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Archivo de la etiqueta: Thasaidon

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  ¡Qué hermoso es el amanecer de un nuevo día, de un nuevo año… en el crepúsculo de la vida en el futuro lejano! Celebramos en este presente la mágica agonía de la luz sobre el lecho de nuestro amado continente: Zothique The Last Continent. Celebramos con los logros en la realidad de este Blogzine de las cosas que no son pero que deberían ser durante el pasado año, 2011, los esplendores de la fantasía oscura imaginada por nuestro patriarca, Clark Ashton Smith, en ese lejano futuro. Cada uno de los miembros de este Templo Virtual, así como cada uno de los afortunados Hermanos Fanáticos cuya fantástica fatalidad los ha hecho abrevar en el oasis de brebajes mágicos a mitad de un infinito espectral… Celebramos los pálidos rayos que en este presente nos envía una aurora muerta hace tiempo en ese lejano futuro.

  El 2011 —nuestro segundo año desafiando la ilusión de la luz y toda la realidad ordinaria que ilumina— fue un año que, entre otras cosas, nos enseñó el valor de una perseverancia obstinada, de la voluntad de poder, la dedicación, el amor, el fanatismo, la veneración y el desprecio necesario por las voces antagónicas a la hora de sostener un proyecto como el de una publicación regular, en este caso una revista virtual, como lo es nuestro Blogzine. Las caídas y los heroicos ascensos de los sepulcros que el día a día abrió a nuestros pies en forma de obstáculos de todo tipo fueron, en el peor de los casos, divertidas excursiones a nuestros infiernos interiores; de los cuales emergimos más fortalecidos y decididos a trazar con nuestra devoción el sendero que nos lleve hasta el mismo final imaginado por Klarkash-Ton; y esto junto con las diferentes expresiones de la creatividad imaginativa a las cuales les hemos hecho un voto de fidelidad: un voto que se extiende hacia el pasado y se inclina ante los maestros que nos precedieron en esta procelosa parcela de la creatividad; se alza orgulloso en este presente en el cual lo hemos jurado; y se lanza hacia el futuro con la seguridad de hacerlo hacia sus propios dominios. De manera que, pese a dos o tres tropezones y decepciones, por lo demás necesarios… nuestro Darwinismo Espiritual y nuestro principio de la Ley del Pensamiento Más Fuerte… continúan su marcha para morir junto a los habitantes de Zothique en ese lejano futuro.

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  Contrario a las antiguas calamidades que en remotos eones cayeron sobre la tierra, la presente condena de Zothique, el último continente —protagonizada por la muerte del sol—, no es adjudicada al castigo de los dioses provocado por una humanidad que ha ahogado su sentido moral en el fango de las pasiones más bajas. A pesar de que aquellas condenas también fueron frutos de leyes cósmicas y naturales. Claro, la lenta agonía del sol, esa estrella anfitriona que por millones de años había alumbrado el sendero evolutivo de toda forma de vida terrestre, era una calamidad de un orden cósmico superior, ya no se trataba del típico diluvio o secuencia de terremotos por toda la tierra; calamidades de las que fácilmente se podrían culpar a los dioses locales de cada tradición, aún siendo ellas mismas de carácter universal. No, estamos hablando de una tragedia de la que incluso los mismos dioses serían víctimas. Los zothiqueanos hubiesen preferido que la antigua profecía acerca de la exterminación de la iniquidad terrestre por una lluvia de fuego hubiese sido la que lo amenazara ahora, y no ésta, muy por el contrario, muerte de todo fuego… muerte de toda energía térmica. Esto así, la pregunta que entretenía el vicio de racionalización de los habitantes de Zothique era: ¿Por qué los dioses no hacen nada para evitar la muerte del sol, que sería la suya propia, ostentando como lo hacen un poder sobrenatural? En cuanto a los dioses mismos, tales cuestionamientos eran insignificancias muy propias del nivel evolutivo humano; pues en su caso, ellos sólo se ocupaban de disfrutar del nuevo escenario en los cielos de Zothique y, de vez en cuando, salir a su superficie para enfriarse bajo los fríos rayos de su agonizante sol escarlata.

