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Archivo de la etiqueta: H. P. Lovecraft

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Un día como hoy, salió de su cuerpo su último aliento de vida, antes de empezar su largo peregrinaje astral. Con una sonrisa en los labios pronunció el nombre del gran dios… el extraño nombre de una divinidad primordial, cuyas visiones de ensueño sólo le están permitidas a grandes iniciados. Y allí, en las profundidades del  mar, reposando  en la antigua y sumergida ciudad de R’lyeh… por primera vez, la divinidad que espera el  día de su liberación se estremeció expulsando un aura malsana que se mezcló con los sueños de la humanidad. Un mantra cíclico que tomó formas blasfemas; creciendo lentamente en la dimensión del inconsciente colectivo, y dando paso a seres repugnantes que escucharon su llamado. En aquel espacio de pesadilla, gigantescos globos tentaculares se desplazaban lentamente, alimentándose de los miedos y temores de la humanidad, dejando a su paso un zumbido desagradable; la cacofonía  de una  extraña melodía gutural proveniente de la Tercera Dimensión, emanada de seres grises; formas vagamente antropoides, que en aquel ritual obsceno emitían una sola letanía: «Ph´nglui mglw´nafh Cthulhu R´lyeh wgah´nagl fhtagn».

 Todavía la luna no es testigo del final de este día, y la sonrisa de nuestro gran profeta aún sigue intacta, su cuerpo continúa frío… pero su alma… ahora se encamina en una larga procesión… un ceremonial cósmico encabezado por seres fantásticos provenientes de mundos imaginarios. Ellos le  acompañan en su largo y desconocido peregrinaje por los senderos que sólo le está permitido abrir a Yog-Sothoth. En los más oscuros deseos de la humanidad, extrañas formas seguían escuchando el susurro venido de muy lejos; aullidos expulsados por los estómagos hinchados de los horrendos  globos tentaculares que servían de emisor en esta dimensión y que anunciaban el advenimiento de un nuevo dios en el último continente. «Rendidle culto al gran maestro… al segundo profeta quien abrirá el sello de lo real y lo irreal…  fusionándolo en nuestro nuevo continente; y  junto con el dios negro… será el artífice de las divinidades que vendrán».

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  Los «Grandes Antiguos» sobre  los cuales Lovecraft escribió como aquellos Nombres Muertos para ser Aullados —contenidos dentro de su  arcano libro de sombras llamado el Necronomicon, inspirado por sus sueños— pueden ser equiparados con los procesos e inteligencia del universo onírico consciente. El Chamán de muchas culturas ve la creación como algo interconectado a través de sus muchas partes separadas; un organismo único, una entidad autoconsciente por derecho propio. El Chamán comprendió que nuestros sueños son mucho más que las serpenteantes memorias regurgitadas y tamizadas por nuestro cerebro, pues ellos son la energía misma e información destilados en una expresión simbólica en la cual están tejidas nuestras experiencias materiales.

  Podemos conscientemente tener acceso a la realidad onírica generalmente definida como «Sueño Lúcido», el cual en cuanto a un estado de conciencia particular fue simbolizado en tiempos antiguos como el que le es propio a un «Elevado Adepto» o Ser anfibio. El símbolo aplicado a un estado de conciencia onírica era el de una forma reptiliana como la de una serpiente, sapo, pescado o dragón, con los cuales el Chamán se conecta, convirtiéndolos en símbolos que representen el estado de alerta consciente del operador dentro del sueño. Podemos encontrar ese simbolismo por todo el mundo, de una cultura a otra, lo cual indica una comprensión muy antigua y extendida.

