TETRAMENTIS / El Libro. – Segunda parte –

Morgan Vicconius Zariah

 

Bajo el pie de la montaña Hertztat, cuando el sol iluminaba más de mediodía, Edegmur llegaba a la cueva del herrero. Con el sueño de los talismanes impresos en el libro, en él ahora llamado Constelator y buscado por los hechiceros de más allá de los confines de la ciudad de Hetacart. Este herrero de la cueva bajo el pie de la montaña, gozaba del respeto de los guerreros de Hetacart y del sabio Edegmur, el de la torre cerca del río. Allí, el sabio y el herrero penetraron en silencio hasta el cálido estómago de la montaña de Hertztat por una oscura  gruta, hasta llegar a los hornos que allí ardían; donde se forjaban las armas y algunos talismanes mágicos de sabios que asistían a los conocimientos metalúrgicos de Gothán, el herrero.

 

Este hombre iba siempre vestido en cueros negros y su fortaleza física hacia saber de su influencia marciana como todo forjador del hierro que era. Un semblante serio pero siempre predispuesto a las bromas; era como un alma inocente atrapada en toneladas de músculos y venas, sus manos eran callosas  y muchas marcas de heridas antiguas se podían percibirse en sus brazos. A veces el fuego le bañaba el rostro, llenándolo de algunas que otras quemaduras. Pero él era feliz con el fuego, su naturaleza estaba allí, dentro del horno donde ardían en mágica fiesta las salamandras del reino subterráneo. Él era hermano del hierro y de algunos que otros minerales fuertes. Pero también trabajaba el oro, la plata y muchos metales. Además, grababa sobre ellos signos de victoria; por esto los guerreros de estas tierras le tenían un respeto especial; como si un dios marciano se hubiera encarnado en él. Este mago de los metales le prestaba ayuda ahora a Edegmur en la forja de algunos talismanes y pentáculos sagrados. Un hierro dentro del horno ardía como liquido metálico, para forjarle al mago una espada más sagrada que la que ya había tenido antes.

La espada estaba impresa en el libro, y las señales mágicas que llevará en su hoja debían ser hechas en piezas apartes y después ser incrustadas en la hoja cuando aún estuviera fundido el hierro. Además, la sangre debería estar presente en este santo ritual; el cual inició con la forja de piezas toda la tarde, y en la noche comenzarían los rituales y las ceremonias de consagración. Sólo estaban presentes Gothán, el mago y dos ayudantes del herrero. Los más dignos para presenciar obras de esta categoría.

El sabio Edegmur, era amado por muchos, aún con su ermitaña vida, y trabajaba en la reconstrucción de los sistemas fluviales de Hetacart. Él era el más docto sobre arquitectura y estaba trabajando algo sobre la hidroelectricidad. Se había ganado la confianza de los reyes gemelos de la ciudad, que  dejaron en sus manos los trabajos del río y las vías acuíferas; haciendo llegar el agua a muchos sembradíos remotos de Hetacart. El crecimiento de la agricultura se vio en evolución del lado oeste del río, donde también estaba la torre del sabio. Hacia muchos años que venia en declive la actividad económica de este lado por los descensos de los árboles frutales que la sequía se había llevado de una misteriosa manera. Pero Edegmur rescataba con las artes y ciencias —que muchos decían eran frutos de sus hechicerías—  esta parte del pueblo, que en menos de dos años  llegó hacer más fructífera que el lado este del río, que era la más rica de las tierras de Hetacart. El lado este era famoso por el exquisito vino de grandes y moradas uvas y licores de frutas casi de ensueños, además, el ganado bovino de estas gentes y unas que otras formas de artesanía lo hacían el corazón de la ciudad, pero el progreso llegaba al lado oeste, y la nueva construcción de un puente se escuchaba de rumor en rumor. Los reyes gemelos se veían alegres, porque aumentaban los ingresos de la ciudad y de cierta forma mejoraba la calidad de vida de la gente. Estos rumores se escucharon más allá de las fronteras de Hetacart, haciendo abrir nuevas negociaciones con los pueblos aliados y exportaciones de frutas y animales, además de nuevos y delirantes vinos que ahora salían de nuevas y abundantes uvas del otro lado del río. Un crecimiento agrícola increíble en ambos lados del pueblo se vio llegar casi repentinamente.

