ALTERECOS 4.D / Idas y Venidas al Más Allá

Algernon Blackwood

Jonh Silence, Physician Extraordinary

«La misma idea de una cuarta dimensión debe surgir de la mano con las matemáticas, o, para plantearlo más simple, de la mano con la idea de la medición del mundo. Debe surgir de la suposición de que, aparte de las tres dimensiones del espacio conocidas —largura, anchura y altura— debe también existir una cuarta dimensión, inaccesible a nuestra percepción.»

P.D.Ouspensky, (Un Nuevo Modelo del Universo).


 

Sí, estamos de acuerdo, pero… Uno debe tener cuidado con lo que desea. Pues algo parecido, maestro Ouspensky, pasaba por la mente de un personaje singular llamado Racine Mudge, antes de ver sus sueños tridimensionales devenir en realidades de cuatro dimensiones. Y para él, esa nueva dimensión del espacio resultó ser un infierno monstruoso, poblado de figuras desnudas de sus máscaras tridimensionales. Y es que ver abrirse los sellos perceptuales de las especulaciones de las matemáticas superiores, es algo parecido a ver abrirse aquellos de los preceptos espirituales. Algo como… Si el ojo humano pudiera ver todos los demonios que habitan el universo, la vida sería imposible, sí, excepto con la salvaguarda de la locura… que también es un demonio. En el universo de la cuarta dimensión del espacio, el señor Mudge, vio no sólo los demonios que habitan el mundo invisible que nos rodea, sino que comprendió que esos demonios son en realidad los mismos habitantes de la tercera dimensión del espacio, pero en un aspecto más real de sí mismos, y por lo tanto más espantosos por estar más ataviados de su propia divinidad. La manifestación de lo superior hiela la sangre: es el horror de la revelación.

Una Víctima del Espacio Superior (1914), es el único relato de los pertenecientes al ciclo de John Silence, «Psicoanalista de lo paranormal»,, que no fue publicado en la colección original de 1908. Es una pequeña pieza maestra concebida por uno de los grandes artífices del género de ficción corta, Algernon Blackwood (1869-1951), aquel vidente que nos brindó joyas como «Los Sauces (1907)», «El Wendigo (1910)» y «Antiguas Brujerías (1908, también perteneciente al ciclo de John Silence)». Historias que en verdad la percibimos más desde un nivel fisiológico que por la pura fuerza de la imaginación. Leer cualquiera de estos trabajos de Blackwood, es sentir como nuevas glándulas surgen en nuestro organismo, sólo para secretar hormonas especializadas en recrear las atmósferas sobrenaturales de sus relatos. Quien lea Antiguas Brujerías y al final no se sienta poseído por la naturaleza esquiva y silente de los gatos en cada uno de sus movimientos, fue que sólo la leyó.

En una carta dirigida a Peter Penzoldt, Blackwood deja muy claro cuál es el norte hacia el que se dirige su destino creativo:

«Mi interés fundamental, supongo, son las señales y pruebas de los otros poderes que yacen ocultos en todos nosotros; la extensión en otras palabras, de las facultades humanas. Muchas de mis historias, por consiguiente, tratan de la ampliación de la conciencia; tratamientos especulativos e imaginativos de las posibilidades fuera del alcance normal de la conciencia. (…) También, todo lo que sucede en nuestro universo es natural; sometido a las leyes; pero una extensión de nuestra limitada conciencia normal puede revelar nuevos, y extraordinarios poderes, etc., y la palabra “sobrenatural” parece la más adecuada para definir estos en la ficción. Creo posible para nuestra conciencia el cambio y el crecimiento, y que con este cambio podemos volvernos conscientes de un nuevo universo. Un “cambio” en la conciencia de este tipo, es decir, es algo más que una mera amplitud de lo que nosotros poseemos y conocemos.»

Blackwood, a través de su amor por los escenarios naturales, que le brindaban por un lado una amplitud en su perspectiva espiritual y por el otro un atisbo de las intensas fuerzas agazapadas tras su manifestaciones —en especial los bosques y las altas montañas (de hecho sus cenizas fueron dispersadas sobre las montañas de Saanenmoser)—; y también a través de una búsqueda consciente en las Ciencias Ocultas (era miembro de una de las facciones de la Orden Cabalística, y al igual que Arthur Machen, de la Orden Hermética de la Golden Dawn); a través de ese multifacético contexto, pudo pulir ese interés fundamental, hasta hacerlo un espejo en el cual se reflejó una obra portadora de una de la más fina e intensa sensibilidad espiritual de todos los tiempos.

