-
I
-
Hacía ya muchos días que yacía desprovisto de cuerpo físico, lo sabía, todo a mi alrededor estaba compuesto de una extraña materia espectral que ejercía en mí un hipnótico magnetismo. Una sincronía de luces y de sombras me había guiado hasta la habitación donde me encontraba. Había viajado tumbado sobre mis espaldas como cayendo en un negro abismo sobre el cual no tenía ningún control, llegando a la deriva hasta el último escondrijo. Y allí estaba, en esa habitación astral, donde había recorrido hasta el aburrimiento de un lado a otro sus angostas facciones. Las cuatro paredes estaban adornadas por estanterías de libros. Durante días había estado buscando, hasta que la encontré, la obra que había anhelado. Después me sumí por largos días en un pequeño y sombrío escritorio a interpretar los hechizos que me aguardaban. Para entonces, sabía que sin mi cuerpo tridimensional ya el hambre, el sueño y el cansancio no serían obstáculos que detendrían mi empresa. Pero ese largo encierro en el devenir de los días empezó a angustiarme. Empecé a creerme encerrado en la eternidad de un tiempo pasado. En la vetusta habitación de un melancólico escritor de historias fantásticas que allí no estaba; más bien lo que allí habitaba era la soledad de sus libros, la desolación de su erudición. Eso era lo que verdaderamente me angustiaba: el no encontrar un vestigio cómplice de su humana voz. Pues la complicidad interior, la que estaba impresa en sus libros, esa ya la conocía, y era ella la que me había transportado a través del tiempo y el espacio hasta este encierro.

