ALTERECOS 4.D / Ladridos Sepulcrales

Es extraño. Pero desde que en mi interior una voz me predica el santo evangelio de la psicosis, hechos horribles pululan alrededor de mi existencia y la de mis seres cercanos. Cuando cierro mis ojos, sombras carroñeras huyen como ratas de mí; dejando al descubierto el planeta reflejado en los ojos huecos de una calavera. Mis huesos sienten a cada instante su persistente mirada, a veces creo que me contempla solamente a mí. Que esa calavera de un dios vengativo, envía su mirada mercenaria a través de los insondables espacios del cosmos para apuñalar los fríos pensamientos de mis pasos. No soy el único con ese privilegio, ya mi amigo¡demonios!… el autismo tiene su precio. Mientras la rueda siga girando será así. He pisado el excremento baboso de un perro: insignificante heraldo del tiempo; mendigo siempre dispuesto a cumplir con el retraso que él se empeña siempre en obsequiarnos. ¡Mis botas nuevas! Obra maestra del anciano monje-guerrero con la cruz que gira sobre su pecho… ungidas de esta manera. Es reciente, aunque no diviso al perro. Cuando menos me aliviaría limpiar mis botas en su supuesta fidelidad.

Este pequeño accidente me ha permitido recuperar un poco mi noción del espacio. Estoy ante los límites del cementerio. Todo mi Ser, al igual que estas flores, son para él; para su tumba aún fresca como las flores. Se suicidó hace dos días. Al parecer cayó en un estado de profunda melancolía desde que su perro lo abandonó. Siempre me decía que ese perro era una porción de su alma maldita; fragmentada a través de innumerables vidas, en las que dedicó su energía a esmaltar la oscuridad. Inició el proceso de recuperación de porciones perdidas de su Alma Madre, poseedoras de vitalidad propia, hace unas cuatro vidas. En ésta, la quinta vida en la búsqueda, «¡La punta inferior del pentagrama invertido!» —según sus palabras—, era un pintor misterioso y demoniaco. Su ritual era majestuoso y repulsivo a la vez. Su empleo de sangre, huesos y entrañas humanas como material creativo, sólo era el símbolo de su voluntad obsesionada con captar visualmente los pensamientos de las estancias más oscuras del universo.

Pero no estaba conforme. Necesitaba sumergirse más en los abismos clandestinos que conectan las dimensiones. Su impotencia para lograr ésta ambición fáustica era el resultado de carecer de la última porción de su alma, que pulula solitaria en alguna parte del espectro dimensional. Sólo tenía una última esperanza y era que esa porción haya encarnado en estas tres dimensiones. Este presentimiento fascinante tomaba cada día más dominio de él, hasta el punto de trazar con su energía lunar toda la lobreguez de su esencia en los rasgos físicos de mi amigo. Éste no era más que una alta figura famélica de tez espeluznantemente lívida. Su sonrisa le daba voz a los resentimientos del fuego en cautiverio, y sus ojos… ¡ah, esos ojos!, con un brillo que proyectaba las sombras de los fantasmas. Su mirada era el pináculo de las virtudes infernales. Por alguna extraña vibración energética sabía que no tenía que buscar la porción restante de su alma, pues ésta lo buscaría a él. También sabía que esa porción no había reencarnado en humanos, minerales o animales acuáticos. Por la naturaleza de su Ser, nunca se molestó en pensar que un buen día una blanca paloma se posaría en los párpados de su ventana, ¡no!, sabía qué tipo de animales esperar.

