TETRAMENTIS / El Huevo Cósmico


Isis Aquino

Los largos rizos del joven le acariciaban el brazo desnudo. María, con la negra melena recogida dentro del gorro frigio de alquimista, recibió el beso en su ardiente cuello; mas ahullentó al muchacho inmediatamente.

—Cornelius, ¿no ves que estoy trabajando, como osas entrar en mi laboratorio sagrado? Vete a aprender tus lecciones.

Una sumisa admiración brillaba en los azules ojos del muchacho, que se retiró sin decir palabra, entre vapores de magia.

María no guardó el Sabbath esa semana. Se sentía tan débil de salud y sin embargo tan cerca de la culminación de sus experimentaciones que no podía perder tiempo en asuntos religiosos. De todas formas, ya por aquellos tiempos algunos judíos de la mundana ciudad de Alejandría, habíanse adentrado tanto en los misterios de la ciencia, que se tornaban excépticos ante el dogma.

«Excépticos, mas no ateos», decía siempre Aristócrates; un griego de abundantes barbas a quien María encontraba siempre en el mercado y en la taberna, y con quien sostenía enrevesadas y divertidas charlas filosóficas que refrescaban su espíritu.

La fiebre la despertaba de madrugada, a pesar de los remedios que le preparaban los sirvientes, supervisados por Cornelius, quien amorosamente la convencía de tomarlos. El muchacho velaba el sueño de su señora, mas caía a las pocas horas vencido por el cansancio. No podía entonces evitar que ella se internara en su laboratorio cuando los febriles temblores la despertaban.

—Ya estoy cerca —se decía en voz alta al ver que la masa cambiaba de olor, textura o color bajo sus cuidados—. Ya falta poco.

El brillo febril de sus ojos, que reflejaba la luna o los fulgores del Gran Faro en la distancia, se quebró en un acceso de tos la última noche. Cornelius corrió por toda la casa hasta encontrarla desmayada junto al ventanal.

Durante esos días, María agradeció haber comprado, años antes al hermoso niño esclavo capturado en las lejanas y exóticas tierras de los celtas. Sin él, no podría realizar las prácticas sexuales que acompañaban sus experimentos alquímicos, y mucho menos hubiese sobrevivido a las terribles fiebres que la aquejaban. El muchacho, aunque se mostraba a veces de escasa elevación espiritual, conocía los remedios con que en sus tierras se curaban dolencias que en egipto mataban a docenas de personas.

María sobrevivio a las fiebres, sin embargo temía por su Obra, que se cocía lentamente en el caldo químico dentro del sagrado laboratorio al que intentaba restringir el acceso de los no iniciados.

Aquella noche tuvo un vívido e intenso sueño: Sobre la cima de la mística montaña del centro del mundo, Cornelius se arrodilló ante ella diciendo: «Ama, bienaventurada es tu alma y bendito es el fruto de tu Ciencia, pues con ella has destronado al Altísimo». En oriente un débil sol y en occidente una enorme luna giraban sobre sí mismos en la distancia, con las constelaciones dibujando sus formas en la danza iniciática del cosmos. A sus pies, una gran escalinata de mármol sugió y empezó ella a correr hacia el cielo, hacia Dios. Cuando estuvo frente al Altísimo, que era un astro de purpúrea luz, mostróle el oval objeto de plateados destellos y díjole: «¡Te he vencido. No sólo he creado la vida, yo soy la vida, yo soy Cosmocratora!». En este instante el Huevo Cósmico se quebró y de él sugió una alargada serpiente que tras ascender al astro y rodearlo mordiendo su cola, descendió a los pies de María y luego, penetrando su piel con etérea suavidad, ascendió por su espalda, llenando su cuerpo de poder, vértebra por vértebra.

Cuando despertó de este ensueño, ya era mediodía. Mientras caminaba hacia su laboratorio, Cornelius le alcanzo diciendo que ya había aprendido sus lecciones.

—¿Estudiaste música? —preguntó sin detener su marcha.

—Sí, ama

—¿Y aritmética?

—Sí, ama —respondió satisfecho, un paso detras de ella.

—¿Y alquimia y filosofía?

—Sí, mi señora—. Ella volteó y besó su frente en señal de aprobación, diciendo que ahora trabajaría en su Obra. —¿Cuándo me permitirá acompañarle en sus trabajos?

—Cuando seas un alquimista —respondió ella tajantemente, penetrando en su laboratorio. Al asomarse a la caldera donde bullía la sustancia mágica, sorprendiose al ver que toda la materia que allí se cocía se había compactado en una brillante figura oval que cambiaba su color según le tocasen los rayos del sol. Tanta fue su emoción que olvidó poner tranca a la puerta y ni siquiera se molestó al ver a su curioso siervo acercarse para ver qué producía las triunfales expresiones de su ama.

—¿Esa es la ….?

Fuera, en la calle, empezó a sentirse un rumor de gente, de multitud, mas ella prefirió no hacerle caso.

—Mejor —dijo en un tono de divina superioridad—. ¡Es un Huevo Cósmico, un Universo!

El rumor de la turba empezó a sentirse con más fuerza. María había decidido ignorarlo, hasta que escuchó una voz conocida pronuncar su nombre. Era Aristócrates, el griego, diciendo a voces que se quemaba la Gran Biblioteca. Cornelius corrió al ventanal para ver que ocurría, tropezando con María y causando la caida del Huevo, que se pulverizó al contacto con el piso.

—¿¡QUÉ HE HECHO?! —gritó el muchacho ante su error, sus azules ojos llenos de lágrimas, al ver que el viento barría los átomos de infinito, esparcidos por el piso del cuarto. Se arrodilló, como en el sueño de su ama, esta vez para llorar su error. María, la judía, impasible ordenó al muchacho que se pusiese de pie ante ella. La brisa hacía un torbellino alrededor de ellos, envolviéndoles en polvo galáctico.

—Al llorar el fracaso de un experimento, ya te has convertido en mago, hijo mio.

—…Perdóneme ama…

—Trendremos que empezar otra vez… juntos… No llores. ¿Quién sabe si ese mundo que por error has destruido resultaba siendo tan horrible como este en que vivimos…?

FIN.

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