TETRAMENTIS / El Último Hedor

Morgan Vicconius Zariah

Encerrado en esta habitación donde ahora me encuentro, hace ya muchos días que había sentido una terrible sensación de desasosiego y un mareo incontenible. Unas imágenes y horribles voces llegaban transportadas por el viento del sureste. En esta cámara donde se suicidó mi amigo del cual me reservo el nombre. El me había contado sobre las sombras que en medio de las tristes noches del otoño asediaban sus tranquilos pensamientos. A cinco leguas hacia el sureste había un cementerio, del cual se empezaban a exhumar las tumbas, y a derrumbar todas las lapidas de aquellos seres que yacían inertes en el descanso eterno. Mi amigo me había comentado que aquel camposanto era el responsable de todas sus inquietudes y de su inestabilidad nerviosa. Me contaba de voces que susurraban en sus adentros y sueños que sobrecogían la tranquildad de sus noches; donde despertaba en terribles pesadillas dentro de un ataúd lleno de polvorientos huesos que lo aprisionaban casi hasta la asfixia.

Los altos gritos que le provocaban estas visiones, hacia que en esas noches fuera visitado por algunos de los vecinos, tratando de calmar su histeria. Grandes ojeras empezaron a adornar sus ojos, y una gris melancolía empezó a poseerlo. En el día, se volvía taciturno, ensimismado y dueño de un caminar lento. A veces, parecía hablar solo o murmurar algo entre dientes; cosa que supe era una triste oración elevada a Dios, fruto de la desesperación que lo corroía. Así pasaron sus días, los cuales empeoraban. Ninguna luz le brindaba consuelo y con el pasar del tiempo se dedicó a encerrarse más dentro de su habitación. Las voces que hablaban en su interior, exteriorizaron su existencia y las sombras pronto empezaron a palpar las fronteras que llegaban a la carne. Sus tormentos según me decía tomaron materia y me enseñó en su cuerpo unas horribles marcas y heridas que decía se las habían provocado los entes que viven en el cementerio debajo de aquel cerro que se ve por el sureste. Pronto, en una asamblea familiar, se le empezó a poner atención al estado de mi amigo. Los medicamentos lo hacían dormir, pero sus sueños seguían siendo los mismos y su angustia aún mayor. El pensamiento de suicidio era la única fija solución que se había planteado en su laberinto existencial.

El veneno lo esperaba en la taza de café, mientras la lluvia bañaba los cristales de la ventana que daba hacia el sureste, y los destellos relampagueantes junto con las tronadas de aquella tormentosa noche, hacían ver aquel lívido cementerio (según la nota de mi amigo), como una gran boca que se aproximaba a devorarlo a través del viento y la misma distancia. Decía la nota:

Veo a todos aquellos exhumados, queriendo venir. Me desafían desde este portal de la muerte.  ¡Pero ya pronto entraré yo en él!  Y ya no me hará sufrir aquella mano descarnada que me desgarra, o que se yo… aquellas manos. No distingo si es sólo una o miles las criaturas que escupen estas pestilencias en mi Ser. Han quebrado mis calmados nervios. Hasta la forma peculiar de mi pensamiento analítico lo han roto; haciendo de mí sólo un manojo de nervios y angustia.  Ya no queda en mí amor por la vida, las cosas, todas, hasta las que más me importaban carecen para mí de sentido. En estos últimos días he llegado a amar a la muerte, he sentido no se de qué forma un cariño por aquello que me desazona. ¡Este amor! ¡Veo aquel portal liberador en las manos del veneno! Ahora, cuando estas líneas escribo, siento lo más insoportable hasta ahora sentido por mí, en este estado en el que me he encontrado estos últimos días de mi vida. ¡Este hedor! Un hedor insoportable que invade la habitación. ¡Hedor de cien tumbas! ¡Hedor de cien muertos putrefactos! Me asfixia, pero ahora me río de todos estos espectros que acompañan mis días. Pronto entraré en el reino de la muerte. Seré uno más de la tumba. En estos momentos decisivos sólo somos yo y el veneno. No hay cabida para ningún miedo mientras empiezo a beber y sigo escribiendo lo que parecerá delirio.

