-
El viaje al futuro es en cierta forma una visita de nuestra vida presente a nuestra muerte pasada. He viajado hacia el futuro a la misma ciudad en la que nací, pero sólo una existencia espectral me esperaba. Al principio no me daba cuenta de mi nueva naturaleza insustancial, hasta que fue obvio que yo podía traspasar toda forma material, orgánica e inorgánica, sin que ellas lo percibieran. ¿Por qué me veía envuelto en esta realidad, o más bien irrealidad? ¿Qué provocaba mi transición de un presente tangible a un futuro intangible?
Sólo había una explicación: la realidad de mi muerte. Mi viaje al futuro fue lineal no sólo en el tiempo sino en el espacio; pues nunca me moví de este mientras estiraba los pliegues de aquel, como el Viajero del Tiempo de H. G. Wells, cuyo salto temporal fue de la ciudad de Londres del siglo XIX a la misma ciudad en un futuro lejano. Pero mi experiencia tomó en cuenta algo que Wells ni siquiera insinuó en las experiencias de su héroe: su muerte. Yo también arribé a la misma ciudad en la que nací y en la que seguramente morí en un futuro más cercano que este en el que me encuentro ahora. Eso significa que si viajamos a un futuro más allá del punto futuro de nuestra muerte, entonces, no desembarcaremos vivo, pues rebasar sobrenaturalmente el curso del tiempo y la presencia de nuestro Ser dentro de él, no altera los hechos registrados en su dimensión por el paso a través de ella de nuestra vida. En otras palabras, viajar al futuro no borra la realidad de nuestra muerte, al menos, no de nuestra muerte física, pues como me lo demuestran estas sensaciones presentes, ciertamente algún plano de la totalidad de mi Ser ha sobrevivido.
Eso también constituye una nueva paradoja, diferente a la del viaje en el tiempo hacia el pasado, y en la cual si matamos a nuestro abuelo, se elimina la posibilidad del nacimiento de nuestro padre y por extensión del nuestro. De esa forma, extirpamos desde el pasado la causa de la inclusión en la dimensión del tiempo de nuestro Ser, de nuestra Mónada. Pero en la paradoja del pasado no es necesario matar a nuestro abuelo, incluso si viajamos a un punto temporal anterior a su nacimiento, ya con ello estamos eliminando dicha posibilidad. Pero contrario a la paradoja del futuro, en la del pasado realmente tendríamos que viajar más allá del origen genético de la estirpe física en la cual hemos nacido para eliminar con seguridad toda posibilidad de nuestro ingreso en la dimensión del tiempo, al menos dentro de la susodicha línea genética. Pues siempre habrá una oportunidad —mientras dicha línea genética exista— de que seamos una realidad en el tiempo, ya sea por mediación de nuestro abuelo o de uno de los otros familiares que constituyen los frutos de nuestro árbol genealógico.