  Uno también descubrirá un motivo común en todas las culturas de perspectiva chamánica, y es que no elegimos o aprendemos a ser un Chamán sino que somos elegidos por los espíritus. Cuando somos elegidos, muy a menudo podemos volvernos locos en el proceso sino reconocemos nuestras habilidades psíquicas inherentes. El neófito del Chamán a menudo transita a través de los estragos de una enfermedad. Esta enfermedad lo asalta hasta el punto de destruir los fundamentos de su mente y arruinar su estructura física así como desgarrar su alma misma hasta que abandone su antigua vida y abrace su nuevo estado como Chamán. Algunos no descienden este sendero ya que los separará por siempre del resto de la sociedad, deviniendo en seres solitarios y temidos, y sintiéndose ellos mismo como extraños. El Chamán a menudo vive en un autotormento mientras es acosado por otra forma de inteligencia sin tiempo, la cual le habla a través de sus raros sueños; sueños que la mayoría son afortunados de no tener. Leer más »

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   Considera, si así lo deseas, el Dios del Génesis:

  «En el principio, Dios creó los cielos y la tierra. Y la tierra no tenía forma, y estaba vacía; y la oscuridad yacía sobre el rostro del abismo. Y el espíritu de Dios se movía sobre las aguas. Y Dios dijo, que se haga la luz; y la luz se manifestó. Y Dios vio que la luz era buena; y Dios separó la luz de las tinieblas.»

  En los tiempos de nuestros antepasados el Universo era un lugar relativamente pequeño, y la Tierra, el punto central alrededor del cual todos los demás cuerpos celestes giraban. En la tierra, el hombre reinaba sobre todas las formas vivientes. En el cielo, un dios mucho más vasto gobernaba, pero incluso él hizo de la humanidad el centro de su atención, prometiendo vida eterna a aquellos que obedecieran sus mandamientos. Para muchos, ese es aún el universo en el cual vivimos [con la excepción de que la tierra es considerada ser el centro de interés o importancia más que como una ubicación física]. Pero mucho antes del comienzo de este siglo, el progreso científico había socavado seriamente las raíces de esta fe. La Astronomía y la Física habían corroborado el gran valor predictivo del modelo de Kepler, el cual colocaba el sol en el centro del Sistema Solar con los planetas moviéndose en órbitas elípticas. El sol mismo había sido relegado al estatus de una estrella promedio entre una infinitud inimaginable, todas separadas por inmensas extensiones de espacio frío y vacío. La Geología había demostrado que la tierra era un todo ordenado mucho más antigua de lo que la biblia podía calcular. La Paleontología había demostrado la existencia de una larga serie de especies que aparecieron a intervalos, más que una única creación como lo planteaba el Génesis. Adam Smith había propuesto que las economías podían regularse ellas mismas a través de la fuerza de la oferta y la demanda, permitiendo de esa manera que el orden surgiera sin que tuviera que ser impuesto desde arriba por alguna autoridad central. Darwin había aplicado pensamientos similares para explicar el origen de las especies como un asunto de mutación y selección natural y no de una predeterminación consciente. La Medicina había sustituido desde hacía mucho tiempo a la oración como cura efectiva de las enfermedades; y las neurociencias, aún en su infancia, ya estaban mostrando como las facultades que tradicionalmente se adscribían al espíritu de hecho dependían del funcionamiento exacto de regiones particulares de ese pulposo órgano grisáceo llamado cerebro.

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H.P. Lovecraft - El Emisario de lo Desconocido

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Bajo la sombra de Cthulhu - Edgar Valerio

