ALTERECOS 4.D / Rocío de Semen Sobre el Jardín del Edén

Que resbaladizos están los senderos. El aroma de este pegajoso rocío presagia desgracias, y es que no es heraldo de la luz, la abominable verdad es que es precursor de las primeras tinieblas. Cada gota se adhiere a mis pies como almas condenadas cuya única esperanza de elevarse es la ascensión de mis pasos. Su aroma presagia fatalidades en mi imaginación aún virgen. ¡Ah Padre esta extraña facultad que me has concedido para evocar tus estancias, sólo atisban carcajadas de angustias que se contemplan fascinadas en un espejo! Sí Padre, nada ha cambiado en mí, pero si en todo lo que me rodea. La conciencia que ordenaba el jardín ha cedido ante los instintos de la selva. La agonía del cordero se ahoga en las fauces del lobo; una nueva sensación penetra en mí… Hay un placer para el lobo en su crimen que se extiende como bruma hasta los abismos de mis sueños.

Mis sueños. Antes de ellos me sentía muy solo ¡oh Padre!, sumérgeme de nuevo en la nada del sueño profundo. Allí hay otras imagenes, diferentes a las que hay en el jardín Padre. Sólo yo soy hecho a tu imagen y semejanza, ¡ellos no! Ellos me pertenecen Padre, mis sueños no son los tuyos, mi destino tampoco, son anteriores al barro que me formó y a tu imaginación Padre. Sí, antes de ellos me sentía muy solo, las bestias no eran suficiente compañía, pero ya no… Porque entre las cálidas imágenes de mis sueños, está Ella.

Cuando en aquella ocasión cerraste mis párpados sentí que algo me arrastraba lejos, no sin antes percibir los lejanos susurros de una promesa que cumpliría al despertar. Mis párpados se abrieron de nuevo y penetraron a los dominios de la noche… ¡De una mágica y hermosa noche! En el jardín había un extraño silencio. El alma de todas las plantas y animales se susurraban secretos mudos. Sólo los árboles concentraban en sí toda la vitalidad del jardín. Hacia ellos me condujo una fascinadora intuición, que se nutría de las visiones lánguidas que la luz lunar insinuaba en un claroscuro fantasmal. Allí estaba, semioculta entre las raíces del Árbol de la Vida. ¡Se reveló en un solo instante que en sí, ella contenía la vida de todo el jardín! Ella era el alma del árbol. En el brillo lunar de sus ojos vi reflejada una herencia cósmica más trascendental que la vastedad de toda la tierra. A los pies del árbol me inicié en sus caricias, en sus besos, en el aura plateada que exhalaban sus negros cabellos, en las alucinaciones que colgaban como frutos de su piel… ¡Ah su boca!, ¡su lengua!… Su lengua vistió la desnudez de mi piel. Luego vino la unión en la que por un instante, hurtado de tu mismo paraíso, fuimos una estrella.

No Padre, fue ella y no el sopor en el que me sepultaste lo que me hizo ignorar la tortura que significaba la extracción de una costilla de mi cuerpo. Ella me mostró la omnipotencia de saber que el único corazón que late en el planeta es el mío. Porque hasta la conciencia de la misma tierra estaba rígida en ese instante. Su nombre es Lilit Padre. Su habitación está en el lado donde la luna se contempla a sí misma ante el espejo de sus oscuros pensamientos. Anhelo la noche Padre,  para verla detrás de mis párpados. Ya he visto el fruto de mi costilla: Eva. No me gusta la descendencia que presagia Padre, no me interesa señorear sobre los animales, ni crecer, ni multiplicarme, no me interesa esta realidad Padre… Sólo quiero soñar.

Soñar y tener por única descendencia las visiones engendradas entre mi alma y mi imaginación. Pero el rocío continúa esparciéndose Padre, como un manto de garras sobre el jardín. Algunos animales se deleitan lamiéndolo. He visto algo semejante en mis sueños y al despertar puedo tocarlo mientras se desliza por mis muslos. Pero este Padre, es diferente. Y la causa viene acercándose con espíritu de languidez desde el Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal: es Eva Padre.

—¿Quién es esa sombra que se arrastra en el fondo de tus ojos y que se oscurece más a medida que el brillo lujurioso de éstos se hace más intenso? Dime… ¿Por qué el sudor que vomita tu piel tiñe las plumas encanecidas de los cuervos? Los secretos que alguna vez silenció el Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal se revelan en el humo, mientras se quema como leña verde en la hoguera de tus senos. ¿Es posible que tus sueños sean más intensos que los míos? ¡Tiemblan tus rodillas! Y tu silencio me grita todo aquello que no fue desobedecido en el itinerario de la antigua rebeldía. Tu pelo se ha adherido al esplendoroso follaje del árbol… pero no veo frutos. La osamenta de tus labios rechina de placer mientras sus huesos se rozan enloquecidos aún por el reciente recuerdo… ¡ah mujer!, Dime… ¿Quién es esa sombra que se arrastra en el fondo de tus ojos?

—¡Es Lucifer! El fruto prohibido no lo he comido yo sino los gusanos, para los que no fue suficiente los cadáveres de los corderos. Todo lo que has percibido en mí es el símbolo de un nuevo estado interior, dentro del cual se gesta una nueva vida. Ese rocío, ¡oh Adán!, es El Semen de Lucifer, que se posa sobre la hierba como lo ha hecho sobre mi piel. He fornicado con él, y esa no es la primera desobediencia, sino el primer deber. Ya no temas por la procelosa tarea de gestar una descendencia. Él y yo le hemos quitado ese peso a tu alma. Continúa soñando en paz amor mío, que los futuros hombres y mujeres que señorearan sobre el planeta, tienen su padre cálidamente protegido en mi vientre.

¡Ah! Entonces eso era. Es inútil intentar ocultarte Padre, lo que el universo ya sabe. ¿Te estremeces al igual que yo con los vapores del rocío que ascienden como incienso hacia tu morada celestial? El Semen arde bajo los rayos fascinados del sol. A partir de hoy alumbrarán nuevos seres, nuevos espíritus… nuevos destinos. ¡Oh Padre!, hemos extendido nuestra mano a unos frutos muy distintos. Dime… ¿Conocer el Bien y el Mal?, ¿ser igual a ustedes y no morir?… ¿Es un privilegio, o una desgracia?

Odilius Vlak

 

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