ALTERECOS 4.D / El PAN Nuestro de Cada Pesadilla

Arthur Machen

The Great God Pan

«Agradezco profundamente la revelación de esta obra bella y singular. Es, según creo, la primera vez que se ha intentado realizar la mezcla de lo fantástico tradicional o diabólico con lo fantástico nuevo o científico, de cuya mezcla ha nacido la obra más turbadora que conozco, pues afecta al mismo tiempo a nuestros recuerdos y a nuestras esperanzas.»

Maurice Maeterlinck, sobre «El Gran Dios Pan» (Citado en «El Retorno de los Brujos»)


 

En un extraño espacio-tiempo, delimitado por la imaginación imbuida de magia pagana de un genio ataviado con una túnica tejida de sombras; un genio que al mismo tiempo que Nietzsche —e intuyendo la revelación de éste—, se atrevió a mirar al abismo… y sí… El abismo también miró dentro de él. En ese espacio-tiempo imaginario, de una era victoriana alternativa, un personaje llamado Clarke, se encontraba bajo el efecto de un letargo visionario, en un sórdido laboratorio atiborrado de extrañas retortas, con una distribución tan cabalística, que bien podría ser la guarida de un alquimista medieval. Pero no, nos encontramos, así lo creemos en 1865, y en el umbral de un peligroso desgarrón del velo que cubre el Gran Misterio. Y Clarke, con la guía de esa enfermiza beatitud, vislumbró —aun antes que la virginidad a ser sacrificada al Gran Dios Pan con los ritos de una ciencia fantástica—… El Todo y La Nada:

«Repentinamente, mientras reflexionaba sobre la extrañeza de todo esto, el murmullo del verano fue reemplazado por un silencio infinito que parecía cernirse sobre todas las cosas, el bosque estaba en silencio. Y por un momento se encontró cara a cara con una presencia, que no era hombre ni bestia, ni vivo ni muerto, sino todas las cosas a la vez, la forma de todas las cosas pero desprovisto de forma. Y en ese momento, el sacramento entre el cuerpo y el ama se disolvió y una voz pareció gritar: “déjennos salir”. Y entonces, vino la oscuridad más oscura, de más allá de las estrellas, la oscuridad de lo eterno.»

 

El espacio-tiempo del que hablamos se refiere a la novela El Gran Dios Pan (1894); y nuestro genio ataviado con una túnica tejida de sombras es Arthur Machen: Uno de los grandes dioses de la literatura imaginativa, y por lo tanto reveladora de aquello que yace más allá de todo lo que consideramos ser… y comprender. Desde la última década del siglo XIX hasta finales de la primera mitad del siglo XX (Machen murió en 1947) esta imaginación empapada de la magia y del misticismo de varias Eras, nos legó una obra de otro mundo, digna de un monumento que se desprenda sólido de la imaginación de Beksinski.

Machen, al igual que el doctor Raymond, personaje de oscuro pasado en su novela, y llamado a oficiar un ritual que no era más que la culminación de 20 años de investigación científica en el campo de la medicina trascendental, miró dentro del abismo. Pues como lo confiesa el doctor Raymond al incrédulo y cauteloso Clarke, poco antes de llevar a cabo la operación:

«—Mira a tu alrededor, Clarke. Puedes ver las montañas, las colinas, como ondulación tras ondulación, puedes ver los bosques y los huertos, los campos maduros de maíz, y las praderas que se extienden hasta los lechos de caña junto al río. Puedes verme aquí a tu lado, y oír mi voz; mas te digo, que todas estas cosas —sí, desde la estrella que acaba de brillar en el cielo hasta el suelo sólido bajo tus pies— te digo, que todas son sólo sueños y sombras; las sombras que ocultan a nuestros ojos el verdadero mundo. Existe un mundo real, pero trasciende este glamour y esta visión, y se encuentra más allá de todo esto, tras un velo. Los antiguos sabían lo que significaba descorrer ese velo. Lo llamaban presenciar al dios Pan.»

 

Y más adelante, se aseguró de no dejar ninguna duda acerca de la naturaleza visionaria de una experiencia mística, que vino a coronar todos los anhelos e intuiciones atesorados en su luciferina ambición científica:

«Yo me encontraba aquí y, frente a mí, vi el abismo inefable e impensable que se abre profundo entre dos mundos, el mundo de la materia y el mundo del espíritu; vi el vacío y gran abismo extenderse mortecino frente a mí, y, en aquel instante, un puente de luz saltó desde la tierra hacia la orilla desconocida, y el abismo fue unido.»

 

Sí, el abismo fue unido. Y a través del puente de luz cruzaron hacia la tierra aquellas cosas que gritaron más adelante en la visión de Clarke: «Déjennos salir». Descorrer el velo es presenciar al dios Pan, decían los antiguos… El PAN Nuestro de Cada Pesadilla.