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  Alygroon, un nigromante oriundo del antiguo reino de Dooza Thom, al norte del continente de Zothique, y famoso por su temeridad y constantes desafíos a las leyes del abismo; por fin había finalizado su peregrinación de siete días en dirección sur… Y ahora se encontraba en el legendario desierto de Dloth: el mismo desierto que engendró la condena del primer asentamiento del reino de Tasuun. Pero eso fue en un futuro muy distante del presente en el cual Alygroon decidió utilizar las arenas malditas de Dloth, para darle una vestimenta física a las sombras de una de sus vidas pasadas.

  Se dice que Alygroon ya no se le podía calificar de ser humano sino de entidad. Pues los habitantes de Dooza Thom ya no se molestaban en averiguar que edad tenía en verdad. Pues era evidente que era un inmortal. Pero, tanto el reino de Dooza Thom como sus habitantes, fueron devorados por las hambrientas arenas que arrastra el destino de Zothique; y en verdad ya eran un recuerdo muy lejano en la memoria de Alygroon. Éste, por su parte, era el único ser que la condena cósmica no había tocado; convirtiéndose de esa manera en el único habitante con vida de Dooza Thom. Pero el fuego de su alma no ardía lo suficiente como para ahuyentar el frío del abismo superior que, en la suprema soledad en la que habitaba Alygroon, había descendido sobre su Ser. Y esto, era un dolor intangible difícil de soportar, incluso para un Ser de su magnitud. Sin querer emigrar a otras latitudes del continente, las cuales aún no estaban siendo eliminadas por la agonía del sol, Alygroon prefirió buscar la compañía, no de sus dobles dimensionales o demonios familiares; tampoco de aprendices de brujos o de sus colegas en el arte negro… Sino de sus sombras. Ya desde los legendarios tiempos en que Dooza Thom estaba habitado, algunos le escucharon decir: «¡Qué solo me siento sin cada una de mis sombras!».

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  Desde el enigma de la noche, el continente de Zothique le muestra un rostro diferente al cosmos. Bañadas por la luz agonizante que proyecta la pétrea masa cadavérica de la luna, las arenas del último continente adoptan un tono gris-plateado; también se bañan de gris sus ciudades, sus habitantes y el alma de éstos. En el día, el paisaje zothiqueano deviene en un calidoscopio de lúgubres colores que se alimentan del estado de ánimo de los seres humanos, conscientes de que son los últimos representantes de una estructura física que ya no se prestará a ser envoltura para las almas. La luz del día no es del todo amarilla en Zothique; desde hace milenios que su tono es el mismo tono escarlata con el cual el sol ha decidido ataviar su agonía. La luz es el recuerdo constante de una muerte a escala cósmica en Zothique. La luz sólo ilumina la muerte, desde el inicio del día, y continúa iluminándola en la memoria colectiva de los ciudadanos zothiquenos, que intentan refugiarse en el pasado, pues el futuro…Es la muerte sideral que destella desde la agonía del sol. Pero en la noche…

  Las noches son grises, pues la agonizante luz escarlata que la luna refleja del sol, es desteñida de su rojo simbolismo físico por la palidez fluorescente del cadáver lunar. La luz fantasmal de la luna destierra de sus venas la sangre simbolizada por la luz escarlata del sol. Pues el sol aún está vivo, si bien es una vida que se apaga. La luna en cambio, ha estado muerta desde hace eones; y la sangre no suele fluir por las venas de los cadáveres, aun si su expresión es tan abstracta como la luz. Esta cualidad, asombrosamente, era del agrado de los habitantes de Zothique, que disfrutaban de la uniformidad emocional proporcionada por el tono gris de las noches del continente. En la muerte real de la luz de la luna, ellos encontraban una paz que no hallaban en los cambiantes matices de la agonía escarlata del sol. Les aterraban las actividades de la vida, ejecutadas desde un estado de muerte. Ese era el motivo por el cual sentían escalofríos por el solo hecho de tener que pensar que aún existía vida gracias a la poca que le quedaba al sol.

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En Zothique el Último Continente, la luz del fuego ilumina más que la luz del sol el mundo interior de todos sus habitantes. Es un arcano insondable, sí, pero no para sus nigromantes, los cuales están conscientes de la misteriosa comunión del poderoso elemento con la oscuridad y el silencio; descubriendo que en ambos reinos tiene los sellos desatados.