 

Aquel misterioso ser amado por los reyes, estaba ahora bajo la noche y dentro de las sombras rojizas de una cueva en el corazón de la montaña. Cantando los rituales mientras enfriaban en agua los amuletos, los que después habrían de sacar a la luna  para llenarlos de sus efluvios. Aquí, el herrero martillaba sobre el yunque, bañado en sudor y llenando la espada de sus influjos guerreros. Uno tras otro, los martillazos murmuraban una canción de guerra y de repente al echar bruscamente la espada sobre el agua quedó templada con una brillantez que deslumbró por un momento los ojos de los cuatro participantes de aquella fragua mágica. Luego del enfriamiento de la espada y los talismanes, todos estos metales se envolvieron en tela negra y se emprendió el camino de salida de aquella cueva, marchando por la gruta con unas antorchas encendidas, abriéndose paso entre brumas hasta llegar a la salida, al pie del Herztat, la montaña de los forjadores como le llamaban algunos ancianos.

 

Aquí, bajo el influjo de la cuarto creciente y una que otras constelaciones como Escorpión y Orión, se pusieron hasta el amanecer los amuletos, y la espada se enterró en la tierra. El sabio Edegmur durmió acampando en aquella montaña hasta que amaneció. Luego dio las gracias a Gothán el herrero, y se fue hacia la torre a guardar los amuletos. Después cruzaría el río hacia el lado este de la ciudad, para comprar alguno barriles de vino y trigo. Partiría en bote, pues el puente quedaba hacia el norte, donde estaba la montaña y volver quitaría bastante tiempo. En La torre aseguró en un sótano los instrumentos y el libro de Euridíce al que ahora se le llamaba El Constelator. Buscado era por unos famosos hechiceros más allá de los confines de la ciudad de Hetacart; y muchos, con un ejército a su favor, no vacilarían en cruzar estas fronteras en una búsqueda mágica.

 

El mago cruzo al Este pagando su pasaje en el bote y después de comprar se encontró con la asamblea de los reyes los cuales lo invitaron a una celebración y al festín de la nobleza. Antes de que el sol cayera con su esplendor crepuscular el mago partió hacia su torre con dos ayudantes del este que le llevaron las compras hasta la torre y después volvieron antes del anochecer con  su propina.  En la torre los guardias que le designaron los reyes al sabio estaban en defensa parados esperando a Edegmur, el cual se recogió en lo alto de su torre para leer el libro sagrado dictado por el genio. En uno de sus pergaminos se detuvo donde estaba marcado un talismán con un ojo, y enseguida destelló del ojo una luz opaca y grisácea; él con su dedo la tocó y cayó en trance, entonces empezó a ver y oír cosas fuera de su alcance corporal. Escuchó pisadas de caballos que atravesaban la ciudad, y vio las fuertes espadas que venían con hambre y sed de sangre en las manos de guerreros desconocidos, y en un caballo detrás de los guerreros, venía un hechicero con su cara cubierta en una capucha negra y arropado totalmente con esta oscura vestimenta. Su rostro incapaz era de ser visto; parecía hecho de sombras solamente. En sus manos llevaba un objeto adivinatorio; envuelta en sus paños oscuros, traía la cabeza  de un clarividente muerto y resucitado por sus artes oscuras: sólo para que dijera donde estaban las cosas más recónditas.

 

El mago Edegmur supo que éste ya venía hacia la torre y preparó algunos de sus sortilegios y advirtió a los guardas, y un mensajero fue enviado al río para cruzar en la noche y avisar el rey de la llegada de forasteros sedientos de sangre. Pero los pasos de estos hombres estaban guiados por una fuerza sobrenatural del reino de los demonios. El hechicero tenía un libro antiguo dictado por entes enteramente de las sombras. Se decía que estaba encuadernado con piel humana y todas sus páginas hechas con la piel de un macho cabrío, que se adoraba en un templo que profanaron unos antiguos. Este libro está escrito con sangre de victimas que sufrieron lo indecible y después fue bañado en un lago ritual nigromantico llamado El Baño de los Dolores. Con los fluidos sanguíneos de lo asesinados en las guerras, esta sangre se le ofrecía a un demonio saturniano, que portaba muchos secretos antiguos. Su nombre también estaba escrito en El Constelator, donde estaban las jerarquías de demonios. Su nombre variaba según la tradición de los pueblos pero el nombre puramente oscuro y conocido por los suyos, era Ishtal: el que bebe la sangre oculto en las sombras.

