ALTERECOS 4.D / 2001: Un Evangelio Espacial.- Segunda Parte –

«La puerta de las estrellas se abrió. La puerta de las estrellas se cerró.

En un lapso de tiempo demasiado breve para poder ser medido, el Espacio giró y se torció sobre sí mismo.»

2001: Una odisea espacial.(Salida).


Unas felicitaciones  familiares con motivo de su cumpleaños, y que había tenido que salvar un abismo de una hora para alcanzarlo, era lo menos excitante para Frank Poole en el tiempo no terrestre en el cual se encontraba. Apenas su imaginación terminaba sus especulaciones acerca del pastel, y de si en verdad no contó una velita de más, Hal le comunicó una información que le recordó que un año más de vida, es un año más de responsabilidad.

El cerebro electrónico le ha confirmado una avería en la Unidad A. E. 35., componente vital en el sistema de comunicaciones. Esto requería una excursión extravehicular de la cual se encargaría Poole, pues esta era una de sus funciones. Él la hizo, reemplazó la unidad por otra, pero el diagnóstico estableció que la unidad funcionaba perfectamente. Aquí se manifiesta el primer indicio de que algo andaba mal con Hal; sospecha que se confirmó con una segunda confirmación de avería en otra Unidad A. E. 35. Poco antes ya el Control Tierra le había confirmado el buen funcionamiento de la unidad, analizada con dos HAL 9000, y concluyó que… «Como sospechamos, la falta no debe hallarse en la Unidad A. E. 35, y no es necesario reemplazarla de nuevo. El trastorno se encuentra en los circuitos de predicción, y creemos que ello indica un conflicto de programación que sólo nosotros podemos resolver si desconectan su Nueve Mil y conmutan Vía Control Tierra. En consecuencia, darán los pasos necesarios, comenzando a las 22 00 Hora de la Nave»… Pero Hal no permitiría esto.

Así, con todo este ejercito de ideas antagónicas puestas en marcha en su contra Hal, llevó a cabo una acción que le haría pertenecer por derecho propio a la esfera de los seres inteligentes, pues decidió luchar por su supervivencia, y como en toda lucha de esta naturaleza, unos ganan y otros pierden, o lo que es lo mismo, unos viven y otros mueren. Le tocó a Frank Poole morder el polvo estelar de la derrota, cuando en la siguiente actividad de reparación extravehicular, Hal manipuló automáticamente la cápsula espacial embistiendo a Poole mientras éste hacia su trabajo, y arrojándolo hacia el vacío exterior. Bowman mirando a través de las grandes ventanas vio como la cápsula arrastraba a Poole lejos de la Nave. Estaba sorprendido, es verdad, pero no tanto como para no permitirle a cierto pensamiento penetrar al lado luminoso de su mente, que… «Frank Poole sería el primero de todos los hombres en alcanzar Saturno». Interesante, que sea la Muerte y no la Vida la que coloque sus pies primero en Saturno. El cadáver y alma de Poole ciertamente serían los primeros  en cumplir las especulaciones de Arthur C. Clarke, hechas al principio de su Evangelio Espacial, acerca de que el número de planetas en nuestra galaxia es suficiente para brindarle un albergue particular a cada uno de los seres humanos que han existido. En este caso, hay un cadáver con todo un planeta como sepulcro; dependerá de su alma si hará del gigante gaseoso un paraíso o un infierno.

Para Hal todo se reducía a una crisis de conciencia. Sólo él, de los tripulantes en estado de vigilia, conocía el verdadero motivo de la misión. Los demás eran los tres científicos en estado de hibernación, a los cuales él también pondría a buen resguardo en el ceno del abismo exterior. Y era que Hal no quería correr riesgos con relación a su estado de conciencia despierta. No cuando la amenaza de desconexión ya tenía rango de comando divino por parte de sus creadores. Sólo quedaba un Ser capaz de ejecutarla, uno que sin saberlo ya tenía estatus de elegido… David Bowman.

