ALTERECOS 4.D / Un Mundo Feliz: Una Distopia Paradisiaca

Paradójico, ¿no? Que el término Distopía haya sido acuñado por John Stuart Mill como antítesis del término Utopía del gran humanista Tomás Moro. Digo paradójico porque una sociedad Distópica, que por lo regular nacen de la imaginación de mentes morbosas en algunos casos,  clarividentes en otros y en casi todos objetivas respecto al futuro en el cual emplazan sus visiones, no siempre es esa encarnación apocalíptica de los instintos y voluntad de poder de grupos élites a la cabeza de una estructura social mecanizada y deshumanizada. Este futuro por lo regular es cercano, pues su cordón umbilical todavía está conectado con las posibilidades que proyecta el presente, sobre todo en términos científicos, tecnológicos, económicos, sociales y políticos, y quizás se deba agregar religioso.

Y es que a su manera una sociedad distópica, tal como nos la han estado planteando los escritores de literatura imaginativa, en especial los del género de Ciencia Ficción desde la primera mitad del siglo XX no es necesariamente lo opuesto a la sociedad ideal pero irrealizable encarnada en las visiones sociales utópicas. La sociedad científicamente ideal, son las planteadas por las visiones distópicas ya que pueden manifestarse en la realidad, y de una u otra forma solucionar problemas anclados en la misma herencia genética de la especie humana; o, por decirlo de otra manera, problemas los cuales la historia, junto a las sociedades que alberga en su seno, ha venido padeciendo desde su inicio. De que nos sirve el planteamiento de una sociedad futurista de carácter utópico que acarré en sí misma el destino de una no realización, y que sólo tendrá la función de una ilusión con las características de otro Paraíso más, con el agravante de que no es uno que existió y ahora está perdido, sino uno que sólo existe en una aspiración absurda y estéril de una humanidad debilitada.

Nuestro mundo actual esta pletórico de humanismo y buenos sentimientos. Sin embargo, los problemas primitivos que aún continúan germinando (como la polución criminal de la población mundial, especialmente en los países menos aptos en todos los niveles), le confieren características más apocalípticas que cualquier distopía futurista, sin importar que esta pueda ser Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, 1984 de George Orwell o Un Mundo Feliz (1932) de Aldous Huxley (1894-1963), que es la distopía que me toca explorar, y en la que desde ya, ante las puertas diamantinas de su futuro, comprendo que es una distopía en todo el sentido del término. Pero en este caso… Una verdadera Distopía Paradisíaca.

Poco importa los múltiples elementos que se prestan a interpretaciones contradictorias, encerrados en el libro. Es insignificante que aparentemente Huxley arremeta contra las diversas manifestaciones políticas y sociales que veía germinar en la década del 1930: Los gérmenes del totalitarismo, en las visiones socialista, comunista o fascista, por un lado; y el Darwinismo de la Inteligencia más Apta, en las sociedades capitalistas y consumistas. No hay duda de que su distopía es en cierta forma una advertencia alegórica de los demonios que cada uno de esos sistemas son en potencia. Lo mismo que es una advertencia de la ruptura que representa el avance científico con relación a lo que interpretamos como características humanas inmutables, y obviamente, con la moral que las sustenta.

No, nada de esto cuenta para nada. Pues simplemente Huxley proyectó la solución de problemas inherentes a la humanidad desde el principio de los tiempos, incluyendo los tiernos elementos descritos arriba, que junto con la bomba atómica (que hizo su entrada triunfal en esta procesión hacia el santuario del caos, trece años después de la publicación de la novela), se añadieron en su propio tiempo. Tampoco su postura anarquista tiene alguna relevancia con respecto a esta obra. Pues Huxley lo que plantea es la solución a los problemas humanos a través de lo que podría definirse como el Non Plus Ultra del orden social. Y eso de Anarquía no tiene nada.

