ALTERECOS 4.D / AVEROIGNE: El Manuscrito de una Edad Media Apócrifa – Segunda Parte –

Clark Ashton Smith - The End Of The Story

El cuento sobrenatural es una prefiguración o revelación de las relaciones del hombre —pasada, presente y futura— con lo desconocido e infinito, y también un indicio de su evolución sensorial y mental. Una mayor comprensión de los misterios básicos es sólo posible a través del futuro desarrollo de facultades más elevadas que los sentidos conocidos. El interés en lo sobrenatural, lo desconocido, lo anormal, es un signo de semejante desarrollo, y no un mero residuo psíquico de una era de superstición.

(Fragmento de «El Libro Negro» de Clark Ashton Smith).


El ciclo de Averoigne ciertamente no es tan memorable como los de Zothique e Hiperbórea. La exuberancia de una magia en un mundo en el cual la única fuente para extraerla es la cercana oscuridad que se alimenta de los pálidos rayos de un sol agonizante, hacen de Zothique el don más maravilloso de la fantasía oscura de Smith. Mientras la fuerza fresca de la magia de Hiperbórea, en la virginidad de un mundo cuya orgullosa energía desafía una edad de hielo que se avecina, hacen de éste un ciclo fantástico exótico. Aparte que sus conexiones primordiales con los mitos de Lovecraft y el remoto pasado planteado en las sagas de Howard, lo convierten en una referencia atractiva para todo fanático de un pasado que fue evocado por diferentes imaginaciones. Averoigne, se presenta como un espectro solitario deambulando maldito alrededor de la historia conocida. No es el mundo lejano de Zothique, único por derecho propio, pero tampoco el pasado rico en referencias mitológicas de Hiperbórea. Está ubicado en un espacio-tiempo ordinario, sin embargo, es precisamente este detalle que lo hace especial.

La fuerza que posee el ciclo de Averoigne —incluso en sus historias más insípidas— le viene de la realidad de una maldad, una oscuridad, y una nigromancia establecidas en el acervo histórico de las culturas que intervienen en él. También esta cualidad hace que el ciclo facture otras de sus características más notables: las emociones humanas, del amor y la lujuria, entretejidas entre la draconiana castidad de una cristiandad que no daba tregua a los instintos naturales, y las acometidas en conjunto, del pasado antropocéntrico Greco-Latino y el paganismo hambriento de energía sexual de los Celtas. Gracias a estas condiciones, el romance tiene más protagonismo en las historias de Averoigne que en el resto de la obra de Smith. El amor cortesano está en «Una Cita en Averoigne»; por otro lado «La Hechicera de Sylaire» y «La Santidad de Azédarac» presentan la fortaleza del amor de tinte Celta, golpeando fuerte sobre la templanza católica. Así mismo, «El Final de la Historia» y «El Sátiro» son los portales dimensionales por los que atravesarán  los símbolos de la lujuria de los mitos Griegos. Mientras que, «El Fabricante de Gárgolas», es la expresión de una pasión demoniaca, inspirada por el propio rebaño católico, catalogados cuidadosamente, en más de un tratado de demonología.

Ante las embestidas de estas fuerzas oscuras —propias y ajenas— la Iglesia medieval está impotente, no teniendo ninguna capacidad de lidiar con las manifestaciones infernales que la asedian. La nigromancia arremete desde el pasado, desde su propio presente, desde lo interno de su sagrado suelo, e incluso desde el espacio exterior, pues en una de las historias más originales «La Bestia de Averoigne», los mismos representantes de la iglesia tienen que ampararse bajo el cobijo de la magia negra para desembarazarse de una amenaza extraterrestre. Huelga mencionar que en «El Coloso de Ylourgne», también son las Artes Oscuras las que salvan la Iglesia de caer del pedestal de su Santa Trinidad.

El ciclo de Averoigne se compone de once relatos, de los cuales todos, excepto uno, se publicaron en Weird Tales durante la vida del Smith. En el siguiente recorrido tomaré el orden en el que están incluidos en el ensayo: «Los Ciclos Fantásticos de Clark Ashton Smith (Parte 1: Las Crónicas de Averoigne)» del autor Ryan Harvey. Así que será una traducción libre del recuento de cada una de las historias que Harvey hace. Éste colocó las historias en el mismo orden en el que Smith las organizó en su «Black Book (Libro Negro)», especie de libreta de apuntes de todas las cosas que Thasaidon le susurraba al oído. Smith quería que las historia de Averoigne fueran publicadas en forma de libro como «Las Crónicas de Averoigne», si bien no está claro si éste es el orden exacto en el que él las quería ver publicadas. La única historia completa excluida de la lista es «La Hechicera de Sylaire», que fue escrita durante una fase posterior de su carrera.