Mary, la virgen del ceremonial, la pitonisa que más que escuchar la voz del dios, estaba destinada a presenciar su… ¿imagen? No, pues el dios Pan representa lo que intuyó Clarke en su visión: «…todas las cosas a la vez, la forma de todas las cosas pero desprovista de forma». El doctor Raymond coloca a Mary en estado inconsciente bajo el efecto, sí, de una fuerte droga; el doctor Raymond practica una tonsura sobre su cráneo, pues él se considera el único ser en el mundo, iniciado en la comprensión de «la función de un cierto grupo de neuronas», que hasta él no eran más que objetos de especulación por parte de sus predecesores. ¿Neuronas bajo el círculo mágico de una tonsura; sometidas a una manipulación artificial? A sí… La glándula pineal: Ese portal dimensional; acceso e intuición al mismo tiempo de lo divino. Una vez que se ha desgarrado el velo, la luz o la oscuridad se encuentran al otro lado para darnos la bienvenida. ¿Qué encontró Mary cuando su espíritu cruzó el puente de luz que unía al abismo? Bueno…:

«Repentinamente, mientras vigilaban, percibieron un largo suspiro y, de súbito, el color perdido regresó a las mejillas de la joven y sus ojos se abrieron. Clarke se amilanó ante ellos. Brillaban con una luz impresionante, mirando a la distancia, y un gran asombro se dibujó en su rostro, y sus brazos se estiraron como para asir lo invisible; sin embargo, en un instante el asombro se disolvió y fue reemplazado por el más abominable terror. Los músculos de su rostro se convulsionaron horriblemente, temblando desde la cabeza a los pies; su alma parecía estremecerse y luchar dentro de ese hogar de carne. Fue una visión espantosa, y Clarke se precipitó hacia adelante mientras ella caía al suelo, temblando.»

 

Mary quedó en estado vegetal luego de esa visión, y, ¿cómo no, bajo el impacto de tal revelación? Mary vio al dios Pan. Y a través del puente que unía la orilla desconocida con su glándula pineal, cruzó una semilla que brotaría nueve meses después: La niña Helen Vaughan. La hija del Pan nuestro de cada pesadilla. Y esas pesadillas…

Toda la obra de Machen está consagrada a la revelación de las fuerzas invisibles que alguna vez en la historia de la humanidad fueron alimentadas con la energía mental y espiritual de sus adoradores. Esas fuerzas fueron ocultas tras máscaras simbólicas, y Machen, sensible a aquéllas de carácter céltico/romano —que alguna vez pulularon entre los bosques de su suelo nativo de Gales—, las veía resurgir en cada símbolo que se abría cual sello apocalíptico por el poder de su asombro. Quizás, a través de las influencias que se gestaron en la Inglaterra de fines del siglo XIX; con un despertar del pasado Celta por un lado, y el brote de inquietudes que aspiraban al contacto con fuerzas abismales a través de la magia ritual, lo que conduciría a la aparición de sociedades secretas como la Golden Dawn, el genio de Machen se estremeció en sus sueños más profundos. Y claro, si algún símbolo de un antiguo concepto pagano golpeó su imaginación; si alguna fuerza la embriagó, esa fue la representada por el gran dios Pan. Y si bien Machen estaba claro de la acepción simbólica del dios como representación del Todo, aquello que comprende las manifestaciones de todos los demás dioses, pues basta con lo expresado en los fragmentos citados más arriba; la trama de su novela El Gran Dios Pan gira alrededor de la acepción simbólica del dios como aparece en los textos clásicos de mitología greco-latina. Y es que la historia deja entrever el significado profundo de la divinidad, aquello que se ve al «descorrer el velo», por medio del impacto que provoca su simbolismo de divinidad-cabra de los bosque, y la imagen espantosa que le es inherente. No olvidemos que estamos hablando de un cuento de horror, si bien uno dirigido a la sensibilidad de los iniciados.

De ahí que la genialidad de la obra esté como lo sugiere clarividentemente Maurice Maeterlinck en el epígrafe de este artículo, en la combinación de lo fantástico tradicional o diabólico con lo fantástico nuevo o científico. Sí, la  poderosa llave de unos saberes científicos que en nada se distinguen de la magia, abrieron el portal a través del cual penetró la encarnación del dios Pan, junto a un rebaño de pesadillas que harían del Londres de la década de 1880, un antiguo bosque pagano, revestido de un sombrío hormigón neogótico.

