TETRAMENTIS / Bajo la Sombra del Ángel Negro

Morgan Vicconius Zariah

En  sueño apocalíptico, vi caer las hojas de los árboles como afiladas navajas; el viento las llevó en su hálito destructivo, se incrustaban en la carne abriendo manantiales sangrientos en la desesperación de los mortales. La brisa eléctrica arrastraba inmensas nubes negras que escupían una lluvia ácida quemando todo al paso de su mágica  aniquilación. Un templo sombrío se mostraba sobre el cenit de una noche penumbrosa, las aves nocturnas gemían en las praderas de los muertos, y los hombres temían las llagas del infierno. Los estigmas, la sangre, la bruma del tiempo, no espantaban mis ojos; ni homúnculos o espíritu inferior de podredumbre. ¡Oh íncubo!  ¡Oh súcubo! Ante mis ojos está el misterio herrumbroso de la noche…. ¿Dónde están los cirios que desvelan mis años? ¿La mirada secreta que he buscado desde siempre?

Ante mí, un templo musgoso levanta su lívido perfil nocturno. El misterio, acechando dentro de su santuario, hace salir de sus centenarias puertas los tristes lamentos de almas condenadas a vagar en el ciclo del tiempo por algunas eternidades. Las cadenas y los grilletes se oían sonar en  aquel majestuoso estado onírico y carnal a la vez. Un acto santo de mi secreto sonambulismo; un hermoso viaje astral a través de los abismales y confusos manantiales de las almas humanas. Allí habita el miedo que triunfa en los corazones y la pesadilla que oculta los grandes arcanos de la magia negra. Los relámpagos tiritan en el cielo lóbrego. Debajo, el templo gótico toma cada extraña figura con la luz que desprende las ennegrecidas nubes. Me acuerdo en mi sorpresa, ¡oh puertas del misterio! En esa noche mágica, jamás olvidaré cuando abriste tus puertas, ¡santuario gris! Iniciador estelar de mis conocimientos. ¡Maestro eterno de grandes signos! Aquí donde están tus colinas, no entra hombre mortal que no muera si te ve; si es indigno o no nació para ti. ¡Padre de los secretos de la noche, de las tumbas y de la muerte! ¡Templo eterno del misterio! En tus entrañas se encubren los maestros conocedores de los símbolos; los protectores de las enseñanzas de nuestra estirpe; que celosamente guardan las llaves mohosas de esas puertas que hace tiempo cerraron a los infieles ojos de nuestra humanidad.

Aquí se abrió la puerta grande y principal, y unos extraños seres, me hacían ademanes invitándome a entrar al templo. Sus manos eran largas y nudosas, trasformadas por los siglos y los efluvios mágicos de las pociones. Las inscripciones en las puertas eran de un bello y siniestro lenguaje lapidario. Entrando al fin sin miedo, una gris alegría invadió mi corazón melancólico. Iluminado el sombrío santuario estaba por cirios; y en su majestuosa bóveda, los murciélagos cabalgaban sobre el viento sano. Se encendían por fantasmales manos los teclados del gran órgano, y en su suave tocar se incluían lágrimas que se despreciaban en el cielo, y por sus tubos ascendían químicas notas que las transformaban en vapor; sutil quintaesencia destilada de sufrimientos humanos. El maravilloso vino de estos hombres era extraído de las lagrimas de cuantos sufrían al ascender al cielo y goteaban hacia abajo cuando eran empujados hacia el abismo. ¡Maravilla de su alquimia!, sus libros eran guardados con ardiente pasión metafísica. Los secretos ocultos de una loable Göecia y una extraordinaria Teurgia se encerraban allí; en una inmensa biblioteca guardada por los monjes de calvas cabezas. Para acceder a su paso, se bajaba hacia un extraño sótano, por una escalera en espiral hacia abajo… ¡Siete inmensos pisos de conocimientos, velados por los hijos de nuestro santuario!

En griego, inglés, francés, textos cabalísticos hebreos, traducciones de latín, textos perdidos egipcios, los libros sagrados de la alquimia, y letras en el idioma perdido, (un lenguaje hablado por los magos cuando se le entrega el nombre verdadero). Allí vi un libro gigantesco con nueve  sellos, donde se encontraban los nombres de los llamados al culto y a la gracia de nuestra ciencia; y el castigo a los traidores y a los que cedieron el poder a manos humanas que desvirtuaron nuestras enseñanzas.

En un instante, vi el juicio comenzar, el cielo se bañaba de sangre y una ira siniestra se escuchaba desde las nubes. El tronar de una voz justiciera. Ángeles cabalgaron en todo el cielo. Centinelas de la luz, cazadores de almas pecadoras. El llanto se escuchaba primero arriba y proseguía el lamento hasta llegar a la tierra, que se abría con una lengua de fuego esperando lamer el pecado con llamas abrasadoras. Aullidos demoníacos que se escapaban del abismo y espíritus espantados corrían hacia la puerta del santuario gris. Las que fueron cerradas a estos indignos seres. Exento del juicio está el santuario. Habíamos ganado un paraíso al pie del mismo infierno. La ilustre iluminación de los magos mereció un palacio al lado de los portales del árbol de la ciencia. Donde a pesar de la violencia del día final, se mantiene firme y fructífero para toda la eternidad… Bajo las alas del ángel negro.

FIN

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