En los rituales de la oscuridad, el continente mismo se levanta de su agonía sólo para caer nuevamente postrado ante él. Fue sagrado el momento cuando Namirrha contempló sus llamas forjar el tiempo, con sus interminables edades de guerra espiritual y su continuo laberinto de luz y sombras… Pero también, cuando escuchó proferirse en el tiempo forjado por el fuego, las poderosas palabras de un conjuro eterno, que rompiendo las cadenas del tiempo, se sumergieron en el abismo para susurrar en el oído de su soberano, Thamogorgos, los siniestros deseos del supremo nigromante de Zothique.

En los rituales del silencio, incluso Thasaidon en las profundidades de su infierno, puede escuchar el evangelio de su furia, mientras sus guerreros marchan al borde de la pureza cenicienta de su rastro, hacia los jardines de frutas embrujadas, de las cuales comió Xeethra una vez que fue marcado por el fuego que ardía en su alma. Es el fuego quien le inspira los diseños al Tejedor de la Tumba; diseños que posteriormente adornarán las osamentas cuyos huesos han sido templados por sus llamas. El fuego encendió las ensoñaciones lascivas de la lamia Morthylla, que aprisionaron en el vórtice energético de sus inhumanos anhelos los sueños de Valzain, luego de ser hechizado por el hipnótico crepitar de sus llamas en las estancias del silencio. Sí, en el último destino de la humanidad, representado en el escenario del último continente, sólo el fuego mueve las piezas en el ajedrez de fuerzas cósmicas del mago, último gran héroe de la humanidad, pues rescató la consciencia mágica primordial, que yacía oculta pero iluminada por el fuego, en el fondo del alma humana. También, es el fuego quien alumbra la senda que conduce hacia el lejano y añorado infierno que se insinúa en la imaginación babélica de los hijos de las sombras, obsequio de Zothique para el resto del cosmos. Para los zothiqueanos, la última generación de nacidos en este planeta, el fuego es aquel misterio que se revela más allá de cualquier paraíso.

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«Yo me marcho… Pero en esta torre derruida y solitaria, construida en contra de los debilitantes océanos del caos, mis manuscritos y mis filtros han de permanecer: venenos más queridos que cualquier antídoto, y hechizos mucho más dulce que el lenguaje del amor… Maldiciones medios formadas han de dormitar en mis catacumbas, y en mis volúmenes, crípticas runas que desatarán vientos de pestilencia y harán roer al gusano, cuando sean liberadas por magos forasteros en los años extraños, bajo la luna ennegrecida y el pálido sol.»

 

«El Hechicero se Despide», Clark Ashton Smith

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Sí, bajo la luna ennegrecida y el pálido sol… Nuestro pálido sol agonizante, que exhala sus enervados rayos escarlatas sobre nuestro amado continente condenado: Zothique The Last Continent. Y más cercano en el tiempo, sobre nuestro Blogzine de las cosas que no son pero que deberían ser, que hoy, a un año después de la primera Introvision oficial, «Los Primeros Aullidos», ha perforado el espacio-tiempo de la realidad ordinaria con «Los Aullidos de una Fantástica Agonía»… Y, ¿por qué no experimental el éxtasis fantástico de nuestra oscura agonía futura, sin con ello inundamos de vitalidad nigromántica nuestro presente? A semejanza del nigromante Namirrha —que se atrevió a desafiar al mismísimo Thasaidon—, quizás hayamos pactado con entidades de una oscuridad superior. Y es que a más de 365 aullidos… continuamos aullando. La primera ordalía circular se ha cerrado para este Blogzine… ¡Y la hemos superado! Sin dudas, gracias a todos los oscuros dioses del panteón zothiqueano; a nuestro «Amor bajo Voluntad» por todas la expresiones de factura imaginaria; y a las divinidades creadoras que nos han legado sus mundos; especialmente a nuestro divino, Clark Ashton Smith, el padre nuestro que reina en el cielo de Zothique. Así que… ¡Oscuras felicidades para todos sus miembros!

El hechicero se despide, pero sólo de aquellos que llevan estampado en su alma el signo de una fantástica agonía, y claro, se despide con aullidos. Cada uno de los miembros de este Blogzine, hemos escuchado tanto en nuestros sueños como en nuestras vigilias, sus aullidos de despedida; que han viajado desde un fantástico futuro para adormecer cual estridente canción de cuna, nuestra fantástica agonía, cuya muerte, espera en nuestra oscuridad.

