TETRAMENTIS / Oráculos de la Sangre

Morgan Vicconius Zariah

Pasó ya la masacre, y Casius, se pasea entre cuerpos mutilados. Huyeron los verdugos invisibles, dejando la desolación y el olor a muerte viajando en los vientos de la confusión. Pero Casius, el siempre valeroso, siente miedo hoy, al ver a un pueblo de cadáveres y con su suelo vertido en  sangre. Los clamores de los niños al haber solicitado ayuda, dejó dibujado el dolor en los rostros de los pequeños. Las lenguas ensangrentadas de los ancianos colgaban de los cordeles de secar la ropa. Casius camina con la duda extraña corroyendo su cerebro por no saber  que ha pasado. Llego al pueblo después de la masacre y sólo halló muertos.

 Tomó rápido el camino que lleva al templo de los oráculos, entre blancas y gigantescas columnas de mármol. El templo de las siete puertas, donde se encierra en cada una los más grandes arcanos adivinatorios existentes. Al llegar al templo, enterró su espada en el centro de un círculo cabalístico, portador de los sellos celestiales. Al hacerlo, las siete puertas abrieron sus fauces herméticas. Como trueno estrepitoso se escuchaban al abrirse; relámpago cegador era ver la luz que desprendía cada una. Después que abrieron todas las puertas, Casius tomó una blanca vestimenta llamada oracular, y vistió con ella su fuerte y valiente  cuerpo pero aún mortal. Soltó su larga y negra cabellera, para bañar su cara en la fuente de la pureza, que se encontraba frente al templo y delante del círculo cabalístico. Secó su cara y caminó hacia el sacro y terrible misterio de las adivinaciones, para encontrar respuestas sobre la terrible masacre y los siniestros asesinos. Entró primero a una extraña y oscura puerta llamada la puerta del ágora, donde un sombrío pasillo conducía a un altar triangular de color negro, que llevaba gravado en su centro tres bocas talladas en oro que emitían una luz igual al fuego de los cirios que hacían a Casius tomar el color dorado por todo su cuerpo. Casius, parado al frente del siniestro altar, invocó ferviente los nombres de los espíritus de la lengua adivinatoria de la pirámide, y no se escuchó palabra alguna. Llamó otra tres veces y las agoreras voces no se hicieron sentir. Las bocas de la negra pirámide apretaron sus labios dorados ocultando su voz, y Casius decepcionado salió sin respuestas de aquel portal. Al salir se adentró por el camino de las pitonisas. Caminó entre jardines y delicias y aromas de resinas y hierbas aromáticas; entre grandiosos y hermosos paisajes, para buscar respuestas en este otro portal. Fue como si viajara en otra dimensión. En un pestañar, nuestro pobre e ingenuo héroe se encuentra con las siete pitonisas, que le deberían revelar el enigma. Él les pregunta: ¡En nombre de los buenos dioses! Busco respuestas de sus labios hechiceros. ¿Qué ha pasado en el pueblo cuando yo no me encontraba? ¿Quiénes fueron los misteriosos asesinos? Y cómo en un trance diabólico, las pitonisas no responden a sus preguntas; sus rostros parecen borrarse, sus bocas y sus ojos se encuentran sellados con oscuridad. Las siete adivinas se encuentran de rodillas como si cumplieran un castigo, él no las toca, ¡prohibido tocar lo sagrado! Casius, hijo de la desilusión, sale de aquel oráculo como un rayo de luz guiado por extraños designios.

 Ahora Casius escudriñará los misterios de Morfeo. Se encamina valiente al altar del dios del sueño. Y después de haber atravesado su portal, evoca el nombre misterioso del ser sonámbulo; y al poco tiempo, una nube de recuerdos de sueños antiguos invadió  la cabeza de Casius, el hijo de los gigantes. Morfeo se dejó ver en la mente del adormecido Casius, pero nunca habló, ni hablaría jamás.

 Así paso el tiempo y los oráculos no profirieron palabras. Casius, cansado de silencios, se dirigió a los principales pórticos que romperían la discreción de los dioses. Se dirigió al portal de Apolonio, ¡Oh Apolonio de Tiana! ¡Quién como tú! Divino Ser, mago de magos y maestro de sabios alquimistas. Casius llega al gran altar del oráculo de Apolonio, y con sus labios puros, invoca devoto: ¡Oh tú gran maestro! Hacedor de la magia, concede a este, tu hijo, las respuestas que necesito de tu boca santa. La estatua de piedra de Apolonio, pareció cobrar vida, levantó su mano derecha y señaló la última puerta. Casius entendió. Y callado se dirigió hacia allá.

