TETRAMENTIS / El Libro. – Primera parte –

Morgan Vicconius Zariah

 

Él agotaba noches enteras mirando hacia esa estrella que ascendía por el septentrión. Recordando sueños de infancia donde siempre titilaba este astro. Cuando en el regazo de la hierba se solía adormecer bajo su tenue luz, como si de alguna manera tuviera alguna conexión con aquel destello luminoso que brillaba en el vacío hacia el norte del planeta. En los sueños nocturnos también sabía percibirla, recordando el verdadero fulgor en la memoria. Pero en sus sueños su luz era más fuerte, como si la distancia en el amplio vacío no fuera capaz de separarlo de ella. Así creció el hombre, el que ahora la observa desde una alta torre, que llena de desvelo le es fiel al mago. El niño es hoy docto en las ciencias del espíritu. Aprendió a leer mensajes en la tierra y en el cielo y su curiosidad lo ha vestido de ermitaño. Alejado siempre de la multitud busca sondar más allá de las visiones humanas; arropado bajo una capucha llena de misterios sigue mirando la estrella, a la que cariñosamente llamo Eurídice. Esa noche que en el norte se torno más oscura, mayor fue el fulgor de Euridíce, y una blanquecina luz pareció haber iluminado la torre y en un misterioso susurro, se le escaparon al mago unas palabras: ¡Muéstrame los secretos que ocultas en tu corazón! ¿Qué misteriosos designios me han unido a ti?… ¡Pues sólo yo, estoy fascinado por tu extraña seducción!… ¿Qué mágico genio habita tu morada en aquella lejanía? Proferidas las palabras, se escuchó a lo lejos un rumor de flautas encantadoras, y desde Eurídice provino hacia la torre una luz tenue que toco cada rincón donde la oscuridad había estado, iluminando el sombrío semblante de Edegmur, pero jamás iluminando sus ojos, los que la luz nunca colmaría; pues son un abismo inagotable que le regalo la melancolía. Desde aquella tenue luz se oía llegar aquella mística música que se expandía en los alrededores conforme se iba cubriendo de luz misteriosa todo el interior de la torre, y por aquel puente de luz desde la estrella Eurídice, caminaba desde el insondable cosmos hacia el planeta, el genio escondido dentro del corazón de la estrella.

Tan solo en un segundo recorrió centenares o millares de años luz, burlándose del espacio y el tiempo. Caminando como cualquier ser humano, se veía llegar por aquel túnel galáctico hasta que sus pies descendieron a tierra, encontrándose frente a frente, el genio y Edegmur. El mago se ocultó más en su oscura capucha, como para esconderse de la luz que desprendía el ser estelar, la cual era cegadora. La lúgubre torre dejó de serlo por un instante, ya que estos destellos llegaron a bañar largas leguas por unos segundos, desvaneciéndose después como por un encantamiento. El ser delante del mago Edegmur, al fin profirió palabras:

 

¡No te ocultes de la luz! Recuerda que la magia es un arte oscuro, deja que tus ojos atrapen los destellos cegadores…

 

