ALTERECOS 4.D / Zothique: La Visión de un Mágico Final – Sexta Parte: El Último Viaje. Cuarta Etapa –

Clark Ashton Smith

Portada Libro Zothique - Edicion Editorial EDAF, S.A. - 1990.

Aquel que haya navegado en las galeras de Zothique y haya visto el espejismo de extrañas torres y cumbres, tendrá que enfrentarse de nuevo al tifón enviado por un brujo y ocupar el puesto del timonel sobre océanos alborotados por la cambiante luna o por la señal remodelada.

Fragmento del poema de Zothique.

De El Castillo Oscuro y otros Poemas, 1951.

Hermosas gotas de lágrimas sepultadas en un ataúd de éter se desprenden de los invisibles ojos de cada uno de los miembros de la Hermandad Fanática: «Los Espectros del Ciclo de Zothique». ¿Y cuál es la razón? Pues nosotros, que hemos navegado en las galeras de zothique; que hemos visto sus alucinantes espejismos; que hemos sentido las salvajes caricias del tifón enviado por un brujo desgarrar el oscuro éter de nuestra energía espectral…; y que justo ahora los matices de la cambiante luna de Zothique nos transforman según los caprichos de su agonía… estamos cerca de abandonar sus tierras, señaladas por el índice cósmico de los jueces estelares y de perdernos el último acto de la condena que pesa sobre ella y… el último estertor de su agonía. Bueno al menos vivencialmente. Pues ya sabemos como terminará, no porque lo hayamos leído en el plano físico —ya que la imaginación de Klarkash-Ton, no visualizó el último acto—, sino porque nuestra hambre de fatalidad así lo deseó. Por lo demás, que cada quien se reserve su personal visión del fin de este gran ciclo cósmico.

Pero no tan rápido, que aún nos quedan cuatro historias por vivir, cuatro paradas a las cuales arribar en esta cuarta y última etapa de nuestro viaje-condena a través del último continente. Continuamos en Yoros, específicamente en su capital, Faraad. La noche ha caído con el impulso de un puñal asesino sobre la carne decrepita y agrietada de Zothique. Es una taberna. Reunidos están los miembros de múltiples caravanas de mercaderes procedentes de lejanas tierras. La energía del lugar; su atmósfera de aventura y festividad nos arrebata del estado de melancolía en el cual estábamos y nos hace consciente de la realidad que habíamos estado viviendo, nada más y nada menos que la del: «Fruto de la Tumba». La décimotercera parada de nuestro viaje-condena.

Cierto contador de historias está relatando la grandeza de una rey legendario cuyo nombre es Ossaru, rey y mago en un mismo y oscuro presente y que había gobernado sobre la mitad del continente de Zothique, posiblemente cuando éste aún estaba remojado por las salinas aguas desde las cuales emergió. Semiinmortal, veía transcurrir el paso de los siglos, quizás en muchas ocasiones desde alguna terraza de su palacio con la compañía, sí, adivinaron… de Thasaidon, negro señor de los siete infiernos. Y la cosa no se detiene ahí. Según este narrador los últimos años de este rey mitológico los paso en compañía de una criatura de factura extraterrestre llamada, Nioth Korghai, que bajo a la tierra montado sobre un cometa aguijoneado por el fuego. El relato se pone más interesante a cada momento, ya que según la leyenda el monstruo murió primero que Ossaru, quien lo sepulto en una catacumba secreta ubicada justo debajo de su trono real. Sellando así largos años de una mutua y demoniaca complicidad. Y oigan esto, se dice que nadie sabe a ciencia cierta donde estuvo ubicado el reino de Ossaru. Algunos dicen que fue en Yoros; otros, que su ubicación era en las tierras de Cincor, donde Yethlyreom fue construida más tarde por la dinastía de Nimboth. Pero… he aquí lo más interesante. Según las malas y buenas lenguas de la leyenda, el mismísimo mago y profeta Namirrha —lo recuerdan, aquel que se alzo sobre el mismísimo Thasaidon—, sentenció en oscuras palabras, que la tumba de Ossaru será encontrada sin ser buscada en un futuro perteneciente a la misma oscuridad que la profecía que lo evocó.

