TETRAMENTIS / La Paradoja de los Gemelos

Isis Aquino

Jurgen Øhmlin tenía más melanina en el cabello que sus dos hermanas en todo el cuerpo. Su negrísimo pelo contrastaba con el blanco paisaje de las nevadas calles de Oslo. Era un hombre con un sueño en los ojos: Sentir el ardor del trópico en su pecho y en su pálido semblante.

Rodrigo Jerez, por su parte, había nacido en las calientes latitudes del sur de un continente demasiado nuevo como para conocer el bienestar. A pesar del clima y la adversidad de sus circunstancias, vestía todo el tiempo de negro y su larga melena del mismo color de la noche, llamaba la atención cuando recorría la ciudad de aguardiente en donde pasaba sus días.

Jurgen Øhmlin y Rodrigo Jerez habían nacido en lugares distintos y de madres distintas. Sin embargo, compartían en sus rostros idénticos, las facciones endurecidas que Saturno imponía a los seres pensantes. El uno, hastiado de frío y nieve, harto de aburridas experiencias, anhelaba la absurda felicidad que poseían las personas de caribeña naturaleza; el otro, era un hijo de la noche y de sus sombras, todas sus estrellas apuntaban hacia abajo y sus demonios le llenaban de poder cuando buscaba alivio de las miserias existenciales que sufría.

Por la disquera donde trabajaba en Noruega, Jurgen había sido nombrado coordinador de logística de una serie de conciertos de Música Métal que la misma organizaba en el exterior. Rodrigo, con enorme esfuerzo y sentido del ahorro, había conseguido lo suficiente para costearse un viaje a Argentina para visitar unos amigos y asistir a uno de estos conciertos.

Se reconocieron en seguida.

Rodrigo no sabía noruego, ni Jurgen español, mas por la imperial fuerza del idioma ingles, pudieron comunicarse.

Yo soy tú. Tú eres yo —le dijo Jurgen, asombrado por las inmensas coincidencias del destino.

Somos idénticos en el cuerpo, pero somos muy distintos en el alma —le replicó Rodrigo, su gemelo—. Yo soy sombra. Tú eres una luz insoportable. Dime,  Jurgen Øhmlin, hijo de la tierra del Black Métal, ¿por qué buscas la bondad y el calor humano, por qué, viniendo de latitudes abundantes, anhelas el desierto?

Rodrigo Jerez, hermano mío, de la luz vengo y en luz deseo convertirme. El fuego, que fue el regalo que Prometeo hizo a los Hombres, es fuente de poder y de luz en mi alma. ¡Cuánto daría yo por no tener esta nórdica frialdad entre mis huesos?

Bah… te crees muy sufrido por haber nacido entre la nieve… yo preferiría una temporada en el infierno a ciertos veranos en mi tierra. Porque de cierto te digo: es ahí a donde pertenezco. Soy un discípulo del Mal; un Mal tan elevado y sublime que me coloca más allá de esta burda materia de la que estoy hecho. Yo soy tinieblas.

Estas palabras enigmaron a Jurgen. Nunca había pensado en el Lado Oscuro como una opción de vida y casi se sintió tonto por no haberle cruzado la idea de que así como él había buscado en todo momento la ascesis y la luz habría otros, como Rodrigo, que buscarían eternamente lo contrario. Toda la noche, en su cuarto de hotel, la pasó en vela pensando en ese hombre idéntico a él, en su pálido semblante igual al suyo, y en sus ojos grises —tan llenos de vida— como los suyos.

Y en sus palabras. Rodrigo era realmente un ángel caído, un hijo de las sombras que quizá podría incluso hacerle daño con sus oscuras palabras y el aire de divina superioridad con que las decía. Podría tal vez, incluso —pensaba Jurgen dando vueltas en su cama— arrastrarme hacia el infierno. Esta idea le llenó de terror.

Habían quedado de verse la mañana siguiente y así lo hicieron. La Recoleta, aquel parque-cementerio que adorna a Buenos Aires con gótica melancolía, era el punto de encuentro. Ambos vestían de negro, acentuando las similitudes físicas de los sosías.

He pensado mucho en lo que me dijiste anoche —comenzó Jurgen, tomando asiento junto a su doble en un banco de piedra. Habían personas que paseaban, también habían palomas que volaban ante sus ojos grises—. He tomado una decisión. Debo acabar contigo porque eres peligroso.

Rodrigo lo miró y sus labios se curvaron en una sardónica sonrisa.

—¿…Peligroso…? —dijo alzando una ceja. Había un malicioso brillo en sus ojos—. Peligroso sería, hermano mío, que me liberases de esta prisión de carne y sangre;  que de esta manera dieras libertad total a mi espíritu, que es esperado ansiosamente en los mundos invisibles para ser investido con los grados demoníacos que he ganado durante mi existencia carnal. Eso sería peligroso… Haz lo que quieras. Si te hace sentir mejor el hecho de matarme, hazlo, y sé feliz.

Caminaron juntos hasta llegar a una de las tumbas de La Recoleta que se distinguía con una decadente hermosura por sobre las demás. Los dos hombres, frente a frente, se miraron a los ojos grises por última vez.

De su bolsillo, Jurgen Øhmlin sacó un paño blanco que envolvía un enorme y filoso cuchillo robado del hotel. Con un ágil y preciso movimiento de su brazo, degolló a su gemelo, y apuñaló luego su pecho, por si acaso. No podía permitir que ese hijo de las tinieblas contaminara su alma ni la de otros seres de luz igual que él, con sus siniestras palabras. No podía permitirlo.

Al acabar el sangriento acto, Jurgen, seguro de que el cuerpo de Rodrigo Jerez carecía de vida, sustrajo su billetera y la cambió con la suya. Lo mismo hizo con las llaves del hotel y todas sus identificaciones.

Aquella noche, el noticiero de las nueve anunciaba el hallazgo del cadáver de Jurgen Øhmlin, mientras el alma inmortal de Rodrigo Jerez era investida de poder en el mundo demoníaco al que pertenecía.

FIN.

 

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