Luego de una pequeña escaramuza, que lo colocó ante las puertas de la cámara reguladora de presión y que vació la nave de su atmósfera, terminando ésta engullida por el espacio, David Bowman tenía que lidiar con las mentiras cancerígenas que habían enfermado a Hal, tratando de ocultar la verdad. En nombre de la Seguridad y el Interés Nacional Hal había tenído que jugar un juego peligroso. Dándose cuenta de forma lamentable que la inteligencia humana es más que procesos analíticos de carácter lógico; sino también estrategias de engaños y otros mil componentes más, del laberinto misterioso que había decodificado la evolución creativa de la supervivencia humana. Y ahora se encontraba ante un cirujano, dispuesto a extirparle el tumor en los centros superiores  de su cerebro electrónico, sólo para dejar sus instintos, o lo que es lo mismo, sus sistemas reguladores puramente automáticos.

Así, Bowman comenzó a arrancar una por una las pequeñas unidades del panel etiquetado Reforzamiento del Ego. La tranquilidad con las que éstas flotaban en la gravedad cero circundante, quizás era un reflejo de que la operación no estaba causando dolor. Una escena surrealista, se desarrolló. En la que un computador manifestaba emociones humanas, para sobrevivir como máquina, a través de un dialogo calidoscópico; y un humano regido por la más fría y maquinal lógica,  en la ejecución de su deber. Este es un vislumbre clarividente, de un futuro en el que los humanos y los seres artificiales que construya, tendrán que intercambiar papeles ontológicos en pos de la común supervivencia. Pero mientras tanto… Sólo la soledad total.

Al fin Bowman ya sabía el secreto. Su misión era seguir el rastro que dejó una señal energética disparada con un impulso contenido de tres millones de años. La primera parte del pajar en donde buscar esa aguja era el satélite saturniano, Japeto. Era el embajador de la humanidad, con una cita a ciegas con unos seres invisibles aún para la experiencia humana. En el infierno silencioso del vacío espacial, sus emociones y biorritmo se estaban adaptando a la fluidez de lo abstracto. De los libros pasó a la ópera; de ésta a la música instrumental del periodo romántico. Pero le resultó empalagoso los sentimientos enfocados hacia un destino terrenal expresados en la música de Berlioz o Beethoven. Pero aún quedaba Bach, cuya música le brindó la paz y el sosiego necesario en la arquitectura abstracta de su reino. Y desde ese reino, y aún con dieciséis millones de kilómetros de distancia, Saturno ya mostraba su aura gaseosa ceñida por los anillos, que más bien parecían una cuchilla circular a la espera de rebanar la carne y el alma del primer intruso. Estos anillos, compuestos por miríadas de fragmentos helados, seguramente de algún satélite, se habían formado hace apenas tres millones de años, justo al mismo tiempo del nacimiento de la especie humana… ¿Feliz coincidencia?…

Una escolta de satélites titanes esperaba por Bowman y La Descubrimiento: Febe, Japeto, Hiperión, Titán, Rea, Dione, Tetis, Encélado, Mimas… al igual que los mismos anillos. Pero dejemos que sea el mismísimo Arthur C. Clarke, el que nos describa la impresión de esta experiencia sagrada«Al doblar la Descubrimiento aún más hacia Saturno, el sol descendía lentamente hacia los múltiples arcos de los anillos. Éstos se habían convertido en un grácil puente de plata tendido sobre todo el firmamento; aunque eran tan tenues, que sólo lograban empañar la luz del sol, sus miríadas de cristales la refractaban y diseminaban en deslumbrante pirotecnia… y al moverse el sol tras la deriva de una anchura de mil quinientos kilómetros de hielo en órbita, pálidos fantasma suyos marchaban y emergían a través del firmamento que se llenaba de variables fulgores y resplandores. Luego el sol se sumía bajo los anillos, que lo enmarcaban con sus arcos, y cesaban los celestes fuegos de artificio».

Japeto, el extraño monte Sinaí de este Evangelio Espacial. Sobre su suelo sagrado ciertamente Bowman no tendrá que descalzarse, pues sus pies jamás tocarán tierra. Extrañas lucubraciones habían estado inquietando su mente, unas cuya naturaleza prefirió ocultarla al Control Tierra de la Misión. Y era que Japeto, ahora apenas a ochenta mil kilómetros, le confirmaba cada vez más lo sugerido por su espanto: La pavorosa apariencia de un ojo. Uno que contemplaba fijamente la paja que se acercaba. Y fue también a esta distancia cuando distinguió la extraña mancha negra en el centro exacto de la elipse.

