ALTERECOS 4.D / Adán Jugó con Fuego

SEGÚN UN GÉNESIS APÓCRIFO

 

El fuego, esa expresión física de las fuerzas que se debaten en el profundo abismo del lado oscuro del alma, fue descubierto en verdad por un Ser de connotaciones mitológicas a imagen y semejanza del Demiurgo padre del universo físico, del cual el fuego es una viva y ardiente imagen de la sutileza abstracta y efecto físico que ponen sus leyes en marcha. No fue ese Homínido semi-encorvado, que en un determinado momento de la extensa era Paleolítica, sus instintos animales, segregaron las hormonas de «Eureka». Cuando, luego de un largo frotar de piedras, vio la primera chispa hacerse realidad, bajo un entusiasmo que presentaba: un futuro menos nómada que sedentario; sin carroña por alimento; con las punta de sus palos endurecidas por el largo remover de las hogueras, que los convertía en armas letales;  con el control de ese nuevo poder, reverenciado por todos los animales a su alrededor y que le engendró en lo profundo de su alma a imagen y semejanza de la naturaleza física, la idea de poseer un alma de naturaleza más cósmica. Pues este fuego que ahora portaba con él a todas partes, era antes fruto del trueno y el rayo al contacto con el mundo inferior al cual él pertenecía. Pero ahora, él también lo gobierna, entonces de alguna forma, su alma a imagen y semejanza de la naturaleza física, se elevó hasta esas alturas cósmicas donde habitan el trueno y el rayo… y el fuego también. Pero no, el descubridor del fuego no fue él, en medio del hostil ambiente de una Era primitiva, sino Adán, entre los sutiles aromas de las recién creadas flores del paraíso y los esplendorosos paisajes que fueron los arquetipos de todos aquellos que en el futuro, serán dignos de llamarse «paradisiacos». Y así sucedió.


Adán despertó espantado, con el cosquilleo de las visiones oníricas del profundo sueño reciente aún ahogándose en el sudor frío que corría por su cuerpo. Recorrió sus manos por diferentes partes de su cuerpo, pues el sudor y más aún, la temperatura templada de éste eran maravillas recién descubiertas por él, junto a las extrañas reflexiones , que cual nuevos soles surgían tras el horizonte hasta ahora virgen de su mente. El mundo de la realidad, construido sobre la magnificencia del Paraíso del Edén, se le aparecía ahora como fruto de una belleza demasiado perfecta como para ser la única realidad del universo creado por su padre; le resultaba artificial en relación al mundo que sus sueños le estaban mostrando. Pues si este jardín fue creado para él, entonces su belleza y armonía eran sólo una ilusión, ya que estaban diseñadas para mostrarle sólo una cara de la moneda de la realidad, que más allá de los limites del jardín debía tener más de un rostro. Sí, esta belleza y armonía, sólo mostraban una sóla cara de su Dios padre.

Y es que amparados en la negrura de la noche, los sueños de Adán le estaban mostrando el mundo exterior y no sólo eso… el futuro. El futuro que pavimentará el curso de la historia bíblica. Y el momento futuro en el cual su cuerpo astral se sumergía más a menudo a través de la dimensión onírica, hasta el punto que terminó habitando en él noche tras noche, era uno que ardía en fuego. Pues Adán estaba cautivo por el horror y fascinación que resultan de la revelación de una porción de luz, que a manera de conocimiento, siempre provoca la penetración en las tinieblas de lo desconocido, las tinieblas del misterio. Ese punto futuro, portador de la luz de una verdad demasiado horrible era Sodoma y Gomorra. Todo sucedió rápidamente desde la primera vez: La aparición de los tres visitantes a Abraham; el ruego de éste por los habitantes de Sodoma, con palabras de persuasión que  resultaban  para Adán blasfemas y fascinantes a la vez, y cuya apología redujeron la voluntad de su Dios a prometerle que no destruiría la ciudad si hubieran en esta al menos diez justo, «¡increíble! —se dijo—… de una cifra inicial de cincuenta»; la visita de los Ángeles a Lot; la invitación de este a que pasaran la noche en su casa; el intento de los habitantes de fornicar con los Ángeles; el enceguecimiento de aquéllos por parte de éstos para que no pudieran dañar a Lot, «¡Sexo! —se dijo Adán—… ¿Qué ha de ser eso? ¡Y con Ángeles!»; la huida de Lot, su esposa y dos hijas de Sodoma y Gomorra hacia la ciudad de Zoar; la lluvia de fuego y azufre que su Dios padre hizo caer sobe las ciudades condenadas, destruyendo junto a éstas el valle, sus habitantes y todo lo que crecía en el suelo; la maldición que cayó sobre la esposa de Lot, que al mirar atrás quedó convertida en una estatua de sal, «¿Sal? —se dijo Adán— ¿Qué ha de ser eso?». Pero la palabra que resonó más, tanto en sus sueños como en su vigilia, fue: «¡Fuego!… ¿Qué ha de ser eso?… ¡fuego!… ¡Qué hermoso es!»

