ALTERECOS 4.D / Aquelarre en el País de las Hadas

 Brain Froud - Argea, the Fateful Faery

De nuevo la noche cae en los mundos que se alinean al azar dentro de mí; otra vez la luz de la luna se refugia en mis huesos, trayendo consigo el invierno y su sombra. Hacia estas huyen mis sueños, felices de estar por una noche libres de la tiranía del sol. Todo fue tan rápido que apenas cerré mis ojos y me encontré aquí.

Yo también escucho el embriagante himno cuyos ecos exhalan los sepulcros vacíos de la clarividencia, el mito y las orgias; y los encantamientos del bosque silencioso que brotan como chispas de semen, felices de estar nuevamente en la majestad de su juventud pagana. Arden como en las épocas de magia e iluminación a pesar de ser este verano fruto de la estación fría de mi espíritu.

Mis pasos se han adelantado junto con los Duendes. Marchan jubilosos al penetrar por el umbral de esta extraña gruta: un tercer ojo gigantesco. De este lado la magia es el corazón secreto que late en el seno del paisaje. El incandescente polen lunar se desliza por la superficie de toda la naturaleza. Aquí, la intuición es el aura que todos poseen. Los pequeños duendes continúan jugueteando a mi alrededor. Algunos se deslizan por la entrepierna de mis fantasías provocándome extraños orgasmos que se evaporan en las oquedades donde habitan las Sílfides… Todo es rosa en su reino de vientos enervados.

Ya se acerca el barquero. No sé cuanto tiempo llevo esperando en la  orilla de este gran lago de cera negra derretida, que desciende como una cascada oscura y ardiente desde el colosal cirio encendido en el centro del lago… La torre de babel que todo mago negro lleva en su espíritu. Percibo como la eternidad expande su túnica tejida con cifras matemáticas sobre el Bien y el Mal. El barquero me extiende una de sus famélicas y yermas ramas mientras abordo su barca. Es una Dríade decrépita, concebida en los pensamientos póstumos de un antiguo poeta, mientras contemplaba extasiado el ciprés frente a la tumba de su amada.

La barca avanza lenta, pese a los varios remos del nudoso arbol. Los peces de fuego surgen de las profundidades del lago de cera derretida, atraídos por el olor a muerte que exuda mi alma, y para brindar con el elixir venenoso de la savia, que sobre las ondulaciones de la superficie esparce la espantosa Dríade. La luna está sobre la mecha del cirio negro, una llama plateada ardiendo al son de las orgias; su luz flota despacio sin tocar la superficie del lago, en cuyo fondo reposa la verdadera noche. Nos acercamos a la otra orilla. Las notas alucinantes del himno mágico brotan como espinas de las gargantas de Brujas y Hadas¡Ah, veo en la matriz de los hechizos fetos de futuras lágrimas!

Un solo paso es suficiente para disipar toda la escena anterior. La Dríade acaricia sus retoños de ramas secas mientras se pierde con su barca en las tinieblas de la luz lunar. Este sendero que se pierde en espiral en las entrañas del bosque aún conserva huellas de mis peregrinaciones pasadas. El bosque es tan vasto como la imaginación que corre por las venas de los mitos. Las copas de los árboles están a la altura de la mirada perdida de los Machos Cabrios; girar alrededor de sus troncos es acceder a olvidadas vidas pasadas. Así que cuidado. Malignos duendes, ataviados de hermosos niños verde-ceniza, se complacen en tejer ilusiones alquímicas sólo para ver ciertos distraídos ladrar. Eso en el mejor de los casos. Los más tenebrosos saltan con éxtasis infantil cuando hacen regresar un alma de su estado humano a su estado mineral. Es la manera de fabricar oro con su oscura alquimia. Así que no giraré esta vez detrás del la fantasmagoría del astro cuyos oscuros influjos me guían.

Lucifer y Oberón me esperan para recibir de mí la ofrenda de mi único tesoro: la última imagen que recuerdo de mi existencia mitológica, aquella donde converso con un Gnomo sobre una gran piedra de esmeralda en el claro de un bosque. Fue él quien me inicio en los secretos coloreados de la tierra: «Las nubes son la sangre que destila el Granate, el azul del cielo es la emanación astral del Lapislázuli… Adóra el Ágata y tu corazón concebirá virtudes gemelas». Pero es una de la cual me cuesta desprenderme; el único juguete que le queda a mi alma. No importa, mi vida entera ha sido un gran banquete dispuesto para complacer tu insaciable apetito, ¡Oh gran Lucifer!… Que arda dentro de mí el inextinguible y antiguo amor por la estrella de la tarde.

Pero ya he penetrado el círculo encantado y… Las mandrágoras levitan embriagadas de sí mismas; los cuervos hurgan en los huecos de las calaveras de niños, cuyas ánimas pueblan felices las ramas de los arboles; los murciélagos vuelan en pos del rojo carmesí de lejanos atardeceres; las hadas revolotean con sus alas alrededor de los mutantes recién nacidos, tirando al azar los dados de sus demoniacos dones; más allá, incontables brujas se postran en forma de círculo alrededor de aquellos que dominan el trono de diamante y el de huesos. El primero moldea figuras fantásticas en los hielos eternos de mis sueños; y el segundo prepara pócimas que encienden la rebeldía de mi espíritu, con los flujos derretidos de mi despertar. Aquí, la embriaguez de los narcóticos se mezcla con las alucinaciones de orgasmos híbridos, entre dragones de escamas púrpuras y musas de inspiraciones plateadas… ¡Qué gran arado de cuerpos desnudos!… Ahora es mi turno ante los Dioses  Íntimos.

