ALTERECOS 4.D / Fuego en los Recuerdos de un Cadáver

Aquellas tumbas. ¿Por qué se disipan en los vapores que emanan en la ardiente saliva que creo escupir? Una y otra vez, mis recuerdos han intentado profanar la tumba donde solía descansar; pero todo ha sido en vano, el esfuerzo una vez más resultó inútil y son gusanos que necesitan alimentarse. Siento mi alma encallarse en las grietas podridas de mi paladar… ¡Ya regresan!

Me torturan. El infierno es seguir soñando en la muerte con todos los instantes de la vida. No quiero recordar, pero mis suplicas no encuentran eco en los Demonios y Ángeles que echan a los dados la suerte de mi alma. Falta poco para revestirme de la armadura real de los huesos, y en todo este trayecto, entre la palidez verdosa del cuerpo recién fallecido hasta la palidez blanquecina de los huesos, no han cesado los recuerdos. Es como si el polvo rígido de antiguas voces sepultadas en la vida, se mezclara con el polvo de mis huesos para seguir susurrándome la maldita ilusión que acabo de esquivar con una soga… cuyas huellas han borrado los gusanos de mi cuello. Me parece regresar nuevamente a la vida, junto con las huellas que van dejando las sombras que me han sepultado. ¿Eres tú Madre? No distingo ni familiares, ni amigos. Son sólo sombras que en vano intento traspasar; para que el sol de la intuición proyecte sus cuerpos físicos sobre las tumbas y caminos empedrados. Sus almas están sumergidas en lo profundo de las sombras de sus vidas. También sus sentimientos hacia mí. Ni siquiera mi madre tiene un sentimiento de dolor diferente. No me extraña que desde esta dimensión, la soledad aparezca como un punto luminoso.

Ya no sigo las sombras. A mi alrededor sólo una habitación y un momento de gloria. Fue aquí donde sacrifiqué mi vida como la más sagrada ofrenda al destino. Estos recuerdos son un infierno incluso para los gusanos. El sacrificio no fue puro. Ahora que los recuerdos me hacen regresar, veo larvas entre los anhelos de mi alma. Mi sed del Más Allá no la provocó sólo el agotador viaje a través de mi mente. Mi madre, no quiero ver otra vez sus lágrimas; si tan solo apagaran las llamas de mis recuerdos. En realidad son una fuente de energía más, de la que se nutren para intensificar mis tormentos. Soy una pequeña partícula de algodón en medio de un valle de espinas rodeado por montañas de hierro.

Allí vienen las lágrimas de mi Madre, vertidas en mi infancia. Descienden como la sangre ácida de un Demonio por los surcos herrumbrados de las montañas de hierro. Yo la contemplo anonadado desde un rincón oscuro de la casa; estoy presente en su sufrimiento, también mi Padre. Sólo allí estuvo presente. La abandonó. Tras él se fue la vida de ella y también mi infancia. ¡Ah Muerte! En ese momento entre los sollozos de mi Madre, distinguí claramente la promesa de tu consuelo. Pero no lo has hecho. Soñaba con la estrecha intimidad de esta tumba. En su oscuridad helada veía un refugio más seguro que la misma demencia. Pero una vez dentro, sólo visiones desgraciadas se filtran con la lentitud de un veneno dentro de mi paladar. ¡Me queman! Si tan solo contara con el espacio suficiente, mi alma convulsionada se desahogaría estrellando contra los muros de la tumba los despojos malditos. Pero tengo que saborear los ardientes recuerdos… impotente. Allí vienen nuevamente.

Ese niño que llora en la soledad de un aula escolar. Para algunos seres, incluso las burlas y la intolerancia padecidas en sus primeros años, le anticipan a su alma que la vida, cuando se es diferente, es un prolongado sufrimiento. No es el infierno, ¡no!… Es ser un paria en el paraíso. Decidí vivir alejado del sistema paradisíaco terrestre y perderme entre el infierno del bajo mundo. ¡Arde recuerdo, quémame!… Tu amargura me es grata. Desciende fuego por mi paladar, ¡libre! Como el cuerpo sin vida que se arroja por el acantilado.

Y ese cuerpo continúa rodando. Me es familiar. Arrastra consigo mi adolescencia. Fue aquél Sacerdote que asesinamos. Camino por calles oscuras y angostas, junto a la persona que me enseñó la Amistad, las Drogas y el Crimen. Es una pequeña iglesia rural. Lo asesinamos por compasión a su alma, antes de que se pudriera en el estercolero de sus principios. El hacha se hundió justo en medio de su pecho. Mis manos la guiaron. Rodo intentando exhalar una palabra que probablemente hubiera sido ¡Dios!, o, ¡malditos! La palabra se ahogó en las aguas de la pila bautismal en donde fue a parar. Siempre me inquietó algo. ¿Por qué el crucifijo que colgaba sobre su pecho no sucumbió al filo del hacha? Lo tomé y ahora arde al rojo vivo sobre el pantano de gusanos que es mi pecho. Es una pequeña lumbre que intenta iluminar mi alma por el sendero de una extraña salvación. Pero se ahoga en la oscura firmeza de mis principios. Incluso en el seno de la tumba… ¡No me arrepiento!

Los recuerdos continúan su asedio. Van de un momento a otro de mi vida, vampirizando la energía de mi alma. Ésta está lejos ahora. Pero yo aún siento los muros fríos del sepulcro. Soy la parte obsesiva de su personalidad, abandonada a la adicción de los recuerdos de una vida maldita, aún demasiado cerca… Soy como un caracol resurrecto que lleva a lomos su propia tumba.

Los recuerdos de fuego serán eternos. Lloverán en una espiral ardiente sobre mi paladar mientras existan mis huesos. Por el momento, mi paladar está aliviado porque sólo los gusanos lo devoran. Amanece. El recuerdo más desgraciado es póstumo. Nadie leyó la nota en la cual escribí mi deseo de ser incinerado. El maldito gato que me encontró primero, comenzó a devorar mi cuerpo rígido, por la mano que empuñaba la nota. Tuvo que ser él. El único Ser que amé en la vida. Herramienta siniestra del Archidemonio de mi Guarda para hacer de lo que consideraba mi libertad, una condena.

Intuyo las promesas violetas de la aurora. Alguien colocará flores marchitas sobre mi tumba y susurrará un extraño epitafio que no escribí: «Eres nuestro, somos tuyo, la vida es un matrimonio intenso e imperecedero cuando los lazos que nos unen a Ella están santificados por los tormentos.»

Aquellas tumbas se concentran en mármol humedecido y en granito desteñido. Percibo el canto matinal de las aves entre los grandes cipreses… ¡ah!… También un ronroneo estremecedor, cuyos ecos se estrellan en cada una de las tumbas. Las Tumbas… ¡Cuán numerosas son! Y pensar que ellas simbolizan los recuerdos que tendré al anochecer. ¡Excelente! Soy un buen anfitrión, y ellos ya saben dónde encontrarme.

Odilius Vlak.

 

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