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«Porque Ubbo-Sathla es el origen y el final. Antes de la llegada de Zhothagguah, o Yok-Zothoth, o Kthulhut desde las estrellas, Ubbo-Sathla moraba en el pantano burbujeante de la recién creada Tierra: una masa sin cabeza o miembros, engendrando las grises e informes viscosidades primordiales, y los espeluznantes prototipos de la vida terrenal… y toda esa vida terrenal, ha sido dicho, finalmente regresará a través del gran círculo del tiempo a Ubbo-Sathla.»

 

El Libro de Eibon (Clark Ashton Smith)

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El oscuro limo pantanoso en el origen de la tierra, es la matriz dentro de la cual dormita un tiempo, que ha de iniciar su peregrinaje hacia un oscuro futuro, desde el presente burbujeante de: Ubbo-Sathla. No es el tiempo de los elementos en pugna, que ya están ofrendándoles a su tiempo particular, horribles catástrofes que registrar; no es el tiempo de la Tierra, ni el experimentado tiempo del Universo. No… es el Tiempo Biológico, que desde ya está contenido en cada una de las futuras formas vivientes. Si bien, en el informe y burbujeante estado, de un arquetipo biológico sin personalidad física. El Tiempo Biológico, y las manifestaciones biológicas-espirituales que han de arrastrarlo junto con ellas, hacia las tinieblas de una evolución despiadada, expresan su hambre de futuro y personalidad, con explosiones de multiformes expresiones biológicas: desde una Bacteria hasta un Mamut. Sin olvidar, que dentro del oscuro origen de Ubbo-Sathla, también burbujean las futuras manifestaciones de la imaginación humana, así como sus futuras rebeliones.

Y aquí me encuentro yo también, de regreso desde el futuro tras la meta de una oscura ambición. Pero de eso han transcurrido eones. En los esplendorosos tiempos de El Continente de Hyperbórea, siendo el mago Zon Mezzamalech, con asiento en la nórdica Mhu Thulan [Correspondiente a la actual Groenlandia, según el saber esotérico], intenté por primera vez penetrar los endurecidos caparazones de tiempo que cubrían todo el pasado, que cual abismo se abría, entre mi presente y el de Ubbo-Sathla. Mi meta: acceder al conocimiento primigenio, contenido en «las poderosas tablillas hechas de piedra estelar, las cuales estaban escritas con la inconcebible sabiduría de los dioses pre-mundanos», según la poderosa definición de mi colega en la eternidad, Clark Ashton Smith. Aquí yacen, no muy lejos de donde me encuentro en estado embrionario. Reflejando los caracteres que simbolizan su terrible sabiduría, sobre la superficie de las burbujas que eructan los sueños y pesadillas, de las informes manifestaciones biológicas-espirituales.

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La Musa de Hyperbórea

«Demasiado lejos está su rostro pálido y mortal, y demasiado remotas las nieves de su pecho letal, como para que mis ojos puedan alguna vez contemplarlos. Pero por momentos, su susurro viene a mí, como un escalofriante viento no terrenal, lánguido por la travesía de los golfos entre los mundos, y por haber fluido sobre los últimos horizontes de desiertos rodeados de hielo. Y ella me habla en una lengua que yo nunca he escuchado, pero que siempre he conocido; y ella habla de cosas mortales y de cosas hermosas, más allá de los estáticos deseos del amor. Su discurso no es sobre el bien o el mal, ni sobre cualquier cosa que pueda ser deseado, concebido o creído por las termitas de la tierra; y el aire que ella respira, y las tierras por donde ella anda errante, soplarían como la suprema frialdad del espacio exterior; y sus ojos cegarían la visión de los hombres cual soles; y su beso, si alguno pudiera alguna vez obtenerlo, se desvanecería y mataría como el beso de un relámpago.

Pero, al escuchar su lejano y entrecortado susurro, yo contemplo una visión de vastas auroras sobre continentes más extensos que el mundo, y océanos demasiado grandes para las quillas de las aventuras humanas. Y algunas veces balbuceo las extrañas nuevas que ella trae: si bien nadie les dará la bienvenida, y nadie las creerá o escuchará. Y en algún amanecer de los años desesperados, yo he de avanzar y seguir su llamado, en busca de la elevada y beatífica condena de sus pálidas y nevadas distancias, para perecer entre sus inmaculados horizontes.»

