RUNES SANGUINIS: Las Cosas Cercanas y Lejanas / Por Arthur Machen

Arthur Machen

El siguiente es un fragmento del capítulo 10 del segundo de los trabajos autobiográficos de Machen «Las Cosas Cercanas y Lejanas» (Alfred Knopf, 1923), pp. 208-218. El pasaje concierne a un extraño periodo de la vida de Machen en el año 1900, cuando él sintió como si estuviera viviendo episodios y conociendo personajes los cuales él había creado en su novela anterior «Los Tres Impostores» (1895). Es también el pasaje en el cual él describe su involucramiento con la «Orden del Amanecer Dorado» (La Orden de la Estrella del Crepúsculo), y sus propias opiniones acerca de sus orígenes.


 

Fue en algún momento al inicio de este año cuando devine consciente de una extraña circunstancia. Quizás se notará que yo me he vuelto insensiblemente Stevensoniano en mí dicción, cuando he hablado del incidente del Bulldog, o de esto o aquello. Eso es debido a que la atmósfera en la cual yo viví se estaba volviendo evidentemente como la atmósfera de «Los Tres Impostores», el cual, como ya he declarado, se deriva del estilo «Neo-Árabe» de R. L Stevenson. No sólo se aparecían en cualquier esquina y mesa de café extrañas, desconocidas e inexplicables personas, que me involucraban en oscuras conversaciones laberínticas, muy parecido al estilo Árabe, sino que intuitivamente me volví consciente de que algo en verdad muy extraño estaba pasando: ciertos personajes en «Los Tres Impostores» mostraron signos de hacerse reales, una hazaña, que ellos posiblemente habrían fallado en ejecutarla antes. Yo estaba en una ocasión conversando con un joven de tez oscura, de aspecto tranquilo y apartado, y que usaba espejuelos –él y yo nos habíamos encontrado en un lugar en el que teníamos que ser vendados antes de que pudiéramos ver la luz- y él me contó un inusual relato de la manera en que su vida estaba en un peligro constante1.

Él me describió las acciones de un demonio en forma humana, un hombre que era bien conocido por ser un experto en Magia Negra, un hombre que colgaba a mujeres desnudas de las despensas, con ganchos que perforaban sus brazos. Este monstruo –estoy seguro de la existencia de tal persona, si bien no puedo por ningún medio dar testimonio de la veracidad de cualquiera de los hechos aberrantes que se le imputan- había, por alguna razón que no logré descifrar, tomado una animadversión en contra de mi joven amigo2. En consecuencia, así me fue asegurado, él contrató una banda en Lambeth, quienes tenían como propósito asesinar al oscuro joven; cada miembro de la banda recibiría un pago de ocho shillings y sixpence por día. Una suma, por cierto, que suena como si fuera el valor de alguna moneda medieval obsoleta desde hace tiempo.

Yo escuché maravillado, hay algunos absurdos tan enormes que parecen tener un efecto en el sentido común, paralizándolo por el momento e inhibiéndolo de su capacidad de acción. Fue sólo cuando llegué a casa que se me reveló el hecho de que yo había estado escuchando el Joven con Espejuelos, y que él había surgido de «Los Tres Impostores». Y muy pronto la Señorita Lally3, otro personaje del libro, apareció, y como su prototipo, relataba los cuentos más asombrosos, era la heroína de increíbles aventuras, aparecería y desaparecería de una forma bastante inexplicable, contando siempre historias jamás oídas, un personaje totalmente divertido, enigmático y encantador.

Y lo extraño es que era como si estos dos personajes tenían un papel que interpretar por una temporada, y lo interpretaron, hasta que la campana final sonó, y las cortinas cayeron y las luces se apagaron. Ambos, la Señorita Lally y el Joven con Espejuelos aún viven; pero ellos se han convertido en miembros útiles de la sociedad y han tenido un éxito eminente, según creo, en sus diferentes empleos. De esa manera lo hacen el Rey y la Reyna en la obra de teatro; regresan a su apartamento o alojamiento luego del espectáculo y disfrutan de bistec frío, ensaladas y una confortable botella de cerveza.

Y ahora voy, al fin, a decir una buena palabra para la literatura. Yo he dicho, una y otra vez, incluso hasta el cansancio, que lo único bueno que yo puedo ver en ella es que es una de las muchas formas para escapar de la vida, a ser clasificada junto al Alpinismo, Ajedrez y Ácido Prúsico. La manera en que yo siempre la he visto es como sigue: salgo fuera un domingo de marzo en la tarde con el negro viento del nordeste soplando, y emprendo una caminata en ascenso por la Calle Gower. Y me digo a mí mismo: «¡Oh, vamos! No puedo soportarlo», y regreso a casa y escribo –o trato de escribir- un capítulo en «La Colina de los Sueños». Muchas personas dirán que el capítulo es mucho peor que la calle, y yo me atrevo a decir que ellos tienen la razón; pero, de cualquier manera, era diferente: para mí, era la forma más cercana de escapar de la Calle Gower y del negro viento del nordeste. Pero creo que puede haber un poco más en la literatura que esto. Es ciertamente un escape de la vida; pero quizás sea también el único medio de comprenderla y digerirla, o, al menos, ciertos aspectos de ella.