Helen Vaughan inició su evangelio de espanto a través del suelo británico. Desde la villa de Caermaen, en la frontera del país de Gales, en donde llegó a los doce años, hasta el sórdido Londres del Soho. Y ese arribo era percibido por seres sensibles como el personaje Villiers, quien ante el grotesco desfile de imágenes en un álbum dibujado por el pintor Arthur Meyrickmientras este último sucumbía al horror de presenciar la verdadera naturaleza de Helen—, simplemente experimentó esto:

«Villiers volteó página tras página, absorto, a pesar de sí mismo, en las espantosas Noches de Walpurgis de la maldad, una maldad extraña y monstruosa, que el artista había plasmado en duro blanco y negro. Las figuras de Faunos, Sátiros y Aegipos bailaban frente a sus ojos, la oscuridad de la espesura, la danza en las cumbres, las escenas de costas solitarias, en verdes viñedos, en lugares desiertos y rocosos, pasaron frente a él: un mundo frente al cual el alma humana se retrae y se estremece»

 

Es decir, el asomo desde épocas remotas de la magia, la oscuridad y la esplendorosa maldad de un antiguo paganismo. Todas las personas que tuvieron algún contacto con Helen Vaughan murieron bajo el impacto de un miedo inefable; un espanto de otro mundo. En la villa de Caermaen: Rachel M., compañera de juegos de Helen, que sin quererlo se encontró con un compañero de juegos más antiguo de ésta en los bosques solitarios de los alrededores. Trevol W., personaje que aún siendo un niño vio a la también niña de doce años Helen jugando con un extraño hombre, que luego al identificarlo en una cabeza esculpida del periodo romano, resultó ser un Fauno o igualmente un Sátiro. Charles Herbert, quien desposó a Helen poco después de 1882, cuando ésta recién llegaba a Londres desde Caermaen. Fue la primera víctima de su evangelio de pesadillas en esa ciudad. La pesadilla le pasó factura a un tal señor Blank, quien según la parte médica murió de un intenso miedo. Luego vino en el mismo Londres el periodo de los suicidios de una serie de personajes que tuvieron contacto con Helen, haciéndose llamar por entonces Beaumondt. El quinto de ellos, todos ciudadanos de alta sociedad, fue el de Sydney Crashaw, el que al igual que los cuatros anteriores, la última persona que vio antes de quitarse la vida fue a Helen. Sobre este último dice Villiers, que por casualidad lo vio saliendo de la casa de la señora Beaumont, pocas horas antes de cometer suicidio:

«Porque verle la cara a ese hombre me congeló la sangre. Nunca habría imaginado que una combinación de pasiones como aquella podría haber fulgurado en los ojos de ningún hombre. Casi me desmayé al mirar. Sabía que había atisbado en los ojos de un alma perdida, Austin. El exterior de ese hombre permanecía, pero todo el infierno estaba dentro de él. Una lascivia furiosa y un odio que era como el fuego, más la pérdida de toda esperanza y la completa oscuridad de la desesperación parecían dar alaridos a la noche, aunque su boca estaba cerrada. Estoy seguro que no me vio; no veía nada de lo que tú o yo podemos ver, sin embargo, lo que presenciaba espero que jamás lo veamos.»

 

Es evidente que nos encontramos ante una versión citadina de los antiguos mitos concerniente al dios Pan, en los cuales todo ser humano cuya poca fortuna lo pusiera en el camino de Pan estaba destinado a perecer por el pánico provocado por su presencia. Pero como nos lo plantea Machen a través de las observaciones de Villiers sobre el estado de Crashaw, no se trata de un terror semejante al provocado por una presencia física grotesca; aquí hablamos del espanto ante la revelación de lo desconocido, la pesadilla del gran misterio; el mirar dentro del abismo que también mira dentro de nuestro Ser. Y ese abismo yace a nuestros pies, lo único que en una dimensión paralela. Si no:

«Ambos sabemos lo que le ocurre a aquellos que llegan a conocer al Gran Dios Pan, y aquellos que son prudentes saben que todos los símbolos son símbolo de algo, no de nada. De hecho, fue bajo un símbolo exquisito que los hombres velaron, hace mucho tiempo, su conocimiento de las fuerzas más terribles y más secretas, fuerzas que se encuentran en el corazón de todas las cosas; fuerzas ante las cuales el alma de los hombres se marchita y muere, y se ennegrece, como sus cuerpos al electrocutarse. Tales fuerzas no pueden ser nombradas, no se puede hablar de ellas, no pueden ser imaginadas excepto bajo un velo y un símbolo, un símbolo que a la mayoría nos parece una imagen exótica y poética, mientras para otros es un disparate.»

 

Quien habla es Villiers, ¡pero cuidado con subestimarlo! Él fue parte de algo allá lejos, en el espacio-tiempo delimitado por una imaginación imbuida de magia pagana, perteneciente a un genio ataviado con una túnica tejida con sombras. Él estuvo ahí, cuando alguien lanzó una plegaria a las profundidades; una plegaria que reza: «PAN nuestro que estás en los abismos, dadnos hoy nuestra pesadilla de cada día». Y El PAN Nuestro de Cada Pesadilla, aún hoy contesta: ¡Hecho!

Odilius Vlak

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