TETRAMENTIS / Mortificación

Infierno, Pecados Capitales - Hieronymus Bosch

Morgan Vicconius Zariah

La piel es desgarrada por neurótica furia. El infierno extiende sus afiladas llamas para castigar la carne. La estación es verano, cuando el implacable sol abrasadoramente se levanta al centro del cielo, y da fuerzas a los sellos del abismo y al magma, que los volcanes ocultan en su estomago. Es aquí donde las llamas consumen todo; poco a poco y tan lentamente, que el tiempo se torna eterno. El agua otorgada por el cielo desaparece. Las nubes se vuelven de humo y oscuras, nos regalan polvo, cenizas y lágrimas. Pocos sonríen al dolor; dolor  que no tiene placer, como sed que no se calmaría con agua. ¡Pues es el infierno!, el verdadero, dantesco y putrefacto, azufrado y mortificador.

 

Hay aquí homúnculos burlones, de grotescas caras, que escupen insectos de fuego para inyectar en los condenados, enfermedades tan molestosas, que harían enloquecer la mente más lúcida. Son infecciones que corroen los órganos internos y la sangre. Se sienten como llamas mortificadoras dentro de la piel y los huesos. Fuego que lentamente acaba con la vida. ¡Padecimiento!… Es la palabra para éste estado infrahumano. Se padece, ruido, mucho ruido, sed, hambre, insomnio y calor. El crujir de los dientes de aquellos que hace tiempo se quedaron sin aliento, son la sonora condena de los que se resignaron a éste llameante vértigo consumidor. Las pupilas se cansan, se endurecen los ojos y el traicionero sueño no llega. Se marchó en su nave azul y se perdió en el horizonte; en esos paisajes que soñamos una vez, y  tal vez nunca volvamos a ver llegar en los confines tormentosos de los mares de fuego.

Las heridas le hacen honor a la gloria. Nuestros gritos pegan en las paredes de lo celestial y en las altas cúpulas parecen ignorar nuestras aulladas plegarias. Aprender a redimir la carne a través del fuego y  la voluntad, se entiende ser la divina misión de una redención secreta. Aquí, se aprende a redimir la culpa y hacerse mártir; pues el que paga es gemelo de un santo, penitente y entregado, hijo del dolor. Este sufrimiento también es una cara de Dios, hecha padecer para sacar de cada manantial diamantinas visiones. Las llamas y cadenas férreas enrojecidas por el calor, y las cruces con sus clavos destrozadores de manos creadoras, son fuentes de elevación, junto al látigo y la espada. Un cruel anciano se encarga de hacernos fuertes, a través de torturas, caídas y círculos viciosos. La barba del Anciano Tiempo nos envuelve entre sus laberintos de marañas. Después, se nos escupe con un aura diamantina en este incierto y astral vicio de querer sufrir, para apagar con fuego los flagelos de la culpa.

 


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