Que historia tan hermosa. Todos lo creen así, incluyendo los hermanos Milab y Marabac, mercaderes de joyas procedentes de Ustaim. Al amanecer partirán en una caravana, rumbo al norte, hacia  las tierras de Tasuun. Nos gustaría acompañarlos, pero no nos conviene desviarnos de la ruta de nuestro viaje-condena, cuya dirección —recuérdenlo—, es de oeste a este en una ruta que ya ha explorado el norte. Por lo tanto ya hemos estado en Tasuun, de la cual guardamos recuerdos de un rosa en estado de putrefacción. Así que, veamos partir a los hermanos Mirab y Marabac al encuentro de su destino, para nada envidiable por cierto. Pues nosotros preferimos quedarnos aquí en la taberna escuchando otras historia de labios del narrador, quien sabe si relata alguna que sólo sea parte de su memoria y que ni siquiera el divino Klarkash-Ton pudo escuchar, y transcribirla en el libro de Zothique. De todas maneras, no nos agrada la idea de ver a los fieros Ghorii poner en desbandada a la caravana bajo el ardiente sol de Zothique, con la complicidad de los espejismos prestidigitados por las arenas del desierto; espejismos que conducirán a nuestros héroes, en su desenfrenada huida, a la macabra realidad de la tumba de Ossaru y Nioth Korghari.

No importa, aún seguimos en Yoros. En el espacio de otro escalofrió en la eterna oscuridad que se cierne como un sudario sobre el destino de Zothique. Muchos de los miembros de la Hermandad Fanática «Los Espectro del Ciclo de Zothique», observan los cielos nocturnos con una expectativa poco común. Los destellos etéreos de sus espectrales ojos se enfocan específicamente en la estrella Achernar, que preside siniestramente sobre todas las tierras meridionales de Zothique, y desde la cual está a punto de descender: «La Muerte Plateada»; que pronto se esparcirá como una aurora lunar sobre toda la tierra de Yoros, llevando el espantoso amanecer de una muerte rápida, fría y de una delicada estética luminosa. También, pondrá en marcha los siniestros engranajes de la décimocuarta historia de nuestro viaje-condena, oigan bien… «La Isla de los Torturadores».

Ya nuestra energía espectral flota maravillada sobre un mar de cadáveres que ante los nefastos vientos que nos llevan y traen, que son los mismos que transportan la muerte plateada, van cayendo en la misma postura en que la garra mercurial de esta extraña muerte los coge. En cuestión de minutos su carne mortal es mordida por un frío propio del espacio exterior, tornándose blanca, destilando una hermosa aurora plateada desde el ya putrefacto sol de sus cadáveres. La muerte plateada avanza sin piedad sobre todo lo que vive en el reino de Yoros, convirtiendo en cuestión de minutos toda la tierra en un cielo salpicado por astros plateados de carne y huesos. Ya las calles de Silpon y Silour han sido bautizadas con este incienso frío y con olor a muerte, y nuestra querida amiga ya hace su entrada triunfante en Faraad, la capital, para traerles a sus habitantes la bendición que los dioses estelares les enviaron. No hay palabras para describir tanta belleza. Algunos de los nuestros penetran en los cuerpos de los cadáveres para refrescarse con su mortal frialdad; paraíso poblado por gusanos helados, que deviene en el mejor refugio en contra del calor eterno del continente. Después de un viaje tan largo, bajo los ardientes vapores de los desiertos de Zothique, que incluso a nosotros, seres incorpóreos agota, créanme… cada cadáver es un oasis. Y en verdad nos gustaría continuar en compañía de esta amiga, que seguirá su cruzada a través del tiempo y el espacio, impulsada por la corrientes del éter, sobre los cuerpos de otros seres, pertenecientes a otros mundos… ¡Qué Thasaidon te acompañe!

Pero es necesario que le hagamos una visita a Fulbra, el rey de Yoros. En estos momentos observa la calamidad que le ha arrebatado el reino de sus manos desde un sopor preñado de asombro y terror. Con él está también Vemdeez, el viejo astrólogo y hechicero, cuya fidelidad había servido por varias generaciones a la línea real de los reyes de Yoros, incluyendo al padre de Fulbra, Altath. Ambos sabían muy bien la inminente llegada de la muerte plateada, pues estaba escrito en las estrellas. Vemdeez, a través de las lecturas de los cuerpos estelares, se enteró de que todos los habitantes de Yoros, incluyéndolo a él perecerían, excepto el rey Fulbra, cuyo final estaba en manos de otro destino… ¡ay, de un carácter más funesto!.

