TETRAMENTIS / El Escapulario, el Monje y el Grial – Primera Parte –

Morgan Vicconius Zariah

Los grises campanarios eran mojados por el chubasco que traía la tormenta. En la torre yacía un cáliz, que era vigilado por gárgolas de piedra, insufladas de vida por un antiguo monje que ahora estaba en el mundo de los no vivos. Pero se decía que rondaba su hereje alma por aquella abadía, donde junto a las piedras era protector del cáliz que guardaba un poco de la sangre de un extraño y nuevo grial. El monje ojeroso y flemático, en vida mantuvo siempre un sospechoso silencio sobre toda cosa. Siempre solía pasearse todas las noches por el santuario, subiendo con sus libros la escalera en espiral que daba a la torre. Allí,  Roger  Campanella, estudiaba paciente sobre cosas que ya no competían a su fe. Meditaba frente a los otoñales vientos del norte, donde cada noche de octubre, espera ver nacer en los cielos del septentrión, una estrella que había señalado uno de sus grimorios. Esperaba una señal  de los cielos que alimentara su silente vanidad de hombre de conocimiento.

En la abadía, todos respetaban aquella fría personalidad y nadie contradecía sus palabras, que engañosamente usaba para nunca dar sospechas de sus oscuros trabajos. En la tarde, después de la iglesia, acostumbraba a pasear un rato por el jardín y el huerto, con su espíritu más estudioso que contemplativo. Observaba minuciosamente todas las frutas y legumbres; analizaba con mágica pasión el detalle más simple de las flores, las que regaba con un ímpetu sagrado. Después, antes de caer el sol, se dirigía al cementerio de la abadía, donde sentado bajo un árbol, comenzaba a escribir anotaciones y poemas. A veces incluso arrebatos de una revelación momentánea cruzaban por las ventanas de su mente. Una revelación que esperaba siempre ansioso cada noche en su contemplación en la torre.

Había consagrado Roger con toda su alma  la devoción de su escapulario, para recibir esta visión que le enseñaría como encontrar el grial; poseedor de la sagrada sangre de Cristo. En sus sueños, lo percibía, pero su santidad empezaba a pecar de vanidad por culpa de su erudición. Su arte superaba a sus ermitaños compañeros, los que nunca encontrarían en la biblioteca los libros peligrosos con los cuales lidiaba Campanella. Ya que éste los tenía en un compartimento secreto, en una abertura en la pared tras la madera de los libreros. Algunos volúmenes en griego, sobre teurgia, llegó una vez a compartir con uno de sus más allegados compañeros; y debatían sobre algunos trabajos de demonologías y obras más o menos similares, sólo para dar puntos de vistas teológicos. Jámbligo y Apolonio le iban disminuyendo el interés por el dogma católico, haciendo más complejas sus convicciones de ver las cosas y acentuando su soledad. El pensamiento platónico y socrático también se había apoderado de cierta parte de su estudioso espíritu. Era como si almas ajenas a su fe ahora habitaran en este Ser que crecía en intelectualidad antes sus otros congéneres. Escritores romanos y antiguos poetas sumerios entraron a su puerta espiritual, la cual nunca cerró a el poema de Gilgamesh, donde aprendió una cara no bíblica del diluvio universal.

Sus días eran colmados de suaves sueños, y él sentía en su más profundo abismo crecer un poder, que aunque lo realzó su monástica castidad, era mágico. Pensó en dejar los hábitos para dedicarse a una vida de alquimista o para ser médico, pero sintió cierta nostalgia cuando veía su escapulario. Tantas promesas que había depositado allí; tanta vida sacramental en este objeto santo, el cual Campanella empezó a ver como un talismán en vez de una simple gracia católica.

En una de sus reflexiones en la torre al llegar casi el fin del otoño, y empezando ya las primeras heladas de un venidero invierno; Campanella vio esa estrella que en uno de sus libros se mostraba justo exactamente con la conjunción cósmica que debía tener en alineación con otras estrellas. Sin perder el tiempo, hizo los rituales y evocó los nombres complejos en lengua litúrgica. Pidió un deseo de revelación, y pronto, un perfume delirante se empezó a propagar, ascendía desde la escalera en espiral hacia la torre, donde se encontraba el monje recostado sobre un cómodo sillón de cuero. Unos secos pasos sorprendieron a Campanella; el eco que se repetía en estos pasos lo empezó a atemorizar. Él sabía por aquellos libros que estos genios estelares aparecían con extrañas y ruidosas formas a veces, para probar el valor del invocador. Una voz espectral empezó  recorrer los adentros de la torre. Cuando intentó mirar atrás, hacia las escaleras, sintió en  su rostro una extraña sensación que paralizó todo su cuerpo. Y antes sus ojos de sabio solitario, una figura de madera hizo aparición.