 

A sus seguidores suele entregarles poderes de evocaciones de sombras que la muerte se ha tragado, y se le rinde tributo con sangre y sacrificios humanos. El ofrecía vastos poderes como el de la invisibilidad y proteger contra armas que se esgriman contra sus seguidores. En algunas montañas lejanas y en muchos pueblos hay más de un templo levantado en su nombre. Los caballos del hechicero Ishtal, parecían cabalgar en el viento llevados por mágicas alas oscuras que atravesaban ciudades en un abrir y cerrar de ojos. En busca venía del libro de Edegmur, del mago que aumentaba la fama más allá de los cofines de Hetacart y del que se contaban cientos de historias y milagros. El hechicero Ishtal, como contaban las historias en Hetacart, había firmado su pacto con la oscuridad a muy temprana edad. Ya a los doce años había perdido la visión voluntariamente, entregada al ser saturniano como renuncia a toda luz que proviniera de lo alto. Desde entonces, nunca ha visto la luz del sol, y las estrellas están tan lejos de su alma, que sólo recuerda borrosos vestigios. Los ojos de este hechicero, son la cabeza de un adivinador decapitado, condenado por los mágicos poderes del hechicero a servirle de mirada; y a estos ojos no se le oculta nada en la oscuridad, ni en los rayos cegadores de la luz. A este vidente se la llamo en vida El Dorado, por el largo pelo rubio que solía llevar. Un hombre de paz y de vida contemplativa que solía escalar muchas montañas, en busca de visiones divinas. Este amuleto ahora era los ojos de Ishtar. Con el que se abría paso entre toda la oscuridad que lo gobernaba; ya él mismo era parte de toda sombra.

 

Casi invencible en las noches en que la luna fuera reluciente en el cielo nocturno, que era la fuente de poder de los guerreros que llevaba a su cargo; tomó la noche de la creciente para a atacar al sabio de la torre. Después de esta visión por el ojo mágico del Constelator, Edegmur salió del trance y cerró el libro desconcertado por lo que había visto y sin ningún refuerzo para una pelea sangrienta, aseguró las puertas de la torre y escondió algunos objetos. Se armó de la espada, ahora forjada con un sortilegio, que no sólo cortaría los huesos y la carne sino también materia espectral. Esta era su arma segura para una pelea, pero un ejército de sombras y mágicos poderes le quitaban la tranquilidad. Pues Ishtal era también un sabio, y conocía muchas estrategias de guerra, pues era conquistador de pueblos y opresor, todo un rey oscuro de algún palacio escondido en montañas putrefactas, que se ocultaban en alguna región  más allá del norte de Hetacart.

 

En pocas horas ya el ejército del hechicero había sitiado la montaña de la forja. Entrando con una extrema osadía hasta la gruta que llevaba hacia el corazón de la montaña. Donde vigilante esperaba sin opción el gran Gothán y algunos guerreros que allí se encontraban. Los hombres del hechicero se propagaron en una gran búsqueda de la cueva; corrieron por los riachuelos que se abrían en la montaña; buscaron bajo todo arroyo y manantial la entrada hasta la cueva donde creían que estaba el Constelator; pues la primera visión de la cabeza vidente los había dirigido a la montaña. Y nunca ninguna de sus visiones era engañosa, a estos ojos no los empañaba ninguna luz. El rumor  había llegado a los reyes  y en un rápido contrarresto enviaron al ejecito del pueblo al lado oeste por el puente, el único que sostenía la unión de la ciudad. Pero muy pronto unos destellos explosivos provenientes de las manos del ejército enemigo lo hicieron caer al río, derrumbándose sobre sus propios soportes. Cruzaron hombres que se ocultaron bajo los árboles para atacar desde la oscuridad, a los que a ella pertenecían.

 

Y otros soldados cayeron al río, con gritos terribles y siendo arrastrados entre rocas, muchos murieron en las aguas y los otros ocultaron sus caballos bajo algunos árboles. Y por otra ruta viajaron hasta la torre para proteger al mago, el que se encontraba solo con cuatro guardias y además resguardaba muchos  de los proyectos de la ciudad, que debían ser bien custodiados. Otros de los que se quedaron en la montaña murieron en las manos de los hombres de la oscuridad. Sólo algunos fueron capaces de matar a unos cuantos del ejercito nefasto y entre estos guerreros estaban los forjadores de la montaña Herztat, que combatieron valientes a los hombres de Ishtal, por su influjo marciano sabían de estrategias de guerra y llegaron a matar a muchos de los hombres del hechicero, pero en la dura batalla los venció el cansancio y la oscuridad, y cayeron abatidos ante los pies de Ishtal, el cual les escupió su honor y después les paso en su agonía los caballos por encima para apresurarles la muerte. Los hombres nefandos tomaron las duras y prestigiosas armas de los forjadores y ahora se dirigían a la torre, la búsqueda en la montaña había acabado.