Siendo esta la realidad de las cosas, Vemdeez prepara una magia protectora para Fulbra, encerrada en un extraño anillo, fabricado con un  metal rojo y una gema negra engarzada de forma oblonga. Le advirtió que jamás se quitara el anillo del dedo del corazón, ya que esto desataría los vientos mortales de la plaga plateada que si bien no reclamará su vida ahora… ya habita cómodamente en su cuerpo. Con esto le dio las últimas indicaciones, poco antes de que él mismo fuera una víctima de la muerte plateada. Entre las recomendaciones estaban, viajar a la isla de Cyntrom, en donde encontrará amigos del reino de Yoros, cuyas pleitesías han estado libándose desde generaciones. El rey Fulbra hace esto junto con tres esclavos que sobrevivieron a la plaga. Se embarca hacia… ¿Cyntrom?… bueno las cosas no son tan fáciles en Zothique, sobre todo cuando existen brujos prestos siempre a enviar una tormenta, que azote sobre las ilusiones de un mejor futuro de aquellos desdichados que caigan víctima de ellos. El rey Fulbra no es la excepción, y en pleno viaje marítimo uno de estos vientos demoniacos lo conducirán a una isla cuyos habitantes sólo le liban pleitesías a la muerte y al sufrimiento… Uccastrog: la isla de los torturadores.

Lastima que no podamos seguir la ruta que la crueldad de los torturadores de Uccastrog seguirá sobre el cuerpo, la mente y el alma de Fulbra, en el palacio real de esa isla y ante la mirada extasiada de ildrac, su rey, y los sutiles y demoniacos engaños de la joven ilyaa, que cometió uno de los más grande sacrilegios: otorgarle fuerza a Fulbra —por medio de funestas ilusiones—, para querer seguir viviendo. O más bien sufriendo. Pero así es Zothique amigos míos… son esos pequeños detalles que lo hacen el verdadero paraíso al cual debemos aspirar.

En verdad es una pena… pero sólo para nuestro sangriento morbo. Y hablando de morbosidad, esa es la mascara que adopta la oscuridad de Zothique en la décimoquinta parada de nuestro viaje-condena. Vamos a dar un paseo por un hermoso jardín, palpitante de vida humana… «El Jardín de Adompha».

El jardin de Adompha - J.K. POTTER

Protagonista: el Rey Adompha. Co-protagonista: Dwerulasobviamente un mago. Estrella secundaria: Thuloneah… odalisca del rey claro está. Escenario: la isla de Sotar y su capital, Loithé. Eso quiere decir que hemos dejado atrás la ruta marítima del desafortunado rey Fulbra, ante las costas de Uccastrog, para dirigirnos más hacia el norte del mar Indaskiano, en donde está ubicada la isla de Sotar, dándole la cara al extremo oriental del continente de Zothique; en donde una vez deslumbró el reino de Caliz y su capital, Shathair… aquel cuyo recuerdo fue la perdición de Xeethra.

¿Adivinen cuál es el pasatiempo favorito del rey Adompha y su decrepito nigromante, Dwerulas?… ¡exacto!, mutilar los cuerpos de seres humanos indeseables e injertarlos por medio de la sabiduría  abismal en las extrañas plantas de factura infernal que ambos han cosechado durante décadas en el jardín que se alza justo en el  centro de los extensos dominios del palacio real. Ahora es el turno de Thuloneah, cuyas hábiles manos ya no despiertan gemidos de placer en el cuerpo del rey y cuyos oídos han escuchado tal vez demasiado. Esta noche su cadáver espera por el rey en el centro del jardín, donde Dwerulas ya tiene reunidas todas las herramientas y pócimas infernales con las cuales llevar a cabo su macabro arte. El rey avanza por el silencioso pasillo que dibuja la media noche hacia el jardín, al llegar a la puerta emite un silbido-conjuro que es la clave para abrirla… entra en el jardín, y…

Aquí nos separamos. Muchos de entre los espectros más temerarios intentaron penetrar en el jardín para pasearse entre el exotismo infernal de su flora; temblar al ritmo de las vibraciones emitidas por las pulsaciones de miembros más humanos que vegetales; drogarse con los alucinantes aromas cuyos efectos enervantes traspasan todas las dimensiones; y teñir la fantasmal energía de sus  espectrales cuerpos con los colores del más allá, que desfilan cual mascarada calidoscópica por las hojas, ramas, flores, troncos y frutas de todo el jardín. Sí, muchos lo desearon, pero el rojizo sol artificial que flota sobre el jardín los ahuyentó con el resplandor de reinos subterráneos. En todo caso, ya conocemos el final…. Que obviamente no es uno feliz. No nos marcharemos lejos, pues es aquí en Sotar donde esperaremos el paso de la décimosexta y última parada, de este nuestro viaje-condena a través del último continente. El nombre de la historia que ha de alcanzarnos es… «El Viaje del Rey Euvoran».