LAS CRÓNICAS DE AVEROIGNE

  • EL FINAL DE LA HISTORIA

Publicada por primera vez en Weird Tales, mayo 1930.

Smith fechó esta historia como ocurrida en 1787, haciéndola la única historia del ciclo que toma lugar fuera de la Edad Media, sino en pleno Barroco, si bien esta descontextualización temporal no significa un distanciamiento en cuanto a la personalidad de la historia con relación a las demás.

Esta primera historia establece el tono inusual para el resto de las crónicas de Averoigne: horror sobrenatural, acompañado de amor cortesano y sexualidad y salpicado de sátira religiosa. Es un relato de horror adherido a la tradición:  en este caso un joven estudiante de derecho llamado Christophe Morand, encuentra un antiguo y prohibido volumen de sabiduría precristiana que lo arroja al reino de una maldad ancestral. Este tipo de trama aparece una y otra vez en los trabajos de M. R. James y H. P. Lovecraft. Desde el punto de vista del narrador, Christophe, no existe ninguna manifestación de fuerzas malignas en su experiencia, pues para él, ésta fue sólo una historia de amor. Las oscuras insinuaciones de lo que puede habitar sepultado bajo el chalet de Faussesflammes, y la revelación del abad Hilaire acerca de la exquisita naturaleza de la dama Nycea, son en el peor de los caso simples molestias para Christophe, y no hacen más que encenderle su curiosidad. En esta historia Smith usa el concepto de la ruptura espacio-temporal, o más bien la existencia de un portal dimensional que le da acceso a su usuario a otro punto del círculo del tiempo. En este caso al espacio-tiempo cuasi parásito de un mundo helénico que acecha tras las cortinas de un universo paralelo. El portal dimensional se encuentra en el patio del antiguo chalet de Fassesflammes. Pese a las advertencias del abad Hilaire, quién custodia el manuscrito en la biblioteca de la Abadía de Périgon, el protagonista se siente impelido a penetrar en un mundo en que otros antes que él se sumergieron para no regresar jamás. Es la fuerza del destino el que lo aguijonea, y ningún sermón antipagano lo detendrá, pues como le dice la dama/lamia Nycea al llegar él a su universo helénico: ella lo había estado esperando desde tiempos inmemoriales.

Esta es la única historia del ciclo en la cual el Clero aparenta tener algún poder sobre las fuerzas del mal. El abad Hilaire repele a Nycea con la aspersión de agua bendita, cuyas gotas desintegran el espacio-tiempo en el cual Christophe ya estaba dispuesto a pasar el resto de su vida. Al igual que el héroe en otro  relato de Smith, «Las Catacumbas de Yoh-Vombis», y el de Lovecraft en, «La Sombra Sobre Innsmouth», Christophe es salvado de una aparente condena, sólo para sentirse identificado con ella y declararse parte de un mundo regido por leyes antinaturales; parte de un mundo regido por fuerzas abismales. Y así, sin agradecimiento ni reproche hacia el abad Hilaire, que lo sustrajo de los brazos de Nycea, entre sátiros y ninfas, Christophe termina la historia con un anhelo que deja entender que en su caso, la suya propia aún no ha acabado.

  • EL SÁTIRO

Publicada por primera vez en Genius Loci (Arkham House, 1948)

Esta es la más corta de las Crónicas de Averoigne, y nunca apareció en las páginas de Weird Tales, probablemente por sus insinuaciones de amor carnal (estamos en la USA cuyo puritanismo todavía navega en el Mayflower I). Esta pasión carnal aparece simbolizada en un Sátiro, de los antiguos mitos griegos. Nuevamente las fuerzas de los mitos ancestrales pululan los sombríos bosques de Averoigne. Su presencia enciende el deseo de una pareja que hasta entonces se había limitado a contener sus fuegos tras la barrera platónica de un amor cortesano. La belleza de Adele, es celebrada una y otra ves en los versos del poeta Olivier du Montoir. Esto introduce un elemento idóneo para que Smith se explaye en la exploración del amor ataviado por una reverencia casi virginal de la belleza femenina. Esto lo expresa nuestro Klarkash-Ton con un lenguaje digno de un verdadero poeta. Las claves del amor que se manifiesta a través de una mirada o un suspiro, están expuestas en su justa pureza, por unas descripciones emanadas de alguien que realmente vivía la experiencia mientras la escribía.