Jajajaj jajajajajaj ajajajajajaj

Escribo una carcajada regalada a todos aquellos que temen a la única verdad existente. En mí ya no hay miedo, se que soy ya sólo un símbolo de demencia y muerte, una espada que se burla de su propia desdicha y se aproxima por voluntad propia a su destino, del cual pretendo burlarme, pero se que sólo él ganará. Pues el final siempre es su voz, y la mano que se apresura a dejar esta nota ya no es la mía, si no la de él. Escribo mientras bebo el veneno, me burlo de todo, ya que nada importa, en este instante, en el cual me siento más grande que en el resto de toda mi vida, pues he tomado por cuenta propia mi fin. ¡Ya me acerco a él! Partiré con los tormentosos vientos del sureste a este reino etéreo. Soy parte de este hedor que empiezo amar, esta entidad a la que ahora percibo sin temor, arropada en este traje de hediondas putrefacciones. A ella me arrojaré, ya no tengo miedo. ¡Hazme parte de esta pestilencia que atormenta mis sentidos… ¡Oh hedionda entidad!

Ahora que está todo confuso, siento que voy abandonando la vida, las angustias van saliendo de mi pecho, mis manos ya no pueden sostener el lápiz, me echaré a morir al piso. Mis miembros no aguantan más. ¡Me estoy liberando! Amigo perdóname, pero así debía ser. Si sólo supieras lo real que es todo esto y no me acuerdo ni como empezó… ¡espera! Esto empezó (escribía con una letra casi ininteligible), el día que aquel niño me regaló ese cofre, un ennegrecido y viejo cofre de plata que contenía unas…

Las otras palabras se desvanecían totalmente del papel, y parecían no tener ningún significado. Ya le había llegado la muerte mientras se seguía esforzando por comunicar aquello que revelaría el origen de su supuesta locura. Encima de esta nota, se podían diferenciar algunas manchas de sangre que había vomitado antes de sumirse en la muerte, a causa del veneno. Su cuerpo fue encontrado tendido en el frío suelo al otro día. Después de su envenenamiento. Los que lograron capturar el cadáver, me hablaron de un hedor inaguantable que circundaba toda aquella habitación; un pestilente hedor a cadáver putrefacto, cuando aún no era tiempo de entrar en descomposición el cuerpo de mi amigo. Después que toda aquella traumática escena había pasado. En busca de una curiosa respuesta me mudé a esta penumbrosa habitación, que me traía fuertes recuerdos y desoladoras emociones.  Pronto comencé a sentirme angustiado y herido como por una daga invisible que me llenaba de una oscura melancolía. Pero ahora lo que me interesaba era aquel chico y el cofre del que mi amigo hablaba en la nota. Quería indagar en esta supuesta historia de locura, la que no me llegué a creer, intuía algo más, algo lejano a este plano de existencia; más allá de las barreras de la carne. ¿Qué tenía que ver un cofre? ¿Qué conexión existía con aquel cementerio, con el cual él estaba obsesionado?

Yo quería ver la luz detrás de estas sombras de misterio que siempre quedaron tras telarañas, en la familiar investigación, que juzgaron aquel suicidio como causa de un enfermo estado mental. Una noche después de tres días que había habitado el apartamento, fue que vi la verdad, inmediatamente de haber encontrado aquel cofre. Lo hallé en una de las gavetas que me vi obligado a forzar. Donde, envueltos en unos oscuros paños, descansaba un raro cofre ennegrecido de plata. Al verlo, y tenerlo en mis manos, intuí algo en él, algo pandórico y oscuro que ocultaba aquel pequeño objeto. La sangre se me heló hasta el extremo, lo solté encima del estante sin vacilar y sin abrirlo. Alejándome de aquel cofre rápidamente, me metí entre las sábanas y abrasé el sueño en la fría alcoba.  Me sobrecogió un extraño sueño, y raras imágenes hicieron aparición. Imágenes de un pasado y de un hombre. Un hombre que había vivido por estas tierras de agricultores. Vi en el sueño una tétrica cabaña en donde habitaba este hombre que se dedicó a las artes oscuras y a la evocación de espíritus, artes con las cuales se ganaba la vida; pero era de un alma pura y noble, en donde no había cabida para maldad alguna. Vi en la cabaña de aquel sueño un pequeño estante de libros viejos y otras estanterías con redomas de vidrios, donde metía las pócimas fabricadas por sus botánicas manos. Este hombre fue un docto curandero que tuvo mucho éxito en estas tierras hace ya más de 70 años.