Clark Ashton Smith

Muy lejos, «más allá del viento del norte», se encuentra Hyperbórea. Distante, inalcanzable por cualquier medio, excepto por aquél que se manifiesta en el infinito anhelo por cosas reales que se parezcan a los sueños. Hyperbórea se encuentra justo al pie del astro polar; postrada en actitud reverente hacia la luminaria que le señala su destino. Hyperbórea es el receptáculo de las visiones que se derraman desde el vacío del espacio exterior a través de una senda astral, libre de los tropiezos que representan los destellantes rayos del sol… Más abajo, en el pedregoso itinerario ecuatorial. Hyperbórea está conectada con el frío del cosmos superior, ése que mantiene vivo el fuego de un futuro mítico en los corazones de las estirpes nórdicas; un futuro que no es más que la mordedura de la serpiente «Ouroboros» de una cola ubicada en un esplendoroso pasado. Para todos los seres que anhelan ver la pureza de sus sueños ancestrales tapizar la miserable decadencia de una Edad carcomida por la lepra de una igualdad carente de toda nobleza… Hyperbórea se encuentra: Al Norte de la Imaginación.

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Un extraño Dios ha llegado a las decadentes tierras de Zothique el Último Continente. Y lo ha hecho desde una remota mitología que ahora no es más que la raíz cuadrada del futuro ciberbiológico que lo ha transformado. Su demoniaca presencia fue vista por primera vez en los bosques del reino negro del norte, Ilcar, donde unos monjes quedaron cautivados por una antigua lascivia, que hizo estremecerse de placer la diosa virgen Ojhal, en los posteriores sueños inspirados por las célibes plegarias de éstos. La descripción que los monjes ofrecieron de la extraña divinidad -calificada por ellos como, «Un Engendro Diabólicamente Bello»-, y que tomó sus bosques por asalto, fue esta:

«Todo él no es más que una esplendida estructura de huesos nudosos. Las piernas largas y fascinantemente famélicas, se unían en el inicio de una espina dorsal que a su vez constituía el torso. De éste, brotaban cual ramas de un siniestro árbol pantanoso, un conjunto de gruesos huesos nudosos que formaban la base de unos brazos que terminaban desde lo que se supone es la articulación del codo hasta la parte donde se espera ver los dedos, en una espigada vara ósea… Fina pero mortal, y resistente como el acero. La columna ósea continuaba ascendiendo hasta formal el cuello. ¡Ah, y que inmaculada arquitectura infernal era su cuello! Pues se desplomaba hacia abajo, hasta el inicio de su torso columnado, para luego ascender recto, curvándose más arriba, ya como otra espina ósea, sólo para terminar triunfante en la forma de una cabeza simétrica. Este último prodigio corporal, era ancha en la base, y avanzaba perfilando un triángulo perfecto, cuya punta era la nariz. Las fosas de sus ojos estaban diseñadas con una geometría definida en los manuscritos de las antiguas ciencias de la tierra como, «aerodinámica». Pero para la sensibilidad espiritual, no eran más que dos fosos negros en cuyo fondo se atisbaba un fuego ardiendo, suspendido sobre un vacío helado y silencioso… Un vacío que no se abría en esta dimensión. Este fuego sólo iluminaba lo que le interesaba a la divinidad, sin importar si era algo ubicado en la punta de su nariz o en ocultos universos paralelos. A modo de cresta, sobre su cabeza se alzaba un cuerno que se extendía hacia atrás. Éste, al igual que todo el cuerpo, formaba una sola pieza unida; una gran estructura de huesos, esmaltada con un negro bello y maldito. Sus dientes, que se asomaban desde su espantosa boca triangular, eran afiladas dagas plateadas, cuyos destellos metálicos alumbraban la figura, insinuando de esa manera su presencia en la oscuridad.»

Lo que los monjes devotos a la diosa virgen Ojhal acaban de describir no es más que la infiltración en Zothique de una antigua divinidad greco/latina que ha regresado, bajo una máscara más siniestra y evolucionada, a tomar su parte correspondiente de vicios, decadencia, malignas hechicerías y abismal conocimiento, que forman en sí mismos la identidad del continente condenado… Por la cercana oscuridad que se asoma tras su sol moribundo. En un bosque del final de los tiempos ellos se toparon con una entidad que recorrió los bosques del principio de los tiempos. Que se sientan afortunados de haber conocido al Gran Dios Pan, y mejor aún en su versión ajustada a la nigromancia de Zothique.