Pero estábamos hablando de un singular individuo llamado Racine Mudge. Él se encuentra en estos momentos sentado sobre una silla clavada al suelo, con el fin de que su inmovilidad discipline la usual excitación propia de los pacientes. La habitación está tapizada con un verde profundo, avatar de la serenidad y el sosiego para las mentes que los necesitan, en especial si estaban en esa habitación, que era donde el doctor Silence trataba los casos verdaderamente especiales. ¿Y cuál es el caso de nuestro singular personaje? Sencillo: es una víctima del espacio superior, de la cuarta dimensión. Pero bajo unas condiciones estipuladas por las circunstancias externas a él, es decir, su acceso al cuarto peldaño del espacio le es dado por el ambiente que lo circunda; de esa manera sus Idas y Venidas al Más Allá son semejantes a los tropezones que pueda dar el pie con piedras ambulantes e invisibles. ¿Y dónde viene a caer?:

«Ahora comprenderá lo que mencioné hace un rato en nuestra conversación, cuando hablé del azar. No puedo controlar mi entrada o salida. Algunas personas, algunas atmósferas humanas, ciertas fuerzas errantes, pensamientos, incluso deseos _la radiación de ciertas combinaciones de colores, y sobretodo, las vibraciones de ciertos tipos de música, me arrojan a un estado que sólo puedo describir como una vibración interna, terrorífica e intensa_ ¡y repentinamente me disparo! ¡Lejos, en dirección de todos los ángulos rectos de nuestras direcciones conocidas! ¡Lejos, en la dirección que toma un cubo cuando comienza a trazar los contornos de una nueva figura, el Tesaracto! ¡Lejos, hacia mi espacio superior, intenso y semi-divino! ¡Lejos, dentro de mí mismo, dentro del mundo de las cuatro dimensiones!»

Incluso, la reaparición de Mudge nuevamente en las tres dimensiones es por medio de los niveles de esta: primero se expresa unidimensionalmente con una línea que representa el primer esbozo de su Ser; luego, se extiende en un plano de dos dimensiones; para al fin terminar en la famélica, nerviosa, pero sólida figura de tres dimensiones que constituye su cuerpo. Esa fue la manifestación escalonada que el doctor Silence vio del personaje, antes de recibirlo personalmente. Mudge quiere librarse de lo que ahora considera una maldición. Aquí hablamos de un caso especial en el cual se mezcla el Psicoanálisis y una afilada intuición, cuasi mística, para resolver un problema que en verdad pertenece al campo de la Geometría No-Euclidiana y las Matemáticas. Pues hablamos del concepto de hiperdimensionalidad, pero sustentado sobre una base psicológica o más bien de energía psíquica, fragmentada por la impactante llamada del espacio superior.

Mudge, se sumergió de una manera suicida en el estudio de la Geometría y las Matemáticas superiores. Hasta el punto de que a través de un proceso de auto-mayéustica descubrió que esos conocimientos ya estaban de alguna manera en él, como si los hubiera aprendido en una vida pasada. Y así:

«—Las audaces especulaciones de Bolilla, las sorprendentes teorías de Gauss, que a través de un punto más de una línea podía ser trazada paralela a la línea dada; la posibilidad que los ángulos de un triángulo fueran en conjunto mayor que dos ángulos rectos, si es que eran dibujadas sobre inmensas curvaturas (las intuiciones de Beltrami y Lobatchewsky); anduve a través de todas estas ideas y emergí, jadeante pero insatisfecho, sobre el límite de mi… mundo, mis posibilidades de espacio superior… en una palabra, ¡mi enfermedad!»

Pero su profunda comprensión de esa realidad oculta a los sentidos y  al entendimiento, que habitan al otro lado del velo de Maya, lo estimuló para dar el último salto posible en este sentido:

«—Por lo tanto, si el espacio superior existe y nuestro mundo limita con él, y se encuentra parcialmente en él, necesariamente se concluye que nosotros sólo vemos porciones de los objetos. Jamás vemos su forma real y completa. Vemos tres dimensiones, pero no la cuarta. La nueva dirección se encuentra escondida para nosotros, y cuando sostengo este libro y muevo mi mano alrededor de él, no he hecho realmente el circuito completo. Sólo percibimos aquellas porciones de cualquier objeto que exista en nuestras tres dimensiones, el resto se nos escapa. Sin embargo, una vez aprendido a ver en espacio superior, todos los objetos aparecerán como realmente son. ¡Sólo que por lo mismo serán difícilmente reconocibles!»