 

Edegmur esperaba callado en aquellas horas. Pasada la medianoche, escuchó las pisadas de algunos caballos y hombres que venían desde la montaña, era lo que quedaba del ejercito del rey, supo pronto de la caída del puente sobre el río, y un oscuro sentimiento de temor le recorrió el alma por un momento, templándose nuevamente cuando volvió abrir el libro y el ojo mostró de nuevo otra visión. Hombres en pequeñas embarcaciones estaban cruzando el río, eran hombres armados del ejército que habían enviado los reyes en silencio hasta la morada de Edegmur. En unos instantes en plena madrugada, llegaron los guerreros que venían de la montaña y saludaron en lo alto de la torre al mago y este pronto hizo abrir la puerta de la torre para conversar con los hombres los cuales les informaron de la matanza en la montaña de los forjadores, y la llegada hasta la casa de Edegmur.

 

Desde estas tierras no se veía ningún indicio de ejércitos y de repente se vieron llegar entre neblinas sombrías desde el norte,  centenares de hombres armados, como viajando en una nube que podía ocultarlos en  la plena luz de la luna. Todos los hombres se pusieron en  guardia para una batalla que parecía que auguraba muerte y devastación a los sueños de Hetacart. Se vio una gran nube de humo también, los hombres de Ishtal, quemaron grandes sembradíos al pasar, y el fuego se propagó a grandes leguas. Destruyeron algunas construcciones antes de llegar a la retirada torre de Edegmur, parecía que la misma muerte atacaba el pueblo. Muchas aldeas fueron quemadas y algunas personas que cuidaban graneros fueron muertas fruto del fuego que se extendía desde las asesinas manos de Ishtal, un emisario del infierno al que el fuego no le ha devuelto la luz. Pronto el ejército siniestro llegó a la torre y los guerreros parados al frente de ella, y Edegmur, con la espada encima de la torre vio llegar aquellas legiónes y detrás se vio dilucidar al hechicero que pronto salía hacia delante para advertir a Edegmur, cabalgando en su negro corcel; detrás de su caballo traía un cuerpo fuerte y muerto cruelmente, lleno de heridas de espadas y lanzas. Le mostró el cuerpo a los soldados del rey pero específicamente a Edegmur. Advirtiéndole que le dieran lo que buscaban para que no corrieran la misma suerte que el herrero. Todos se sintieron afligidos al ver el cadáver de Gothán, y una desesperanza se quiso meter en sus corazones, al ver al gran e invencible Gothán yaciendo en manos de Ishtal y sus hombres.

 

Tres veces pidió el Constelator, como una negociación para dejar en paz las entrañas de Hetacart. Edegmur metió el libro dentro de sus vestiduras y empuño la espada, la que contenía la sangre y el sudor del herrero y sus hombres,  y en una increíble osadía desafío a Ishtal y profirió desde la torre unas palabras de aliento a los guerreros y entonó unos conjuros de guerra, que pronto lo invistieron de un valor y una fuerza terrible. Parecía que la sangre de los guerreros clamaba desde su espada; que destelló una luz desde su hoja que cegó a los guerreros de Ishtal por unos instantes, y llenó de una fuerza repentina el corazón de los hombres de Hetacart. Ishtal, en una ira repentina, tiro el cuerpo de Gothán en el suelo y ordeno el ataque, mientras extraía de su negro bolso la cabeza del vidente, que abría los ojos cada vez que era sacada de allí. Y cuando lo hacia, el ciego mago veía mucho más que un halcón y sondaba en la oscuridad más que los búhos.

 

