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El hedor de una fantasmagórica putrefacción emana de lo invisible, de la cuarta dimensión del espacio, a través del túnel cuántico que es hollado en la estructura hiperdimensional del cosmos por los instantes más morbosos de nuestra imaginación. Algo ha muerto en los planos superiores; algo cuya carroña es infinita y cuyo proceso de descomposición se expresa en fugaces estados que podemos percibir aquí, en estas tres dimensiones, a través de un éxtasis criminar para el cual no tenemos explicación, pero que sin embargo disfrutamos.
Sí, algo ha muerto en los planos superiores, algo se pudre ad infinitum; posiblemente el universo mismo. Quizás el universo ya haya muerto hace eones. Quizás este plano en el que estamos sea el único que continua ejecutando su mecánica vital, y eso quizás sea así, porque nosotros somos los gusanos invisibles que devoramos con nuestra existencia y todos sus procesos, la carroña invisible que nos alimenta por toda la eternidad. De ser así, el plano físico es la expresión de un material muerto y putrefacto, cuyas faces de descomposición están sincronizadas con nuestros procesos creativos, que mantienen vivo este plano del cual somos parte, pero que mantienen infinitamente muerto el resto del universo… Esa es nuestra particular forma de ser gusanos carroñeros.
