Aquí hay un ejemplo a mano. Aquí estoy yo, sin intentar escribir literatura, sino dando lo mejor de mí para contar algo real, sólo para descubrir que me es imposible. Yo puedo establecer los hechos, o más bien tal como puedo recordarlos, pero estoy bastante consciente de que no estoy, en el verdadero sentido de la palabra, diciendo la verdad; es decir, no estoy dando el verdadero sentido de la extraordinaria atmósfera en la cual yo viví en el año de 1900, de las curiosas e indescriptibles impresiones que los eventos de esos días hicieron sobre mí: la sensación de que todo se había alterado, que todo era muy extraño, que viví en contacto diario con personas que habrían sido imposibles e inimaginables un año antes; que el aspecto del mundo había cambiado totalmente para mí. De todo esto yo no puedo dar una verdadera descripción, tratando como estoy con los llamados hechos. Yo afirmé hace tiempo, en «Jeroglíficos», que los hechos como hechos no significan nada ni comunican nada; y estoy seguro de que estaba en lo correcto, cuando confieso que, como un investigador de la información exacta, no puedo sacar nada claro del año 1900. Pero evitando los hechos, yo he llegado un buen trecho más cerca de la verdad en el último capítulo de «La Gloria Secreta», el cual describe las acciones y sentimientos de dos jóvenes quienes están visitando Londres por primera vez. Yo nunca me marché a la ciudad con la sirvienta pelirroja del propietario de la casa. Pero la verdad debe ser dicha en símbolos.

Hay un episodio de este periodo del cual puedo decir un poco más, y es el asunto de la Sociedad Secreta. Poniendo dos y dos juntos, un buen número de años después del evento, estoy inclinado a pensar que fue un simple capítulo en el programa de un extraño y arábigo entretenimiento que fue producido para mi beneficio: la Sociedad Secreta estaba en el mismo orden que el incidente del señor O’Malley y la aventura del Joven quien siempre se marchaba por la Spiked Wall4. Sólo que de una clase más elaborada y hermosa. Y debo confesar que me hizo un gran bien, en su momento. Permanecer esperando ante una puerta cerrada en un estado de asfixiante expectativa; verla abrirse de repente y revelar dos figuras, vestidas en hábitos que nunca pensé verlos usado por un ente vivo; captar por un momento la visión de una nube de humo de incienso y ciertas luces penumbrosas brillando, antes de que la venda fuera puesta sobre los ojos y el brazo sintiera el firme agarre que conduce a los vacilantes pasos dentro de una oscuridad desconocida.

Todo esto fue extraño y admirable en verdad; y extraño era pensar que dentro uno o dos pies de esas ventanas cubiertas con cortinas la ordinaria vida de Londres continuaba sobre las ordinarias aceras, tan supremamente inconsciente de lo que estaba siendo hecho a la distancia de un brazo, como si nuestro trabajo había sido el trabajo del otro lado de la luna. Todo esto era muy sofisticado; una adición valiosa, como digo, a la fantasmagoría que me fue presentada. Pero en cuanto a cualquier cosa vital en la Orden Secreta, o cualquier cosa que valga dos granos de alubia para cualquier ser razonable, no había nada de esto, y menos que nada. Entre los miembros habían en verdad personas cuyos logros eran muy altos, quienes, en mi opinión, debieron haber sabido más luego de un año de membrecía más o menos; pero la sociedad en cuanto sociedad era pura tontería, tratando sólo con impotentes e imbéciles abracadabras.  No sabía nada acerca de nada y escondía este hecho bajo un impresionante ritual y una sonora fraseología. No poseía sabiduría, incluso de la clase más inferior, en su liderazgo; no ejercitaba ningún escrutinio sobre el carácter de ésos a quienes admitía, y de esa manera no es ninguna sorpresa que algunas de sus frases y contraseñas eran para ser leídas en el frescor de la mañana; cometieron uno de los más espantosos casos criminales del Siglo XX5.

