ALTERECOS 4.D / Un Tierno Botín

Aferrado por esa única visión espectral, situada como una salida a la oscuridad a través de un crepúsculo lunar. El apocalíptico presentimiento de que todo es fuego. Observo desde lo alto todo el siniestro. Sobrevuelo con ritmo brusco de lentitud cuando lo espantoso me seduce, y fugaces cambios a otras latitudes de la tierra igualmente abrazadas por el fuego. En verdad no soy Yo el que observa directamente, más bien percibo a través de otros ojos. Me puedo distinguir fácilmente como un sentimiento, una energía parásita que se hospeda dentro de un Ser más poderoso. Siento sus frías emociones ataviadas con armaduras forjadas con metales de astros distantes… Su experiencia eterna de contemplación carroñera sobre planetas y estrellas condenadas.

Tétricas maquetas de polvo de lo que alguna vez fueron antiguas y poderosas ciudades. Lagos que eructan vapores ardientes. ¡Sólo fuego! Con pequeños lechos de cenizas agujereados de brazas. El mortífero desmayo de los hielos de los polos al derretirse, se desploma pesado sobre la vida. Las aguas hirviendo de los mares no son  más que una gruesa y blanda masa contorsionándose desesperadamente. Mi guía planea sobre la furia del fuego y los elementos que intentan imponerse unos a otros. La mayor parte de la tierra ha sido tragada por el mar. Pero él observa impertérrito, desde el trono de la indolencia. Una amarga frescura se pasea por todo su interior que contrasta con las cenizas, el fuego y las montañas reducidas a carbones que se extienden bajo nosotros.

Poco a poco, enmudezco al ver la visión hasta ahora más horrorosa atravesar mis pensamientos: una balsa cargada de humanos. Intentan defenderse de lo que sin duda es una verdadera manta de fuego. El agua burbujea y ellos, iluminados como una gota de sangre entre un círculo de cirios, se sostienen como pueden. Entre el humo que cubre todo perciben algo, que, por el asombro que les produce, les deja por un instante en el más absoluto trance. Olvidados de su parte en la desgracia global sólo miran hacía donde me encuentro. Alzan sus manos diseñando espectrales peticiones de auxilio, sólo unos. Otros, y es la primera oportunidad de imaginar qué  clase de aspecto tiene el Ser que me guarda en sus entrañas, hacen todo tipo de signo de redención sagrada y se precipitan a galope del espanto al abismo de agua hirviente. La entidad desciende, casi la rozan los brazos de los que aún quedan en la balsa. Con asombro se me revela la situación. Sus brazos alzados no eran en invocación de gracia y auxilio, como al principio creí desde lo alto. Hacen ademanes que pretenden ahuyentar al Ser… Y en esos gestos, rígidos de miedo, los retrató la muerte. Esto hiela la poca conciencia que tengo de mí.

Ahora sobrevolamos una amplia extensión de mar, inmensa. No hay fuego, sólo agua evaporándose, las tinieblas del humo y uno que otro objeto físico que escupe entre burbujas el mar: trozos de animales, maquinarias, restos de humanos, árboles, etc. Planicie líquida y ondulante de tristeza, pero más consoladora que la visión devoradora del fuego. Relampagueantes y sorpresivos, los gritos de un bebe se alzan victoriosos por la fuerza de su angustia sobre el ruido del Apocalipsis. Un refulgir de luz hiende las tinieblas bajo nosotros. ¡Han brillado los ojos de la entidad! ¡Como un rayo se lanza a su búsqueda!

Arribamos a un lacerado paisaje de cenizas grisáceas, herido por todos lados por largas colinas de carbón pulverizado. Todo es tan extraño y aterrador que me invade un terror de la misma magnitud del universo. Todo en este valle de muerte invoca a la maldición, la extinción y la ruina: su silencio, su oscuridad, el sagrado incienso de almas que se sacuden los delirantes fantasmas de sus carnes quemadas. Al fin, nos posamos sobre el niño. Está desnudo, sobre un montículo de huesos. Al parecer este lugar, triste y fatal, es un santuario formado por los restos de todas las catástrofes que han ocurrido. En verdad los fuegos que lo abrazaron, no son los que en estos instantes disponen de todo el orbe.

El niño silencia su llanto y abre sus ojos. Los fija en la entidad que ya está a menos de un metro de distancia de él. El momento me parece eterno. Me siento aferrado por un escalofrío que aumenta a medida que los ojos del niño fijan su curiosa mirada en los ojos del Ser. Lo más extraño es el brillo de sus ojos, y esa sonrisa, que me confunde y aterra. Era la última reacción que esperaba  de un alma inmaculada, ante una entidad que por el horror que manifestaron lo balseros a su sola presencia, debe ser monstruosa. Pero él continúa observándonos, ¿o es a mí? ¿Me percibirá a través de los ojos de la entidad?

Estas reflexiones la interrumpen dos inmensas garras que recogen al niño de su cuna de huesos. Mientras se eleva, veo chorros de baba bañar al niño. Una especie de lengua de metal gelatinoso lo lame con tanta insistencia, que creo que a continuación unas fauces gigantescas aparecerán para devorarlo. Un círculo trazado alrededor del bebe por la lengua de esta especie de demonio lo encierra en una burbuja, dentro de la cual se balancea tan feliz como en la matriz de una diosa.

Ya estamos lo bastante lejos del Apocalipsis. Desde estas alturas, sólo una extensa negritud desafiada por otra extensa estela de fuego se aparecen a nuestros ojos; entre la humareda que nos rastrea hasta aquí, de este lado de la frontera terrestre. Nos alejamos. Adentrados en el espacio sideral, pertenecemos a su vacío. Al fondo, sólo un globo en llamas eructando una espiral de  humo que anhela el techo del universo. Más cerca… Estas siniestras garras, una lengua metálica que de cuando en cuando esgrime su hambre al vacío y este niño que flota alegre dentro de una burbuja, un astro más entre los que nos rodean. De nuevo nos miramos. Sí, sé que es a mí a quien contempla. Por fin despierto a la verdad: ese niño soy yo. Único superviviente del Apocalipsis. No hubo separación de trigo y cizaña, no hubo ejércitos celestiales, ¡no hubo salvador! Sólo un niño rescatado por un Demonio de lejanos espacios cósmicos, que vino hasta él guiado por mí… Que soy la voz de su alma, ¡De su oscura, siniestra y demoníaca alma! Tanto, como su sonrisa.

FIN


Odilius Vlak.

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