 

Después, seguí teniendo estos sueños secuenciales las noches posteriores, cada vez que contemplaba el cofre aquel. Así vi hasta los días finales de aquel taciturno curandero y sabedor de conjuros. Vi en sueños como fue perseguido por una estampida de protestantes radicales, que decidieron acabar con la existencia del hombre que para ellos era una abominación. Quemaron la cabaña del hechicero y éste emprendió la huida hacia los cerros del sureste, pero falló. Las manos enloquecidas de aquel pelotón religioso lograron capturarlo, y para su mal, se le apaleó y fue quemado entre los matorrales una noche. A este crimen al que sobrevivió varios días hasta morir. Días después, fue encontrado por el pestilente hedor que irradiaba su mutilada y  quemada piel. Una piel que exudaba una extraña fascinación que turbaba a aquellos que la olían. Empecé cada noche a soñar ésta historia hasta que lo supe todo.

Abrí el cofre varios días después de los tantos sueños que me fueron revelados, traídos por los vientos del sureste y susurrados en  los portales de mi aliento. Este objeto contenía los frutos venenosos de una venganza post- mortem. Una venganza hedionda y pestilente. Este cofre contenía unas pequeñas bolas mucosas y verdecinas. Eran como diez pequeñísimas bolas de algún preparado; un remedio hechicero, mezcla de carne y hierbas, carne quemada y sangre de su sangre. Con las cuales a través del tiempo cobraría a la otra generación. Después de abrir el cofre,  tuve otro sueño, mucho más claro que las visiones anteriores. Vi como fue enterrado el cadáver del supuesto mago; y el hechizo que había conjurado al cofre y a estos preparados, fruto de su propio dolor.  Enterró el cofre a muy poca profundidad, casi superficialmente en aquellos matorrales, donde fue dejado, y se dejo morir. Desde entonces, su espíritu no ha dejado de estar en conexión con este objeto. Su hedor empezó a tomar venganza sobre las generaciones venideras de esta turba de protestantes que terminaron con su estudiosa vida, a la que lamentablemente y sin él saberlo, pertenecía mi amigo. Mi amigo fue el vínculo de éste ser para entrar en interacción con mi sangre. Sangre que es también la suya. ¡Sí!  Soy hijo de ese linaje por mi parte materna. Inmediatamente, me arroyaron recuerdos de mi infancia y las historias de mi madre sobre aquel tío abuelo que sabía sobre toda cosa. Recuerdos del inminente médico que siempre desee conocer, y que desapareció —según ella— después de habérsele incendiado todo aquello que más amaba: Sus libros.

