INTROVISION / La Campana que Tañe la Bruja

Nadie en la aldea sabe con certeza cuando la escuchó por primera vez; nadie sabe cuando la escuchó por última vez. Todos vagan de un lado a otro dentro de un siniestro y eterno presente sonoro, que sepulta la paz del anhelado  silencio en la tumba de un pasado remoto, que prefiere saltar directamente al futuro más lejano por miedo al terrible presente, dentro del cual están condenados los habitantes de esta aldea, en la  medieval provincia francesa de  Averoigne.

Se cuenta que en año del señor de 1138, mientras Vyones no tenía mucho de haber sido coronada con la pétrea diadema de su catedral (cripta esplendorosa del arzobispado de la provincia); y quizás, en el mismo demoniaco momento en que Blaise Reynard, El Fabricante de Gárgolas, animaba sus dos obras maestras con los fuegos combinados de su lujuria y su odio, una extraña barca surgió desde la neblinas que acariciaban las aguas tranquilas del rio Isoile. Caía el crepúsculo en los pantanos del sur, y los habitantes de esta aldea escondida entre las aguas cenagosas del inmenso pantanal, se maravillaron de ver el primer visitante en siglos. Pues esta aldea sin nombre ni cualquier otro registro, era sólo una leyenda oscura entre la tradición oral de Averoigne. Se dice que sus habitantes son descendientes de los hijos de antiguos nigromantes, que para ser protegidos de la matanza generacional, puesta en marcha por un antiguo patriarca de la iglesia, fueron trasladados a esa oscura zona, protegida por la magia negra de la intrusión del mundo exterior.

Pero las cosas cambiaron una vez que aquello que descendió de la barca, decidió pastorear las energías demoniacas de los habitantes de la aldea. Ese infernal Ser de aspecto femenino, se presentó a sí misma como una poderosa bruja, descendiente de una antigua hechicera que fue reducida a cenizas en la legendaria cacería de nigromantes, y cuya hija, por ser mujer, no la consideraron digna de ser salvada. Pero esta última sobrevivió. Y ella, la bruja por cuyas venas corre espeso un deseo de venganza centenario, ha venido a cobrar una vieja deuda que los aldeanos le deben a sus antepasados. Es de esperarse que los aldeanos, como descendientes de antiguos hechiceros, hayan recibido de generación en generación, la lúgubre gracia de las artes oscuras. Y así, sin molestarse en pedir excusas en nombre de sus antepasados, o, indagar algo más sobre el pasado de su presente amenaza, rodearon a ésta con múltiples círculos mágicos, compuestos de forma concéntrica por cada uno de los habitantes de la aldea. El ritual no se hizo esperar.

De sus bocas emanaron unos extraños salmos demoniacos que poco a poco devinieron en una melódica canción. De cada uno de los círculos concéntricos, empezando por aquel que se ceñía más cercano a la bruja, brotaron unos círculos de luz púrpura, que mientras se elevaban formaban una esfera. Cada una de éstas, se posaron como burbujas vampíricas sobre la bruja, hasta que la cubrieron por entero en una especie de infierno esférico. El propósito de tal hechizo era que cada una de las burbujas de luz púrpura absorbiera la energía de la bruja junto con su magia. La obra quedaría completada una vez que cada una de las burbujas púrpuras se tornaran negras; símbolo de que ya a la bruja no le quedaría nada de su oscuridad interior y por consiguiente nada de su vida. Cuando esto sucedió, las burbujas regresaron -ya como círculos de luz ennegrecida-, y se integraron dentro de cada uno de los círculos mágicos compuestos por los aldeanos nigromantes, confiriéndoles con esto el poder de la bruja. Pero cuando ellos miraron hacia el lugar donde debía estar el cadáver drenado de ésta, un escalofrío los sobrecogió, pues en su lugar lo que allí se alzaba era una desconcertante forma monstruosa, ataviada con unos vapores fluorescentes, matizados con el mismo color púrpura de las burbujas de luz. Era la bruja en su verdadera naturaleza, y estas fueron sus palabras:

«Alabados sean, dignos herederos del sempiterno arte del abismo. Pero sepan que éste tiene más de una forma de mostrarse, y más de una fuente en donde abrevar, para apagar su sed de rituales, conjuros y hechicerías. Algunas de estas fuentes son terrenales, otras estelares. ¡Qué pena que la de vosotros pertenezcan a las primeras y la mía a las segundas! La energía que tiñó de negro sus burbujas vampíricas, no fue la de mi oscuridad, sino la energía oscura que pulula invisible a través del cosmos. Y el escalofrío que sintieron hace un momento, es el preludio del dominio en sus cuerpos de carne del terrible frío del espacio exterior. Este, lentamente los convertirá en estatuas de hielo, que con el correr del tiempo se enmohecerán hasta darles el aspecto de derruidas tumbas de tiempos olvidados. En cuanto al resto de su Ser… Observad bien el capítulo final de su historia, antes que el frío del abismo superior los prive de toda conciencia.»

