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Emprender la búsqueda del santo grial de donde se vierte el Mal es tan innecesario como la búsqueda del santo grial de donde se derrama el Bien. Pues no es el origen lo que importa sino su funcionabilidad y su manifestación en cada uno de lo ángulos que forman la figura geométrica del ser humano. La exploración objetiva del tema es procelosa ya que tratamos con una expresión que pertenece por un lado al dominio de la subjetividad humana, y por el otro, al dominio de la realidad física tal como la diseñan las leyes del universo y de la naturaleza local. En otras palabras: el Mal habita en el espíritu humano y también en sus genes. O como lo planteó magistralmente Carl Gustav Jung: «La bomba atómica es una realidad del alma». Partiendo de esta premisa, podríamos decir que el Mal también tiene su parte de lo bello, lo bueno y lo verdadero de la filosofía platónica, y que por ser una manifestación del hombre —en su canalización inmediata en este mundo claro está—, es tan válido como aquello que intuitiva, espiritual e intelectualmente llamamos Bien. Por eso se podría afirmar que hay tanta verdad en la visión de Hitler del mundo como en la de Mahatma Gandhi, ya que las dos, al margen de la posición que adoptemos y sin importar el carácter subjetivo inherente a ambas, tienen una aplicación práctica en la tierra. Y no olvidemos que el intento del ser humano por desentrañar el enigma del origen del Mal no es otra cosa que uno de los tantos ejercicios ontológicos que su curiosidad ha puesto en práctica desde que como especie alcanzó la madurez mental necesaria para ello. Ya que es evidente que lo que el consenso de la universalidad humana a convenido en llamar el Mal, al margen de las diferencias culturales y los cambios históricos, es un elemento de su ser que siempre ha estado presente dentro de ella. De manera que es lógico y válido que se haya intentado buscar un origen extrahumano del Mal, pero también inútil desde el punto de vista del conocimiento de la naturaleza humana, exceptuando la parte que el ejercicio tiene como acicate de la imaginación. La historia de la caída y el origen del pecado en el hombre expuesta por nuestro esquema religioso judeo-cristiano es, como todas las demás, sólo una forma de ubicar en un lugar seguro pero distanciado de nuestra naturaleza aquello que desde el principio de los tiempos se ha puesto en marcha en nuestro ser. Todos los ángeles caídos, primero lo hicieron en nuestra mente antes de caer fuera de la gracia celeste; la serpiente del Jardín del Edén primero silbó en nuestro corazón.
