ALTERECOS 4.D / Destellos de Sangre

Toda la vida la sombra de una obsesión ha tendido su oscura túnica sobre mis pensamientos: Ser un asesino en serie. Pero la impotencia de crear elementos que hagan de esta ilusión un criminal original terminó matándola a ella. Hasta el momento su osamenta yace inerte entre los densos susurros de un trigal, en espera de que cruce la víctima perfecta en el frío yermo de la noche. Nunca es la joven mujer embarazada que siempre me obsesionó: una gran cruz en el vientre abierto y una vela sobre el corazón del feto; nunca es el empresario adinerado y su horca de papel moneda presionándole su cuello descuartizado; nunca es mi Madre, nunca es Dios, nunca es el Diablo. Siempre soy yo mismo el que cruza por el ensangrentado sendero, siempre es mi presencia la que le otorga vitalidad al esqueleto de mi cruel ilusión, siempre es a mí al que destroza con la navaja.

Pero del fracaso sistemático surge una voluntad que encierra un destino. Me cuesta creer que mi ilusión hastiada del ordinario crimen de destrozarme una y otra vez, aún tenga la esperanza de ver una víctima diferente traspasar hacia su último momento. Si no es así, entonces, ¿por qué continúo olfateando cada instante en los que se conciben pensamientos asesinos de un extremo a otro del mundo? Un gran sanatorio de fracasados espermas espirituales que aún no han podido penetrar el óvulo de la tierra, para concebir una nueva armonía, o cuando menos, el último olvido… Eso somos. Quiero ser el elegido que le  estimule a  la locura colectiva de la humanidad una masturbación suicida.

Mis desvaríos de divinidad son los hados que exhalan mis deseos, estoy llamado a purificar el orbe terrestre y no de ratas y cucarachas. Estoy llamado a escupir sobre la tierra en presencia de todos. Que se convenzan del sincero evangelio que les traigo, cuando vean brotar de mi saliva rosas que apenas se abran al rocío salgan a pasear en bicicletas de fuego. Que las vean alejarse desnudas y alegres, hiriendo con sus espinas las nieblas púrpuras de la angustia colectiva. La gloria dorada del alma humana ha enmudecido. Yo seré quien se adelante valientemente con mi rostro vuelto hacia la matriz del tiempo; para ofrendarle las vestimentas de mi sombra para que cubra su decadente desnudez.

Ante el espejo ritual contemplo el brillo macabro de mis ojos, encendido por los demonios de fuego que reflexionan detrás de ellos. El espejo es de vastas proporciones y refleja toda la parte contrapuesta de la habitación, que no es más que el hermoso tapiz de cráneos humanos que cubre la pared. Todos guardan en su seno los restos más puro de la vida y el pensamiento. Iluminados por cada una de la velas que dentro de ellos guían con su luz la caducidad de una vida carente de espiritualidad. También se refleja el gran altar de madera de encina, salvaguardando la fortaleza de mis pensamientos asesinos. Y claro… El cuchillo: relámpago divino que estimula con su sola presencia mi sagrada misión. sin temor alguno he transitado la dimensión de su hoja para llegar al santuario donde reinan mis instintos primitivos.

Aún recuerdo la revelación mística que me provocó su encuentro. Ya para mi adolescencia la escuela me resultaba completamente hostil: Educación para cadáveres. Tal era mi lema en contra de la enseñanza oficial. La familia no estaba en una mejor posición y por extensión la vida misma. Mi hábito más recurrente era emprender largas caminatas por terrenos inhóspitos, allende el calor humano. Sólo bosques y sabanas, sabanas y valles, valles y montañas. En una ocasión mis pasos habían dejado el día atrás y avanzaban con el deseo de que la creciente lunar postrara el paraíso a mis pies. Mi ruta sin ningún fin, se perdía diminuta sobre la corta hierba de una sabana gigantesca. No había nada al alcance de mi vista que no fuera la gruesa alfombra de hierbas adornada de margaritas. Excepto un árbol, que parecía atraer sobre sí toda la luz de la luna. Era bastante alto para su especie… Una Encina descomunal. En medio de su tronco un destello de luz se imponía al de la luna, me acerqué… y ahí estaba: la corona de todos los macabros pensamientos de aquél día; el báculo en el cual a partir de ese instante se apoyaría mi fe escarlata, sostén del poder divino en su ciclo de destrucción, y futura espiral de la energía creadora.