Era una cruz que se desplazaba arrastrándose por el piso hasta detenerse en frente de su asustado rostro. La abominable imagen se movía en forma serpentina, desplazando ondulantes sus pesados brazos laterales, como un ser mítico que no había  desarrollado las facultades motoras de sus extremidades inferiores. Roger gritó desesperado ante ésta visión, su valor no soportó los límites de esta grima, y después dispuso de toda su voluntad para contener su histeria; apretando con fuerza los labios con sus dientes hasta sangrar, y ahogando por unos segundos su respiración, pudo controlar el terror que esperaba inconscientemente.

¿Por qué te asustas? ¿Acaso no esperabas cosechar el delirio que habías sembrado con tus años? ¡Qué ingenuo eres Roger! —Hablaba con una apagada y ronca voz el sacrílego objeto, mientras se ponía en pie ante el rostro del asombrado monje. Proseguía. —Me invocas y me esperas por tanto tiempo para después asustarte. (Eso decía mientras con su cabeza de palo seco, secaba la sangre que corría por los labios del fraile).Esto no es digno de un hombre que sobrepasa los limites de su fe, ¿acaso te sientes pecador cuando ahora esta visión te habla? Díme Roger, ¿de quién es obra, del Diablo o tuya?

Los nervios del hombre a punto estuvieron de estallar, y ahora la duda tomaba una parte de su alma, aquella parte que los libros de una intelectualidad ajena, habían usurpado a su cristiana fe. Al lado de él, en su sillón de cuero, se encontraban algunos libros, de hombres griegos y reinaba entre sus manos uno de sus predilectos, Jámbligo el teúrgo, una selección de poesía y teurgia. Roger no tenía palabras para contestar la pregunta de la cruz, y en una nerviosa reacción preguntó: «¿Eres tú la cruz del santuario? ¿Por qué acudiste tú a mis plegarias? ¡Esperaba al genio de una estrella!»

¿Al genio o al Diablo? ¿Acaso crees en las mentiras que te brindan estos libros? ¿Piensas que existe una mágica verdad espiritual, que sea buena, fuera de la fe de la cruz?—. Tocando el pecho de Roger con una de sus extremidades de palo, con una oscura caricia hizo brotar de Roger una sombra, que se proyectaba sobre una pared con la luz del farol que acompaña a Campanella en la noche de sus lecturas. Una sombra que ahora hablaba; la sombra en la pared tocó con sus oscuros dedos el libro de Jámbligo que el hombre apretaba en sus manos. Decía la cruz: He ahí que la duda que te apretaba el pecho ya está desligada de ti, una parte tan íntima (decía susurrando y en tono sarcástico)—, a ver si ahora hablas contigo mismo.

Siento que te he quitado un peso de arriba, mi proyector—. Así empezó a hablar su sombra que se movía de un lado a otro proyectada por la luz tenue del melancólico farol. —¿Sabes? Ahora soy esta fe cuestionada por tu intelecto, y necesito hacerte unas cuantas preguntas: ¿por qué has dudado de esta fe que te mantenía lleno de un sosiego inimaginable, para elegir quimeras que al final atormentan una parte de tí que aún no se ha desligado de la iglesia? ¿Por qué buscas sueños que te cortarán en dos la unidad del alma? ¿Por qué cuando tienes seguro tu paraíso, tiras tu salvación en pos de la incertidumbre?  

No debo escuchar sus falsedades, genios engañosos —, respondía ahora Roger en desafiante tono—. No me dejaré entrampar por sus preguntas; no me harán fracasar sus ilusiones. ¡Sí! ¡Hace tiempo que he esperado estas horas! Las he soñado cada noche y cada tarde; las he ansiando como un tesoro confirmador de una realidad espiritual. Por estas horas he cultivado ojeras para cosechar visiones. ¡Disípate duda! Este momento ha garantizado mi fe.

En el arrebato de esta emoción, la sombra tembló en la pared difuminándose, trémula, hasta el punto de apagarse casi por completo, pero se negaba a dejarse ir, mientras la cruz seguía erguida ante el hombre dándole esa sensación de una tenebrosa mirada sin ojos. Y pronto, la sombra, la cruz y el libro que el fraile tenía en sus manos, hablaron al unísono, esta nueva acción espantó nuevamente la calma del desafiante erudito. Dejando caer al piso el libro del teúrgo, que sería la única voz que estaría de parte de Campanella después del toque de la sombra.