Mientras nosotros nos dejamos vapulear por los vientos de la costa de Sotar, allá en el continente, específicamente en el reino de Ustaim y en su capital, Aramoam, el rey Euvoran se acaba de levantar de la mesa sobre la cual momentos antes desfilaba un suculento y poderoso desayuno. Ya va en camino al salón de justicia de su palacio y es posible que ya esté frunciendo el ceño al ver los malhechores de poca monta que se muestran ante él, sin el menor vestigio de una dignidad que esté a la altura de la energía que tan cuidadosamente almacenó para impartir justicia. Obviamente, justicia significa diversión; y diversión significa poner al torturador a cosechar lamentos en los cuerpos de acusados digno de ello, y al verdugo a pintar arte abstracto en las paredes del palacio con los sesos de aquellos cuyas cabezas exploten bajo su pesado pincel de bronce fundido.

Pero al parecer hoy será un día aburrido. Sólo unos pocos ladronzuelos, y… esperen un momento… ¡un nigromante!. Sí, al fin salió alguien en defensa de la nobleza oscura de Zothique. El rey que ostenta orgulloso la corona de los reyes de Ustaim, la cual no hace muchos años se posó sobre la cabeza de su padre, Karpoom, observa anonadado el estrafalario personaje que acaba de entrar a saltos de cabra en su palacio. Pero volvamos a la corona. Esta era el orgullo de la dinastía real de Ustaim, por su carácter único: «El oro de su círculo, mágicamente esculpido, fue extraído de un gigantesco meteoro que había caído en la meridional isla de Cyntrom… este oro era más duro y brillante que ningún otro proveniente de la tierra y su color pasaba del rojo de una llama al amarillo de las lunas jóvenes… llevaba engarzada trece piedras preciosas, cada una de las cuales era única y sin igual, ni siquiera en la fabula… pero más maravilloso que todo lo demás, era el pájaro gazolba disecado, que formaba la superestructura de la corona, que se agarraba al círculo con sus aceradas garras por encima del entrecejo del que la llevaba y se…». Bueno, lo cierto es que esta maravilla alada, que había coronado nueve generaciones de reyes, y de la cual los marineros que la llevaron a Ustaim doscientos años atrás dijeron que era la última de su especie, se va a desperezar dentro de unos momentos de su entumecimiento bicentenario.

Euvoran, luego de recordarle al nigromante que su oficio era prohibido en su reino; luego de hacer que los engranajes de la mesa de tortura llegaran a su limite extendiendo el cuerpo demoniaco del nigromante; luego de sentenciar  que la maza del verdugo debe caer sobre su cabeza, pero… «que caiga sobre la tuya», le contesta el nigromante, e inmediatamente se desprende las cadenas que lo amarraban y profiere un conjuro demoniaco al cual el pájaro gazolba respondió con gritos y aleteos. En instantes, pájaro y nigromante desaparecían de Ustaim. El primero, hacia el este, junto con la corona, en dirección a la fabulosa isla de donde se cree que provino; y el segundo, hacia el norte, desde donde no regresó jamás. El rey al verse despojado de esta manera de su corona, fundamento simbólico de su soberanía, decide consultar al dios de la tierra Geol, cuya estatua se postra de espalda, perennemente en la oscuridad de su adytum, mostrando una enorme barriga desde la cual emanaban sus oráculos con los tonos guturales del mundo subterráneo. Este le aconseja viajar a la isla, de la cual el gazolba es oriundo. Allí lo encontrará y lo matará con sus propias manos. Suena fácil, verdad. Pero un oráculo más poderoso, el cual Euvoran no ha escuchado, ya que es un susurro entre las estrellas, ha dictado un fin diferente.