Y este cuchillo, don de mi Hades Personal, también  se refleja claramente en todo su esplendor en el espejo, justo en el centro del altar concebido para él con la madera del árbol que lo llevó en su seno. Todo de plata, desde la punta de su hoja hasta el canto de su mango. El espejo refleja claramente los destellos rojizos que emanan de la pequeña leyenda en su centro; esos que atraviesan la densidad plateada que exhala el cuchillo para recordarme mi destino: Abreq ad Habra. ¿Mi misión? Enviar mi rayo espiritual hasta la muerte. Y esta noche es excelente para esta causa.

No hay nada más asqueante y al mismo tiempo tan maduro para una siega de vidas felices como la víspera de Fiestas Patrióticas en un pueblo pequeño. La capacidad de asombro ante nimiedades de esos seres semi-rurales es tan extraordinaria que antes de vomitar necesariamente surgen en nuestra mente, dos o tres esperanzas con relación a la especie humana. En todas partes el colorido de las múltiples auras humanas, encendidas por el gozo colectivo, son bofetadas al odio reprimido de aquel individuo, que desde un rincón en penumbras de la Feria, observa frustrado el entusiasmo general. Esta noche yo personificaré a ese individuo.

El gato negro maulla melancólico sobre el tejado, despertando a las tinieblas de su letargo solar. Maulla insistentemente mientras desciende al pie de mi ventana. Me mira fijamente, e inicia sus poéticos maullidos como apremiándome a la obra. Mientras se aleja perdiéndose en el bosque seco, sus lamentos se confunden con la resonancia de cada campanada. Son débiles ahora, y se hacen más imperceptibles a medida que van abismándose en la bóveda celeste a través de la oquedad de la campana. Los últimos ecos tiernos de sus maullidos penetran el sonido siniestro de la campana, para desgarrar con sus uñas mi retraso. Así que no hay tiempo que perder… La sangre me espera.

La noche esplendorosa se desploma pesada como un cadáver, para despejar las brumas que obstruyen el vuelo de mis deseos. Entonces, se alza y tiende una mano solidaria hacia el sepulcro que cautiva mi libertad. Todo es como un sueño de azufre en el que mi espíritu va ascendiendo unos peldaños de órganos humanos mutilados. Una evolución de mi alma hacia la habitación abovedada del cosmos sustentada en la satisfacción de mis instintos asesinos. Me detengo nostálgico en el peldaño de mi inconsciente todo hecho de entrañas destrozadas; luego el peldaño de mis emociones forrado con pieles de niños; luego viene el peldaño de mi imaginación plagado de cerebros en descomposición. En este domina lo femenino. Otro peldaño más y es como deslizarse por un círculo que me trae nuevamente al terreno de mi prístina intuición. Un sorbo más de azufre por la nariz y el sueño acaba perdiéndose en una muchedumbre humana.

En el lugar donde debía estar el último peldaño previo a la trascendencia, interpreta una música pusilánime y podrida de disonancias la pequeña orquesta municipal del heroico Cuerpo de Bomberos. ¿Niños? Los hay por todas partes. Los unos llevan globos de colores, los otros golosinas, sombreritos o juguetes; los más osados llevan rasguños y heridas. Cuerdas pobladas de banderillas de colores se extienden de un árbol a otro por todo el espacio del parque. Luces azules, verdes, rojas y amarillas crean un arcoíris de esperanza por el que se deslizan las prostitutas, drogadictos y borrachos. Toda la escena me provoca tanta repugnancia que me es imposible tragar mi propia saliva. Ciertas personas me saludan con amabilidad. Al parecer sólo la luz de la luna presiente mis intenciones asesinas. Sólo ella sondea con su macabra languidez las ideas más oscuras de mi Ser. Sujeto el cuchillo con ambas manos y un sudor hirviendo comienza a brotar en todo mi cuerpo: «Eres tú mi fiel aliado quien ha de elegir la vida, la sangre y el alma que debo engullir esta noche, gira sobre la punta de mi dedo y no me hagas esperar: Abreq ad Habra.»

Los giros han cesado. Apenas se detiene el cuchillo y el destello escarlata se dispara cual mortífero rayo en busca de su destino… Nuestra víctima. Va delante guiándome,tomando posesión de las moléculas del aire frío de la noche, hasta que al fin se disipa entre la sonrisa de alguien. Es una sonrisa hermosa, infantil y llena de vida… ¡No esperaba un alma de tal magnitud! Es pura, me lo dice mi intuición criminal. En sus ojos reina la alegría de la sencillez. El amor a las cosas esenciales lo hacen brillar… ¡Oh, qué rosada es su Aura!… ¡Qué blanca su dentadura!