—No temas, estoy de tu lado para que puedas vencer a estos fantasmas estelaresdecía el libro, abriéndose y cerrándose simulando una boca—. Estas efigies no son mas que objetos y argumentos y conceptos, sacados de tu propia alma y mente, es sólo para probar el valor de los hombres en que los genios pudieran depositar algún saber secreto. Mira que te lo dice el libro de teurgia, y esta voz que escuchas, fue la voz que su autor tuvo en vida, la que el viento ahora trae desde el polvo de sus restos, para pedirte que no flaquees. Si lo haces, los genios tendrán el derecho de sumirte en la locura, no creas que es cosa de tu diablo que no existe, pues todo es fruto de una emanación universal. Si esta duda logra vencerte, tu mágica búsqueda estará perdida.

¿Harás caso de su blasfemia? —decía la cruz ahora con un tono más potente; por las ventanas, unos tenues relampagueos hacían aparición—. ¿No ves que ésta es la parte que quiere confundirte? Es la parte de tí que niega la existencia del Diablo; haciéndote participe de paganas concepciones. ¿Te dejarás infundir seriamente sus mentiras?

 

Con estas breves palabras, pareció haberse alimentado la sombra que se proyectaba con el farol y retomando de nuevo su negrura, nuevas fuerzas ardían en sus venas sin sangre, haciendo que las fuerzas de Campanella vacilaran nuevamente. Y éste, tembloroso, por fin se levantó del sillón de cuero, echando mano de una daga y la conjuración de los cuatro elementos. Empezó a conjurar a la cruz y a la sombra, las que pronto empezaron a lanzar alaridos espantosos que retumbaban en horribles repeticiones en la mente del fraile Roger Campanella; provocando que su daga cayera al suelo, igual también su valor. Una sudoración se apoderó de él, y en una nerviosa reacción se agacho y tomó el libro y la daga. El libro le decía en sus manos: —Hijo, no temas, todo esto está en tu cabeza, persevera hasta derrotar todos tus fantasmas , es sólo tu lucha interior, no te dejes caer en el abismo.

Los espantosos alaridos seguían dando vueltas en aquella torre donde sólo Campanella parecía percibirlos, en la tenebrosa irreverencia de estas imágenes nefastas, una voz terrible y extremadamente alta escapó de la sombra, el capullo de la duda del monje. La sombra preguntó lo mismo que la cruz: —¿De quién es obra Roger, tuya o del diablo?—. Esta voz ya le había ganado a su intelecto; a la cual éste le contestó con otro espantoso grito: —¡Es mi obra! ¡Sólo mía!—. La cruz, se abalanzaba sobre el fraile como en un desafío diciéndole:

¡Blasfemo! Acaso no buscas el grial, con sólo pedirlo puedo otorgártelo, como igual puedo derramar tu sangre, por invocar lo que niegas—. Al abalanzarse la cruz, el hombre apretó el escapulario con sus dos manos, dejando caer el libro una vez más, como quien ahora se abraza nuevamente a  su fe por las crecidas interiores de su duda. Al hacerlo, el objeto de madera se alejó de él rápidamente y con espanto, la sombra también se veía espantada y preguntaron las dos abominaciones: —¿De quién es la obra tuya o del diablo?—. A lo que Roger contestó ya convencido de una sola cosa: —¡Vade retro Satana! Nunquam suade mihi vana, Sunt mala quae libas Ipse venena bibas!—. Sin soltar su escapulario, que lo invistió de mucha más fe que sus conjuros y su daga, seguía profiriendo palabras de su orden benedictina, ya convencido que aquello era obra del engañoso. En el suelo, el libro, abriendo y cerrando  sus páginas y portadas, le decía irritado y en tono de reproche:

Roger hijo, te lo había advertido, te dejaste atemorizar y ya  perdisteis la batalla, te has dejado confundir por el genio. El cual en este momento entrará en tus dominios y en tu interior como medalla de su triunfo, que pobre hombre eres hijo… Espero que ese objeto talismánico te sirva para combatirlo.

 

¡Cállate espíritu engañoso! —contestaba el fraile—. ¿Quién sino el diablo es capaz de hacer una obra tal y traer a el alma toda esta confusión? Mi alma pudo sentir esta única verdad, en estos cruciales momentos.

 

¿Tu alma o tu duda?, piénsalo Roger —Decía el libro, el cual nunca más volvió a articular sonido.

El hombre quedó con la sombra y la cruz. Estas visiones que ahora se unían formando un negro y espantoso macho cabrío. Pero el fraile seguía con sus dedos abrazados a su objeto sacramental. Mientras la imagen del chivo se humanizaba en una extraña metamorfosis. Pero aún con miedo de acercarse al fraile; el cual estaba sumido en sus antiguos sacramentos católicos, e investido de esa fe que le daba una fuerza sobrehumana.

 


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