El ejército nefasto atacó. En las primeras luchas hombres caían y otros soldados se acercaban a la puerta de la torre para romper su seguridad y entrar a sus secretos y hurtar el libro sagrado. El oscuro personaje en plena batalla se le podía ver sacar el libro oscuro de la bolsa y entonaba conjuros de pestilencia que ahogaba a los pocos soldados de Hetacart; haciéndolos caer bajo los efectos de sombrías maldiciones. Pronto rompieron la puerta que hacia llegar al interior de la torre y muchos de los soldados no lo advirtieron. Entrando aquellos seres nefandos a la sagrada guarida del sabio constructor de Hetacart. Así se vieron caer estos pocos soldados y el mago Edegmur se ocultaba ahora en el interior con la espada erguida y en trance, dándoles fuerzas sobrehumanas a los soldados que quedaban. Pero la mayoría de  los soldados y los caballos fueron muertos en esta batalla. Otro batallón se vio llegar del Este, armado, pero sin cabalgadura; rápido se unieron a la pelea. El sabio Edegmur, sintió dentro de sus vestimentas un  resplandor grisáceo y cuando vio, el libro emitía una radiación extraña que lo hacia sentir resguardado. De pronto se sintió listo para una batalla cuerpo a cuerpo con mil hombres. Por la escalera en espiral ascendían algunos hombres de Ishtal y el mago bajaba sin temor al encuentro con aquellos, y rápido esgrimió en la sombra la espada  y cuatros de estos hombres fueron decapitados. Así  continuó bajando las escaleras de la torre y matando entidades nefastas con la invencible hoja de aquella espada.

 

Llegó hasta el campo de batalla donde lo abordo personalmente el mago Ishtal. Edegmur entonó un conjuro y atacó a Ishtal el que se protegió con un oscuro campo magnético a su alrededor, y seguía leyendo el libro oscuro que lo protegía de aquellos ataques y otra vez profirió conjuros de muertes y de pestilencia, pero en este momento sobre Edegmur y este se protegió con el resplandor de la espada Tethrak, la que también lo envolvía en campos eléctricos mágicos. Los hombres que habían llegado también caían abatidos ante los poderes guerreros del ejército de sombras. El sabio de la torre quería proferir varios hechizos que en el libro se plasmaban. Y no se atrevía en plena batalla desesperanzadora a sacar el libro de dentro de sus vestiduras, pero al ver caer a los hombres, ya nada le importaba porque tal vez la muerte lo alcanzaría igualmente a él. Entonces sucedió, sacó el libro mientras se defendía con el campo mágico de la espada, para entonar un hechizo de destrucción, que tal vez elimine al ejército mágico enemigo. Pero el oscuro brujo del corcel azabache,  al ver el Constelator con la fría cabeza del vidente,  se lanzó  cabalgando sobre Edegmur, y éste lo detuvo esgrimiendo la espada la que casi lo hace caer del potro.

 

Ishtal retrocedió para después avanzar sobre el hombre de la torre; que hizo el conjuro de destrucción. Una explosión salida del libro hace estremecer a los hombres del abismo, y un fulgor de fuego alcanzó a estos guerreros y al mismo hechicero Ishtal. Haciéndolos retroceder, pero no los mató. Después, cesó el destello, y el oscuro mago soltó una risotada de burla e ironía; esta misma risa parecía viajar en el espacio. Llenando de temor a Edegmur. A él, que no le había bastado la espada ni el libro. Estos  hombres se propusieron acabar con la misión antes del amanecer; pues la luz del día los haría presa fácil del ejercito del pueblo, de la noche toman sus artes y poderes. El temor recorrió las entrañas del mago de la torre y abriendo el libro —el cual tenía en su mano izquierda y en su derecha la espada levantada como escudo, protegiéndolo de los ataques del sombrío—, pudo ver otra vez una energía grisácea que se movía en una de sus páginas escribiendo el nombre del genio Sedafkiel, con esta extraña luz astral. Entonces, se pudo ver en todo el cielo como provinieron rápidamente nubes desde el norte tan oscuras que ocultaron los astros y la luz lunar perdió su brillantez, y unos truenos horribles se escucharon en los adentros de las nubes haciendo mostrar rayos y azules relámpagos, que hicieron dibujarse en el suelo siluetas parpadeantes de hombres que peleaban bajo una temible noche. Los hombres de Hetacart, los pocos que ya quedaban en pie, sintieron miedo; y el mismo hombre de la torre sintió desasosiego y pensó entregarse a las espadas de estos espectros que creía invencibles. Todos pensaron que esto era uno de los hechizos de Ishtal, porque no se pronosticaban lluvias por muchos días. Pero Edegmur adivinó en el oscuro brujo un indiscutible desconcierto.