La antigua divinidad que ya no porta pezuñas de cabra ha sido vista en todo el continente de Zothique: desde Dooza Thom, en el extremo norte hasta Yoros, en el sur; desde Cincor hasta Ustraim; desde Xylac hasta Calyz. Sin obviar el reino de Tasuun y las islas de Naat, Cyntrom y Sotar. Thasaidon, el «oscuro archienemigo y señor de los setenta infiernos» le ha dado la bienvenida, y si bien con recelo al principio, se alegra de tener cerca otro representante de las tinieblas. Vergama, la misteriosa y abstracta divinidad del destino, no se inmuta, pues sabe que el dios Pan, es uno de los jeroglíficos primordiales, de los estampados sobre su Libro del Destino. Yuckla, el pequeño y grotesco dios de la risa demencial, se ha unido a Pan en su peregrinación a través de todo Zothique, cual diminuto sátiro del final de los tiempos. Mordiggian, la oscura nube de vapor carroñero, se presta a devorar la luz que intenta cegarle el camino a Pan. Y Thamogorgos, sabe muy bien que Pan, al igual que él, reinan y simbolizan el mismo abismo. Magnífica y conmovedora bienvenida a un antiguo rostro del abismo en el pasado, por aquellos del lejano y último futuro.

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Clark Ashton Smith - The End Of The Story

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El cuento sobrenatural es una prefiguración o revelación de las relaciones del hombre —pasada, presente y futura— con lo desconocido e infinito, y también un indicio de su evolución sensorial y mental. Una mayor comprensión de los misterios básicos es sólo posible a través del futuro desarrollo de facultades más elevadas que los sentidos conocidos. El interés en lo sobrenatural, lo desconocido, lo anormal, es un signo de semejante desarrollo, y no un mero residuo psíquico de una era de superstición.

(Fragmento de «El Libro Negro» de Clark Ashton Smith).

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El ciclo de Averoigne ciertamente no es tan memorable como los de Zothique e Hiperbórea. La exuberancia de una magia en un mundo en el cual la única fuente para extraerla es la cercana oscuridad que se alimenta de los pálidos rayos de un sol agonizante, hacen de Zothique el don más maravilloso de la fantasía oscura de Smith. Mientras la fuerza fresca de la magia de Hiperbórea, en la virginidad de un mundo cuya orgullosa energía desafía una edad de hielo que se avecina, hacen de éste un ciclo fantástico exótico. Aparte que sus conexiones primordiales con los mitos de Lovecraft y el remoto pasado planteado en las sagas de Howard, lo convierten en una referencia atractiva para todo fanático de un pasado que fue evocado por diferentes imaginaciones. Averoigne, se presenta como un espectro solitario deambulando maldito alrededor de la historia conocida. No es el mundo lejano de Zothique, único por derecho propio, pero tampoco el pasado rico en referencias mitológicas de Hiperbórea. Está ubicado en un espacio-tiempo ordinario, sin embargo, es precisamente este detalle que lo hace especial.

La fuerza que posee el ciclo de Averoigne —incluso en sus historias más insípidas— le viene de la realidad de una maldad, una oscuridad, y una nigromancia establecidas en el acervo histórico de las culturas que intervienen en él. También esta cualidad hace que el ciclo facture otras de sus características más notables: las emociones humanas, del amor y la lujuria, entretejidas entre la draconiana castidad de una cristiandad que no daba tregua a los instintos naturales, y las acometidas en conjunto, del pasado antropocéntrico Greco-Latino y el paganismo hambriento de energía sexual de los Celtas. Gracias a estas condiciones, el romance tiene más protagonismo en las historias de Averoigne que en el resto de la obra de Smith. El amor cortesano está en «Una Cita en Averoigne»; por otro lado «La Hechicera de Sylaire» y «La Santidad de Azédarac» presentan la fortaleza del amor de tinte Celta, golpeando fuerte sobre la templanza católica. Así mismo, «El Final de la Historia» y «El Sátiro» son los portales dimensionales por los que atravesarán  los símbolos de la lujuria de los mitos Griegos. Mientras que, «El Fabricante de Gárgolas», es la expresión de una pasión demoniaca, inspirada por el propio rebaño católico, catalogados cuidadosamente, en más de un tratado de demonología.

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