ALTERECOS 4.D / Osamentas de Cristal en Féretros de Oraciones

Debo desterrar esta insistente duda acerca de donde estoy. Pero… ¿dónde estoy? Esta infinita estancia me es familiar; mis pasos temen y nunca antes mi Ser se había sentido tan reducido a la nada. Ciertamente es escalofriante la vastedad circular de este abismo. Mi atención se adelanta a mí; atraída por numerosas luces que al fondo simulan una constelación en las fauces de un hoyo negro. Siguen ciertas palabras, más bien lamentos, que se intensifican con los latidos excitados de mi corazón… Son Oraciones. Intuyo el sentido de sus sentimientos. Pero un escalofrío profundamente helado me posee, al sentir la vibración de su amargo sonido. Es como si ese sonido estuviera alineado con fuerzas cósmicas tenebrosas que, de alguna forma me absorben hasta esos ignotos dominios.

Es cierto, son luces, pero las lámparas son osamentas. ¡Miles de ellas! Cuelgan de forma semicircular colocadas unas sobre otras y alzándose más allá de las posibilidades de mi mirada. Una especie de museo de Osamentas de Cristal. Su contraparte también está poblada, pero de sus almas, contenidas dentro de un gran espejo. Y aquí estoy… Entre las osamentas y el espejo. ¿Cómo llegué aquí? ¿Por cuáles caminos ambulantes terminé en esta inagotable cripta?

El Castillo de Cenizas. Vine a él en busca del gran maestro cósmico. Quería postrarme a sus pies etéreos; deseaba que me llevara junto con él, de regreso a su morada, más allá de las estrellas fijas. Allí, donde lo inmanifiesto constituye el estado evolutivo más sublime de todo el universo. Pero dentro, sólo encontré túneles, y extraños pasadizos que me guiaron bajo los efectos de un sopor necrológico hasta estas catacumbas subterráneas. En sí mismo, este lugar es una dimensión errante, que flota sin rumbo fijo, a través de todas las demás… Sedentarias y devotas del orden cósmico.

Son las cenizas de la carne muerta las que forman el castillo. Todo se revela dentro de mí. De hecho ya siento la alquimia obrar en mi cuerpo físico… Son las oraciones. Oscuras fórmulas ancestrales para transmutar los seres en cuyos microcosmos los astros mentales giren en consonancia con esta dimensión proscrita. Las almas de mis predecesores no están lejos. Forman parte de la legión de espectros que habitan el espejo.

Desde él, reflejan en las noches de luna llena todos los pensamientos, sentimientos, personalidades arquetípicas, pureza, maldad… en fin, todos sus Ángeles y todos sus Demonios. Pues son muchos los motivos que impulsan a estos seres a peregrinar hasta aquí. Ni el Cielo ni el Infierno tienen existencia en esta dimensión. Lo que se necesita es sed, mucha sed de eternidad. Lo demás queda asimilado a las leyes terrenas. Un asesino, ¡qué importa!, si al igual que un monje, el crimen fue la plegaria de su espíritu, en su deseo de eternidad.

Las almas se acercan a la superficie del espejo desde su abismo interior. Adquieren perturbadoras formas abstractas, que se expanden como manchas de luz ambarina, desde el tamaño diminuto de la palma de mi mano hasta lo infinito. Más de una he opacado posando mis manos sobre la superficie oscura del espejo; para luego ser borrado por su luz colosal. Surgen desde lo más profundo del espejo. Se acercan con ritmo sombrío. Como un cadáver que flota sobre aguas calmadas, hasta la frontera dimensional que representa el espejo; dentro de ésta otra, en las que están las osamentas. Sin lugar a dudas, almas de seres incomprendidos pero sublimes habitan allí. Surgen imágenes de sus vidas, puedo ver quiénes eran en la plenitud de un momento. No, ninguno durmió bajo el soporífero de las ilusiones. No hay entre ellos quien haya embriagado su alma con oraciones. Sin embargo, son sus oraciones más internas y más férreas las que le ofrecen un sepulcro… Porque cristalizaron su voluntad.

Ellas son las que trasmutan con la magia oscura de una alquimia hiperdimensional los huesos de sus osamentas en cristal. Monumento eterno a la trasparencia espiritual que en ellos existía a pesar de ser entes físicos. Son esas mismas oraciones las que se ataviaron de un estado espiritual Necrosófico; las que protegen con un féretro de vibraciones sonoras las osamentas trascendidas. Preciados objetos de contemplación para sus almas que habitan el reino del espejo.

Sólo tengo que contemplar el espejo; que él refleje todo lo que mis pensamientos reflejaron al contemplar el universo. Contemplar, abstraerse mientras el sonido monástico de las oraciones anarquiza los átomos de mi cuerpo. El ritmo de mis emociones ha callado. Sólo existe la sensación de estarme dispersando en la oscuridad. Intento tomar con mis manos alguna parte de mi cuerpo, pero éstas se deslizan en su disolución. Con el último vínculo consciente que poseo de mi cuerpo, veo sus cenizas adherirse a los muros del castillo. Ya no existen sensaciones; sólo un estado del Ser que me hace partícipe del vacío y la plenitud. ¡Sí, ya contemplo mi osamenta desde el interior del espejo! Una pieza más, en el museo de objetos sin pasado ni futuro… Tampoco hay presente. Sólo una continúa dispersión del Ser.

Mis oraciones flotan con un leve matiz púrpura. Ellas también están libres. Espero que sean menos indecisas que en mi estado terrenal. De ser así, no hay esperanza para mi osamenta, ni para mi alma, pues donde aquéllas divaguen, allí divagaran éstas… Y hay extraños mundos dentro del espejo. Me acerco a la ventana dimensional del espejo; me atrae la presencia energética de las osamentas. Todas son iguales… ¡Ah sí, la póstuma igualdad de la muerte!

Odilius Vlak

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