TETRAMENTIS / El Fuego Secreto

Morgan Vicconius Zariah

El Cuerpo Astral recorre el túnel grimoso del miedo. Todos los abismos están alineados, formando una extraña y etérea escalera en espiral por donde peregrinará mi alma. En su peregrinación beberá todo oscuro secreto, mientras desciende o asciende, en este cuántico viaje. En la espiral abandonará la humanidad en cada vértigo. Dejará toda forma, todo beso, todo cuerpo, toda emoción, mientras se acerca a una llama cálida y espectral.

Arden las antorchas en el templo interior donde ahora me dirijo. La oscura gruta empieza a iluminarse al acercarme a una puerta sagrada donde está inscrito mi nombre secreto, que también vive con fuego. Allí está dibujada la forma interior de Mi Estrella. Una estrella que ha ardido desde el principio de los siglos, esperando de alguna forma mi misterioso regreso.

¡Has de recorrer muchas vidas, muchas formas! ¡Has de conocer los secretos de las almas! Deberás beber el candor del amor, y que corra por tus venas el veneno de las desilusiones. Que la traición bese tus mejillas en cada amanecer, para que recuerdes vivamente su calor secreto; pues su fuego siempre tiene un propósito, hace motivaciones y caminos; marca historias en los anaqueles del alma. Que sea grata al espíritu cada visión. Que el frío traiga consigo los secretos de la muerte, y cada estación te enseñe sus matices. Pues, aquí te espero, mientras forjas tus cuerpos con fuego, en el horno de la realidad. Que te regocije todo lo que arda por encima o por debajo, sea ya Estrella, Volcan, o Infierno; sea ya emociones hirvientes y misteriosas que no dejan de quemar tus entrañas. Así decía la Estrella en un susurro, mientras yo en forma de un animal de luz, hacía arder la paredes de la espiral en un trance místico.

Atravesando la puerta del templo interior, brotaron de mis labios tres palabras, que hicieron acceder a mi alma a esta morada. Las antorchas escupieron siete cuerpos de fuego, los cuales sentí emanados de mi propio abismo, pero ya convertidos en llamas. Los siete cuerpos, fueron forjados a mi propia imagen, el corazón me enseñó que cada uno era un propio universo, un propio Yo; que ya dominaban los fluidos ígneos de cada átomo. Cada cuerpo había desencadenado y abierto las erupciones prometeicas del alma. Su fuego flamígero se había impuesto a sus antiguas y embrionarias visiones. Todos los recuerdos del recorrer en la rueda de las reencarnaciones, era el combustible, que ahora, incendiaba los cuerpos. ¡Fui poseedor de visiones! Visiones que ya pertenecían a otro ciclo y otro estado dimensional. La iluminación que se encendía en mi cabeza, era superior a todas aquellas que se consiguen en el mundo de los vivos. Pues, descifra secretos mucho más remotos, y su doctrina no es para aquello que posea carne sobre sus huesos. Ningún cuerpo físico que no tenga un alma que halla ardido en el infierno de muchas vidas, podría soportar la inserción de siete cuerpos flamígeros, que descienden al interior por la glándula pineal.

En la morada donde me encontraba, cuatro guardianes postrados, cada uno en posición cardinal, extendieron hacia adelante sus luminosas y cristalinas alas hasta mi cuerpo. Para fijar así la energía ardiente que fluía por todo el recinto. Al terminar el acto, por la puerta que daba al Norte Cósmico, se vio aparecer un tierno y hermoso niño como de cinco años; su blanca tez y negro pelo, irradiaban de una misteriosa manera una inocencia que refrescaba el interior de mis llamas recién nacidas, al acercarse a mí me dijo:

—Te he estado esperando desde siempre. Soy tu Estrella, ¡tuya soy! Soy tu todo. Tu Mónada te ha guiado hasta a mí para que trajeras el fuego con el que ha de arder la Estrella. Pues desde el tiempo que has partido, su fuego ha empezado a menguar y su gran luz a palidecer. Ven, !arde!, soy tú, tú eres yo… Somos fuego.

—Que así sea, ya soy fuego y debo arder en el árbol de tu inocencia gran tododije en un místico arrebato.

El Niño sorbió para sus adentros los cuerpos que eran un solo cuerpo, eran el alma del fuego. La estrella avivó sus llamas que arderán por siempre en el interior de cada maestro que deambula en la rueda, buscando el Fuego Secreto, en cada espiritual amanecer.

FIN.

 

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