llamarse «paradisiacos». Y así sucedió.

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Morgan Vicconius Zariah

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En  sueño apocalíptico, vi caer las hojas de los árboles como afiladas navajas; el viento las llevó en su hálito destructivo, se incrustaban en la carne abriendo manantiales sangrientos en la desesperación de los mortales. La brisa eléctrica arrastraba inmensas nubes negras que escupían una lluvia ácida quemando todo al paso de su mágica  aniquilación. Un templo sombrío se mostraba sobre el cenit de una noche penumbrosa, las aves nocturnas gemían en las praderas de los muertos, y los hombres temían las llagas del infierno. Los estigmas, la sangre, la bruma del tiempo, no espantaban mis ojos; ni homúnculos o espíritu inferior de podredumbre. ¡Oh íncubo!  ¡Oh súcubo! Ante mis ojos está el misterio herrumbroso de la noche…. ¿Dónde están los cirios que desvelan mis años? ¿La mirada secreta que he buscado desde siempre?

Ante mí, un templo musgoso levanta su lívido perfil nocturno. El misterio, acechando dentro de su santuario, hace salir de sus centenarias puertas los tristes lamentos de almas condenadas a vagar en el ciclo del tiempo por algunas eternidades. Las cadenas y los grilletes se oían sonar en  aquel majestuoso estado onírico y carnal a la vez. Un acto santo de mi secreto sonambulismo; un hermoso viaje astral a través de los abismales y confusos manantiales de las almas humanas. Allí habita el miedo que triunfa en los corazones y la pesadilla que oculta los grandes arcanos de la magia negra. Los relámpagos tiritan en el cielo lóbrego. Debajo, el templo gótico toma cada extraña figura con la luz que desprende las ennegrecidas nubes. Me acuerdo en mi sorpresa, ¡oh puertas del misterio! En esa noche mágica, jamás olvidaré cuando abriste tus puertas, ¡santuario gris! Iniciador estelar de mis conocimientos. ¡Maestro eterno de grandes signos! Aquí donde están tus colinas, no entra hombre mortal que no muera si te ve; si es indigno o no nació para ti. ¡Padre de los secretos de la noche, de las tumbas y de la muerte! ¡Templo eterno del misterio! En tus entrañas se encubren los maestros conocedores de los símbolos; los protectores de las enseñanzas de nuestra estirpe; que celosamente guardan las llaves mohosas de esas puertas que hace tiempo cerraron a los infieles ojos de nuestra humanidad.

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Morgan Vicconius Zariah

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La estrella aquella que regía silenciosa en el universo frío, es la estrella de lo raro. Todo ente de rareza y cosa deforme y momias y noche, dependen de ella.

 

Yo soy sólo un instrumento de su sortilegio. Compongo abismos y cuentos; poesía de cosas que hace mucho no existen. Invento vértigos, canto formas que no están aquí.

 

Ella me dio un gusto por la noche, y por los animales que son ciegos, y por los que ven en las tinieblas.

 

¡Tú que permites escuchar canciones prohibidas!  Sonatas de rock, baladas y óperas.

 

Cuento contigo para hablar de tus versos, y los monjes y los sabios ermitaños. Hablan de los deformes jorobados, de las arañas y pantanos perdidos en el fango de misterios misántropos. Se te implora entre polvo y libros; entre huesos y polilla. ¿Acaso hay un tesoro al final del arcoiris?  Enseñasteis cosas que muchos dicen son mentiras; hablasteis, pero a los hombres les da miedo tu aspecto frió; sin rostro, les ocultas tu mirada verdadera.

 

Gracias por guardarme siempre un sueño nuevo cuando estoy al borde del precipicio.

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Morgan Vicconius Zariah

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En las prisiones tenebrosas del bajo astral, la pesadilla canta incoherente, ilusiones extrañas de divagación. Toca notas del Hades perdido con la oscura lira del abismo.

 

Vuela el espíritu cuando duerme el cuerpo. El cuerpo yace encantado con  las cuerdas de la lira; que le atan y aprisionan como serpientes airadas que aprietan hasta ahogar.

 

¡Mira oscuro chamán! Las puertas de lo desconocido se abrieron para ti, ¡mira! Sus fascinaciones no están ocultas a tus ojos.  Los elementos del inframundo toman ante la vista todas las formas de mágicos animales, y las almas intrusas logran ahogarse con  la negra niebla que devora su esencia.

 

 

Al final del viaje, cuando casi logra el chamán despertar, el pesado sueño remonta el vuelo desplegando sus alas oscuras; y con sus garras demacradas arrastra todas la formas infernales hacia una pequeña habitación.