Por supuesto el relato en sí mismo es simple en su desarrollo. De hecho su título no le hace honor. Pues el Sátiro aparece al final del relato, sin que se ponga en marcha una verdadera mecánica de sus influencias sobre la pareja, excepto, el encantamiento en el que estaban cayendo, bajo la influencia de un bosque cuya vegetación había adquirido los colores de una lujuria exótica. Aquí también Smith deja el futuro de la historia a la imaginación del lector, y en manos de las fuerzas paganas, pues al final, el Sátiro rapta a Adele. Lo que pueda pasar luego de eso nadie lo sabe, pero es seguro que el final da comienzo a la verdadera historia del Sátiro.

  • UNA CITA EN AVEROIGNE

Publicada por primera vez en Weird Tales abril/mayo 1931

Esta historia le dio nombre a la colección de los relatos de Smith publicada por Arkham House en 1988. Ha sido más imprimida que cualquier otra de las historias de Averoigne, posiblemente porque aborda el tema del vampirismo, y se presta por esto mismo a ser incluida en una mayor variedad de colecciones. Las leyendas tradicionales proporcionadas por el acervo demoniaco de la Edad Media, le permitió a Smith utilizar los miembros del catálogo usual de monstruos, con más libertad que en sus otros ciclos fantásticos. Historias como estas, indudablemente resultan simples y aburridas para el lector de Smith acostumbrado a la magia de sus mundos distantes. Aún así, el hechizo de la prosa poética esta ahí para tejer las hermosas atmósferas de oscuridad, que  metáfora a metáfora, le proporcionan al lector una experiencia de primera mano en la dimensión tenebrosa que nos evoca Smith, más que en la estructura de la historia en sí.

De nuevo es el romance el que se presta inocentemente para hacer caer a sus fieles en las redes del demonio y sus representantes. Un joven Trovador llamado Gérard de l’Automne va camino a reunirse con su prometida Fleurette, meditando unos versos en su honor, mientras los rima con el sonido de sus pasos sobre las hojas que cubren el camino hacia Vyones. Pero los sonidos de sus pasos sobre el sendero ancestral arrastran al Trovador hacia un misterioso castillo en lo profundo del bosque. El señor del castillo Malinbois y su dama Agathe, le brindan una solicita hospitalidad al recién llegado; una demasiada extraña para ser normal. Esta sensación de anormalidad se profundiza más cuando Gerard ve en el castillo a su amante Fleurette y sus dos sirviente, los cuales habían llegado al castillo de la misma forma encantada que él.

Luego, extraños recuerdos acerca del maligno pasado del castillo y sus dos horribles anfitriones, le hacen despertar la resolución de escapar de las garras de lo que sin lugar a dudas deben ser los dos vampiros legendarios. El resto de la historia cabalga sobre los clichés propios de los relatos de vampiros: marcas de colmillos en el cuello, sepulcros escondidos, la utilización de objetos santificados y la típica estaca en el corazón. La formula —que bien podría ser la de una receta de cocina— resultaría, bajo los condimentos de otro lenguaje, en una comida para obreros del siglo XIX. Pero no con los ingredientes exóticos y arrebatadores de la prosa de Klarkash-Ton, pues sus visiones nos sirven un banquete para dioses caníbales.

  • EL FABRICANTE DE GÁRGOLAS

Publicada por primera vez en Weird Tales, en agosto de 1932

En Averoigne, existe el amor y la lujuria, y también el odio. El Fabricante de Gárgolas posee las dos últimas cualidades en abundancia, y en grado tal que hasta se manifiestan sólidas y resueltas como la piedra. Smith, tomando una aproximación —quizás demasiado psicoanalítica— nos describe el mundo interior del escultor de gárgolas Blaise Reynard, quién recientemente había retornado a su ciudad natal de Vyones, en donde no era bien visto. La recién terminada catedral de la ciudad le ofreció al escultor una página del libro de piedra sobre la cual pudiera plasmar con cincel su firma particular. Esta se manifestó en la colocación de dos nuevas gárgolas que horrorizaron a todos excepto al arzobispo Ambrosius, que lamento que toda su catedral no hubiera sido adornada con los demoniacos engendros de Blaise.