Son quince los navíos que acompañan al buque insignia de la flota y en el cual viene el rey Euvoran rodeado de los mismos lujos de su palacio. Nosotros, los Espectros del Ciclo de Zothique, suponemos que no tardará mucho en arribar aquí, a la isla de Sotar, en donde se suplirá de aguardiente y seguirá el rastro de un rumor que lo guiará hasta la casa del hechicero Iflibos, del que se dice que atrajo con su magia el pájaro gazolba mientras sobrevolaba la ciudad de Loithé. Bueno, no lo acompañaremos en esa búsqueda. El camino a la morada del mago está pavimentado por los gusanos gigantes de Sotar, cuyo hedor perturba nuestro cuerpo espectral con la misma sensación que el contacto con una flema pegajosa y asquerosa, incomoda a nuestro cuerpo físico. Pero sabemos que el rey no encontrará a su pájaro allí, pues nosotros mismos lo vimos pasar de largo, rumbo al nacimiento del sol. Por su parte Iflibos sólo ha domesticado un buitre común de brillante plumaje. Bueno, aquí viene él con toda su comitiva real, incluyendo bufones y concubinas. Y aquí también nosotros nos uniremos a su viaje cuyo trayecto rumbo al sol naciente, más allá de los mares navegables de Zothique, constituirá la despedida más gráfica de este viaje-condena a través del último continente. Sí, nos tropezaremos con la pequeña isla de Tosk, «cuyos habitantes se parecen más a los gorilas que a los humanos»… navegaremos hasta los siete atolones de Yumatot, «cuyos habitantes son en su mayor parte caníbales». Este archipiélago de islas marca el límite de los viajes de Ustaim hacia el oriente. A partir de ahí, penetraremos en el reino de un profundo misterio azulado del mar ilozio, y entraremos en contacto con costas míticas e islas cuyo acceso era sólo a través de la leyenda: hombres murciélagos en una isla cuyos acantilados se recortan simétricos sobre un negro basalto, y de la cual, apartes de nosotros los espectros, sólo saldrán con vida el rey y uno cuantos de su sequito al igual que una pocas naves; y que decir de la isla de Ornava, a la que llegaremos luego del encuentro de los seres humanos más fabulosamente aves que se puedan imaginar. Allí, el rey pájaro, se las pondrá difícil al rey Euvoran. Pero este no cesará en su búsqueda del gazolba, hasta que al fin , luego de un naufragio del cual sólo él salió con vida en la historia que relata el libro de Zothique en el plano físico, pero que en esta ocasión nos tendrá a nosotros por compañía, morderá las arenas de una isla que se diría está ubicada en ese lugar mítico, «donde las auroras y el ocaso vienen al mismo tiempo, y donde la luna es tan brillante como el sol». Y allí… bueno, será mejor que vivamos esta historia —la última de nuestro viaje-condena—, hasta el final. Pero en ésta, Hermano Fanático, no podrás acompañarnos, a no ser que tu imaginación, allá en el plano físico, despliegue otro cielo sobre éste bajo el cual estamos, mientras lees el libro de Zothique.

Sí, ha sido un hermoso viaje, tanto así que ninguno de los miembros de la hermandad fanática, «Los Espectros del Ciclo de Zothique», tiene planes de regresar al plano físico sino de seguir explorando el universo oscuramente fantástico de Zothique, allí por los rincones oscuros que la imaginación del divino klarkash-Ton no llegó a registrar. Para mí, Odilius Vlak, fue un verdadero placer liderar esta excursión desde el Génesis hasta el Apocalipsis de éste, nuestro libro sagrado Zothique, y vivir: la deslumbrante visión de su mágico final… ¡Qué Thasaidon los bendiga!

FIN.

Odilius Vlak

BIBLIOGRAFIA CONSULTADA.


  • Zothique. 1990, Editorial EDAF, S. A. ( Traducción de: Inmaculada de Dios). Prologo, Epilogo y Mapa por Lin Carter.
  • Introduction to Tales of Zothique by Clark Ashton Smith. Edited by Will Murray and Steve Behrends. Published by Necronomicon Press, 1995.
  • Outside the Human Aquarium: The Fantastic Imagination of Clark Ashton Smith, by Brian Stableford.
  • H. P. Lovecraft’s essay: Supernatural Horror in Literature. By Stephen Jones and Dave Carson, Barnes & Noble Books, 1996.
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