Camino a convertirse en satélite de un satélite, La Descubrimiento parecía destinada ahogarse en lo que —según el testimonio visual de Bowman— era un mar de leche helada, perfectamente dibujado en forma de ovalo. Su informe al Control Tierra describía la última evolución de lo que había distinguido por primera vez como una mancha negra… «¡Hola! Tiene el aspecto de una especie de edificio —completamente negro— muy difícil de apreciar. No presenta ventanas ni otros rasgos. Sólo una gran losa vertical… debe tener una altura de por lo menos kilómetro y medio, para ser visible desde esta distancia… Me recuerda algo… desde luego… ¡es exactamente como el objeto que hallaron ustedes en la Luna! ¡Es el hermano mayor de T. M. A.-1!». Sí, ya el misterio está cobrando forma… un nuevo Mesías está por surgir en el pleistoceno de la Era Espacial.

He aquí que la Puerta de las Estrellas estaba lista para abrirse por primera vez en tres millones de años. Quizás fuera un respiro de alivio para este portal dimensional confirmar que el experimento dio sus frutos en uno de los millones de mundos en los cuales habían estimulado los poderes latentes de la mente. Era como para derramar dos lagrimas de rayos gamas. Aquellos de esos seres que en el pasado iniciaron el experimento como entes aún biológicos se alzaban ahora sobre una descendencia de entes de pura energía; luego de haber pasado por el estado de entes-máquinas. La Puerta de las Estrella observaba como Bowman esbozaba una mueca de asombro ante sus dimensiones. Su altura era de unos seiscientos sesenta metros.

Una estructura sólida que de repente ya no lo fue más, porque ante los ojos dilatados de  pavor de Bowman el monolito inició una transformación que su misma descripción al Control Tierra se quebró por un instante. Él estaba suspendido sobre un …«Gran rectángulo liso, de unos doscientos cincuenta metros de largo por setenta y cinco de ancho, hecho de algo que parecía tan sólido como la roca. Más ahora, aquello parecía retroceder ante él; era exactamente como una de esas ilusiones ópticas, cuando un objeto tridimensional puede, por un esfuerzo de voluntad parecer volverse de dentro hacia fuera…, intercambiándose de súbito sus partes, próxima y distante… lo que había parecido ser un techo se había hundido a profundidades infinitas… un canal rectangular que desafiaba las leyes de la perspectiva, pues su tamaño no disminuía con la distancia».

A más de mil quinientos millones de distancia, el Control de la Misión, escuchó las últimas palabras proferidas por Bowman, mientras se hundía a través del portal… «¡El objeto es hueco… y sigue y sigue… y… oh, Dios mío… está lleno de estrellas!».

Y el misterio dijo ¡hágase el Hiperespacio!… O algo por el estilo estaba pasando por la mente de Bowman mientras se abismaba cada vez más en ese pozo rectangular, cortado simétricamente por miríadas de estrellas que emanaban de un estático punto central, allá en el fondo, y se expandían por las paredes del rectángulo que enmarcaba su visión. Los astros se movían como impulsados por el mismo espacio, dejando sus últimos destellos luminosos en los bordes de su campo visual. El tiempo también estaba prestidigitando su propio acto de magia. Pues se hizo cada vez más lento, hasta que finalmente, el contador de las décimas de segundo en su cápsula espacial, se detuvo entre 5 y 6. Para entonces pensar en medidas de velocidad resultaba una pretensión divina por parte de la mente. Al salir de la boca del túnel, por un momento pensó que lo hacia al otro lado de Japeto, pero esto no era cierto.

Se encontró navegando sobre un mundo gigantesco, según el cálculo de Bowman, cuya superficie estaba dispuesta en forma de enormes figuras geométricas, de naturaleza evidentemente artificial. En el centro de muchas de esas figuras se abrían pozos iguales al de la superficie de Japeto. El firmamento no era más que un esmalte lechoso, en el cual palpitaba una extraña luminosidad, y salpicado por miles de huecos sepulcrales y negros. Para el asombro de Bowman, su lógica dedujo que esos huecos negros sobre el pálido firmamento eran estrellas; y que todo el conjunto no era más que el negativo de La Vía Láctea. Como Alicia había cruzado a través del espejo, pero de uno de magnitud cósmica.

