ALTERECOS 4.D / Orgasmos en las Tinieblas

No desesperes espíritu mío, ten calma. Ya viene el viento frío, lo sentimos, aférrate a él. Está aquí en nuestra habitación. ¡Otra vez nos subyuga con su lujuria helada! Abandonemos este sueño lascivo pues sus orgasmos no atizan lo suficiente la hoguera de nuestra embriaguez rebelde, deseosa de masturbarse con las leyes de una nueva naturaleza. Estamos conscientes de que el amanecer disipa en los llantos no proferidos del aborto esos orgasmos oníricos; temeroso de desvelar un espejo de semen que absorba en su interior los rayos del sol. ¡Pero sigamos al viento frío, espíritu mío! Ya están entumecidos los sortilegios de los párpados. Se abren a la ventana que sujeta la luna, y… Ahí está espíritu mío: Ella otra vez.

Nuestro fiel demonio concupiscente que nos revela con su lengua helada los secretos que no intuyeron los Profetas Bíblicos en sus sueños, ni los reyes de las antiguas Sumer, Babilonia e India. Ella nos ha relatado con sus caricias los fantásticos milagros que algunos santos cristianos hicieron en la cama. Sí, y aquí está de nuevo, ¡con un nuevo cuerpo!… ¡Con una nueva belleza!: el don de Hécate para nosotros. Así que, espíritu mío, démosle la bienvenida que se merece esta visitante nocturna, con una prolongada erección inspirada en el libido póstumo que ronda, junto con el alma, este cadáver fresco.

El Sol se alza extraño esta mañana. Como despertando de un sueño lascivo con estrellas que apuñalan auras en un punto distante del cosmos; donde moran seres gaseosos que se pasean entre la luz a tientas. Los matices violetas sobre las nubes, son extrañas poluciones provocadas por los fugaces recuerdos del orgasmo sideral; el rocío sólo refleja lo que sus primeros rayos quieren ocultar… Hoy será un gran día precedido por un incesto intergaláctico.

El rocío también refleja todo aquello que por momentos olvido, si bien el éxtasis de la copulación de anoche aviva mi languidez presente; aún los orgasmos flotan luminosos como esporas de lana por las mantas de tinieblas que nos cubrieron. Que solemnidad demoniaca había en sus pasos, mientras avanzaba hacia mi lecho desde la ventana. Muy pronto el calor inerte de su cuerpo fue alentado por el ardor que despertó en mí. De los infiernos emergen más de un paraíso para los mortales, y este Súcubo… ¡Este demonio que se ha adornado con los cuerpos de miles de mujeres desde épocas remotas, es uno de ellos! Y yo he sido elegido por los dioses intraterrestres para ser iniciado en la sabiduría de este demonio; para succionar a través de mágicas melodías, entonadas por la infinitud del orgasmo, toda la vitalidad de cada una de las almas que desde Sumer hasta estos tiempos, han sentido el placer sobre lechos de tinieblas.

Es mi tiempo de reposar sobre los lechos en los que tantos iniciados en misterios frenéticos han vertido sus visiones. Ahora esas visiones de poder; esa energía que una vez perteneció a esos seres poderosos y absorbida por mi amante infernal en cada orgasmo, me es otorgada a mí, a través de la misma copa. Yo soy el señalado para acceder a esa particular forma de eternidad, nacida del éxtasis y la lujuria. Pero ya se acerca lo que espero, en esta mañana enervada, hacia este umbral en el que estoy… ¡Puerta de un dudoso Descanse en Paz! Es el cortejo fúnebre de aquella chica que sirvió de envoltura voluptuosa a mi damisela abismal.

Hay una leyenda que flota en los anaqueles etéreos de la intuicion. Al principio, todo demonio consagrado a las voluptuosas misiones de los Súcubos se le concede el poder de otorgar la inmortalidad a la última víctima, antes de acceder a otras esferas dimensionales, en las cuales continuará sus luciferinas misiones, con víctimas más sutiles. Esta inmortalidad, este poder, es relativo a la cantidad y tipo de víctima que precedieron al coronado por el destino. En mi caso, siento la sensación de que al mirar las estrellas, lo hago con la mirada profunda de un mago caldeo. Aunque no es la inmortalidad lo que me interesa, sino el dominio del misterio que esconde la naturaleza silenciosa, heralda del cosmos en este planeta. Quiero poseer un arte que distinga mi alma; quiero algo más que brillar con luz propia. Para ello tomo cualquier herramienta que se me ofrezca en este plano dimensional. No importa si la mano que me la concede surge desde las más profundas tinieblas. No hay castigo más allá del Bien y del Mal… Sólo la decisión de las almas poderosas.

