TETRAMENTIS / La Memoria de la Piedra

Morgan Vicconius Zariah

¿Quién sabe cuanto tiempo ha estado en pie esta estatua de piedra? ¡Un símbolo maravilloso de estoicismo! Abandonada en un desierto lúgubre; echada a la suerte del tiempo y el clima. Contemplativa de los fríos horrores de la noche y el terrible calor de la luz del día, que baja oscilante por el cálido cielo meridional. Muchos sabios se habían cobijado bajo sus maravillosos efluvios, en tiempos ya remotos de olvidadas leyendas. Donde horribles magos negros contaron historias de necrópolis perdidas bajo la sombras de las conciencias, y memorias que fueron borradas para un nuevo amanecer. Y ella ha estado allí todo aquel tiempo, sola, con el gran recuerdo cósmico, sin doblegarse a sol ni a luna alguna. Ningún clima fue capaz de borrar las facciones de su rostro, las que parecían hablar con una voz intuitiva a través de su mirada fija.

¿Qué espíritus estelares habitaban allí? ¿Qué sortilegios cantaron los escultores para dotarla del aliento sacro? En el silencio que recorre su rocoso cuerpo, en el mismo misterio de su arte escultórico, vive la memoria de los grabadores, que cincelaron cada detalle de su gigantesco cuerpo. En este cuerpo, habla el fuego y el cincel, y la sangre de un pueblo sin tierra que rebosó un pequeño poso donde fue bañada. El pueblo de los adoradores del Dios sin rostro, gentes seguidoras de una mística monoteísta, de un antiguo dios antropomorfo. Que decían había forjado el universo con el verbo santo, e hizo la luz para que la existencia no fuera una masa uniforme en la nada del caos. Todo esto no ha sido contado en historias, pero estas rocas guardan el secreto sagrado. Sus ofrendas fueron innumerables holocaustos, para impregnar con sangre su rocoso cuerpo, en el cual se adheriría el flujo y reflujo de un alma, con la que fue dotada. Un espíritu cósmico atrapado en toneladas de roca. Su Ser etéreo fue conectado a la piedra con los antiguos sortilegios de los magos, que cantaron hechizos e invocaron nombres más antiguo que la tierra misma. Adoraron el barro, en su frente escribieron una palabra sagrada que se ha perdido entre los libros cabalísticos, ocultándola para siempre bajo la custodia de los sabios temerosos; incapaces de pronunciar aquella palabra, por temor a la muerte, más aun a la locura, que perseguirá por los siglos de los siglos  las generaciones venideras. Pues dicho esta en su libro sacro: «Nadie ve al Dios sin rostro sin quedarse ciego después, y aquel que a él se asemeje en sus artes, le acometerá la locura. Pues nadie que haya visto a la perfección el orden misterioso de la naturaleza debería cambiarlo. Pues celoso es aquel sin rostro, que quiere que a él nos asemejemos, pero cuando su verdad encontramos nuestros ojos se hacen ciegos y nuestro juicio turbio. Una extraña conspiración se viene contra aquel que descubra sus secretos, los que solo tiene reservado a su pueblo para la eternidad.»

 

Estos negros hechiceros habían hurgado entre conocimientos de todas las culturas que se erigieron sobre la esfera. Conociendo los sortilegios y ritos del pueblo esclavizado, el que sirvió para dar vida aquel melancólico monolito, que después de cantados los hechizos y  escrito el nombre en su frente, cobró vida. Una vida estupefacta, aletargada aún. Despertando de su primer sueño a la realidad consciente. Dejando de ser nada para ser una entidad que piensa y reconoce. Su primer reconocimiento fue su asombro, y su capacidad para hablar y pensar, y un horror extraño invadió el alma de la piedra. La sorpresa fue su horror y su horror fue pensar que se encontraba ante una existencia desconocida cuando en verdad nunca había existido, o por lo menos en forma consciente. Su segunda sorpresa fueron sus creadores de carne y hueso, los magos que también se asustaron al ver lo que sus corazones ansiaban

¡Cuántas preguntas surgieron en aquel instante!

¿Cuántos laberintos de dudas, y miradas que también crean conexiones interiores en la afinidad de la incertidumbre, allí se habían creado? ¡Quién lo sabe!  Pero la estatua giraba su cabeza y moviendo los ojos de un extremo a otro, experimentó horrorizada, la capacidad de mirar. La sensación no fue la misma que la de un ciego, que vuelve a ver en los cielos el manto de estrellas, o la de un hombre que ya ha nacido ciego y escucha historia de colores de mares y soles etc., y que ya se ha hecho una imagen abstracta dentro de su imaginación y ansia ver dentro de su oscuridad. El mirar de la estatua y su existencia, le trajeron tal extrañeza, antes seres que hablaban y pensaban pero eran de carne, sangre y huesos y aquí empezó su auto reconocimiento. ¿De dónde vengo? ¿Quién soy?  ¿Hacia donde voy?  Y una cuarta, ¿soy de piedra el único ser animado, que piensa siente y está conciente? Una pregunta más que los seres humanos, pero con la ventaja de que se encontraba en frente de sus creadores, a los cuales no tiene que elevarle oraciones en secreto para obtener respuestas espirituales y revelaciones, y a los cuales podía ver con sus materiales ojos.