Es una pena en verdad las cosas hermosas que se han tenido que sacrificar para lograr esta estabilidad, pero al fin y al cabo el hombre se adapta a cualquier condición, y su impulso evolutivo toma los recursos que tenga  a mano, pues éste no se detiene; y eso es lo verdaderamente humano e importante. Así que en ese Mundo Feliz, nadie recuerda lo que alguna vez fue: la familia, el arte, la ciencia (al menos para todos), la literatura (a la cual tienen acceso sólo los de casta superior, pues como Nietzsche dijo «El hecho de que todo el mundo lea, corrompe la literatura y el pensamiento»), la filosofía, la religión… Y una serie de manifestaciones humanas que para la solución funcional y práctica del problema que plantea la novela no son necesarias. Sí, nuestro profeta predicaba orden y felicidad,  sin importar que tal orden se ajustara a las medidas sociales de Goethe, que prefería «Un orden con injusticias que una justicia con desorden», si bien en nuestro amado Mundo Feliz, las cosas no son tan simples. Pero he aquí las palabras del mismísimo Aldous Huxley, escritas en el prólogo de una edición publicada quince años después de la primera publicación de Un Mundo Feliz:

«En aras de la brevedad, doy por sentado resolver el problema de la seguridad permanente. Pero la seguridad tiende muy rápidamente a darse por sentada. Su logro es una revolución meramente superficial, externa. El amor a la servidumbre sólo puede lograrse como resultado de una revolución profunda, personal, en las mentes y los cuerpos humanos. Para llevar a cabo esta revolución necesitamos, entre otras cosas, los siguientes descubrimientos e inventos. En primer lugar, una técnica mucho más avanzada de la sugestión, mediante el condicionamiento de los infantes y, más adelante, con la ayuda de drogas, tales como la escopolamina. En segundo lugar, una ciencia, plenamente desarrollada, de las diferencias humanas, que permita a los dirigentes gubernamentales destinar a cada individuo dado a su adecuado lugar en la jerarquía social y económica. (Las clavijas redondas en agujeros cuadrados tienden a alimentar pensamientos peligrosos sobre el sistema social y contagiar su descontento a los demás.) En tercer lugar, (puesto que la realidad, por utópica que sea, es algo de lo cual la gente siente la necesidad de tomarse frecuentes vacaciones), un sustitutivo para el alcohol y los demás narcóticos, algo que sea al mismo tiempo menos dañino y más placentero que la ginebra o la heroína. Y finalmente (aunque éste sería un proyecto a largo plazo, que exigiría generaciones de dominio totalitario para llegar a una conclusión satisfactoria), un sistema de eugenesia a prueba de tontos, destinado a estandarizar el producto humano y facilitar así la tarea de los dirigentes.»

Conmovedoras palabras. Si bien como habitante del Mundo Feliz sé muy bien que el amor fue una de las cosas sepultadas por el diluvio divino del Estado Mundial, me atrevería a decir que lo expuesto más arriba es «AMOR». Y no es parte del argumento ficticio de la novela, no, son las frías palabras de una reflexión sobria por su planteamiento meticuloso, y embriagada, por su fanatismo doctrinal. Todo lo demás, incluyendo el punto de vista a favor o en contra del Sistema por parte de los personajes, no es más que parte de desarrollo de la trama;  la puesta en marcha de recursos literarios necesarios en la estructuración de ese futuro. Como aspirante de ser uno real, es obvio que tendrá sus inadaptados, pero eso no altera el punto de vista de Huxley, que simplemente se limitó a mostrarnos su sociedad ideal —y vaya que lo es—  no a exigirnos que nos sintiéramos cómodos en ella. Pero echemos un vistazo a esa tierra sagrada donde fluye un sucedáneo más dulce que «la leche y la miel»El Soma.