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I

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  Hacía ya muchos días que yacía desprovisto de cuerpo físico, lo sabía, todo a mi alrededor estaba compuesto de una extraña materia espectral que ejercía en mí un hipnótico magnetismo. Una sincronía de luces y de sombras me había guiado hasta la habitación donde me encontraba. Había viajado tumbado sobre mis espaldas como cayendo en un negro abismo sobre el cual no tenía ningún control, llegando a la deriva hasta el último escondrijo. Y allí estaba, en esa habitación astral, donde había recorrido hasta el aburrimiento de un lado a otro sus angostas facciones. Las cuatro paredes estaban adornadas por estanterías de libros. Durante días había estado buscando, hasta que la encontré, la obra que había anhelado. Después me sumí por largos días en un pequeño y sombrío escritorio a interpretar los hechizos que me aguardaban. Para entonces, sabía que sin mi cuerpo tridimensional ya  el hambre, el sueño y el cansancio no serían obstáculos que detendrían mi empresa. Pero ese largo encierro en el devenir de los días empezó a angustiarme. Empecé a creerme encerrado en la eternidad de un tiempo pasado. En la vetusta habitación de un melancólico escritor de historias fantásticas que allí no estaba; más bien lo que allí habitaba era la soledad de sus libros, la desolación de su erudición. Eso era lo que verdaderamente me angustiaba: el no encontrar un vestigio cómplice de su humana voz. Pues la complicidad interior, la que estaba impresa en sus libros, esa ya la conocía, y era ella la que me había transportado a través del tiempo y el espacio hasta este encierro.

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H.P Lovecraft

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  H. P. Lovecraft pudo haber tenido acceso a niveles oníricos supra mundanos que lo capacitaron para profetizar la destrucción nuclear de nuestro mundo. La cuestión de si él previó la venida de una edad de terror cósmico y caos ha sido tema de controversia desde su muerte en 1937. Dos importantes escuelas de filosofía «lovecraftiana» se han desarrollado desde entonces: la primera, un numeroso cuerpo de seguidores que prefieren ver a Lovecraft como un talentoso creador de literatura fantasmagórica y de historias de horror sobrenatural [sobre todo para el entretenimiento]; la segunda, un pequeño cuerpo de seguidores quienes prefieren ver a Lovecraft como un canalizador de verdades cósmicas ocultas, perturbado y confundido en cuanto a su verdadero papel de receptor e interpretador.

  Extrañamente, hay buenas razones para sustentar ambas visiones. Lovecraft declaró claramente y a menudo que los sueños extramundanos y perturbadores eran la base para su producción de ficción. El especialista en Lovecraft, Dirk W. Morsig, ha comparado los perturbadores estados de sueños sobrenaturales de Lovecraft a un tipo de condición jungiana que el psicólogo Leon Festinger denomina «disonancia cognitiva», citando a Morsig:

  «Una ficción sobrenatural, tal como la escrita por Lovecraft, depende para su efecto de una disonancia resultante de la contravención de expectativas puramente universales en lo que respecta a la ley natural. Lovecraft intentó reducir la disonancia transformando sus sueños en arte y al mismo tiempo negándoles cualquier significado objetivo.»

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El lejano amanecer extendió su aliento de luz sobre una estructura intrusa en el laberinto arquitectónico de la ciudad de New York, allá lejos, en un futuro engendrado por sueños ancestrales. Los neoyorquinos enfriaron el café de esa mañana con el aliento helado que el sobrecogimiento soplaba desde los temores registrados en sus genes; temores que han parasitado la humanidad desde la noche de los tiempos. Contrariamente a lo que sucedió hace varios siglos, con la desaparición de la Torres Gemelas, el pavor en esta ocasión fue despertarse para descubrir que ese día no iba a ser uno más por el hecho de que una estructura arquitectónica icónica ya no existiría, sino por la presencia de una gigantesca estructura ubicada en el lugar donde la noche anterior se encontraba el viejo edificio de la Organización de las Naciones Unidas [ONU]: una construcción que por su antigüedad ya había sido declarada patrimonio de la humanidad.

  Millones se reunieron a los pies de la gigantesca estructura que parecía haber sido concebida por la pesadilla de un gigante, dado su tamaño y apariencia.  Su altura se perdía en el banco de nubes que se extendía sobre toda la ciudad, y de la negritud del material con el que estaba construida parecía emanar una sombra que no era la proyectada por el sol, sino que se derramaba desde algún vacío estelar encerrado cual infierno en las entrañas de sus muros. «¿But… what the hell is this dark shit?», exclamaban los anglos; mientras que a su lado algún latino expresaba lo mismo en español: «¿Qué diablos es esta mierda oscura?»; y la misma pregunta fue proferida en cada una de las innumerables lenguas por cada uno de los representantes de las etnias que burbujeaban en el Melting Pot.

