TETRAMENTIS / El Beso del Dragón

Morgan Vicconius Zariah

Se mecían los fuegos en inmensos mares líquidos. Las ardientes olas chocaban desafiantes en los acantilados de rocas ferrosas. Espesas nubes se veían elevarse de estas oceánicas calderas; nubes que ondulaban formando misteriosamente extrañas siluetas que se perdían en la infinitud.

Encima de las ferrosas rocas, una purpúrea torre ascendía hasta el neblinoso cielo donde se gestaban las formas, que nacían del lago de fuego. La parte superior de la torre, simulaba una porosa calavera púrpura, en cuyos ojos huecos brillaban unas llamas fantasmagóricas que cambiaban de color en sus espectros más opacos. Los vapores del lago eran sorbidos por la descarnada boca de esta calavera que adornaba la torre, al hacer esto, las llamas siniestras que acechaban tras estos huecos revivían sus lucifericas luces y un fin demoniaco se hacía sentir en esta estadía sin vida humana.

En esta meditación centrada en mis plexos más infernales, mi conciencia fue traída hasta aquí por un conjuro. Fui reclamado por este mundo de fuego que dormía tras las puertas de mi luz astral interior. Todo lo que vivía en la tierra del magma estaba hecho de fuego, humo y líquidos que quemaban mi propia visión. El bramido de las olas de fuego, era como de mil estallidos de bombas atómicas, y en cada detonación, despertaban vestigios de antiguas fuerzas universales que yacían en cada átomo.

Mi alma fue conducida hasta esta torre, donde los brillantes y cadavéricos ojos, iluminaban mi camino a través de la densa niebla que despedía el llameante océano. Dirigían estos ojos mi destino a través de la ceguera. Caminé por las duras y volcánicas rocas hasta llegar a la torre. Cuando me encontré al frente, todo el vapor que estaba condensado en el aire empezó a descender hacia la torre, formando un extenso dragón plateado con puntos escamosos de color escarlata.

El dragón que se suspendía en el aire con sus cristalinas y azufradas alas, daba vueltas en círculos alrededor de la torre a la cual se abrazó para enroscarse lenta y misteriosamente como en una danza mágica. El fuego que ardía en la calavera pasó de los ojos de hueso a la mirada del dragón, el cual me contempló con aquellos ojos llameantes que se volvían extrañamente azules y parecían sondar todos mis laberintos interiores. Su cabeza descansaba en el piso y con una voz telepática invocó mis nombres. Entendí de inmediato los misterios y escuché su voz, decía: «¡Asciende!» —y abrió su boca. Entré a ella y ascendí hasta la calavera donde una copa de huesos me esperaba en el interior. Bebí del líquido escarlata que era la sangre de aquel dragón. Pronto sentí como éste magnánimo Ser se desenroscaba y toda la torre y el océano de fuego comenzaron a formar parte de él. Mi alma quedó en un vacío cristalino donde nada existía, suspendida, sin espacio ni tiempo, todo había desparecido en un misterioso pestañar. Pero esta soledad me confortaba, la plenitud había iluminado mi conciencia después de sorber el vino de tan amable eucaristía. ¡Mi espíritu se ha consagrado!

Al instante, una cálida tormenta hizo aparición, cuando pude divisar en el vacío, el dragón batía sus alas que ahora eran de fuego. El aliento de este Ser era todo lo que formaba la estadía, y en esos instantes era la fuerza que estaba en él y, la que de alguna forma hervía en mí. Al acercarse, empezó a danzar en círculos a mí alrededor, y en unos segundos ya estaba enroscado en mi alma y también en mi cuerpo, dejando solamente libre mi cabeza. Sus extraños y azulados ojos se fijaron en los míos, y su azufrado aliento se clavaba en mi respiración. Pronto posó su boca en mis labios, e hizo penetrar su ígnea primavera en las entrañas de mi ser. Cuando recibí su beso, su imagen se desvaneció en el vacío, y de repente una aurora anaranjada se vislumbró, haciéndome sentir como en un nacimiento universal. Fui perdiéndome en la aurora hasta volver a la prisión de mi cuerpo físico. En el cual, aún adormecido, sentía las vibraciones eléctricas de alguna excelsa entidad recorrer todos mis centros, y una cavernosa voz que se oía en el bostezo del sueño decía: ¡Ha nacido en mi beso un hombre superior! Tu alma se ha expandido en la grandiosidad de mi aurora, ya verás todos los dones que te otorgará este beso. ¡Tu espíritu ha sido consagrado!

Fin

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