No es de sorprender que al momento de iniciar el proceso práctico de su búsqueda, Mudge, se sirviera del sistema de C. H. Hinton, y su método de cubos de colores. Difícilmente Blackwood hubiese obviado a este compatriota suyo que en la primera parte del Siglo XX, no sólo hizo un sumario de todo lo que se había escrito sobre la cuarta dimensión hasta la década del noventa del 1800, sino que él mismo aportó ideas novedosas al tema, así como un sistema de ejercicios de percepción y memoria. De esa manera cuando Mudge le confiesa al doctor Silence:«… Me procuré con los implementos y los cubos de colores para la experimentación práctica, y seguí las instrucciones cuidadosamente, hasta que llegué a una concepción imaginaria del espacio en cuatro dimensiones. Al Tesaracto, la figura cuyas fronteras son cubos, lo conocía de memoria»Ya sabemos de qué va esto.

La idea fundamental que guió a Hinton en la creación de su sistema de ejercicios fue la de despertar una «conciencia más elevada» necesaria para eliminar la personalidad de nuestra percepción, para la visualización y reconocimiento del mundo desde otra perspectiva, es decir, acostumbrarnos a nosotros mismos a conocer y concebir el mundo, no desde un punto de vista personal, sino como realmente es en su verdadera naturaleza. El primer ejercicio sugerido por Hinton consiste en el estudio de un cubo compuesto de 27 cubos más pequeños, coloreados de manera diferente y portando nombres definidos. Después de haber aprendido a fondo la primera estructura del cubo de 27 piezas, éste tiene que ser reestructurado a la inversa, y de esa manera memorizarlo también. Luego la posición de los cubos más pequeños debe ser cambiada y ser memorizada nuevamente, y así sucesivamente. El resultado, según Hinton es la eliminación de los conceptos «arriba y abajo» y «derecho e izquierdo», y asimilarlo sin importar la posición adoptada por el cubo según la ubicación de los cubos más pequeños que lo componen; con el fin de visualizarlo en diferentes combinaciones simultáneamente. Este será el primer paso en la expulsión del elemento personal en la percepción del cubo, y por lo tanto del desarrollo de una conciencia más elevada que concluirá necesariamente con el desarrollo de la capacidad de percibir la cuarta dimensión.

La senda evolutiva propuesta por Hinton va de la mano con un desarrollo de nuestra capacidad de imaginar y percibir. Así, nos dice que antes de pensar en desarrollar la capacidad de ver en cuatro dimensiones, debemos aprender a visualizar los objetos como ellos se verían desde la cuarta dimensión, es decir, primero que todo, no en perspectiva, pero desde todos los lados al mismo tiempo, como ellos de hecho son percibidos por nuestra «conciencia». Este es el poder que está supuesto a ser despertado por los ejercicios de Hinton. Él concluye que: «la eliminación del elemento personal en las imágenes mentales debe conducir a la eliminación del elemento personal en la percepción». Esto tiene como corolario la percepción de los objetos en su sentido geométrico evolutivo, justo lo que logró nuestro amigo Mudge luego de tomarse en serio a Hinton, y más aún, luego de hacer de su pasión hiperdimensional el todo de su vida:

«De esta forma, al menos —agregó, haciendo una mueca de desagrado— pensé que había llegado a la etapa en la que podía imaginar en una nueva dimensión. Era capaz de concebir la forma de una nueva figura que es intrínsecamente diferente a todo lo que conocemos: la forma del Tesaracto. Podía percibir en cuatro dimensiones. De esta forma, cuando observaba un cubo, podía ver todos sus lados al instante. Su área superior no estaba reducida, ni su lado más distante ni la base invisible. Veía el todo plano, por así decirlo. Más aún, también veía su contenido: su interior.»

Hay un elemento espiritual en el intento de levantar ese velo dimensional, el mismo Mudge lo reconoció cuando afirma que no fue desde el trampolín de la razón pura desde donde se impulsó para dar el salto hacia la cuarta dimensión, fue: «místicamente, intuitivamente, espiritualmente como empecé a avanzar». El doctor Silence, ya había reconocido el carácter del espacio superior en cuanto a nivel del Ser:

«Estoy seguro que fue el resultado de algo más que la coincidencia que usted se familiarizara con los terrores de lo que usted llama Espacio Superior; pues aquello no es sólo una medida externa. Es, por cierto, un estado espiritual, una condición espiritual, un desarrollo interno, y uno que debemos reconocer como anormal, pues se encuentra más allá del alcance de nuestros sentidos en la presente etapa de evolución. El Espacio Superior es un estado místico.»

