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Expandiéndose y elevándose rápidamente, como un genio liberado de las botellas de Salomón, la nube apareció sobre el horizonte del planeta. Una columna rústica y colosal que avanzó a grandes pasos sobre la muerta planicie, a través de un cielo oscuro como la salmuera de desiertos de océanos que han menguado hasta desiertos de charcas.
—Luce como una alegre tormenta de arena—comentó Maspic.
—Bien podría ser cualquier otra cosa —secundó Bellman más bien secamente—. Cualquier otra clase de tormenta es desconocida en estas regiones. Es la clase de infierno retorcido que los Aihais llaman el Zoorth; y viene en nuestra dirección. Sugiero que empecemos a buscar refugio. Me he quedado atrapado por una Zoorth anteriormente, y no recomiendo una bocanada de ese polvo ferruginoso.
—Hay una cueva en el banco del viejo río, hacia la derecha —dijo Chivers el tercer miembro del grupo, quien había estado escudriñando el desierto con inquietos ojos de halcón.
El trio de terrícolas, endurecidos aventureros quienes rechazaron los servicios de los guías marcianos, había partido cinco días antes desde un puesto de Ahoom hacia la región inhabitada conocida como Chaur. Aquí, en los bancos de grandes ríos que no han fluido en edades, se rumoraba que el pálido oro semejante al platino de Marte podría ser hallado amontonado, al igual que la sal. Si la fortuna les sonríe, los años de involuntario exilio en el planeta rojo pronto llegarían a su fin. Ellos habían sido advertidos en contra del Chaur; y habían escuchados algunas historias extrañas en Ahoom en relación a los motivos del porqué antiguos exploradores nunca habían regresado. Pero el peligro, sin importar cuan exótico o amenazante, era simplemente parte de su rutina diaria. Con una buena provisión del invaluable oro al final del viaje, ellos podrían atravesar el Hinnom.