Estamos ubicados a más de seiscientos años de la era fordiana o después de Ford, pues el Estado Mundial estableció el inicio de su Era en el año 1908, al ser este el año en que se fabricó el primer Ford modelo T.  Una nueva Era que parte con la ascensión de la actividad humana al cielo de la velocidad sobre cuatro ruedas, el cual abrió sus puertas para todos gracias al ungido Henry Ford, magnate de la industria, arquetipo de la «American Way of Life» y autor del evangelio «El Judío Internacional». El escenario para esta nueva Era no lo preparó una civilización Greco-Latina decadente, de antiguos dioses guerreros y culto al genio y la personalidad humana, que le dio paso a algo como «Dios es amor», expresado por el original linchamiento sobre una cruz. No, fue La Guerra de los Nueve Años, que tuvo lugar en el año 141 de la Era fordiana (el 2049 de la Era Cristiana), eso quiere decir a unos 31 años en el futuro… ¡Qué esperanzador!

Así nos encontramos en una realidad donde todas las fecha culminan en: A.F.(antes de Ford) y D.F. (después de Ford) y en la que la letra T del primer modelo automovilístico de Ford ha sustituido la cruz cristiana, más como un símbolo de evolución  acorde a la vida moderna, sin nada que ver con los millones de personas que han visto su vida sacrificada en el calvario de la velocidad. Contrario a la muerte en la cruz, que se ha elevado a nivel de sacrificio espiritual por la humanidad cristiana, los millones de personas que han perdido la vida en accidentes de tránsito, sólo constituyen grandes ejemplos del autosacrificio al placer de la experiencia religiosa de la velocidad, la eficiencia para con el engranaje del progreso, y la sensación de sentirse un Dios al controlar un objeto bajo nuestra voluntad.

El mismo título del libro en ingles (Brave New Wold/ Valiente Mundo Nuevo), quizás sea la codificación de toda una alegoría acerca del valor y el sentido práctico que fue necesario adoptar por la humanidad luego de la guerra de los Nueve Años, que devastó a golpes de emociones humanas la totalidad de la civilización. Tal vez, Huxley al mismo tiempo que plantea ciertas posturas críticas sobre ese mundo, en el contexto de la conciencia normal, aquí y allá, nos deja caer directa o indirectamente las alabanzas a un Mundo Valiente por haber puesto en marcha las medidas necesarias para solucionar los altibajos instintivos de la especie humana.

H. P. Lovecraft, en un escrito de 1918, titulado «En la Raíz», cuyas reflexiones surgieron a propósito de la recientemente finalizada Primera Guerra Mundial, nos dice: «Debemos reconocer que la naturaleza del hombre permanecerá siendo la misma tanto como el hombre mismo siga siéndolo; que la civilización no es más que una fina capa de esmalte, bajo la cual la bestia dominante duerme ligera y lista para despertar. Para preservar la civilización debemos tratar de manera científica el elemento bruto, utilizando sólo genuinos principios biológicos. Al considerarnos a nosotros mismos, pensamos demasiado en sentido ético y sociológico… Y demasiado poco en la pura historia natural. Debemos reconocer que el periodo histórico de la existencia humana (un periodo tan corto que ni siquiera su misma constitución física ha sido alterada en lo más mínimo), es insuficiente para permitirnos un cambio mental considerable. Los instintos que gobernaron los Egipcios y los Asirios de la antigüedad, nos gobiernan a nosotros también; y así, como el antiguo pensamiento se prestaba a la destrucción, las luchas y el engaño, así nuestro pensamiento moderno continúa, destruyendo, luchando y engañando en lo más íntimo de nuestros corazones. El cambio es sólo superficial».

En verdad no me atrevería a decir que nuestro Maestro del Horror Cósmico se sentiría a gusto en el ambiente en el cual me encuentro. Jerarquizado por un estricto sistema de castas, que combina los mejor de la República de Platón con el Sistema Brahmánico, sólo que aquí no es la Religión o la Filosofía la que sustenta la visión , sino la Biología y el Condicionamiento Psicológico. Son cinco las castas existentes: Los Alfas y sus súbditos los Betas. Luego en orden descendente, como debe ser: Los Gammas, Deltas y Épsilones. Cada una de estas castas es subdividida en «Más» y «Menos». En el pináculo de la jerarquía están los Alfa Doble-Más, destinados a ser los Filósofos y los Brahmanes de sus modelos anteriores. Lo que si sería obvio para Lovecraft es que este Mundo Feliz fue una respuesta imaginaria a su tesis de la necesidad de un punto de vista científico, y no humanista, al momento de lidiar con la especie.