Sentí tristeza al saber todo esto, lo cual me acongojaba el alma, pero aún así, no justificaba la muerte de mi amigo, lo único verdaderamente valioso que yo conservaba. Después, al despertar sobresaltado, pero sin miedo a lo ya sabido, una madrugada se hizo presente esta entidad espectral. Su cara era horrible y un hedor traspasaba la barrera de lo material. En su alma, una tristeza se dejaba intuir. El aspecto de la triste alma era sombrío y cadavérico; las quemaduras y las mutilaciones habían durado hasta el más allá, para turbar así su descanso eterno. Descanso que había hecho esperar por los delirios de una justicia que juró tomarla con su propia magia. Ahora no valdrían las oraciones de sus enemigos, según me contaba con sus distorsionadas voces que eran una sola, una sola voz con eco de cavernas; hedía a tumba y a humedad. No tuve miedo, sentía la simpatía. Sabía la conexión consanguínea que ya teníamos. Le pregunté cosas, unas que por la sorpresa sobrenatural he olvidado, y otras que recuerdo, porque las sostuve con un sobrehumano esfuerzo en los anaqueles de mi subconsciente. Me dijo que siempre ha estado mirando desde el cementerio donde fue enterrado y ha sido exhumado. Que estuvo en dos partes a la vez: en la custodia de su cuerpo en el cementerio bajo el cerro del sureste, y donde se le dio muerte. Que utilizaba los aires para atormentar los sueños de ésta pequeña aldea. Me comentó que conscientemente utilizó a mi amigo para llegar a mí. Aquel niño que le había  entregado el extraño cofre, no era otra cosa, que el recuerdo inocente de la infancia, materializada por éste docto en estas ciencias. Utilizó su anterior inocencia como arma para su venganza. Y la ternura del niño que alguna vez fue, ahora obedecía a ese dolor que  bullía en lo más profundo de su alma.

Esperaba liberarse de las cadenas de su condena, después de verter el veneno de su venganza, era la única opción liberadora. Así me dijo con su cavernosa voz:

Debo verter el hedor con el cual me ayudarás a liberarme, otra salida no me queda,  me he envenenado hasta lo más profundo, esperando sólo este día. Tu sangre me ha traído hasta ti, en cuyos ojos brilla esa luz del saber heredado de nuestro antiguo pueblo; de ese pueblo al cual aprisionaron con represivos cultos a una desconocida y nueva religión, ajena a nuestra elegante tez. Tienes que ayudar a liberarme, créeme, tu amigo descansa en paz, él lo decidió. Nunca tuve planes de destruirlo, pero el destino que invoqué se escapa de mis manos. Ya estaba conjurado, toda generación de aquellos malvados religiosos debía morir. Evoqué todas mis fuerzas y juré por toda nuestra sangre que así sería. Toma el cofre joven  William, y llévalo en estos mismos instantes  a los matorrales donde fui asesinado; y enciende fuego sobre estas ampollas verdes (las mucosas bolas verdecinas), las cuales se encargaran del resto, ¡hazlo! Para que no pese mi tristeza sobre el alma tuya hijo mío.

Obedecí el mandato de mi pariente sin vacilación, ya de todos modos mi amigo había muerto. La  tristeza que corroía el alma de esta familiar entidad, de alguna forma llegó a tocarme también, este sentimiento de impotencia y venganza afloró de mi interior, haciéndome comprender las emociones que se posaban en el espectro de mi ancestro. Mucho antes de empezar el alba, me dirigí a  los matorrales donde había sido lacerado y sin pensarlo más veces, abrí el cofre y encendí el mechero sobre las pequeñas bolas verdecinas, las cuales se inflamaron de inmediato. Mientras lo hacia, el espectro entre materia y espíritu me acompañaba; a mi lado estaba en ese estado semi etéreo. Callaba, pero en su rostro se dibujaba una sonrisa de satisfacción que casi explotaba. Las llamas se tornaron verdecinas y se expandieron en el ambiente. Inmediatamente se apagaron  todas las llamas chispeantes y un humo exagerado se expandió por la aldea; un hediondo humo de exhumadas tumbas. El mago reaccionó  a esto con una risotada que devino en carcajadas burlescas:

¡Gracias hijo!, este es el último hedor, jejejejej, ¡redentor! Jajajajajajajajaja, siento desprenderme del veneno cuando más va avanzado el sortilegio que tus mortales manos terminaron por mí. Siento esta paz, liberadora, empiezan a romperse ya las cadenas que había fabricado en nombre de la justicia. ¡Las  frescas lluvias de un cielo esperan! Puedo dormir para siempre…

