RUNES SANGUINIS: Sobre la Fantasía. / Por Clark Ashton Smith

Nos han dicho que la literatura que trata lo imaginativo y la fantástico, está fuera del favor de los intelectuales, quienquiera que ellos sean. Sólo lo real, cualquier cosa que es o pueda ser, es admisible de consideración. Y los autores deben confinarse a temas bien adaptados, dentro del ámbito de las estadísticas, las luces del cálculo, Freud y Kraft-Ebbing, las editoras Hearst y McFadden, NRA, y los catálogos por correspondencia. Las Quimeras ya no están de moda, y el Infinito ha sido abolido; el Misterio es obsoleto, y Esfinges y Medusas son juegos de niños. Lo sobrenatural y extraterrestre están proscritos, y todas las imposibilidades mundanas han sido desvanecidas dentro de algún limbo de irrisión literaria. Uno puede escribir acerca de Caballos e Hipopótamos, pero no acerca de Hipogrifos; de Biógrafos, pero no acerca de Ghules; de vecindarios hacinados de prostitutas y méndigos o de los herederos de la aristocracia, pero no acerca de Súcubos. En conclusión, todo sueño y toda fantasía no autorizada por lo Freudiano, por la Sociología y los cincos sentidos, están destinados a una crítica carcajada de caballo; cuando, a través de la ignorancia, la insolencia o preferencia, ellos encuentran un lugar en la temática de algún autor, suficientemente desafortunado de haber nacido en la época de Jeffers, Hemingway, y Joyce.

Examinemos este asombroso edicto, amparado, como debe ser, por personas cuya tolerancia literal sólo puede ser superado por sus «superiores de cuatro patas». Seguramente es axiomático en el arte y el pensamiento, el hecho de que no tratamos con las cosas en sí mismas, sino con el concepto de las cosas. Uno puede escribir, como Villon, de Muelde Meg y el Fair Helm-Maker; o, como Sterling evocar a Lilit o el vampiro de ojos azules: en ambos casos, sólo representaciones de la mente del poeta son mostradas. Está en manos del creador, y no del crítico, la elección de la imagen o símbolo que le sea más afín. Las personas que no pueden soportar nada con un matiz metafórico o fantástico, deben confinar su lectura a los resultados del censo. Allí, si acaso, ellos se encontrarán en terreno seguro.

Abordando otras consideraciones; ¿por qué esta sed por lo obvio, por nada que no sea informaciones antropológicas directas, lo cual proscribiría la infinidad de la imaginación, obstruiría todo lo que pueda elevarnos, aún en pensamiento, sobre los intereses del individuo o la especie? ¿No implica esto un provincionalismo cósmico, una desmesurada egomanía racial?

En verdad, si todas las cosas fantásticas e imposibles están para ser excluidas como temática literaria, ¿dónde se ha de trazar la línea? Muchos pensadores anteriores a Freud, y algunos de sus contemporáneos, han sostenido que el mundo en sí mismo es una fantasía, o, en la frase de De Casseres, «una superstición de los sentidos». Gautier a señalado que vivimos sólo por la ilusión, por un proceso de vernos a nosotros mismos y todas las cosas, como en realidad no son. Sólo los animales, que no poseen imaginación, no tienen escape de la realidad. Desde la mente practica al psicoanálisis, desde el poeta al colector de andrajos, estamos todos huyendo de la realidad. La verdad es lo que deseamos que ésta sea, y las realidades de la vida son una mascarada en la cual imaginamos que hemos identificado a los enmascarados.

Las mentes más elevadas siempre han disfrutado las fantasías poéticas y las paradojas filosóficas, sabiendo muy bien que el universo en sí mismo es una multiplicidad de formas fantásticas y paradójicas, y que todas las cosas que percibimos o concebimos como verdaderas son apenas una fase de eso que tiene o puede tener innumerables aspectos. En esta fantasmal rueda del infinito, entre estos velos de Maya que son siete veces siete por siete veces siete, nada es demasiado absurdo, demasiado encantador, o demasiado espantoso para ser imposible.

Traducido por Odilius Vlak

 

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