Me poso sobre una colina a cuyos pies se inicia un infinito prado de lunas, planetas, estrellas y nebulosas. Más allá de esto, sólo percibo energías arquetípicas, que al atravesar el cosmos se hacen más densas al penetrar en estas sórdidas dimensiones. Al llegar a la tierra esas energías cósmicas se cristalizan en símbolos. Uno de ellos es Lucifer. Anoche me fundí con esa energía cósmica; y esta mañana me siento más sabio que la muerte. Cada noche, una nueva copa me es dada a beber por el misterio en cada orgasmo. ¡Ah, amado Súcubo, que buen escanciador eres! El cortejo está pasando, y es necesario que vea el cadáver sobre el cual mis dientes, mis uñas y mi lengua se esculpieron… Y en cuya vagina mi pene dejo un rastro de fuego.

Definitivamente, no mienten las mordidas lácteas del sol, que adelantándose a los gusanos devoran su cadáver. Está a la intemperie sobre una lóbrega carreta antigua. Las flores negras que se ciernen alrededor del cadáver, ondulan sus pétalos al son del ritmo caótico del viento que soplan los jadeantes demonios sordos, en su danza alrededor del alma de la chica. Es un cautiverio que dura mientras el Súcubo posea su dominio sobre su antigua extensión física. Avanzamos todos muy lentamente sobre el sendero mudo e indolente del cementerio. Por unos instantes, los sollozos y palabras entrecortadas de los familiares y amigos me impiden concentrarme en el cuerpo. Me rodean con sus extrañas vestiduras negras. Yo camino impasible. Pero mi espíritu se siente intranquilo por las escrutadoras miradas que los dolientes posan sobre él. En verdad, es extraño este cortejo, sollozan pero sus rostros no se enteran. Una paciencia tenebrosa emana de ellos, estática, semejante a la digestión sin tiempo de un gusano carroñero.

Mi vista se remonta a los espacios del cementerio que hemos dejado atrás. Las tumbas también se han convertido en polvo. La encantadora atmósfera matinal que existía antes del cortejo fúnebre se ha esfumado. Los espejismos del rocío se han opacado. Los rayos del sol se han apartados, ocultos tras las hojas de los arboles más lejanos, como si la naturaleza misma los protegiera de la espantosa escena. Todo es gris hasta la altura de nuestras cabezas. El cadáver yace desnudo, ¡es hermosa!. La frescura de su piel pálida y sus cabellos negros, de cuyas hebras penden las ilusiones que aún aguardan ser realizadas, parecen ser lo único vivo entre toda esta muchedumbre.

¡En verdad está viva! Su cuerpo, aún retiene parte del color que anoche desplegamos ambos en la habitacion; sus senos, aún son lamidos por los surcos discretos de mi lengua y mis dientes alrededor de sus pezones; sus labios, tienen motivos para besar en el pequeño infierno de deseo en el que han sumido los míos, que intentan huir de nuevo hacia ellos. ¡Ah sí, que bella es! Y bajo este hálito claroscuro de vida y muerte, la esbeltez de su cuerpo adquiere el esplendor perdido durante su vida. ¿Fuiste amada alguna vez?, ¿acaso tus pasos surgieron sólo por azar desde la acuarela de la luna llena, para avanzar hacia los brazos de un amante tendido, sobre un lecho de tinieblas cálidas?, ¿nos ha redimido el demonio a ambos?

Los matices violetas de la aurora, que hace unos momentos estaban depositados en el cielo, se han refugiado en sus mejillas. ¡Sublimes exequias fúnebres de la naturaleza, que contrasta con la palidez de su piel y el tinte gris de todas las almas que la rodean! Sus mejillas se sonrojan, gracias al póstumo placer que escanciaron para ella  el deseo y el sexo en el grial maldito, que ahora siento entre mis piernas rebosarse nuevamente de semen. Y es que te amé extraño cadáver. Me excitas con tu libido tan inmortal como tu alma. ¡Te amé muerta como jamás nadie te amó en vida!

Ahora me retiro, pues ya los sollozos callan ante el sepulcro. Se yergue ese pequeño universo idóneo para todo microcosmos. En él, gusanos astrólogos la esperan para leer el curso de su alma, en las estrellas del cuerpo que por una noche me perteneció.

Pero no espíritu mío, no desespere. Muy pronto penetraremos de nuevo en los dominios de la noche. Otra vez en el lecho de tinieblas, donde brillarán los orgasmos de la vida eterna. Sólo aférrate como siempre al viento frío espíritu mío. Y verás como más allá de los párpados nos espera el cuerpo sin alma, propio de una mujer que en vida nadie amó. Sí, esta noche sentiremos la embestida de la lujuria acumulada y el amor marchitado retoñar, en la primavera póstuma, que nuestro demonio hace florecer muy bien en la oscuridad de nuestra habitación. Allí, donde ambos forjamos nuestra inmortalidad, con los orgasmos vitales que toda una vida han esperado para erupcionar, en la plenitud de la muerte.

Odilius Vlak.

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