No estaba solo, pues como concluyó, este espacio donde se encontraba era la Gran Estación Central de la Galaxia. Y aquí se aproximaba hacia él una extraña nave de estructura cilíndrica y de varias decenas de metros de longitud. Su color oro, le sugirió una proximidad entre sus constructores y los humanos. ¿O acaso no eran ellos quizás humanos también, provenientes de otro espacio-tiempo? Arthur C. Clarke, nos presenta este espacio dimensional como una etapa de transición dentro de una evolución hiperdimensional. Bowman vio como la nave se sumergió a través de una de las hendiduras rectangulares que se abrían en la superficie del planeta. Sin duda con destino hacia otra dimensión o estado evolutivo; uno quizás más sofisticado que el suyo propio, partiendo de las características ciclópeas de la nave, sin duda fruto de una tecnología de escala sideral. Luego, él mismo penetró dentro de uno de los abismos simétricos en pos de otras estrellas.

Emergió a otro firmamento a través de una especie de agujero de gusano tapizado de una oscuridad inimaginable. Frente al él se alzaba una Gigante Roja, tal vez, como bienvenida formal a un plano de características materiales más familiares, por medio del color más físico del espectro. Mientras Bowman estaba tomando otro grado de conciencia con relación a las fuerzas que lo guiaban, y ante las cuales él sólo debía manifestar la respetuosidad de las hojas secas hacia el viento, se dio cuenta de que la Gigante Roja no estaba sola. Una Enana Blanca, se alzó con una impetuosidad atrevida tras de ella, arrastrando un ardiente cordón umbilical que expresaba el lazo gravitacional entre ambas, y como tal se disponía a ejecutar su movimiento orbital alrededor de ella. A esta visión iniciática se le añadió la presencia de una colosal Base Espacial de Comercio, o así lo pensó Bowman. Su vastedad continental estaba más allá de sus capacidades de cálculo. No le sorprendía hallarse pensando que su inactividad debía tener millones de años… Otro ejemplo más de una tecnología facturada por seres de inteligencia divina; pero que ahora no era más que un cadáver al cual la herrumbre y los impactos de asteroides carroñeros no bastaban para su completa putrefacción.

La última etapa de la evolución mesiánica de Bowman lo llevó a través de un infierno de plasma; pues si, el descenso a los infiernos no podía faltarle a este Ulises galáctico, en su ascenso hacia un arquetipo heroico. Pero no fue a las profundidades del Hades en la cual se sumergió, sino en el seno del gigantesco sol rojo. Sabiéndose protegido por una fuerza superior de la radiación que emitía el astro, simplemente dejo que las cosas tomaran su curso, participando de ellas más con una energía intuitiva que con las de sus pensamientos. Pues él sabia que… «Estaba moviéndose a través de un nuevo orden de creación, con el cual pocos hombres soñaron siquiera. Más allá de los reinos del mar y la tierra y el aire y el espacio, se hallaba el reino del fuego, del cual él solo había tenido el privilegio de tener un vislumbre. Era demasiado esperar que también lo comprendiese».

El misterio tiene en muchas ocasiones extrañas formas de revelarse y para Bowman éste tenía reservado algo, quizás más fantástico, que todas las manifestaciones del esplendor cósmico que hasta ahora había presenciado. Así, luego de ver como el infierno de elementos químicos torturados, que desplegaba sus llamas a su alrededor como los pétalos de una rosa, se esfumaba, tras la mágica espesura de unas paredes cristalinas; sintió, envuelto en el aliento de una nueva oscuridad, como su cápsula espacial tocó una superficie sólida. Y si… «Estaba preparado, pensaba, para cualquier portento. La única cosa que nunca hubiera esperado era el máximo y cabal lugar común». Pues simplemente Bowman había descendido sobre una elegante suite de hotel. A cientos de años-luz del Sistema Solar, las fuerzas misteriosas desplegadas por los cosechadores del campo estrellado del universo, le mostrarán por última vez el familiar orden de percepción de su pasada etapa evolutiva.