¡Fuego!… ¡Qué hermoso es! Estas palabras se repetían una y otra vez en la mente de Adán, cuando al emerger cada mañana de la profunda noche, la quietud  del Jardín del Edén le resultaba monótona y su existencia carente de toda experiencia intima. Aquí, había belleza y vida en el mundo vegetal, y belleza y vida en el mundo animal, pero eran más la expresión de un don dado por su Dios padre, sin ninguna manifestación de personalidad… una belleza y una vida que no tenían responsabilidad de sí mismas. Allá lejos, en el futuro de su visión onírica, había muchas cosas; todo un mundo de experiencias, de nuevos niveles de consciencia adquiridos por los hombres; y su Dios padre mostraba un rostro diferente a aquél que mostraba en el Paraíso del Edén. Pues en ese futuro había visto otro tipo de comportamiento en su Dios padre: un Dios colérico, guerrero y castigador. También había visto otras expresiones de su creatividad: había ciudades; múltiples pueblos, con múltiples lenguas y formas de vestir, «el vestido —se dijo— ¡qué piel más extraña!»; con otro tipo de relación con el mundo animal y vegetal, muy diferente al suyo propio en el Jardín del Edén; otros seres predilectos por su Dios padre: Abraham, Lot; y sobre todo… El Fuego.

La esplendorosa visión de la lluvia de fuego incinerando con furia divina las ciudades de Sodoma y Gomorra, se alzó como la prueba más hermosa de la realidad divina de su Dios padre. En el Jardín del Edén no había nada lo suficientemente bello como para compararse con esa luz flameante, portadora de un amanecer más espiritual que la del sol, y ostentadora de una pureza que penetraba en los rincones más podridos del alma humana. La visión de los cuerpos ardiendo y el sonido de los gritos de espanto de aquellos que, en un instante, eran devueltos al polvo por el poder divino del fuego, devino en una obsesión, y aún más, en una tortura, que consumiéndolo por dentro, presagiaba la fuerza del fuego. Desde entonces, un solo anhelo vivió en el alma de Adán: conocer el fuego, tener la capacidad de crearlo. Pues no sería por completo una criatura a imagen y semejanza de su Dios padre, hasta que tuviera en sus manos ese poder divino, y la capacidad de usarlo.

Satanás… la serpiente antigua. Aquél que pone en marcha los engranajes de los actos espirituales más osados; el Atlas que sobre sus hombros carga la imaginación humana, y las creaciones que ésta trae al plano físico, haciéndolo así más complejo; el verdadero dios de la creación y la destrucción… estaba cerca. Él había escuchado los pensamientos de Adán, y comprendió el anhelo que ardía dentro de él. También, supo de donde surgió, pues fue él quien despertó el cuerpo astral de Adán, y quien abrió la brecha espacio-temporal para que el mundo onírico de éste alcanzara nuevos horizontes en el futuro. Sí, él comprendía la angustia de Adán por el fuego, y estaba consciente del infierno que estaba viviendo a causa de su impotencia para crearlo y manipularlo. Y  decidió echarle una mano.