 Hasta aquí hemos llegado, es cuando los arcanos se interpretarán de misteriosas maneras. Casius, cruzó la última puerta y encontró una iglesia;  desconocida a su pagana fe. Era una catedral gótica,  el último oráculo del templo. Aquí se veían vírgenes y santos iluminados por velas que se consumían con ese olor a cera y chisporreteaban ante una gran imagen. Todas estas figuras adornaban el lugar; pero esto no importaba. Él tenía que encontrar respuestas. Nuestro héroe solitario caminó por un pasillo, sobre  una alfombra roja que conducía al salón de oraciones. Un Cristo crucificado de gran tamaño, colgaba en la pared: último oráculo. Casius intuía que este le daría respuestas, pues Apolonio había señalado hasta este portal. Casius, cansado de que enmudecieran los dioses, se echó de rodillas en el altar y miró a Jesús en el madero del martirio; con aquellos afilados clavos que traspasaban su alma; a través de sus manos de divinidad humana que lo hacían unir al madero con la sangre que vertía su cuerpo. Sin preámbulos, el héroe clama al cristo martirizado diciendo: ¡Oh señor! Dios que no conozco, con amor te pido respuestas. Por favor, no ocultes tu voz a los miserables oídos de tu adorador, no escondas tus señales a mis mortales ojos.

 En este instante, la imagen abrió los ojos.

Casius se alegra al ver la primera señal y después pregunta: ¡Señor que te dignas en escucharme! Dime: ¿quién mató a los hombres de mi pueblo cuando yo no me encontraba?

 La imagen empezó a sangrar. Y de sus ojos brotaron lágrimas de sangre, que corrían por todo su cuerpo y caían al suelo, dando respuestas con palabras escritas. Responde el oráculo escribiendo en el piso:

 —Demonios liberados del Averno sombrío mataron y devoraron a los hombres de tu pueblo.

 —¿Y por qué?  No existe razón en estos actos…

 Un relámpago espanta la calma de Casius. Y el oráculo derrama más sangre con la cual contesta en palabras escritas.

 —En ellos no existe razón, las fierezas de sus actos les da fuerza, y atacaron para robar el alma de los hombres y apoderarse del pueblo al que convertirán en reino de sombras… Por eso enmudecieron los otros oráculos; sellados por su oscuridad, que hasta aquí no ha llegado por que soy un Dios desconocido a tu culto.

 Después se hace un corto silencio y un frió de ultratumba invade el rostro del hijo de los gigantes. Y pregunta Casius: ¿Qué puedo hacer para remediar todo lo dañado?

 Nada —dice el oráculo—, no conoces aún los secretos de la guerra contra las legiones del umbral. No creo que tú, hijo de los gigantes, puedas huir; aún con todas tus fuerzas no lograras combatirlos.

 —¿Y cómo puedo librarme del enemigo nefasto?

 Con la muerte, antes que toquen tu cuerpo mortal—. Respondió el oráculo. —Sólo así te librarás de las garras de los depredadores. Y sólo de esa manera te guardaría en los mundos de los dioses menores.

 —¡Oh mi Dios! Dime: —¿Será el suicidio la solución divina de mi salvación?— Pregunta Casius, con los ojos empañados y la voz temblorosa…

 Cae otra lágrima que augura tal vez palabras amargas; y en el suelo de las respuestas contesta el oráculo con sangre: Yo te puedo ayudar si quieres. No es propicio que tú  te arrancares la vida con tus manos, así no pasarías a nuestros reinos.

 Casius, con su cara humedecida por las lágrimas, y sus ojos enrojecidos de llanto, responde: ¡Oh señor! Haz conmigo lo que os plazca. Pero libradme rápido de las garras enemigas. Que no lleguen a tocar mi alma, y mi pureza. Libradme así sea con el más grande dolor y eleva mi espíritu a las esferas del Sol—. La imagen del Cristo, el gran oráculo del templo, levantó la mirada hacia el cielo de la catedral, mientras Casius se encontraba aún de rodillas. Empezó a sangrar la imagen sobre él, a brotar la sangre, por las manos, los pies, los ojos y el costado derecho de la imagen, bañando a Casius completamente. Desde el techo, hizo el oráculo desprenderse una esfera metálica con un gran borde afilado en su superficie; que lo hacia asemejarse al planeta saturno. La esfera se desprendió decapitando cruelmente a Casius, hijo de la desilusión, el héroe mártir. ¡Pobre inocente! La sangre corrió por todo el salón y su cabeza quedó como adorno del templo sagrado de los oráculos, marcando los últimos tiempos.

 ¡Espero que tu alma este bien guardada compañero! No creo que fue en vano tu hazaña

Absorbe en tu espíritu el alma de los que sufren.

 ¡Oh Casius! Amigo de tantos años, yo, el último sobreviviente de nuestro pueblo, lo vigilaré y lo protegeré en tu memoria. Crearé un reino de hombres mejores, traídos de lejanas tierras. Apolonio me reveló los misterios de la vida y la muerte. Desde ahora, él esta conmigo, enseñándome como maestro, y yo lo respeto como un verdadero discípulo. En cuanto a ti, te quiero y te respeto, como a un hermano gemelo; y espero verte llegar algún día del mundo de los muertos.

 Atentamente: Arthur, el guerrero sabio.

 ¡Ah! Y perdóname por no haber llegado antes.

  –

Fin.

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