En un instante todo está vacío en mi mundo mental. Excepto por algunos magos astrales, que fabrican pócimas con la energía que me han robado con ayuda de la razón. Ciertas hadas condimentan las ollas de las brujas, con las fatalidades que sus dones han destilado sobre mí, en cada uno de los momentos realmente despiertos de mi vida: ellas estuvieron ahí cuando me adentré en la oscuridad a jugar con amigos imaginarios; también, cuando abandoné mi proyecto de subir a la cima, y en cambio me arrojé al abismo. Sí, estuvieron ahí cuando fui testigo de la separación del Cielo y el Infierno.

—Cesen las danzas brujas, demonios y machos cabríosruge Lucifer—, en la ocasión venidera no permitiré que el retumbar de la batería y la estridencia de la guitarra eléctrica les haga golpear demasiado fuerte el frágil suelo de este bosque mental. Está débil, pero diviso cierta llama que me inquieta. Espero que la haya encendido la voluntad que se forja en el silencio, la soledad y la oscuridad, y no el valor repentino del miedo.

—Eso espero de vosotros felices duendes, hadas y gnomos continua Oberón— y de todos los espíritus que animan las plantas y animales de este sueño sin pensamiento que registre el tiempo.

—Humildes gracias por hacer que cese este himno de conjuros psicodélicos, portador de trances y convulsiones que no hacen más que nutrir mis flaquezas. He venido hasta ustedes con la oscuridad que trae el crepúsculo de mis párpados. En esta ocasión no estoy para entretenerme en danzas y orgías, ni quiero volar con las ligeras alas de la sangre de los niños. Ofrezco con placer un recuerdo esplendoroso y puro, que existió en la realidad, a cambio de la eternidad que alberga cada sueño. En verdad, amo la última imagen que poseo de la más poderosa de mis existencias reales, lejos, en un pasado mitológico, que tiene lugar en el presente de mi alma. Pero en verdad, es muy poco precio por el infinito que simboliza cada sueño y la vivencia instantánea de cada pesadilla. Así lo creo. Ya mi sangre resbala en el interior de cada una de mis venas; se ríe al hacerlo porque sabe que ustedes la recogerán y la levantaran hasta sus labios. Que así sea. No es gran cosa comparada con el don de una imaginación que atraviesa dimensiones.

—¡Hecho! No esperaba menos de ti me contesta Lucifer, con la fosforescencia verdosa de sus ojos delimitando la noche de su cuerpo— Pues tu alma no me ha sido indiferente desde las edades en que todo lo tangible en este mundo no era más que vapores celestes, condensados en las partituras cósmicas. Ya sabes lo que tienes que hacer, acércate a mi trono de huesos y extrae una esquirla, todo lo demás dependerá de tu prestancia. Tienes que teñir con la sangre que brote de la herida que te infrinjas con la esquirla tres rosas blancas, en la medianoche del solsticio de invierno. ¡Qué la luna te observe!… Pues una rosa es para los espectros que parasitan en su luz; otra para los fabulosos altares de Oberón, y la más empapada de tu sangre para mí… tu amado Lucifer. Luego, las quemaras en el fuego que el rayo levante en los brezales que elijas. Dicho rayo será enviado por mí como símbolo de que nuestro pacto ha sido consumado… Ahora dirige tus pensamientos al trono de Oberón.

—Ven y regocíjate por última vez contemplando en el reflejo de mi trono de diamante, toda la escena que has decidido sacrificar… vestigio poderoso de una existencia mítica —Me ordena Oberón, desplegando los destellos de fantásticos colores crepusculares desde la geometría de su figura mineral—. Descuida, estará protegida en la cautividad luminosa y sólida de las mazmorras diamantinas que se alzan en el interior de mi trono. Un gran tesoro inmaculado que se perpetuará eternamente en un instante lejos del pasado, el presente y el futuro. Acércate hijo, colocaré sobre tu imaginación las alas de la mariposa de fuego, la que siempre renace… pero de sus sueños. Ahora sigue los ecos que emanan de los quejidos de las hadas; cada uno de sus orgasmos será un don que te otorgará el éxtasis de la clarividencia, no importa que droga sea la causa del trance. Los duendes te ofrecerán las plantas poderosas de su jardín, y los gnomos la tierra perfecta para sepultar tus miedos… Ahora márchate para que tu despertar sea bajo a luna.

Volteo a mitad del camino y observo la gran masa pétrea que se pierde en el horizonte que limita este vasto desierto. Que gran monolito es mi calavera. Siempre es así, la realidad va deprisa y nunca se detiene en mi mente consciente. No son así mis sueños. Antros sagrados de demonios y duendes; brujas y hadas; de Lucifer y Oberón. Sí, Oberón, dios de vestimentas fastuosas. Que hermoso estabas con tus colores púrpura, azul celeste y amarillo, coronándolo todo tus sutiles alas de nieves etéreas, que sólo portan las mariposas que se han posado en las flores de los sueños. Y tú Lucifer, no hay un estado espiritual lo suficientemente puro para expresar tu belleza. No vistes llamativas prendas, pues tu belleza sólo la adornan tres cosas: el encanto de una eterna juventud, el frío abismo de una eterna meditación y esa magnética tristeza que sigue atrayendo a Ángeles que se hacen llamar con orgullo caídos. Pero ya amanece y toda una legión de sueños me espera tras las cortinas del despertar.

Odilius Vlak

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s