
Aquel que haya conocido los jardines de Zothique, donde sangran los frutos desgarrados por el pico del simorgh, no saboreará la fruta de hemisferios más verdes; bajo las postreras enramadas, en la sucesión de ocasos de los años sombríos, sorberá un vino de aramanta.
Fragmento del poema Zothique.
De EL Castillo Oscuro y Otros Poemas, 1951.
Aquí estamos, toda la comunidad elite de la Hermandad Fanática, «Los Espectros del Ciclo de Zothique», en el umbral de la segunda etapa de este último viaje a través del último continente. Vamos viajando sobre la alfombra mágica de vientos que portan la peste y la locura en dirección a Ummaos, capital de Xilac, en donde está ubicada la quinta parada de este viaje-condena por todo el espacio-tiempo de Zothique. Atrás hemos dejado —no sabemos si hace un minuto o mil años— la ciudad de Mirouane al oeste de Ummaos, junto a Mior Lumivix, su ayudante Manthar y su archienemigo Sarcand en la ejecución de su propia historia, la cual no pudimos vivir en tiempo real, simplemente porque no nos ha sido concedido un privilegio tan grande… al menos la leímos en su totalidad en el más allá familiar conocido como el plano físico. Mucho de los miembros de esta Hermandad Fanática, son desde ya presa de unos temblores cuya causa no es su naturaleza espectral o la demoniaca vibración de los vientos de hechicería sobre los cuales viajamos. Es fácil querer arrepentirse, pese a la fuerza que otorga el fanatismo de estar en este viaje-condena, y la quinta parada del mismo no es el menor de los motivos para ese sentimiento. Su nombre es: El Ídolo Oscuro.
Definitivamente, «muchos eran los magos y nigromantes de Zothique, y las maravillas e infamias de sus hechos eran legendarias en todas partes en aquellos postreros días. Pero entre todos ellos, no había ninguno más grande que Namirrha, quien impuso su negro yugo sobre las ciudades de Xilac, y más tarde, en un orgullo delirante, se consideró a sí mismo el mismísimo igual de Thasaidon, el señor del mal». Y ante las puertas de Xilac nos encontramos. En un espacio-tiempo benévolo y promisorio para esta metrópolis que favorece todas las artes oscuras, no en el momento cuando el martillo de un castigo, desatado por el fuego prometeico de Namirrha cae pesado sobre la ciudad, sino más bien, cuando la primera chispa de ese fuego se encendió.
Allí se encuentra el muchacho Narthos, mendigo de dudoso linaje que trata de ganarse el pan de cada día conmoviendo los corazones de los ciudadanos de Ummaos, algo que ellos lamentablemente no tienen. Esto incluye al príncipe Zotulla, hijo heredero del rey Pithaim, que en estos momentos acaba de iniciar un paseo en su caballo favorito. Creyendo —aún desde su ardiente odio hacia todos los que nacieron bajo una mejor estrella que él—, que en el corazón del hombre puede existir algo más que oscuridad, Narthos implora una limosna al príncipe, pero este como respuesta pone a su caballo a cabriolar sobre el famélico cuerpo del paria. Quisiéramos apenarnos por la fatalidad de este infeliz, pero sabemos muy bien, que ese cuerpo que yace a sólo unos metros de nosotros, ignorado por todos los transeúntes y que está reducido a poco menos que una pasta molida de carne y huesos… tendrá su venganza. Y será una como no se habrá visto nunca en los anales de la historia de Zothique. Una vez que Narthos pudo arrastrarse, se fue a su choza y luego, empujado por la ambición de un odio que no era de este mundo, abandonó Ummaos, aunque no para siempre.
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