Y al fin Edegmur se descubre el rostro, y como por un sortilegio, la luz innecesaria quedaba atrapada en sus ojos, logrando ver por fin al ser misterioso, que ahora visitaba su morada, invitado por la plegaria inconsciente del mago. Este ente era de una blanquísima hermosura y con una vestimenta bordada en hilos de luz. Sus ojos, más azules eran que el mismo océano, cuando lo bordea el sol y mucho más hermosos que cualquier zafiro. Mientras se mantuvo allí, nunca ceso el sonido de las flautas, nacidas de la misma luz como una sinfonía cósmica que toca a un rey universal. Parecía que la misma existencia de esta visión dependía de aquellas notas y de estos reflejos. Edegmur, ya podía ver sin problemas al ser, al genio de la estrella Eurídice, que poco a poco quedó casi al descubierto por la oscuridad natural de la torre. En su mano derecha empuñaba una esfera de cristal, que brillaba con muchos puntos luminosos, como si un mapa del universo se ocultara dentro del cristal, y más aún, el misterio de los secretos mágicos. El mago quedaba asombrado ante aquella visión, ya que jamás ante había visto o logrado una aparición. Sus poderes estaban limitados a la adivinación y evocaciones de ensueños, pero ahora la magia lo había consagrado con el espectro del genio de la estrella que más había amado. Desde niño quería descifrar su conexión con Eurídice, y ahora desde la torre que erigieron sus abuelos y la que le pertenece, podía contemplar uno de los misterios que guarda el extenso cielo. La imagen que provino desde Eurídice ya sabía el nombre del mago y empezó hablarle con una singular familiaridad, de su infancia y de su trayecto por la vida; de alguna manera ya este día estaba planeado por intenciones divinas. El mago se apoyó sobre su mesa, donde tenía algunos volúmenes de libros de astronomía y ciertas claves menores de la magia. Esa era la mesa en que escribía con una melancolía de erudito y leía largas noches, como quien sabía que esperaba algo o alguien, sólo por intuición. Se inclinó a tomar unas clavículas como desconfiado; aunque estaba maravillado de lo que veía, su pensamiento lógico y humano lo hacía desconfiar de esta aparición. Y pronto buscó las armas con las cuales podía defenderse si atacara el ente estelar. Pero el genio de la estrella permaneció mirando curioso los movimientos del mago y con sus dulces palabras de nuevo hablo: ¿Por qué te molestas en tomar tus armas de mago para atacarme? ¿Acaso aún no comprendes el lazo que nos une desde algunos eones a través de la eternidad? ¡Sabes que mis poderes nunca los esgrimiré contra ti! Sino al contrario, estoy aquí para entregarte el poder que ningún otro mago en la tierra ha poseído hasta hoy. Vine porque me llamas desde hace tiempo; desde que soñabas he oído tu pura voz, y tus melancólicos quehaceres ya era hora de que fueran premiados. Mientras hablaba el genio Sedafkiel, de la estrella Eurídice, se acercaba más a Edegmur, y éste, ya sin temor alguno, contempló de cerca los ojos de Sedafkiel que sostenía esta extraña esfera de cristal en sus dos manos, ahora como tratándole de enseñar a Edegmur algún secreto escondido hace mucho tiempo. Mientras los dos contemplaban el universo de cristal en donde nada escapa de los ojos de Sedafkiel… Éste habló de nuevo al mago:

 

¡Sólo tu oscuridad de mago puede resistir mi luz y por eso has de ser el receptáculo! Serás el ser con el cual se escribirá el libro que lleve los sellos mágicos, ya como te dije, por más luminoso que se vea, la magia es un arte oscuro y muchos de sus secretos los tenemos los Ángeles, los genios estelares, pero en nuestras manos no sirven de nada; pues la práctica es para los hombres que quieren saber algún secreto. Aquí estará escrito todo lo que pueda lograrse con la magia, y los antiguos hechizos perdidos de libros que han ido a parar a las llamas, de nuevo resucitarán en tus pergaminos.

