TETRAMENTIS / Un Feto Llegado de Otro Planeta

Morgan Vicconius Zariah

La noche iba siendo iluminada por las secreciones de aullidos que eructaba la Luna. La palidez azul del cielo fue interrumpida por destellos rojizos que parecían estallar en la atmósfera; tornándola de un tono sanguinolento fosforescente. Mares de miradas se perdieron en el cielo, buscando cosas curiosas, buscando espantosas emociones.

Esta Aldea de ensoñaciones, estaba bajo los encantamientos hace tiempo proferidos por antiguas entidades, que precedían los tiempos humanos. Entidades que se dice eran de más allá  de las esferas y mantenían oculta la aldea para sus oscuros propósitos. Todos los aldeanos miraron hacia el cielo aquella noche, esa noche que el cielo parecía querer revelar una verdad que el tiempo daría a conocer. Un extraño meteoro circundó todo el cielo hasta caer en el bosque con un estruendo infernal. A los pocos meses donde había caído el meteoro un árbol había crecido, frondoso, y bajo su sombra un raro frescor habitaba. Un frescor que ensoñaba y adormecía. Las ramas eran extremadamente verdes y expelían un olor  fuerte, que hacía recordar cosas no vividas a todas aquellas personas que allí se posaban.  Este árbol se parecía a los pinos. En su grueso tronco se hacían adivinar dos abultadas asperezas en cada lado. Los lados del tronco brotado se asemejaban artísticamente a dos caras, dos caras proporcionalmente iguales. Ese árbol captó por mucho tiempo la curiosidad de los aldeanos, que posaban curiosos las manos acariciando esta obra de arte natural, llegada desde unos confines que nadie había imaginado.

Después de cierto tiempo todo fue olvidado, nadie visitaba más el bosque y el árbol. Sólo dos niños empezaron a pasearse solos. Haciendo de las sombras del árbol su estadía más agradable. Los niños tenían ocho años y sus nombres eran Obath e Isary. Ambos eran ensimismados y meditativos. Ambos se pasaban horas enteras con la mirada perdida hacia el cielo. Las madres intuían una oculta inteligencia bajo el silencio. En uno de sus paseos mañaneros por el bosque se conocieron ambos, cada uno vivía de un lado del bosque. Al verse, vieron su siniestro parecido, Isary la niña y Obath el niño. El pelo azabache y lacio y su tez blanquecina y sus ojos negros. Ambos se perdieron en su oscura hermosura. Sus almas se entrelazaron con un candor gemelo tan ardiente, que en medio del bosque y a su temprana edad, le entraron ganas de copular, de beber cada uno del otro, como si ambos fueran una sola alma. Sus pequeños labios se besaron bajo el árbol, desnudaron instintivamente sus cuerpos y se acariciaron sin hablar. Después de copular recordaron una misión y hablaron en un idioma que ambos entendían. Después de abrazarse y darse un beso decían en su idioma: ya debemos hermanarnos, ¡uno solo! Alma Andrógina.

Cada uno se paró de un lado de la cara que la naturaleza había dibujado en el árbol para este propósito. La altura de ambos era igual a la de las caras. Obath puso la cara en el rostro derecho, e Isary en el izquierdo. Pronto el árbol los empezó a absorber por el hueco de la boca. Se empezaron a desintegrar como si fueran un alimento líquido del árbol, hasta que unos pocos instantes eran ya parte del árbol que alimentaba bajo sus raíces una especie de feto hermafrodita, que estaba preparado para nacer. En estos instantes las madres de los niños murieron de fuertes dolores de parto, escuchando en este extraño idioma que de alguna forma también entendieron, estas crípticas palabras: Uno solo, uno solo, alma andrógina.

Los aldeanos emprendieron la búsqueda de los niños que de alguna forma y sin ellos saberlo eran un solo ser. Al llegar al bosque se percataron de que el árbol de las dos caras ya no estaba, había desaparecido sin dejar rastro, y eso los horrorizó en demasía. Mas no se dieron cuenta que bajo sus pies estaba creciendo como un capullo cósmico, un hijo de alguna raza estelar, que se puede reproducir por un solo ser, y que algún día puede invadir nuestros dominios, para hacerse con este planeta. Esta raza quien sabe a qué humanoides y a qué planeta ya derruido pertenezca. Esta raza que ahora acecha bajo la tierra hasta abrir los ojos.

FIN.

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