Estas primeras inquietudes le fueron respondidas por los sacerdotes oscuros y con el pasar de los días, ya se había adaptado al universo existencial del Ser consciente. Pero estaba condenada a la inmovilidad, sólo su boca, sus ojos y su cuello para girar eran la única actividad motriz que utilizaba. Como toda roca pertenecía a lo estático de la naturaleza a la inamovilidad. A la plenitud de siempre ser. Inagotable y sabia; con los tiempos bañada de historias y sabedoras de mágicos secretos. En verdad, el espíritu del monolito, el alma que habitaba en esta estatua, era una parte del Dios sin rostro, del poder que se extiende por todo el universo. Hecha consciente en la roca, para recibir de su boca misteriosa, oráculos y secretas notas de todo aquello desconocido. Así después surgió una civilización con torres que llegaban a lo alto del azul cielo, y sueños opiáceos trastornaban la mente de los magos, con los secretos que salían del alma de aquella estatua.

De las palabras de estas rocas se investían de un terrible poder a los guerreros y conquistadores de ciudades cosmopolitas, donde después florecería el conocimiento de cábalas borradas ya hace tiempo de los anales que tocó el fuego vengador. La brillantez de estos seres excedía a la de los Ángeles, pues habían hecho encarnar la conciencia del Dios eterno, que ahora era un creador creado por su creación y limitado en su actividad motora, pero no intelectual ni mágica, pues estas rocas eran capaces de hacer cualquier tipo de milagros, pero estaban bajo las ordenes de los sumos sacerdotes de  esta casta de magos negros. Que no les tembló el pulso para bañarla con la sangre del pueblo al que le robaron los antiguos misterios de fabricar el Golem. Cuyas artes las tomaron con torturas y encadenamientos y al fin, alguien traicionó los votos de silencio por el devenir seguro de la muerte y el temor que hizo flaquear su fe. Y ofreció  su arte cabalística a estos magos con los cuales experimentó los encantamientos. El resto del pueblo esclavo fue ofrecido en holocausto, menos los sabios que habían sido encarcelados, los cuales eran doctos en las ciencias de los números. Con el tiempo, esta ciudad del desierto se hizo grande en medicina y todas las artes más refinadas hicieron aparición, las edificaciones más complejas aquí se construyeron, como símbolo del gran conocimiento tomado por asalto y osadía. Ejemplo eterno de esta violencia espiritual de grandes logros, la magia negra. Todo por el todo lo dieron estos sombríos hombres, para lograr una nueva ciudad donde todos los sueños fueran posible; a si sea con el precio de la sangre del pueblo más amado por la entidad encadenada a una nueva y material vida.

Después de una subida a la cúspide hay que preparase para bajar o para la caída. Luego del esplendor de ingeniosas creaciones, vino un clima estático y rancio, el sabor de la gloria ahora empezaba a tornarse amargo, fue cuando la maldición salio de la boca del hombre aquel que había puesto el sello en la frente de esta estatua, este Golem que llegó hablar. Este hombre que traicionó a su propio pueblo ahora se había arrepentido ya cuando de todos modos no se le necesitaba. Profirió un conjuro en su idioma delante del rocoso Ser y pidió perdón al Dios sin rostro el cual estaba encarnado allí. Después, su cuello fue puesto en una guillotina, done de cualquier modo rodaría  su cabeza. Con los años venideros llegaría la desolación y la peste a estas ciudades mágicas del desierto, donde otros pueblos asolarían, destruyendo sus murallas y matarían aquellos magos ahora turbados por una fuerza inimaginada, que trastornaba sus pensamientos sin ninguna explicación. Los guerreros se dedicaron a la orgía y al vino, muriendo en las llamas de los palacios. Las bibliotecas ardieron todas al unísono, ocultando el humo la luz del sol, donde ahora volarían todos aquellos secretos impresos que el fuego devoró. Pronto el aire se hizo irrespirable y la sangre y el fuego habían manchado la gloria que en tiempos anteriores se hizo conocer en toda ciudad. Necrópolis había caído, por un raro hechizo que el aire había llevado. Pero pese al fuego y la desolación, aquella estatua seguía allí sin ser tocada, ¡imposible  ser desterrada por fuerza alguna! Portadora era ahora de un silencio misterioso y una meditativa somnolencia, incapaz de hablar y de abrir sus ojos, pero en su cuerpo se podía intuir una presencia de dormida vida. Aquel monolito era el único testigo de lo que allí había pasado. En su cuerpo estaba la historia perdida de aquellos tiempos que los designios cósmicos se encargaron de borrar de todo gen futuro.