Una noche, cegada por la luz intensa de la luna, escuchó mientras pintaba, unos extraños ladridos. No reparó en ellos hasta darse cuenta de que mientras más audibles se hacían, más claro podía ver las oscuras visiones del planeta Urano que en ese momento trataba de plasmar en el lienzo. Mientras más se concentraba en esos lamentos, más fiel se le aparecía el esplendor visual de un oscuro mago uraniano. Se levantó excitado por su certera intuición. Al salir de su cabaña, entre los peñascos de mármol negro en los linderos de un bosque, buscó esa parte de sí mismo que tanto esperaba… y la encontró. Efectivamente, justo al pie de un gigantesco tejo yacía un colosal perro, aunque en un estado enfermizo. Pese a lo cadavérica de su figura su pelaje negro mantenía ese brillo, que reflejaba la luz de una estrella lejana, antro de hechiceros proscritos. Para salvarlo, sólo una cosa funcionaba: el sacrificio de toda su familia para alimentar al perro. Pues para darle vida a aquello que constituye un vínculo con tu parte eterna, hay que sacrificar todo lo que pertenezca al tiempo irrisorio de una vida terrenal. Y la familia no representaba otra cosa. Con un hacha preparó el luctuoso banquete, que incluía a su Padre, Madre y Hermanos. Pequeño precio por la posesión de las alas de aquel mítico murciélago que… Renace eternamente de su sangre coagulada.

A partir de ese momento, a medida que el perro recuperaba su vitalidad, el arte oscuro de mi amigo cobró vida propia. Sus pinturas eran paisajes estelares sobre el aliento contenido de un cadáver. Imágenes únicas, apoteosis de todo lo subversivo en el universo. Desde la alineación alucinante de Mercurio en el mausoleo de Géminis, hasta los vapores fosforescentes al fondo de un hoyo negro. Y la clave para todo ello eran esos ladridos sobrecogedores. Que inspiraban en la imaginación un sonido semejante al producido cuando se mastican los huesos calcinados de un anciano con una dentadura de cristal; pero con infinitos ecos que inundan todo el Ser. Así marchaba todo hasta hace cuatro días, cuando el perro desapareció, llevándose consigo otra vez esa porción tan vital del alma de mi amigo. «Que lástimale dije una vez—, que la asimilación de ese fragmento de alma no se efectúe por medio del sacrificio del ente que la alberga». «¡No!me contestó—, es por medio de la vibración. Ella es una parte de mí, sí, pero con personalidad propia y sus propias virtudes, luciferinamente hablando claro está. El hecho de que sea un animal le da otras características al proceso, ya que por su naturaleza está dotado de canales más finos, y sentidos que pueden percibir los mundos invisibles más fáciles que los humanos. Es una unión de vida amigo, saciarme de la energía y el conocimiento que esa parte de mi alma ha adquirido en largas vidas

Ante los primeros dominios del cementerio me encuentro. Único entre sus escasos amigos que ha decidido intensificar los ecos de sus tenebrosos principios. Pues para todos fue un mal augurio ver las llamas de las velas apagarse durante el funeral, dejando la senda de la turbada alma a oscuras, en pleno inicio del viaje. Entonces desde el fondo del caos meditado de la oscuridad, una voz espeluznante y atormentada inundó con una marea de lamentos la habitación: «¡Nooo!, los gritos de mi alma en los tormentos del infierno serán de alegría. Con regocijo me abrigaré con las túnicas de fuego… me protegerán del frío aterrador de la vida terrenal… ¡aaaah!». Ahí mismo fue la huida, el llanto, el crujir de dientes y huesos, y del terror dominante. Como una multitud de murciélagos irrumpen en la noche amortajada de nubes grises desde sus cavernas húmedas, así, todos los que estábamos en la habitación corrimos despavoridos hacia la luz exterior de la luna… Incluso yo.

Un extenso bosque de fúnebres cipreses, al pie de los cuales se hallan cada una de las tumbas heréticas, constituye todo el cuerpo del cementerio. Sujetas a las emblemáticas raíces las almas son entregadas a la divinidad infernal. No hay tierra ni pasto; sólo una vasta alfombra de cenizas mortuorias sostienen mis pasos. Bajo la mirada inerte de la luna llena, la escena bien podría ser uno de los cuadros del difunto. Los Cipreses decrépitos están separados uno de otro por varios metros, otorgándole un mayor campo a mi visión. Las losas sepulcrales están carcomidas por la furia desafiante de las almas condenadas. Camino despacio por la inmensa sabana de cenizas, plateadas por el lamido de la luna. Aquí y allá se encuentran hordas de buitres devorando algún cuerpo, que el terror de sus familiares no les permitió sepultarlo al pie de un ciprés.