En esta ocasión, cuando los párpados de Adán se cerraron sobre la oscuridad de la noche, su cuerpo astral no se dirigió al amado escenario de Sodoma y Gomorra, para contemplar el prodigioso espectáculo del fuego en su marcha triunfal. De repente, se encontró sobre un paisaje totalmente nuevo. Bajo sus pies, y hasta donde le alcanzaba la vista en un giro circular, se extendía un manto de estrellas de colores de fantasía. Era como si estuviera posado sobre una lámina de cristal, que lo separaba del vacío helado que era atravesado por la luminosidad fantasmal de una galaxia de  inmensidad alucinante. Durante lo que le pareció una eternidad, Adán contempló esa majestad más que divina. Poco a poco, y sin pretenderlo, la forma de la galaxia le fue sugiriendo un animal conocido por él: La serpiente.

La galaxia en su abrumadora presencia colosal no era más que una serpiente sideral enrollada sobre sí misma, gracias a la contracción de millones de estrellas y polvo estelar. Y para espanto de Adán, se dio cuenta de que estaba justo ante sus fauces abiertas, con la hipnótica luz de dos gigantes rojas contemplándolo fijamente. Lo último que vio, fue el universo abalanzándose sobre él. En un instante había recorrido los millones de años luz de la serpentina galaxia, hasta el centro mismo de su cuerpo enrollado, en el cual se abría un hoyo negro, que lo tragó por segunda vez. Al fondo de éste, se alzaban los arboles del Bien y del Mal y el de la Vida, y en su centro, Satanás; cuya imagen era igual que la de la galaxia en forma de serpiente, pero a tamaño reducido. Sus palabras fueron estas:

«Adán, hijo mío, soy yo, Satanás, la serpiente antigua… para tu cuerpo; y Lucifer, aquél que se reveló en las alturas celestes… para tu alma. Sé cual es tu mayor deseo y yo te otorgaré el conocimiento para hacerlo realidad. Pues ese fuego que tanto anhelas conocer y dominar está dentro de ti, pues es una expresión de tú alma, pero para liberarlo de sus profundidades tienes que eliminar las leyes que impiden su expresión en este plano físico. Ya que como bien viste en tus visiones oníricas de Sodoma y Gomorra, no sólo tu Dios padre tenía dominio de él, sino todos los habitantes de la tierra, pues ellos desde hacia edades, que se perdían en el tiempo hasta el origen mismo del cual tú ahora eres parte, habían liberado su alma de la restricciones dadas y de esa forma le dieron rienda suelta a su imaginación, que como tú mismo fuiste testigo, le brindó reinos nunca antes vistos, en el claroscuro de dolor y placer que constituye el hacerse responsable de la propia libertad. Ese es el infierno hijo mío: comer una y otra vez la fruta que a ti se te ha prohibido. Pues cada una es un reino de conocimiento; cada una es un nivel más en la comprensión del universo. Al despertar de este sueño, tendrás en tus mano mi Esmeralda, aquella joya cuya luz penetra la oscuridad del alma humana para descubrir cosas nuevas y traerlas a la luz del universo material. Sólo tendrás que sostenerla sobre tu entrecejo, a manera de Tercer Ojo y al instante descubrirás un conocimiento que ya está en ti. Pues la luz de la Esmeralda de Lucifer, te mostrará en qué parte de tus tinieblas interna habita el fuego. Sólo una cosa debes hacer, a manera de primer ritual sagrado. Y es darle como alimento al fuego recién creado y hambriento, la sagrada madera de los arboles del Bien y del Mal, y del árbol de la Vida. De esa manera, le ofrendarás su primer sacrificio a esa parte de tu alma, y al mismo tiempo, eliminarás aquello que representa las leyes que restringen tu capacidad creativa, tu capacidad de hacer… ¡Tu imaginación! Pues la palabra pecado hijo mío, es una máquina de guerra en contra del alma.»

Y según el manuscrito de ese Génesis Apócrifo, el último acto de esa epopeya en busca del reino del fuego ocurrió como sigue:

Adán despertó por primera vez en mucho tiempo sin que una sola gota de sudor frío estremeciera su cuerpo, y sin que una mueca de espanto y fascinación en su rostro, hable de las visiones futuristas que había visto en sus sueños, al amparo de la noche. Por primera vez, sin la visión del fuego cayendo del cielo; por primera vez, sin que Sodoma y Gomorra colgaran pesadas sobre sus palpados en pugna por no abrirse al esplendor inocente del Paraíso del Edén.