En ese instante, con su dedo índice derecho bañado en luz astral, el genio tocó el entrecejo de Edegmur y el sombrío semblante del mago parecía absorber en la oscuridad esta luz hacia dentro y de repente cae como en un trance hipnótico. Así se desvaneció en el suelo sobre sus vestimentas y el genio estelar lo levantó por uno de los brazos y lo paró. El mago, con un extraño sonambulismo, se dirigió a su mesa; tomó unos pergaminos en blanco y empezó a escribir con su pluma mojada en la tinta. El genio permanecía sentado frente al mago sin proferir palabras y en estado meditativo. Mientras aquél escribía con loco frenesí sobre los pergaminos con tinta de escritura, y dibujaba los pentáculos con la tinta mágica de varios colores. Muy rápido se veía escribir a Edegmur, como si fuera sólo un copista especial que recibía dictados de energía más allá de su razón. En ese estado no era posible sentir abatimiento, el cuerpo y la mente eran uno solo, y la pasión por terminar una obra mágica estaba en primer plano. Después de varias horas y manchas de tintas en las manos y la mesa, se había completado el gran libro de la magia, y el trance huyo de la mente de Edegmur, el cual había despertado asombrado por todos los pergaminos que había escrito formando un gran libro; con ilustraciones tan exactas en medidas y complejidad, que sólo un genio podía haberlas otorgado a los hombres. Sedafkiel lo observa sonriente y toma en sus manos el libro y después lo pone sobre la mesa, pasándole por encima la esfera de cristal, como si revisara cualquier error mirando a través de este mágico objeto y, para que siguiera el asombro del mago, de la esfera se desprendió una energía que cubrió todo el libro y encuaderno a la máxima perfección cada página, limpió toda mancha de tinta sobre los dibujos y las líneas, y sobre la portada de cuero negro dejó dibujada la estrella pentagonal como con destellos diamantinos y debajo, un nombre de cariño y personal de Edegmur. Debajo de la estrella se escribía el nombre de ¡Eurídice! Edegmur no solía hablar mucho, pero se vio feliz, el trance lo había agotado, pero no vaciló en tomar en sus manos el libro; el genio se lo había pasado después de haberlo revisado y perfeccionado.

 

Allí pudo conocer a perfección los símbolos planetarios y sus convenientes usos. Desde la Luna hasta Saturno; los secretos de la gestación y la muerte; los de la política y el corazón de los reyes, todo lo contenía. Además, las escaleras jerárquicas del reino de las sombras, se enseñaba todo claro aquí. El poseedor de estos hechizos, seguramente sería rey. Pero decía Sedafkiel, que la custodia del libro después de Edegmur, recaerá sobre alguien instruido por el mismo mago. Tal vez su descendencia propia, si alguna vez la llegara a tener en su vida de ermitaño. Y si no, sobre alguien que instruiría desde joven. Decía que en el futuro, el niño se perfeccionaría en las manos de dos magos después de Edegmur, uno será un nigromante y el otro alquimista, manteniendo todos el contacto con aquella estrella de donde todo había salido. Al fin el mago se recuperaba de aquel trance, le sonrió al genio, y éste fue reciproco con el gesto, el corazón de Edegmur se sentía satisfecho; como alguien que había tenido una búsqueda incansable y termino encontrando. El genio se paró de la mesa y emprendió el camino hacia la salida de la torre, donde de nuevo lo esperaba su carruaje de luz. El túnel que lo devolvería a su morada, más allá del negro cielo. Posó una bendición sobre la frente del mago, después se perdió entre la luz hasta recogerse en lo lejano y apagase en el fulgor de Eurídice. El mago volvió hasta la mesa, ya solo, a contemplar otra vez asombrado el libro, al que nada se le haría imposible. Después, agotado, se durmió sentado y su cabeza cayó sobre la mesa, y vería un nuevo amanecer. Despertó desconcertado, buscando el libro, como si todo aquello fuera producto de un sueño de la meta máxima de Edegmur, y sobre su mesa no estaba el libro. Casi unas secas lágrimas se le dibujaron en los ojos, pero mirando de nuevo a la mesa, vio una esfera de cristal que en sus adentros destellaban chispas estelares y se alegro. Y entonces miro bajo su taburete, y allí estaba el mágico libro de cuero negro, y abrazándolo contra su pecho se quedo dormido nuevamente, y una voz se escucho en sus sueños… Y le dijo: Te regalo la esfera, Edegmur, amante de Eurídice. ¡No hay manos humanas más confiables que las tuyas para guardar el cielo!

 

Después, el cielo mañanero se nubló rápidamente, y el mago durmió hasta el mediodía arrullado con el sonido de la lluvia.

 

FIN.

 

 

 

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