¿Cómo solucionar un problema de tal magnitud? El doctor Silence, que siempre tiene una carta bajo su manga, le dice a Mudge que en un pequeño librito que posee se encuentra la solución del mal que lo aqueja, si bien es con sumo pesar que gestionará su cura, pues un logro como ese, no sólo representa un gran avance evolutivo para el individuo, sino para la humanidad entera. Sí, es una pena. Pero la gloria espiritual prometida por tal estado de revelación, no fue lo que Mudge encontró en su ascensión en todas las direcciones de ese cielo tetradimensional:

«—No es desaparecer y reaparecer per se lo que me afecta —continuó el señor Mudge—, tanto como otras cosas. Es ver a la gente y los objetos en su extraña completitud, en sus formas reales y completas, eso es lo angustiante. Me he introducido a un mundo de monstruos. Caballos, perros, gatos, a todos los quería; personas, árboles, niños; todo lo que consideraba hermoso en la vida —todo, desde el rostro humano hasta una catedral— se me aparecía en un aspecto y forma diferente a todo lo que había conocido antes. En vez de ver su forma parcial en tres dimensiones, las veía completas en cuatro. Tal vez no pueda explicarle por qué esto sería terrible, pero le aseguro que así es. Escuchar la voz humana proveniente de esta novedosa apariencia, que difícilmente reconocía como un cuerpo humano, es espantoso, simplemente espantoso. Poder ver en el interior de todo y todos es una forma de discernimiento particularmente angustiosa. Estar tan confundido geográficamente como para encontrarme en un momento en el Polo Norte, y al siguiente en Claphan Junction —o posiblemente en ambos sitios a la vez—, es absurdamente terrorífico.»

La conversación estaba entrando en calor entre doctor y paciente, cuando de repente una banda Alemana, que ejecutaba en la calle adyacente, inició nuevamente la Marcha de Tannhäuser, y esta era la pieza musical que, entre todos los sonidos registrados, disparaba a Mudge hacia el espacio superior de una manera más directa. John Silence, pudo hacer muy poco para evitar su salto al abismo del más allá. Sin embargo sabía que eso era sólo una simple Ida. Y como tal, en el transcurso de un mes recibió la noticia de su Venida. Lástima que nuestro singular personaje no quiera dar detalles de las maravillas que vio durante su viaje… Aunque dudo que alguien pudiera comprenderlas.

Asombrosa como realmente es por el tema tratado, esta historia fue escrita prácticamente hace casi 100 años. Es extraño, pero la explotación del concepto de la cuarta dimensión del espacio, en cuanto una nueva perpendicular de nuestras tres dimensiones conocidas —largo, ancho, alto— y por lo tanto constituyendo la totalidad de los cuerpos tridimensionales contenidos en ella, ha sido muy escasa. La fantástica noción de que todos los cuerpos sólidos que podemos percibir son sólo secciones transversales de sus expresiones tetradimensionales, de cuya totalidad sólo podemos percibir precisamente esas proyecciones tridimensionales accesibles a nuestros sentidos, es quizás muy compleja como para ser de una trama algo excitante. Y más aún, el añadido de la delirante posibilidad de que cada cuerpo de una dimensión superior es la huella del movimiento del cuerpo inmediatamente inferior en la escala dimensional a través del espacio, es decir: una línea es la huella de un punto moviéndose en el espacio; un plano como la huella de esta línea moviéndose en el espacio; y un sólido, como la huella de este plano o superficie bidimensional ejecutando la misma acción. Pero como lo demostró Blackwood en este relato, es un concepto que encierra todo el horror inherente a la revelación de una porción del Gran Misterio.

Esta fantástica especulación, venida del reino mágico de las Matemáticas Superiores y la Geografía No-Euclidiana, tuvo que esperar más de 18 años, hasta los años treinta del pasado siglo, para verse nuevamente elevada a la categoría de fuente de inspiración creativa del más alto nivel. Y esto fue gracias a lo que es quizás la última palabra, en cuanto a la topología hiperdimensional del cosmos, de las que se hayan proferidos hasta ahora: «A Través de la Puerta de la Llave de Plata», visión reveladora, fruto de la colaboración de H. P. Lovecraft y E. Hoffmann Price. Pero la Ida a ese más allá, no será en esta ocasión.

Odilius Vlak

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