Los Centros de Incubación y Condicionamiento de todo el mundo, adornados con la divisa del Estado Mundial: Comunidad, Identidad, Estabilidad, son el Edén experimental de una nueva humanidad. Aquí los humanos se fabrican en serie, dentro de los estrictos patrones del sistemas de casta. Condicionados desde pequeños a amar la servidumbre para la que están destinados, exento de la tortura que representa la aspiración a las cosas que simbolizan una vida modelo de un estatus superior, pero que está más allá de sus posibilidades. Los miembros de las castas Gamma, Delta o Épsilon ciertamente no arden bajo los fuegos de la sociedad actual, en la que todo el mundo quiere tener acceso a lo más sofisticado del genio humano, con la sóla condición de tener el dinero para ello. En El Mundo Feliz, se recupera el concepto poderoso de estirpe. No existe la blasfemia del dinero y la democratización del conocimiento como herramientas universales,  las cuales cualquier ser humano puede manejar.

En El Mundo Feliz, el derecho a la aspiración existe, pero ya programado genéticamente. Un Delta, contrario a un Alfa no estará destinado a ostentar cargos científicos o administrativos, por lo tanto se le condiciona a sentir repulsión por los libros y todo lo que incentive la actividad mental. Por el contrario se le incentiva a las actividades físicas, eso si, que vayan de la mano con la producción, pues la distracción como fin en sí misma no existe. Se les condiciona para amar el aire libre y el campo, pero no para que disfruten del paisaje en términos de una contemplación poética… Es algo innecesario para su destino. Si se eliminan las necesidades y el deseo entonces se elimina el dolor, así, nuestro Mundo Feliz a llevado el condicionamiento a un nivel metafísico que raya en el  BudismoNo existe el deseo, sólo el hacer; no existe la aspiración, sólo el cumplimiento de un destino. Es un mundo cuyo orden tiene connotaciones mitológicas. Al igual que las estructuras que nos plantean los antiguos Mitos, en El Mundo Feliz las Sirenas están en su lugar, los Cíclopes en el suyo, y obviamente los Dioses en su Olimpo. Con la ventaja de que existe el Soma como reino universal de un estado de felicidad… Y eso es lo único a los que los miembros de todas las castas tienen acceso en igualdad de condiciones.

Ciertamente la divisa del Estado Mundial expresa las condiciones existenciales de ese futuro muy bien. Existe la Comunidad: pues cada una de las castas viven en armonía; cada una cumpliendo con el papel que le ha sido dado. Existe la Identidad: nadie pretende ser lo que no es gracias a las omnipotentes leyes divinas de la genética. El único conflicto existencial viene de parte de un salvaje semicivilizado, miembro de una de las comunidades tribales que aún existen en ciertas partes del planeta. El pobre hombre, lector de Shakespeare, es consumido al igual que los personajes de éste, por las pasiones y las crisis existenciales. Fuera de ese pequeño percance, nadie se queja de su status quo. Cosa que por otra parte no impide que cada ciudadano evolucione dentro de su propia esfera. Existe la Estabilidad: algo lógico, pues en esa futura sociedad Distópica el amor lo es todo, no al prójimo, sino a la propia servidumbre, o mejor aún al propio destino.

No existe Madre, Padre, Hermano, Esposo o Esposa, como componentes de un campo de concentración llamado Familia. Dios, Alma, Cielo… ¡Por favor! Todas esas cosas que fueron parte del Homos Sapiens en su estado anterior de evolución, y que ya no les servían de nada, pues seguían existiendo: El Suicidio, Las Violaciones, La Depresión, Las Adicciones y, huelga decir, Las Guerras. El Mundo Feliz es la extraña noción de un paraíso, hacia el cual, nos guste o no, nos estamos encaminando… ¿Quién nos expulsará de él? Nadie, pues saldremos por propia voluntad, y cuando lo hagamos seremos Extraterrestres… Cada paso a la vez… ¿No?

Odilius Vlak.

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