 

Sus hombres pararon por un momento a mirar hacia el cielo, y un repentino temor se les metió en los corazones a los hombres del mago Ishtal, y éste mismo pareció retroceder para emprender una huida de una batalla que ya había ganado. Entonces apretó su libro bajo su hombro derecho y la cabeza de su visión bajo el izquierdo y pensó retroceder. Los hombres intuyeron que las fuerzas de estos había disminuido sin su fuente lunar, y atacaron. Pronto Edegmur y sus hombres empezaron a matar a decenas de soldados  y en poco tiempo centenares yacían en el suelo. El hechicero escapaba veloz en su corcel, y mientras lo hacia sabiendo que pronto llegaría su muerte,  sacó de sus ropajes un bolsita con un polvo blanquecino que inhaló por sus fosas nasales. Dándole un efecto sedante y de relajación corporal que duraría mucho más de un día. Cuando lo detuvieron, el gran libro mágico de Ishtal cayo de sus manos hacia el suelo. Al verlo los guerreros se espantaron; unas manos que parecían garras salieron de la tierra y tomaron el libro, que se sumergió con aquellas horribles manos a los mundos subterráneos donde reina la oscuridad.

 

Capturado Ishtal, fue entregado a Edegmur. Éste tomó la cabeza magica del vidente la cual tenía aún los ojos abiertos y miraba fija al mago, y una voz telepática hablo a la cabeza de Edegmur. Diciendo: ¡Hazme descansar en las esferas buen hombre! Y el mago toco el entrecejo de esta cabeza y la hizo dormir en el sueño de la muerte. Este cansado espíritu estaba atado a la tierra involuntariamente. La cabeza fue devuelta al pueblo donde pertenecía,  y donde un cuerpo la esperaba, para hacerla descansar en el sepulcro de una montaña. Entonces el mago entrego a Ishtal a un hijo del herrero y fue llevado al corazón de la montaña Hertztat, aún en su trance narcótico. No se pudo hacer hablar al mago y dentro de la fragua donde las calderas arden, fue puesta su cabeza encima del yunque y un gran martillo que sostuvo un forjador, cayó sobre la cabeza del mago, aplastándola con una furia de guerra que no se saciaba. Su sangre fue limpiada de cada roca, y su cuerpo quemado en el horno para que nunca resucitara; para que no quedara algún residuo que volviera hacer vivir a esta peligrosa entidad. El hechicero ciego fue vencido en Hetacart. Los rumores crecerían en otros pueblos, y la fama de Edegmur también.

 

El pueblo de Hetacart vive ahora otra desolación. Que de nuevo tocó  la parte oeste. Sembradíos quemados y graneros hechos cenizas. El puente de la ciudad destruido. Y un ejército asolado. Ahora toca a todos levantar las ruinas. El nuevo puente será construido con los planos del hombre de la torre que además repara su morada y enseñará nuevas técnicas de agricultura y sus regadíos llegaran más lejos. Pero mientras tanto, un hombre desesperanzado del oeste de la ciudad, un mercader conocido por muchos, otra vez se sintió caer en desgracia. Con su granero y sus cosechas de uvas destruidos, además debiendo mucho dinero, sin pensar en sus hijos y su esposa, tendió una soga bajo un árbol de nogal una tarde taciturna   y puso su cuello a merced del suicidio. A los varios días la gente de la aldea lo descubrió por el hedor. Esto trajo a sus hijos un desconsuelo enorme. Eran dos hermosos y estudiosos muchachos rubios. Este hombre tenía cierta amistad con el hombre de la torre que ahora era el mediador entre esta parte del pueblo y los reyes. Pero no pensó después de esta rara batalla librada en estas tierras, acercarse al buen Edegmur. Se encerró en su propio mundo y eligió el silencio.

 

Después de este hecho el mago puso a los muchachos a ganar un dinero ayudándolos con la reconstrucción de los campos y la cuestión del agua. Posteriormente su madre puso bajo la protección del mago el segundo muchacho, con el que aquél se había encariñado; pues era aficionado a las ciencias naturales y las composiciones químicas de la naturaleza. Edegmur le facilitó muchos estudios y de alguna manera se fascinó por la alquimia. Materia que practicaría hasta los días de su muerte. De alguna forma ya sabía el mago que este muchacho lo sustituirá en su muerte con la custodia del libro sagrado. Betartc el estudioso, se le empezó a llamar. El segundo hechicero de Hetacart, por la amistad que tenía con el mago. En los años posteriores a esta batalla se empezaron a enriquecer las tierras; otra vez se oyó hablar de las uvas y el vino del oeste y buenos ganados también se criaban en este lado. El salmón se multiplicaba en el río y todas las sabias técnicas parecía tenerlas este hombre en quien los reyes habían  puesto toda la confianza, y el que no exigía lujos algunos. El hombre de poco hablar, descendiente de antiguos terratenientes, que sólo prefiere una torre que lo eleve a las esferas de la sabiduría.

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