Mis pasos avanzan incansables, a través de la fusión elemental de la niebla que se alza tenue, para darle reposo con su oscurecimiento a los cambios evolutivos. Me interrumpen también las pegajosas telas que las arañas tejen con agresivo instinto, atrapando junto con mi psiquis las fases lunares… quizás estén tejiendo también mi destino. Desde la espesura de la noche, cientos de ojos de sapos, envían las dagas de sus miradas frías para desgarrar mi envoltura astral y absorber mi energía… ¡Abominable forma de vampirismo! Pero ya se yergue imponente la tumba, en la cual reposa el canalizador de estremecimientos celestes. Aunque sus despojos están sobre ella, junto a una enorme sombra.

El Perro maldito. Esa porción traicionera de su alma. Aquí está frente a mí, enarbolando una negrura que hace tropezar la noche.  Sus ojos grises y nublados por los narcóticos de la muerte, sólo son iluminados por los rayos centelleantes de sus nefastos presagios. Me acercaré sin ningún temor, no me atacará, pues sólo devora los huesos fríos, huérfanos del calor del alma. Al parecer los ha estado desenterrando todos, pues los montículos se alzan al pie de muchos cipreses. Está postrado pacientemente sobre la tumba de su amo, en espera de que los gusanos de fuego calcinen la carne en descomposición. Que escena más triste y fascinante. Con apenas dos días de muerto, sólo queda adherida a los huesos de sus piernas una pequeña porción de carne. También los huesos amargos, que eran rejas para las almas condenadas, han aumentado el tamaño del perro hasta adquirir dimensiones colosales. Las flores que he traído, se hunden derruidas en el lago de baba ácida, que ha hecho del montículo fúnebre una isla consagrada a sus ritos. Ahora es él quien absorberá la personalidad del alma de su amo. Súbdito de los hados oscuros, ha cumplido fielmente su misión: La porción proscrita del Alma Madre, la ha devorado a Ella… ¡Ahora Él es el todo!

Me retiro sin volver la vista atrás. Alejándome de este refugio de huéspedes insatisfechos, distante del mundo de los que aún suspiran¡demonios el excremento de nuevo! Es un enigma del perro, y es para mí. El olor fétido despierta en mí un extraño amor hacia él. Presiento su fidelidad. Ya no dudo de que la última morada de mis huesos será su estómago. Me lo advirtió el aciano monje-guerrero con la cruz que gira sobre su pecho: «Lo vi en mis sueños, pasos inseguros de un vivo dirigidos hacia la sólida decisión de un muerto. Si se manchan una vez con el excremento de un perro, esos pasos seguirán dibujando con sus andanzas el laberinto que cautivará tu alma en este planeta. Hijo mío, si tus pasos se manchan dos veces con el mismo excremento, no os preocupéis, pues pronto el reino de espinas que hieren almas, acogerá la tuya». Y claro, no quiero que ese reino esté en un cementerio de redimidos. Descansaré en este cementerio de suicidas. Que mis huesos se hermanen en la estancia estomacal del Perro Negro con los de mi amigo y los demás condenados. Juntos, brindaremos con los infernales jugos gástricos de nuestro sepulcro mientras nos devoran. Y nos uniremos en sus cavernas intestinales en un solo pensamiento. Para así devenir, en algún oscuro sendero, en el excremento que presagie el oscuro destino de otro Ser, cuya mirada intenta saltar el muro de estas tres dimensiones… ¡Sí, que todo fluya!

Odilius Vlak.

 

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