Las alegrías que nacían en el pecho del médico,  también  nacían en mí. Me sentía liberado de esta tristeza que me había poseído los días que habité la habitación de mi amigo. El hedor era insoportablemente horrible, y la putrefacción y la peste invadían la aldea, pero a mí no me importaba. Esta era una venganza que no encuentro palabras para describirla. Era justa, aunque para este hombre fue dulce, más dulce que la miel, más dulce aún cuando crecía el amargo sabor dentro de su vientre por mas de 70 años. Vi como se rejuvenecía este espíritu, desaparecieron sus heridas y sus quemaduras, el rostro horrible empezó a tornarse lozano y tierno; y la mirada recuperó una extraña candidez luminosa, angelical. Este horrible espectro casi un engendro demoníaco, pareció en unos instantes como lavado en un rápido purgatorio y parido de las esferas celestiales. Pero aún había algo malvado que escapaba de él, salía de su vientre, era un viento venenoso el cual escapaba con las carcajadas de la victoria, era la satisfacción de la venganza. ¡Dichoso! ¡Qué sorpresa! Aun realizando una acción de muertes masivas, se había librado del pecado.

Al recibir un dulce beso de ésta blanqueada entidad, decidí volver a la habitación. Pues se acercaba el alba con sus primeros y débiles rayos por el oriente y no quería que nadie me sorprendiera en estos hechiceros menesteres. Pasmado todavía por aquellas mágicas revelaciones, se me hacia difícil conciliar el sueño. Después de aproximadamente hora y media, cuando los rayos del sol tocaron los cristales de mi habitación, llegó el sueño. Otra sorpresa me había asaltado al despertar, era ya el crepúsculo y unos desesperados gritos entraban violentos hacia mi portal. Me levanté rápidamente corriendo a la ventana del sureste, y vi un cúmulo de gente, en su mayoría mujeres, llorando con un terrible desconcierto. Un hedor a putrefacción se posaba sobre la atmósfera de esta aldea y los muertos no se hicieron esperar. Casi en toda casa y cabaña la muerte había sacudido su asesina guadaña. Los cuerpos se amontonaban, esos cuerpos de una descendencia asesina e ignorante, se apilaban en la aldea. Quedando sólo las personas que no tenían que ver directamente con esta descendencia; como las esposas y esposos de esta casta protestante. Así llegó el ocaso que traería un nuevo amanecer. Cuerpecitos de niños muertos en brazos de madres y padres desesperados, hicieron que mi alma se doblegara de horror, un horror causado por un espíritu puro, corroído por los gusanos de la impotencia y la maldición. Pasaron los días y una serie de estudios médicos se hicieron en toda el área. Una comisión científica se encargó de hacer una serie de análisis del lugar, hasta dar un diagnostico de este extraño caso, ya todos sabrán cual es la típica causa de este tipo de muertes, ¡la peste! Causante de una infinidad de enfermedades, como tifo y un sinnúmero de raros padecimientos.

El caso quedó cerrado y la gente de esta aldea fue obligada a movilizarse a otras tierras, donde no aflore aquella desconocida pestilencia, atribuida a los viejos cementerios que adornaban la localidad, que fue declarada insalubre. Aquí, en esta vieja habitación donde doy esta declaración, fue donde supe toda esta verdad que tal vez ustedes nunca llegarían a creer, y tal vez me acusarían de desequilibrio mental, pero los hechos han hablado. Y sólo la descendencia de aquellos asesinos, hijos de esos extremistas religiosos, pagó las consecuencias hasta el último vástago viviente. Sintieron a carne y sangre los últimos y ardientes hedores de la venganza.

Fin.

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Un comentario en “TETRAMENTIS / El Último Hedor

  1. oye mijo… tu tienes talento para escribir novelas… publica alguna…debes sacarle provecho a tu talento…

    pues innegable que lo tienes… y que coste que no digo esto solo porque soy tu amigo… no,no,no…es que es la verdad.

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