  Pero también, dispersados en medio de la multitud no iniciada, se encontraban los hijos de la imaginación, los adoradores de los mitos heredados de las grandes culturas y sobre todo aquellos que fueron concebidos por la energía creativa de algún genio solitario, de algún visionario o profeta, cuyas exploraciones imaginativas más allá de nuestro espacio-tiempo, le extirparon algún secreto al Gran Misterio. Para ellos —miembros de un Fandom que en sí mismo ya tenía su propio esquema genético de transmisión hereditaria del culto a todo lo que lleve por impronta «más allá de lo evidente»—, dicha estructura era familiar, pues ya la habían visto más de una vez en los sueños que tuvieron luego de leer sobre ella en los textos canónicos de la mitología en la cual estaba integrada. Su presencia aquí no era debida al asombro y pavor por la aparición de lo inesperado, sino al asombro y pavor de lo que se había estado esperando con ansias desde la noche de los tiempos. Pero de los tiempos contenidos en los mitos que le han dado significado a sus vidas.

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  Desde hace tiempo ha sido una paradoja de la crítica el que Edgar Allan Poe sea considerado estar fuera del canon oficial de la literatura americana, mientras él es conocido internacionalmente por ser el autor de la historia corta más famosa de la tradición: «La Caída de la Casa Usher». La acusación más dañina en contra de Poe es seguramente la de que él no posee metafísica, mientras sus contemporáneos —Hawthorne, Melville y Emerson— se consideran poseer alguna estructura en su trabajo que es a la vez intelectual así como puramente estética en su naturaleza. T. S. Eliot le puso la nota más pesada a esta acusación en su bien conocido ensayo «De Poe a Valery», en el cual él declara:

  «Poe es en verdad una piedra de tropiezo para el juicio crítico. Si examinamos su trabajo en detalle, parece que sólo encontramos una escritura chapucera, un pensamiento pueril carente del soporte de un buen cúmulo de lectura y erudición, experimentos al azar con varios tipos de escrituras, sin perfección en ningún detalle. Esto no sería exacto. Pero, si en vez de considerar su trabajo analíticamente, tomamos un punto de vista distante del mismo como un todo, contemplamos una masa de un diseño único y tamaño impresionante a la cual el ojo retorna constantemente.»

  No podemos negar que el trabajo de Poe es «experimentar». Pero esto no lo condena a lo pueril, a lo circunstancial y a lo superficial. En verdad, cuando su trabajo es examinado de cerca, descubrimos en Poe una increíblemente detalla y, debo afirmar, profunda metafísica. El juicio de Eliot es el de un cristiano creyente y bastante ortodoxo. Pero la metafísica de Poe deriva precisamente de esas doctrinas muy heterodoxas e incluso heréticas que eran comunes en el comienzo del mismo cristianismo, y posteriormente erradicadas o condenadas a la clandestinidad por las acciones de concilios de la iglesia tan dogmáticos como el de Nicea. Fue desde el árbol filosófico de imágenes peculiares y especulaciones místicas que floreció en Alejandría en el Egipto del primer y segundo siglo D. C., que Poe extrajo mucha de su propia imaginería. En particular, él bebió de esa escuela de pensamiento heterogénea conocida hoy como «Hermética».

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Carl Gustav Jung explica en su revelador libro «Psicología y Alquimia» que el proceso mismo de la alquimia posee dos naturaleza, una física y la otra psíquica, una «profana» y la otra «sacra». La dimensión alquímica más familiar para nosotros es por lo regular la puramente física: el intento de transmutar un metal innoble en oro a través de ciertos experimentos de laboratorios absorbentes y aparentemente ridículos. Pero la parafernalia material que asociamos a los alquimistas [hornos, retortas, alambiques, recipientes elaborados, fórmulas mágicas, etc.], enmascara una filosofía increíble, compleja y profunda, básicamente platónica en sus fundamentos, en la cual la búsqueda de la «Piedra Filosofal», no sólo fue la búsqueda de un agente catalizador que pudiera convertir los metales base en oro, sino un largo ritual de iniciación que conducía al neófito a través de varios tipos de experiencias disciplinarias hasta un ideal estado del alma.