La historia en sí, es en potencia, más interesante que su resultado final, tal como Smith nos lo planteó. Las pasiones que gobernaban a Blaise, eran el odio hacia los ciudadanos de Vyones, que desde pequeño lo despreciaron, en parte por su aspecto de evidentes sugerencias malignas; y el deseo hacia Nicolette Villon, la hija del dueño de una taberna en la cual cada noche el escultor vaciaba una bota de vino. Celos y frustraciones apartes, lo cierto es que esas fuerzas encarnaron en las gárgolas esculpidas. La una desató una cruzada nocturna de terror y matanza sobre los ciudadanos de Vyones, y la otra se entregó a la búsqueda de Nicolette, registrando para ello cada una de las doncellas de la ciudad. Smith, desde mi punto de vista falla en un aspecto. El pretende que el aliento de vida, que las pasiones largamente añejadas en lo interno de Blaise, y que desde luego devinieron ellas mismas en fuerzas espirituales, le fueron suministradas a las gárgolas inconscientemente por el escultor. Éste, al final, luego de sospechar y certificar que ciertamente sus creaciones son las protagonistas de la infernal patrulla nocturna, decide destruirlas.

Es evidente que la historia —al margen de cualquier utilización de ese detalle como elemento argumental—, hubiese tenido más fuerza al mostrar a Blaise como un canalizador de fuerzas oscuras a través de su arte, consciente de lo que quiere, y tomando plena responsabilidad de ello. Smith lo convierte en poco menos que un «Freaky» frustrado, que si no salió a la plaza del pueblo un domingo en la mañana y la emprendió a balazos contra todos los buenos ciudadanos, era porque no existían las armas de fuego.

Fuera de eso, el terror que se esparció como la peste sobre la ciudad; las mutilaciones de los cuerpos asesinados por la Gárgola con cabeza de pantera; la violación de Nicolette por aquella de cabeza de Sátiro; la impotencia de la iglesia ante esta embestida del infierno, es digno de vivirse. Incluso la catedral fue escenario de una de las matanzas. Al menos en este caso, la creación superó su creador.

  • LA SANTIDAD DE AZÉDARAC

Publicado por primera vez en Weird Tales, en noviembre 1933

Esta es una de las historias más interesantes por la serie de características que convergen en ella: el uso de las artes nigrománticas en el seno de la Iglesia Católica; es una de las dos historias del ciclo con una conexión con la tradición mágica de Hiperbórea a través de la presencia del Libro de Eibon, y por lo tanto con un pasado ancestral, tesorero de una magia más cósmica; el uso del concepto de viaje en el tiempo (desde un punto de vista mágico y no científico); y por medio a este, la inclusión en la historia del mundo Celta.

Azédarac, Obispo de Xime, y un diabólico hechicero que ha cubierto sus rituales demoniacos por años, usa su magia para enviar el monje Ambrose, quién ha espiado sus actividades, de regreso en el tiempo setecientos años, hasta el 475 d.c. Allá, el monje encuentra una ayuda inesperada de parte de una hechicera pagana con la que también sostiene un romance. La trama contiene todos los elementos apropiados para una fantasía heroica: un malvado hechicero envía uno de sus súbditos (en este caso Jehan Mauvaissoir) para tenderle una trampa a un espía; un grupo de Druidas paganos intentan sacrificar al héroe, que por casualidad al despertarse en su viaje en el tiempo, lo hace sobre un altar de sacrificio; el elemento de las tabernas pesimamente alumbradas también está presente; y para completar, nuestro monje sucumbe a los encantos de la hechicera Moriamis.

Smith nos muestra su maestría a la hora de ironizar. Si bien el monje Ambrose regresa nuevamente desde el pasado con ayuda de Moriamis (que ya conocía a Azédarac, y como antigua amante de éste tenía acceso a los secretos de su ciencia), lo hace 55 años en el futuro de su propio tiempo (1175), es decir en el 1230. Allí se entera de que a Azédarac lo han canonizado, y que el arzobispo ha muerto. Así que, por un lado las artes oscuras de Azédarac triunfan (quién sabe si con el beneplácito del mismo arzobispado de Vyones), y por el otro, a Ambrose no le queda otro remedio que regresar en el pasado a los brazos de Moriamis. Los viajes en el tiempo se hacen por medio de la bebida de un brebaje rojo (al pasado), y verde, (al futuro); y al parecer su fórmula desintegra la estructura atómica de quién lo consume. Al final, el Libro de Eibon queda en manos de Ambrose (algo que no se lo perdono a Smith), pues una pieza tan importante como esa en su mitología, no debe andar al azar, y menos aún quedar en manos inexpertas, si bien Morianis estaba cerca. El problema es que tanto ella como el monje al final de la historia no tenían tiempo para otra cosa que el sexo. La historia se prestaba de manera genial a explorar la pervivencia de las antiguas tradiciones mágicas, pues Azédarac hace mención de tratos con los primigenios. En todo caso, aún quedan seis historias que explorar, y eso se hará en la tercera parte de este ritual.

Odilius Vlak.

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