Y aún así ella tenía y tiene un interés de algún tipo. Declaraba, puedo decirlo, ser de una antigüedad considerable, y de haber sido introducida a Inglaterra desde el extranjero en una manera muy singular. No estoy bastante seguro de los detalles, pero el mito impartido a los miembros era algo por el estilo. Un caballero interesado en el estudio de lo oculto estaba buscando en las estanterías de una librería de segunda mano, en donde los libros que le atraían podían ser encontrados6. Él estaba examinando un volumen en particular –olvidé si su título fue revelado- cuando encontró entre las hojas unas pocas páginas de un manuscrito borroso, escrito en unos caracteres que le eran extraños. El caballero compró el libro, y cuando él regresó a su casa temprano, ansioso examinó el manuscrito. Estaba cifrado; él no podía comprender nada. Pero en el manuscrito –o quizás en un pequeño pedazo de papel colocado junto a él- estaba la dirección de una persona en Alemania. El curioso instigador de cosas secretas y consejos escondidos escribió a la dirección, obteniendo una serie de detalles, entre ellos la verdadera manera de leer el cifrado y, como puedo conjeturar, una clase de comisión y jurisdicción de los Desconocidos Jefes de Alemania para administrar los misterios en Inglaterra. Y desde entonces se alzó, o realzó, en esta isla la «Orden de la Estrella del Crepúsculo» (La Golden Dawn). Su fundación original se ubicaba el Siglo XV.

Me gusta la historia; pero no había un átomo de verdad en ella. La Estrella del Crepúsculo era una falsa. Su verdadera fecha de origen era 1880 como máxima antigüedad. El «Manuscrito Cifrado» fue escrito sobre papel que portaba la marca de fábrica de 1809 con tinta que tenía la apariencia borrosa. Pero contenía información que posiblemente no podía haber sido conocida por ninguna persona viva en el año de 1809, y que no fue conocida por nadie hasta veinte años después. Fue, sin ninguna duda, una falsificación de principios de los «ochentas». Sus autores debieron haber tenido algún conocimiento de Francmasonería; pero tan ingeniosamente fue este fraude ocultista «puesto en el mercado» que, para lo mejor de mi conocimiento, la verdad permanece siendo un misterio hasta el día de hoy.

Debe agregarse que la evidencia del carácter fraudulento de la Estrella del Crepúsculo no descansa simplemente sobre el hecho de que el «Manuscrito Cifrado» contenía cierta pieza de conocimiento que no existía en el año de 1809. Cualquier mente crítica, con un mínimo de lectura ocultista, debió haber concluido fácilmente de que aquí no había ninguna orden antigua, partiendo de la total naturaleza y sustancia de sus rituales y doctrina. Porque los rituales antiguos, ya sean ortodoxos o heterodoxos, son fundados sobre un Mito, y sólo sobre un Mito único. Ellos son agrupados alrededor de algún hecho, verdadero o simbólico, como el ritual de la Francmasonería dice tener en su centro ciertos eventos relacionados con la construcción del templo del Rey Salomón, y ellos lo mantienen dentro de esos límites. Pero la Estrella del Crepúsculo abrazó todas las mitologías y misterios de todas las razas y épocas, y las «relacionaron» o «atribuyeron» unas a las otras probando que todas ellas vinieron de la misma fuente; ¡y eso fue suficiente! No existía la antigua tradición de conocimiento; ni siquiera la tradición de conocimiento de 1809. Pero sí era con mucho la tradición de conocimiento del 1880 en adelante.

Debo decir que yo no busqué mi integración en la Orden sólo detrás de entretenimientos exóticos. Como he declarado en el capítulo anterior, yo había experimentado cosas extrañas –ellas aún resultan extrañas para mí- en cuerpo, mente y espíritu, y yo supuse que la Orden, de la que había escuchado soterradamente, podría arrojar alguna luz que me guiara en estos asuntos. Pero, como comprendí, estaba en un error; la Estrella del Crepúsculo no arrojó ningún rayo de ningún tipo sobre mi senda.

Traducido por Odilius Vlak


 

Notas:

1. El Poeta William Butler Yeats (1865-1939).

2. Este personaje es seguramente Aleister Crowley, quien también acusó a Yeats de tratos similares con la Magia Negra en su novela «Hija de la Luna».

3. Ella era de hecho la actriz bensoniana Hilda Wauton (1880-1957) quien posteriormente se casó con Carl Leyel, el secretario de Frank Benson, y fundadora de una cadena de tiendas de hierbas medicinales. También fue exitosa como escritora de libros de cocina.

4. Una referencia a dos eventos extraños descritos en un pasaje anterior de este mismo capítulo 10 de «La Cosas Cercanas y Lejanas».

5. Probablemente una referencia al Juicio Horos de 1901-1902, el cual expuso como los rituales Bogus de la Golden Dawn eran usados para atraer muchachas jóvenes, y comprometerlas sexualmente.

6. La versión de Machen del descubrimiento del «manuscrito cifrado» -de que fueron hallados en una librería de segunda mano- fue quizás ampliamente aceptada en la Orden, pues ésta se deriva de una fuente de la cual cada miembro tenía que beber: La novela Zanoni, de Bulwer Lytton. Publicada por primera vez en 1842.

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