  Pocos autores románticos estaban versados de una manera profunda en los aspectos más oscuros de la alquimia y la filosofía alquímica, ya fuera en su aspecto profano o sacro, no obstante, «los numerosos y extraños volúmenes de sabiduría olvidada», de los cuales se alimentaba el temperamento romántico, le suministraban a menudo tales conceptos de una forma novedosa. De esta manera los románticos desarrollaron un respeto profundo por estas ideas arcanas, las cuales fueron relegadas a un polvoriento ático metafísico, con el surgimiento de las ciencias positivas y el racionalismo del siglo XVIII. En verdad, ellos a menudo se interesaban lo suficiente como para ascender por el camino estrecho y difícil hasta la eminencia secreta y descubrir por ellos mismos, de primera mano, el mismísimo corpus hermeticum que ellos estaban manifestando a través de la poesía y la prosa.

  Cuando echamos una mirada al trabajo de un escritor romántico como Poe, descubrimos una utilización de materiales alquímicos, pero sólo en un nivel aparentemente «profano» y «mundano». A primera vista, Poe simplemente parece haber jugado con la tradición alquímica como un medio de ejecutar un hábil engaño en un breve esbozo como en «Von Kempelen y su Descubrimiento». Aquí, él utiliza todos los artilugios de la larga tradición de alquimia profana para engatusar a sus lectores en la creencia de su aseveración de que Von Kempelen «en verdad ha realizado, en espíritu y en efecto, aunque no sea al pie de la letra, la vieja quimera de la piedra filosofal…». De esa manera, la descripción de Poe del arresto del Von Kempelen por las autoridades posee toda la grandilocuencia de un melodrama representado del siglo XIX:

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S.T. Joshi

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S. T. Joshi es una autoridad de primera línea sobre H. P. Lovecraft así como también sobre varios otros autores en los géneros de horror y fantasía. Él ha publicado un gran número de trabajos relacionados, incluyendo su premiada biografía, «H. P. Lovecraft: Una Vida», y la muy extensa «Enciclopedia H. P. Lovecraft» [la cual poseo y recomiendo grandemente].

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  • Temple Of Dagon [El Templo de Dagón]: Es evidente que no te agrada la frase «Los Mitos de Cthulhu». Muchos puritanos la rechazan pues no es un término de Lovecraft, no obstante, ha sido aceptado generalmente. ¿Crees que es un buen término universal? ¿O hay momentos en los que personalmente piensas que es apropiado, y otros en que no lo es?

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  S. T. Joshi: En verdad soy conflictivo acerca del uso del término. En este punto, parece improbable que cualquier otro término pueda alguna vez ganar un uso amplio, de manera que pienso que el intento de establecer algún otro [e. g., «Los Mitos de Lovecraft», el cual creo que es un poco más apropiado] está condenado al fracaso. El argumento en contra del uso del término, de que Cthulhu, como entidad, no es una de las deidades mayores de los Mitos, me parece inválido, pues August Derleth [quien acuñó el término] declaró explícitamente que lo eligió porque fue en «La Llamada de Cthulhu» donde los Mitos tomaron forma coherente por primera vez. El término «El Ciclo de Mitos Yog-Sothoth», de Dirk W. Mosiga, está tan grotescamente concebido que nunca se asimilará. Un término que Lovecraft usó, «El Ciclo de Arkham», no está tan malo. Pero, para bien o para mal, me temo que estamos forzados a usar «Los Mitos de Cthulhu».

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