Aquello que percibieron los aldeanos nigromantes, desde las penumbras de la nada helada que los envolvía, fue esto: de una de las siniestras manos fluorescentes de la bruja emanó un pequeño modelo de una luminosidad púrpura de la catedral de Vyones. Éste se agigantó hasta adquirir el tamaño de la original. Al final se posó como una ciclópea tumba de pálida luz astral ante los círculos concéntricos de los aldeanos nigromantes. Y es que esto era lo que representaba tal espectro luminoso: el cuerpo astral de la mole pétrea de la catedral, desprendido de su naturaleza mineral, por medio de una magia que no pertenecía a este mundo. A continuación la forma flotante de la bruja ascendió hasta la torre del campanario, y embriagada por un triunfo demencial, comenzó a repicar la campana astral, que desde ese fatal momento en adelante, le anunciaría el llamado a las misas negras, a los cuerpos astrales; que moraban atrapados en los cuerpos congelados de los aldeanos nigromantes. Y estas infernales misas se celebrarían en honor de aquellos aldeanos nigromantes. Sus cuerpos presentes, petrificados por un frío sideral, eran ahora las tumbas desde donde salían bajo el hechizo del sonido de la campana astral, sus cuerpos astrales… Para participar cada noche del ritual de su condena.

Muchos siglos han pasado desde entonces. Y los cuerpos astrales de los nigromantes continúan asistiendo puntualmente a misa. Poseen una conciencia anclada en un eterno presente, sin pasado ni futuro. Ellos sólo se conciben a sí mismos como espectros de aldeanos, que cada noche peregrinan al compás del sonido de La Campana que Tañe la Bruja, desde las tumbas heladas de sus cuerpos físicos hasta la mole púrpura del cuerpo astral de la catedral de Vyones. Sí, aldeanos de vida sencilla, alimentando inconscientes su eterna condena. Por ese motivo si algún otro cuerpo astral, desprendido de alguna carne forastera, se topa con uno de ellos, y le pregunta por el sonido de la campana, no tendrá mucho que decir al respecto. Y obviamente, nadie en esa aldea de círculos concéntricos sabe con certeza cuando la escuchó por primera vez; y nadie puede decir cuando la escuchó por última vez, a pesar de que esto nunca sucederá, pues en esta condena circular el final marca un nuevo principio.

¡Nada personal! Pero qué podemos hacer; si esto es Zothique the Last Continent!: el Blogzine de las cosas que no son pero que deberían ser. Y qué bueno, que cosas como la relatada más arriba, continúen siendo, al menos en el espacio cuasi astral de nuestro continente. A nuestros Hermanos Fanáticos que agucen sus oídos todas las noches, pues a partir de la edición de esta semana, La Campana que Tañe la Bruja emitirá su hechizo sonoro desde nuestro Blogzine. De esa manera sus cuerpos astrales participarán de nuestras misas de una creatividad negra, en caso de que sus cuerpos físicos no puedan hacerlo. Quisiera decir un amén final… pero mi cuerpo astral tiene la boca llena… ¿De qué?…

La sección Alterecos4.D, continúa esta semana tañendo la campana de una creatividad sin dudas astral. El monje negro de la medieval Averoigne, Odilius Vlak, repica la campana que ha de evocar en nuestra memoria, el cuerpo astral de uno de los grandes en el género del horror y la fantasía oscura: Algernon Blackwood. Hay que reconocer que Una Víctima del Espacio Superior, ciertamente no es una víctima cualquiera. Y es posible que ni el mismísimo John Silence, esa panacea de maldiciones paranormales, pueda evitarle al desafortunado sus: Idas y Venidas al Más Allá.

En la sección Runes Sanguinis, en la página del miércoles, celebraremos una misa en honor a los alienígenas y las conspiraciones. Es un ensayo de la autora Cynthia C. Scott, dedicado a una serie televisiva que por nueve años le celebró una misa a lo paranormal: Los Expedientes X. Así que, de John Silence, psicoanalista de casos paranormales, saltamos a Fox Mulder, agente del FBI que con su «I want to believe» puso a raya a todos los cuerpos astrales -incluyendo a los de los extraterrestres- durante los años 90. El texto se titula: Los Expedientes X: Fe y Paranoia en América.

Y claro no podemos desprendernos en astral sin antes mencionar a nuestro sumo sacerdote, Markus E. Goth, director y editor de este Templo Virtual. Sin su tañir de campana, la oscura misa que celebramos cada semana se convertiría en una especie de bridal shower para muñecas Barby. Pero no, ya que… El horizonte de los murciélagos es más lejano que el de las águilas.

Odilius Vlak.

Jefe de Redaccion.


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