Una alineación planetaria puso fin a aquel ciclo de magos que profanaron el gran nombre. Y en una próxima turbación se perdieron estos anales históricos. Haciendo creer que nunca hubo nada en aquella ciudad de hombres muertos y panteones. Por mucho tiempo, vagaron por estas tierras hijos de aquellos hombres, estos hijos que no conocían nada, pues fueron mentalmente torpes por muchas generaciones. Pusieron allí sucias casas de campaña, donde mucho tiempo vivieron, engendrando hijos deformes y comiendo alimentos insanos. La arena había sepultado las riquezas que los otros pueblos no habían robado. El reino era  ahora tierra de incapacitados mentales que simplemente se limitaban a vivir y a fornicar esperando la liberación de la muerte. Y por muchos ciclos viajó este hombre que había traicionado a su pueblo, después de su muerte. Fue condenado a la rueda de la muerte y el nacimiento por siglos, naciendo y muriendo en aquellas generaciones de enfermos que sitiaban el desierto aferrados a una torpe vida sin sentido.

La estatua esperaba sepultada hasta el cuello en la arena, esperaba la liberación de aquel sello que la ligaba aún a la vida.  Aquella meditativa vida que ya no necesitaba. Esperaba dormida en esta piedra el alma cósmica. ¿A quién aguardaba?  Al hijo de los hombres que se había mezclado por los siglos con aquella raza de magos negros que viajaron por tiempos en el calido desierto. Unidas las dos razas en una,  eran una con la arena y los huesos, entre sucios oasis y desvaríos. Andando entre derruidos palacios aquel hombre ya pensaba un poco más que aquellas torpes mentes que sólo divagaban. Este era el mismo que había puesto aquellos sellos y había invocado a la vida la piedra con los magos. Que después de muchas encarnaciones había podido eludir un poco la maldición y en sus nocturnos sueños podía sentir el llamado de un monolito  que trataba de despertar algo en él, que era aún muy borroso. Y entre muchos más sueños, logró despertar fantasmagóricos recuerdos de antiguas existencias en el paso del tiempo y el espacio. Vio empañadas visiones de ciudades quemadas y la guillotina que hace muchos siglos había caído sobre su cuello mortal; y recordó conjuros y vio aquella estatua que en sus sueños lo llamaba. Esa misma con la cual había jugado en muchas encarnaciones sin si quiera darse cuenta de su participación en la construcción de ella.

Después, salio al encuentro con aquel Ser de piedra y miró fijamente a sus ojos dormidos y vio el sello que en su frente estaba. Al tocar su cara, se aclararon todos sus recuerdos, y al parecer la memoria de esta estatua pasó a su memoria mortal. Todos los conjuros antiguos renacían de nuevo en su cabeza, y aquello que se había perdido volvió a la luz, recordó su traición y las veces que vagó sin rumbo entre estas manadas de muertos vivientes. Más tarde, oyó de nuevo la voz de la estatua, y los ojos que ahora abría ansiando ya desaparecer para siempre. El hombre lloró desconsolado abrazado a aquel monumento de piedra  que todo se lo había contado. Lloró su traición ante su Dios y su pueblo, y no dudó en redimir sus andares quitando aquel conjuro de su frente. Borrando la primera letra de verdad y dejando la segunda de muerte. Rápidamente el cielo del día se volvió oscuro, mientras se escuchaban tronadas y explosiones desde el cielo, hacia donde iría de nuevo a pertenecer esta parte del Dios sin rostro. Luego aquel monumento se desmoronó uniéndose con la arena y desapareciendo por siempre de la faz del desierto. El hombre bebió del agua de un oasis y descansó un momento mientras recordaba todas aquellas centurias que le había mostrado la piedra. Esta estatua que ya había pasado hacer parte del desierto y el aire y su alma parte del todo.

Luego la maldición huyó de la mente del aquel hombre; que es el que escribe estas líneas ya liberado de aquel ciclo karmico, de vagabundeos entre círculos en el desierto, y ahora poseedor de la memoria de esta escultura de piedra que nadie nunca conocerá. Pues todo aquello ha sido borrado de todo otro espectador. A veces, en vez de dicha, siento que la maldición del recuerdo me persigue en las alas del destino. Sueños de fuego y guillotina sobrecogen mis horas de sueño, y antiguos conjuros hacen recordar mi traición. Aunque la luz de mi redención haya llegado, el fulgor de la oscuridad aún reluce en estas centurias históricas, que el alma de esta piedra me regaló, antes de volverse al infinito.

Fin

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