—Genial elección. Estar al lado de una fuente mientras escuchas música. Los espíritus invisibles del agua purifican la música… no importa si es un simulacro de guerra como ésta.

—¿Qué quieres decir?… ¡Qué la música es horrible!

—¡Espantosa!

—¿Y de cuáles espíritus hablas? Así defines el H2O. Que extraño eres… para ser un humano.

—No princesa, no me refiero al H2O. Hablo del alma del agua, su esencia, entiendes, y de seres espirituales como las Ondinas, que hacen de esa esencia su elemento vital. El agua es su mundo, al igual que para nosotros lo es todo lo que nos rodea. Para nosotros es vida porque la tomamos y calma nuestra sed; nos bañamos y nos purifica física y espiritualmente. Para esos seres es más que eso, es su mundo. Por esa razón debemos amar y cuidar el agua, respetarla como un ente vivo. Por nosotros y por esos tiernos seres que te están protegiendo de la pestilencia sonora que propaga la banda municipal.

—Sabes mucho. ¿Acaso lees algo más que Historia Patria y la Biblia?

—Ven, acompáñame. Te diré mi nombre, también la forma en la que puedes invocar a las Ondinas del agua. Sabes, ellas pueden purificar a tal punto el agua que te bebes y con la que te bañas que siempre gozarás de eterna juventud y belleza sobrenatural. ¿No dijiste tú misma que no parecía humano? La clave para ello son las Ondinas bondadosas. Pero para que su magia vibre con tu cuerpo, tienes que purificarte el espíritu… y yo te mostraré cómo. Acompáñame al bosquecillo de álamos al otro extremo del parque. Es un escenario natural, idóneo para… rejuvenecerte.

De nuevo ante el espejo de vastas proporciones, ¿qué se refleja? Entre el espíritu de vida de los álamos la muerte de una joven y su ingenuidad. Su vanidad también. ¿Eterna juventud? ¿Por qué la deseabas? ¿Aquí en este planeta, que se devora a sí mismo? Hay que ser muy estúpido para tal deseo. Tú lo fuiste hermosa princesa sin vida, sin sangre, sin alma. Mañana al amanecer alguien encontrará tu cuerpo sin cabeza, y las oraciones para invocar a las Ondinas —que no llegaste a aprender—, escritas con mi cuchillo sobre tu cuerpo. Nadie las comprenderá, pues es ideografía del lado oscuro de la luna. No estarás sola. Del estanque cercano saldrán las Ondinas para entonar cánticos que tu alma entenderá, aunque no celebrará por la falta de energía. La energía es mía ahora. Para tí, sólo el hermoso reflejo de la luna sobre el estanque y el follaje de los álamos. Vida natural, verdor y júbilo de grillos. Todo para tí, que yaces inerte sobre la hojarasca que te sostiene tan paciente y resignada, como la sangre muerta que medita silenciosa en tus venas.

¿Qué se refleja en el espejo? Una cabeza más abrasándose en el fuego purificador con madera de encina ennegrecida por el rayo divino de Zeus. Otro cráneo para el tapizado. El cuchillo también vive en el reflejo y fuera de él. La sangre sobre su hoja no gotea porque él la bebe con avidez. Por cada gota que absorbe más brilla el destello escarlata. Ante el espejo también estoy yo con mi copa rebosante de sangre fresca: ¡Energía, Vida, Alucinación y Trascendencia! La sangre apasionada, mediadora entre el hombre y las potencias que se elevan por encima de él. Mi destino terrestre tiene su recompensa en tí. Y claro, por tí mataría. Aún te preguntas, ¡oh profeta! «¿Quién es ese que viene de Edon y Bosra con las vestiduras manchadas de sangre?» Soy yo, quien viene de la vendimia roja, en otra jornada más de purificación, y ya he dicho, no de ratas y cucarachas. ¿Qué es toda esa luz que se refleja en el espejo; que se levanta como un sol apocalíptico detrás de mí? Son los Destellos de Sangre que brotan jubilosos de los cráneos sacrificados… Hasta la próxima vendimia.

Odilius Vlak.

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