TETRAMENTIS / La Caja de Música – Por Morgan Vicconius Zariah

La caja de musica - Arcadio Encarnacion

Cuantas hermosas melodías fraguaron mi niñez de un gusto aristocrático. Bendecido e insuflado por duendes de imaginadas ciudades hádicas; de ensueños arthurianos; de una Cámelot erigida en mi espíritu infante. Como si una nobleza perdida en el cruce de razas se haya decidido por aquellos destellos mágicos.

No he olvidado el gusto por el metálico sonido de las cajas de música; misteriosas melodías que enervaron mi espíritu, extasiando siempre las pesadillas, de aquellas sombras que me elevaban en lo alto; haciéndome conocer el miedo en el interior mismo de la oscuridad.

¿Quién ha escuchado el sonido?

¡Todos los sueños tienen el suyo! Unos son  de flautas, otros de tambores, y de antiguos tañedores de laúd, pero todos van acompañados con el sonido de aquellas cajas que los duendes regalaron después al hombre en planos materiales.  Las pesadillas llevan su común melodía, con partituras diferentes para cada quien. El sello personal resuena impreso en nuestra alma; abandonada fuera de la eternidad.

A sabiendas de la magia de estas cajas, nunca pude haber imaginado en mis manos, lo que encontré en el polvoriento armario de mi abuelo. Después de haber abandonado la carne, una tarde que contemplaba taciturno el ocaso, donde se esfumó con el sol poniente. Él pertenecía a unas de esas escuelas de misterios neo-pitagóricas, lo que realzó aún más su enigmática figura aunque de naturaleza  filantrópica. En ese armario, inmerso entre un espeso mar de telarañas; en un cajón de madera, yacía oculta, una antigua y hermosísima caja de música. De apariencia sombría y de color plateado. Debajo de ella, encontré una nota que decía: Fabricada por los hacedores del tiempo.  Y en el océano de telarañas, un manuscrito que hacia saber de su procedencia. Su creador fue un alemán cuyo nombre y apellido he olvido y aún sigo incapaz de recordarlos. Discípulo de un maestro relojero judío del siglo diecinueve. Que había emigrado de Suecia a Alemania donde fabricó y enseñó el arte de la relojería. Este raro maestro alemán de las horas y las melodías, había sido inspirado por un duende que susurró melodías ultraterrenas a su humana naturaleza, y le enseñó el secreto verdadero de fabricar melodías antinaturales en este plano existencial tridimensional. El mismo duende que le había  enseñado a su maestro melancólico.

Después de sacudir el polvo de esta reliquia, descubrí una inscripción en alemán en uno de sus lados que decía: Hergestellt Von den Machern der Zeit. La misma de la nota (fabricada por los hacedores del tiempo). En otro de sus lados había un reloj que marcaba las horas, según las vueltas que se le diera a la manivela; una manivela con mango hecho en plata y oro; con grabados de esferas y pentáculos entrelazados como estrellas numéricas. En ese instante, le empecé a dar varias vueltas, haciendo activar el muelle y rodar el cilindro giratorio, y el reloj comenzó a marcar horas. Marcó las cuatro, continué hasta llegar a las doce horas y solté la manivela. Así empezó el mecánico espectáculo musical que deleitó mis sentidos.  Las manecillas del extraño reloj, se encendieron de un color azul plateado luminoso; igual también los números del cronometro encantando. La música empezó a hechizarme y adormecerme. Un perfumado olor cambiante en tonos salía de cada nota, y pronto quedé sordo, mis oídos ya no percibían la música, la apreciaba por mis censores olfativos; dándome otra forma de su existencia más exquisita de apreciación.

Sería casi incapaz de describir, pero las vibraciones sonoras tienen su olor particular, cada átomo también, todo lo que estaba creado en aquella habitación fue olido y oído por mí, en esas vibraciones que entraron a mi nariz. Luego toda esta música ofuscó mis ojos por un momento; para despertarme en este plano, que me causó tantos espantos. ¡La nada! ¡Me encontré inmerso en el vacío! El sentido de la audición había vuelto, pero ahora podía percibir las melodías que una gran nada derramaba sobre mí. Por todo mi Ser. Podía sentir sus  oscilaciones y música:  por el tacto, los ojos y el gusto, en su singular eternidad. ¡Saboree  aquella canción sin voz! Cada sentido era consciente de esta música proveniente de un orden cósmico, la misma que había escuchado segundos antes y ahora a mi vista se mostraba, como unos gigantescos engranajes mecánicos que mantenían la armonía en la extensa nada: unos controlaban los intervalos de tiempo y otros el ritmo; y un tic tac, se hacia adivinar en la extensidad del tiempo

¡Me descubrí en la eternidad!

Aquello bello me pareció horror, miedo a no volver a ser lo que creía ser. ¡Humanidad! Conocí la música de las esferas de los enorgullecidos pitagóricos, que sospeché detrás de mágicos inventos peligrosos, traídos al plano material. Me sentí atrapado en un gigantesco mecanismo; como si toda esa eternidad que sentía, estuviera dentro de esta caja. Yo mismo me concebí en ella, así como fuera, más aún, pensé que era una micro réplica del universo, fabricadas por entidades no terrenas. Después, una fuerza centrífuga, me empujó fuera del centro invisible, hacia lados imposibles de  calcular, medida peso y densidad. Parecía ser la masa de un gran espíritu, ¡el alma misma del cielo!  Donde vivía el equilibrio que se extendía a diferentes planos. Después de ser empujado del centro por esta fuerza eléctrica, la masa que me absorbió parecía vomitarme sin los sentidos, los cuales recobre en segundos, encontrándome en la habitación de donde había partido, rumbo a lo desconocido. La música mecánica de la caja había cesado, cuando mire donde la había dejado no la encontré. Desapareció, y cuando salí a buscarla fuera de la habitación, oí sonidos de engranajes, y una sinfonía se activó en mi cerebro con el solo hecho de mirar el sol; mientras se iba ocultando, nuevos  astros músicos salían de la bóveda celeste. Cada cual en su elíptica tenía sus acordes, formando en los cielos como un gran coro de ángeles. LLegó a desesperarme la incesante actividad melódica: la Luna con la suya, el Sol y cada estrella, planeta o cometa que bordean los sistemas. Llegué a maldecir la hora en que esta caja cruzo por los mares o el cielo, desde su viejo continente, hasta estos confines. ¿Qué malvados magos habían tramado este viaje? ¿Cuál peligroso extranjero había dado aquel diabólico instrumento a mi abuelo? ¡Me lo han ocultado todo! Ya no para de sonar la música en mi Ser… ¡La música de las esferas!

Pareciera que esta caja vive ahora dentro de mis pensamientos, a veces molestándome en demasía, que grito con desesperación. Trayendo sobre mí la sospecha de demencia, de parientes y amigos, los cuales me han recluido en este horrible manicomio, condenado a absurdos medicamentos, y sedantes que me han mantenido en el sonambulismo intelectual, que sólo hace extender la soledad de lo que he experimentado y nadie ha logrado creer. En mi cuarto de hospital, he conseguido conocer al duende, que parece burlarse de mi dolor, con un raro reloj en la mano, que al tocar fuertemente activa esa exquisita melodía que provocó  mi asilamiento. Al hacerlo, parece como si una manivela incorpórea diera vueltas en mi cabeza. ¡Ay! ¡Ya viene!

¡El desesperante tic tac de los engranajes planetarios!

¡El terrible sonido del tiempo!   ¡La música de las esferas! ……..

Jajajajajajaj………… jajajajajajajajaja…… jajajajajajajaja……… jajajajajajaja……………

Fin.


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