 

Enloquece la mente confundida; las formas giran en círculos concéntricos; y los tormentos se pasean triunfantes sobre el cuerpo tendido. Los horrores invaden el aire, saturando el ambiente de una sutil esquizofrenia.

 

!Pero! ¿Y el miedo?

 

Se escucha un clamor, más parecía un lamento. Canciones chamánicas  que atraviesan las paredes del abismo, la lira siniestra empieza a brotar desde sus entrañas. Un gato negro y horrible, más horroroso que la misma muerte. El animal llevaba en su boca una pequeña bolsa oscura, la cual el universo nunca llenaría.

 

Ahí, en esa bolsa, quedaron las ilusiones, el horror, la pesadilla y el Hades completo.

Después de toda aquella tempestad, el chamán y el animal se hicieron uno con las  sombras.

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Morgan Vicconius Zariah

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Se ha disparado un rayo de sol en los bosques vírgenes del inconsciente, atravesando los abismos de la eternidad. El niño genio juega veloz con los teclados alfabéticos de su aparato electrónico; resolviendo ecuaciones demenciales con su infernal inocencia.

 

Escudriñan las cucarachas hambrientas, el estómago desnudo de un viejo cadáver víctima de una autopsia. El infierno ha prestado al niño vidente, horrorosas visiones del ayer. Los abismos han socavado tumbas repugnantes del mañana, donde yacerán cadáveres de ingenuidad.

 

 

Éste, es el tiempo para gentes veloces de la mente y eternos enemigos de la prisa. Crucificaremos a las sombras difusas que se pasean ignorantes por la vida. Haremos festín con la carne podrida de los idiotas; elevaremos el humo de sus pieles hacia el cielo para  aturdir a los dioses y hacerlos caer a nuestros pies.

 

Es tiempo de decadentes y caníbales hambrientos de ignorancia, devoradores de paradigmas. Nuestro, es el conocimiento. Y nuestra meta: la eterna búsqueda de aquel paraíso que se nos ha ido perdiendo con el pasar de los años.

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 El joven Clark Ashton Smith

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Aquel que haya hollado las sombras de Zothique y contemplado el oblicuo sol del color de la brasa, No volverá de aquí a un país anterior, sino que rondará una última cosa donde las ciudades se deshacen en la negra arena y muertos dioses beben el salitre.

 Fragmento del poema Zothique.

De «El castillo Oscuro y otros Poemas», 1951.

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«Pasajeros con destino a Zothique, por favor arrojarse por el abismo más cercano, en plena caída abordaran el espíritu; así que asegúrense de no ajustarse el cinturón de seguridad llamado, cuerpo físico

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 Y como si estas palabras fueran un conjuro mágico portador de una oscura voluntad, todos aquellos que hemos tenido la fortuna de ser elegidos por la siniestra benevolencia de Thasaidon —señor de los siete infiernos— para formar parte de este grupo de condenados, nos vemos a nosotros mismos ser fragmentados en un infinito rompecabezas de átomos físicos, astrales y espirituales. Así, por medio de esta despersonalización de la individualidad abordamos el espíritu colectivo de Zothique, que desciende a través del abismo dimensional que nos conducirá a su continente. Y todo esto, junto con el aterrizaje final, sucede… o sucedió… en un solo destello relampagueante; ya que antes de comprender el estatus de la pesadilla, nos encontramos sobre los oscuros acantilados de la Isla de  Naat, en donde este viaje por todo Zothique comienza.

Desde ya algunos de los presentes caen presa de un extraño presentimiento, es obvio, no es precisamente una isla soleada, cercada de palmeras, aureolada por un círculo de arenas blanquecinas y con una alucinante alfombra de un mar azul turquesa a sus pies. Es la mismísima Isla de Naat, que se alza en medio del mar occidental, como un obstáculo en la ruta fatal del Rio Negro, que peregrina desde las costas occidentales de Zothique hasta el borde del mundo, desde donde se desmalla inconsciente de todo su oxígeno y su hidrógeno al abismo del espacio exterior. En alguna parte al norte de ese desfiladero maldito se encuentra la Tierra de Yondo, la cual es tan abominable, que ni siquiera la maldad que nuestras almas han ahorrado en todo un ciclo de iniquidades alcanzan para cubrir los gastos de viaje, es lamentable… pero este es un destino turístico para almas de una oscuridad superior. Pero no hay motivos de estar tristes. Lo que nos espera es aún más abominable que ese retiro para almas pertenecientes a la nobleza infernal, y para muestra basta el mismo suelo sobre el cual ondulan nuestros espectros.

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