Lo primero que atrajo su mirada fue la hermosa Esmeralda de Lucifer… de Satanás, la serpiente antigua. El extraño color verde que emanaba de ella, poseía un movimiento extraño, como el de una gigantesca marea de polvo estelar girando en círculo en un punto cualquiera del vacío del universo; o más bien, el de una galaxia en forma de serpiente, enrollada sobre sí misma. Mientras se repetía en forma de mantra satánico lo hermosa que era, se la posó aún en estado de trance sobre su entrecejo, a manera de tercer ojo. Inmediatamente sintió como la constitución orgánica de su cuerpo cambió de las pesadas moléculas de la carne, los huesos y la sangre, a la personalidad sutil del fuego; pero esto, a través de una despersonalización de todos sus cuerpos en un solo segundo: desde el físico, pasando por el astral, el mental, causal… etc., hasta fundirse con el cuerpo ígneo que reinaba paciente en el rincón más oscuro de su alma. Al salir del trance, todo él era de fuego. Un fuego sagrado como su alma… un fuego hambriento. Con hambre de sabiduría, con hambre de vida. Con hambre de los arboles del Bien y del Mal, y el de la Vida. Sin preámbulos, el Adán ígneo se abalanzó en busca de los arboles sagrados, cuya madera divina iba a ser la ofrenda en su primer ritual de alimentación.

Mientras avanzaba como una mancha luminosa de fuego infernal, las ondulantes llamas de su cuerpo iban dejando tras de sí un rastro de arboles y animales devorados por el fuego. Para el momento en que alcanzó el centro del Jardín del Edén, donde se alzaban los arboles divinos, tres cuartas partes de este ardían con el fuego sagrado de su alma. Por fin, ante su hambre ardiente  estaban los arboles del Bien y del Mal, y el árbol de la Vida, heraldos de las leyes que constreñían la expresión de su fuego interior, la expresión de su imaginación; el sello mágico que aprisionaba la personalidad de su alma, y que ahora no serían más que  la primera ofrenda entregada en sacrificio por su propio Dios padre, para satisfacer la inagotable hambre de conocimiento de ésta. De un solo bocado llameante los devoró a ambos.

El fuego, esa expresión física de las fuerzas que se debaten en el profundo abismo del lado oscuro del alma, fue descubierto en verdad por un Ser de connotaciones mitológicas, a imagen y semejanza del Demiurgo Padre del universo físico, y no por ese Homínido semi-encorvado, en un determinado momento de la extensa Era Paleolítica. Y ese Ser se llamó Adán.

Adán, que aún contempla desde un instante eterno las llamas que en el tiempo de su Ser continúan devorando El Jardín del Edén, tal como él lo contempló en aquel instante poderoso cuando sólo dejo las cenizas extirpadas de todo origen divino, de los arboles del Bien y del Mal, y el árbol de la Vida. Desde una colina al este del Edén, y aún con el fuego de su alma ondulando furioso en lo que antes era su cuerpo carnal, Adán contempló extasiado el fuego de su alma reinando sobre toda la vida primigenia. Por un momento se acordó de Abraham, cuando contempló esa mañana triunfal el humo ascendiendo desde la tierra Sodoma y Gomorra, como el humo que sale de un horno. Pero el humo que contempló Adán ascendiendo desde la materia incinerada que formo parte del Edén, tenía la forma de una inmensa serpiente, cuya esencia teñía el humo negro de una fosforescencia verdosa como el color de la Esmeralda. Los fuegos de su rostro esbozaron una sonrisa infernal. Sí, fue él quien descubrió el fuego, ese poder divino que su Dios padre se había cuidado de no otorgarle… Pero que Satanás…

¡Fuego!… ¡Qué hermoso es!… y Adán dijo que se encienda el fuego, y vio que el fuego era bueno… ¡Amén!

 

FIN


 

Odilius Vlak

Anuncios

Un comentario en “ALTERECOS 4.D / Adán Jugó con Fuego

  1. Su satánica Majestad, Odilius Vlak, ha sobrepasado sus propios límites creativos (¿o de vidente?)en este texto donde arden las llamas de la rebeldía que han alimentado desde siempre las hogueras del arte.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s