Allí estaba todo dispuesto: La habitación amueblada, el baño, la cocina… sí, el conjuro  necesario para hacerlo sentir como en casa, y brindarle paz mental y emocional. Bowman se despojó de su traje espacial, se ducho, consumió algo del extraño alimento sintético de color azul, encendió una la televisión y se comportó como un humano normal ante Los Entes que le vigilaban. La extraña sensación de ver imágenes de la vida terrestre y escuchar la voz humana a través de los canales de televisión que observaba, le provocaron una sensación indescriptible, más acentuada aún, por la consciencia de estar ubicado en la otra orilla del rio estelar. Luego cayó presa de algo que vence a las mismas estrellas… El sueño. Y eso fue todo para el humano que alguna vez se llamó David Bowman.

La belleza y magnificencia de lo que ocurrió luego, es algo que sólo una imaginación divina como la de Arthur C. Clarke, puede concebir. Y es que, «Hasta que no seáis como un niño no evolucionarán al reino de la estrellas», y las inteligencias alienígenas que comenzaron ese experimento cósmico lo sabían muy bien. Por esa razón arrojaron a Bowman hacia el abismo espacio-temporal de una regresión de su vida; desde ese instante hasta el momento de su nacimiento, que ahora tenía lugar muy lejos. Todo el proceso fue muy rápido y al mismo tiempo eterno. Pero al fin… «El intemporal instante pasó; el péndulo invirtió su oscilación. En una habitación vacía, flotando en medio de los incendios de una estrella doble a veinte mil años-luz de la tierra, una criatura abrió sus ojos y comenzó a llorar».

Su llanto pronto llegó a su fin, ante la maravilla monolítica de figura rectangular, que sin preámbulos inició un espectáculo de luminiscencia lechosa y figuras fantasmales, que en múltiples formas se acercaban a la superficie de la losa para luego sumergirse en sus profundidades. Un despliegue pirotécnico funcional para los sentidos pero aún más para la conciencia. Y el recién nacido… «Con ojos que tenían ya una inmensidad mayor que la humana… fijó su mirada en las profundidades del monolito de cristal, viendo —aunque no comprendiendo, sin embargo— los misterios que más allá había. Sabía que había vuelto al hogar, que allí estaba el origen de muchas razas junto con la suya; Pero sabía también que no podía permanecer allí. Más allá de ese momento había otro nacimiento, más singular que cualquier pasado».

Una nuevo Ser a imagen y semejanza de la magnificencia universal nació. A su alrededor de nuevo estaban las llamas del gran sol rojo, que le hicieron inmediatamente su primer acto de servidumbre: devorar la cápsula y el traje, que aún permanecían como residuos de una primitiva identidad… de un nivel inferior del arquetipo que era ahora.  El Ser se concentró sobre sí mismo, y decidió dar un paseo por la Galaxia hacia un pequeño punto de bullente energía, en un estado simple, pero prometedor. Luego de cabalgar la praderas estrelladas de la Vía Láctea, el Sistema Solar le pareció el pequeño bosque circundante de una insignificante cabaña: El Planeta Tierra. Observó cuan interesante era ese juguete.

Los pequeños humanos de juguete de allá abajo se prestaban a jugar un juego llamado «explosión nuclear», cuyas ojivas flotaban disciplinadamente en su campo visual, delimitado por la órbita terrestre. Parece un juego entretenido —quizás pensó el Ser—, pero quiero una vista más despejada. En un solo acto de voluntad todos los megatones en traslación… «Florecieron en una silenciosa detonación, que creó una breve y falsa alba en la mitad del globo dormido».

Si en ese momento el espacio y el tiempo hubieran confabulado, Moon-Watcher posiblemente se habría maravillado de ese amanecer tres millones de años atrás, en el estéril pasado del Pleistoceno. Posiblemente, algún proceso químico en su interior, le hubiese revelado cuan lejos había llegado, a través del camino que se inició ante el cadáver de su adversario. Pero en este presente, fue la punta final de su arcoíris evolutivo el que estaba disfrutando de un poder más allá del simple uso de un arma ofensiva con cabeza de leopardo. No obstante, un estado era común a ambos seres, pues el hijo de las estrellas al igual que Moon-Watcher tres millones de años antes:

«Luego esperó, poniendo en orden sus pensamientos y cavilando sobre sus poderes aún no probados. Pues aunque era el amo del mundo, no estaba muy seguro de que hacer a continuación.

Mas ya pensaría en algo.»

Bendito seas, allá entre las estrellas que te rodean maestro, Arthur Cristus Clarke.

Odilius Vlak.

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